Razones para la Esperanza

Dicen que la gran enfermedad de este mundo es la falta de fe o la crisis moral que atraviesa. No lo creo. Me temo que en nuestro mundo lo que está agonizante es la esperanza, las ganas de vivir y luchar, el redescubrimiento de las infinitas zonas luminosas que hay en las gentes y en las cosas que nos rodean.

Lo mismo que se dice que la gran victoria del demonio en nuestro tiempo es haber conseguido convencer a todos de que no existe, creo que el gran triunfo del mal consiste no tanto en habernos vuelto ciegos como en habernos puesto a todos unas gafas negras para que terminemos de creer que el mundo es mal y sólo en el mal puede revolcarse.

¿Qué va a creer un pobre ser humano que abre los periódicos y sólo encuentra en sus páginas violencia y polémicas y que, cuando abre a la tarde o la noche el televisor, vuelve a recibir una segunda ración de metralletas, ambiciones y sexo? Desde el día en que decidimos que era noticia un hombre que muerde a su perro y que, en cambio, no fueran noticia diez millones de hombres que todos los días lo sacan a pasear, hemos logrado convertirnos en algo peor que ciegos: en gentes que sólo tienen capacidad para ver lo negro e ignoran toda la ancha gama de colores luminosos que les rodean.

¡Y, sin embargo, qué hambre tiene el hombre de ternura y buen humor! ¡Qué necesidad de que alguien le limpie los ojos y le ayude a confiar en sí mismo y en cuanto le rodea!

José Luis Martín Descalzo, Razones para la Esperanza (Fragmento de la Introducción)

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