I. IV. El Desierto de Magdalena. La compunción

“Le son perdonados sus muchos pecados puesto que amo mucho” (Lc 7,7)

Aceptemos la tradición que venera a María Magdalena en el desierto de la Sainte Beaume. El monaquismo la honra como Patrona. Medita los versos que le dedica el Evangelio y síguela de corazón en su retiro. Su ejemplo te infundirá grandes ánimos. No eres mejor que ella ni más que ella mereces la misericordia del Señor. Eso que en sus extravíos la excusaba una ignorancia que no puedes tú alegar. De común con ella tienes el ser una oveja perdida que el Salvador ha buscado y traído sobre sus hombros al redil (Lc 15,4-7).

Y en el desierto ¿qué hizo? Sin duda expió con dura penitencia. Sobre todo recordaba la luz de la inolvidable mirada con que Jesús la envolviera. ¿No piensas alguna vez en esa mirada extraordinaria de Cristo cuyo benéfico poder menciona a menudo el Evangelio? “La miró y la amó.”

En tu caso, como en el de Magdalena hay que invertir los términos: te ama y te mira. El te amó primero (1 Jn 4,10). Tu deber en el Desierto es vivir bajo esa mirada. Dios no aparta sus ojos de ti. Bueno es no echar en olvido que “ven sus ojos el mundo, y sus párpados escudriñan a los hijos de los hombres” (Sal 10,4); que “los ojos de Yavé están en todas partes observando a los buenos y a los malos” (Prov 15,3); que tus obras están escritas “en su libro” (Sal 138,16).

No creas que sea una mirada glacial y terrorífica; Dios sigue siendo Padre en su justicia. Hasta cuando apenas si pensabas en él y sorbías el pecado como agua, El posaba en ti una mirada de misericordia: su gracia te penetraba para traerte a penitencia. ¿ Por qué esa preferencia? “Amé a Jacob más que a Esaú.” ¿Por qué? San Pablo responde: “Tiene misericordia de quien quiere, y a quien quiere endurece.” ¡Oh hombre! ¿Quién eres tú para exigir cuentas a Dios?” (Rom 9, 14, 20).

Magdalena, incansablemente, rumiaba aquella misericordia incomprensible cuya fascinadora ternura captara en la pupila de Jesús, en casa de Simón el Fariseo. Creyó ella haber, tomado la iniciativa de su arriesgada determinación; era la gracia de Cristo la que la atraía. De lejos la veía en sus perplejidades, como divisaba a Natanael bajo la higuera, e invisiblemente sugería a su alma los pasos a dar y le infundía la fuerza de darlos. Fue la voluntad de Jesús la que dobló las rodillas de la pecadora y quebrantó su corazón. Así hizo contigo. Magdalena pudo entonces levantar hacia El unos ojos que reflejaban un alma purificada, transfigurada, abrasada. No podrá ya olvidar la mirada de Jesús que le decía: “Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lc 1,48); ni aquella otra mirada iluminada con claridades de Bienaventuranzas, con que la abrazaba cuando sentada a sus pies contemplaba en El al Verbo hecho carne (Lc 10,39); ni, en fin, la mirada de noble gratitud con que le pagaba la unción de Betania. Los ojos de Jesús fueron la lámpara de su gruta provenzal.

El sentimiento punzante de sus miserias pasadas suscitaba siempre en ella un asombro renovado ante las privanzas de que se juzgaba indigna y que sin embargo acogía sin reticencia, con un corazón arrebatado, tan viva era su fe en el perdón divino.

Si quieres ser feliz en el Desierto tienes que apropiarte esa misma fe. Los hombres no saben perdonar. Tal vez encuentres siempre Simones para echarte en cara tus faltas, como si, no pocas veces, su virtud fuese otra cosa que pura fortuna. El hombre pecador se acuerda, Dios ofendido olvida.

“Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarían blancos como la nieve. Aunque fuesen rojos como la púrpura vendrían a ser como la lana blanca” (Is 1 ,18). Ha echado “tras de sí” todos nuestros pecados, y no recobrarán vida en su memoria (Is 38,17). Aplícate estas confesiones divinas: “¿No es Efraín mi hijo predilecto, mi niño mimado? Porque cuantas veces trato de amenazarle, me enternece su memoria, se conmueven mis entrañas” (Jer 31,20).

La compunción deja de ser auténtica sin esa confiada y tranquilizadora certeza. Desconfiar del perdón es injuriar .al corazón paternal de Dios. Si el Ermitaño llora al recordar sus extravíos, que sean lágrimas de gozo. Dios es más admirable cuando restaura que cuando crea. En la vida espiritual nada será definitivo, pero tampoco hay nada irreparable.. El P. de Foucauld escribía a L. Massignon: “No, las faltas pasadas no me espantan… Los hombres no perdonan porque no pueden devolver la inocencia perdida; Dios perdona porque borra hasta las manchas y devuelve en plenitud la hermosura primera.”

Sólo el demonio puede insuflar el desaliento. ¿Por qué razón sus patrañas iban a tener más peso que la palabra de Dios? “Yo te he formado, tú estás para servirme… Yo he disipado .como nube tus pecados, como niebla tus iniquidades. Vuelve a mi, que Yo te he rescatado” (Is. 44, 21). “Por mí lo juro, sale de mi boca la verdad, y es irrevocable mi palabra” (Is 45,23).

Aún así, ¿te interesa expiar? Hazlo más con el fuego del amor que con la fiereza de las maceraciones. ¿Crees que Magdalena fue perdonada a poca costa? Sólo una cosa le pedirá el amor: subir al Calvario, estarse al pie de la Cruz y contemplar el horrible suplicio del objeto más sublime de su amor. No se le dejará ni decir una palabra, ni esbozar un ademán por calmar sus dolores o infundirle ánimo. Para la pecadora, esa viene a ser la satisfacción más singular y terrible.

Averigua ahora algo que ignoraba todavía: la atrocidad y malicia de la ofensa hecha a la Majestad del Dios trascendente. En la perspectiva del Cristo sonriente de Betania, su pecado tenía proporciones humanas. En el Calvario, de golpe, mide la inmensidad de su falta al manifestarse en todo su rigor la justicia del Padre, que no perdona ni a su Hijo único (Rom 8,32). No puede menos de ver con sus propios ojos lo que es la reparación de valor infinito de una ofensa, la suya, de malicia infinita. Antes que San Pablo ella se dice: “Me ha amado y se ha entregado por mí” (Gál 2,20). Ve de adivinar la sacudida, el enajenamiento, el quebranto de aquel corazón enamorado. Conserva en su memoria visual las últimas miradas de Jesús, tan preñadas de tristeza, de angustia, de pavor, con ciertos destellos extraños como de desesperación: “Padre, ¿por qué me has desamparado?” (Mt 27,46).

Nada le será ahorrado a Magdalena: las blasfemias, los gritos de odio, las burlas, el ruido de los martillos, los gemidos del condenado, le despedazan los nervios y el corazón. Desde el centro mismo de la escena puede contemplar el tormento de cada músculo del Salvador cuyo cuerpo es todo una llaga, y le es dado reconocer la horrenda eficacia de sus caídas. Ahora es cuando descubre lo que son realmente para Dios el orgullo, la lujuria, los amores ilícitos, el egoísmo. Aquí el pecado es despojado de las circunstancias concretas que le dan su hechicero encanto. Cuando Jesús pronunció el “tengo sed”, no se le consintió a Magdalena como tampoco a la Virgen, que le ofrecieran el menor alivio.

¡Horas dramáticas! ¡Crisol justiciero para aquella amante de Jesús! Fue el castigo de sus pecados, la más atroz satisfacción. Tenía aquel corazón que ser estrujado en el lagar del Gólgota hasta la última gota de sus deleites pecaminosos.

Su único consuelo fue aquella postrera mirada de Jesús, vuelto hacia su Madre para decirle: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19,26). Pero ¡qué mirada!. En el fondo de esos ojos velados por lágrimas, sudor y sangre! Ya la muerte proyectaba en ellos su sombra. Magdalena se preguntaba cómo podían ser aquéllos los ojos de Betania…

Así fue la compasión de Santa Maria Magdalena, el acto final del perdón divino, satisfacción más cumplida, en un instante, que toda una vida de ayunos, vigilias, flagelaciones. Lo probable es que en su desierto de Provenza no pasó un solo día sin revivir las horas cumbres de la Humanidad, que fueron su propio Calvario.

Deja que tu amor de Ermitaño medite la Pasión de Jesús desde el ángulo que te concierne a ti, como lo hicieron Magdalena, Pablo y tantos otros santos. Pascal se queda corto cuando le hace decir a Jesús: “Por ti derramé tal gota de mi sangre.” Es todo. la sangre la que ha sido vertida por cada uno de nosotros. Tal vez encuentres sabor especial en salmodiar cada una de las Horas Canónicas, unido a Cristo en este o aquel momento de su martirio, en pasar todos los días un rato en el Calvario, aunque sólo sea mediante la evocación explícita del sacrificio cruento del Redentor al asistir a Misa.

Lamentas ser de pedernal cuando recuerdas tus faltas. Es probable que la metafísica del arrepentimiento te afecte medianamente. Si llegas a enamorarte apasionadamente de Jesús ninguno de sus tormentos te dejará indiferente, insensible, y la convicción de la parte que en ellos te corresponde, te hundirá en el corazón el dardo del pesar y de la detestación. No sutilices en el análisis de tus sentimientos. La contrición genuina no puede abolir cierta complacencia animal de la naturaleza, cierto encanto refinado al recordar el placer gustado. Duélete de la ofensa inferida a Dios, si no consigues detestar sensiblemente la voluptuosidad que te embargó. Más claro que tú ve el Señor en los oscuros repliegues de tu alma; deja en sus manos el juicio. ¡Dichoso Pedro cuyas lágrimas cavaron barrancos en las mejillas! Es cuestión de gracia. Se requiere tiempo para bajar tan hondo en la propia miseria; no se conoce la malicia del pecado sino expiándolo.

Empieza por amar; el amor engendra la compasión y de la compasión nace la penitencia.

El corazón del Ermitaño debe estallar o ablandarse en la cercanía de Dios, so pena de no abrirse a las llamadas del Amado que desea tenerlo como comensal: “He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3,20).

Hay que estar limpio. Ejercítate en esa delicadeza de conciencia que no es escrúpulo sino sentido del pecado. Es fruto del espíritu de adoración y del don de temor. Si en alguna parte se ha encomendado la confesión diaria es en el Yermo.

La compunción se ha de iluminar siempre con las claridades de la gloria; de lo contrario, se hunde en la desesperación. Mejor que nadie lo sabía Magdalena, que vio la primera al Señor en la mañana de Pascua. Sin echar en olvido un punto de las angustias del Gólgota, tampoco dejó en su desierto de oír el acento personalísimo de la voz de Jesús llamándola por su nombre familiar: “¡Myriam!“. En ese momento volvió a descubrir la mirada de Betania irradiando una majestad glorificada que a su vez le aseguraba a ella la dicha futura. Desde ese día, Magdalena vivió la vida de resucitada, tal como la iba a definir San Pablo. A ejemplo suyo, los anacoretas han fijado su sala de espera más allá de este mundo, y se ingenian por vivir como si hubiesen traspuesto ya el umbral de la eternidad.

Para nosotros, escribe el Apóstol, nuestra patria está en los cielos, de donde esperamos ardientemente al Salvador, al Señor Jesucristo. El transformará nuestro miserable cuerpo haciéndolo conforme a su cuerpo de gloria en virtud de la fuerza eficaz que posee de someter a sí todas las cosas” (Flp 3,20-21).

La conciencia del pecado debe hacer rebotar el alma hacia esas alturas. La historia de nuestra desgracia personal no termina con la confesión, por humilde que sea. Se continúa en su redención y culmina en la gloria. En el texto de la Epístola a los Filipenses San Pablo, una vez más, nos invita a la santidad, a partir del hecho de la Resurrección corporal de Cristo que confirma nuestra resurrección espiritual. Bien muerta al pecado estaba Magdalena y su corazón volaba en pos de su tesoro: Jesucristo en su triunfo.

El Ermitaño ve que su destino de gracia ilumina su soledad, pero con la condición de mantener hasta el último aliento la voluntad de no pedir a la tierra nada, de entender a la letra la consigna del Apóstol: “Si, pues, resucitasteis con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis con él llenos de gloria” (Col. 3,1-4).

Colmado como has sido por Dios, esmérate por ser la alegría de su corazón. Sé, en el desierto del mundo, un fruto suculento de su gracia. “Como uvas en el desierto hallé Yo a Israel” (Os 9,10).

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