Profetas de esperanza

Hoy hacen falta más que nunca profetas de esperanza. Verdaderos profetas —hombres enteramente poseídos por el Espíritu Santo— de una esperanza verdadera. Es decir, hombres desinstalados y contemplativos que saben vivir en la pobreza, la fortaleza y el amor del Espíritu Santo, y que por eso se convierten en ardientes y serenos testigos de la Pascua. Que nos hablan abiertamente del Padre, nos muestran a Jesús y nos comunican el don de su Espíritu. Hombres que saben saborear la cruz como San Pablo (Gal 6,14; Col 1,24), y por eso se arriesgan a predicar a sus hermanos que la única fuerza y sabiduría de Dios está en Cristo crucificado (1 Cor 1, 23-24). La sabiduría y potencia de los hombres no cuentan: sólo cuenta la fecundidad de la cruz. Todo lo demás es necedad y fracaso en lo definitivo de Dios. Cristo se ha hecho para nosotros “sabiduría y justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30).

Cuando todo parece que se quiebra —en el interior de la Iglesia o en el corazón de la historia—, surgen para el mundo la alegría y la esperanza. La esperanza cristiana nace de lo inevitable y providencialmente absurdo de la cruz. “Era necesario pasar todas estas cosas para entrar en la gloria” (Lc 24, 26).

Cardenal Eduardo Pironio, Renovación de la vida consagrada.

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