Teoría del trampolín

La visita de Alfredo me ha multiplicado —y complicado— la tarde. Durante cerca de una hora le he dejado hablar sin interrumpirle, no porque yo estuviera de acuerdo con todo lo que él decía, sino porque, poniéndome yo en actitud polémica, discutiendo los puntos de que discrepaba, ni le permitiría a él expresarse a gusto ni comprendería yo del todo sus ideas, ya que toda polémica enturbia las mentes de los que la mantienen.

Alfredo, que acaba de publicar un libro (Veintidós historias clínicas, Alfredo Rubio, Ediciones Edimutra), quería resumirme de palabra su pensamiento. Es muy simple: la clave de toda psiquiatría —mi amigo es médico-—está en que el paciente se acepte a sí mismo tal y como es. Nadie podría curarse o ser feliz si se empeña en ser “otro”. Alfredo interpreta el “ser o no ser” de Hamlet de un modo muy especial y profundo: ser lo que eres, ser como eres, o no ser. El hombre podrá mejorar lo que es, pero nunca ser otra persona, con otras virtudes, con otros defectos. Cada uno ha de realizarse con su estatutra, con su origen social, con su inteligencia, con su modo de ser. No puede construir sobre otro terreno. Soñar ser alto, rubio o rico, si es bajo, moreno y pobre, sólo es un sueño, además de inútil, desvitalizador. No está en la mano del hombre -dice Alfredo- cambiar lo más profundo. El mar da olas. El soto, álamos. El mar será feliz con sus olas o no será feliz. El soto será feliz dando álamos, nunca soñando producir olas. El rechazo de uno mismo es el mejor camino para no llegar a ser nada. Sólo a partir de la aceptación de lo que uno es podrá alguien superarse.

Incluso —prosigue hablando Alfredo— el gran drama de muchas familias está en que no se aceptan los unos a los otros como son. Los padres se pasan la vida diciéndoles a sus hijos: Si fueras así, si fuerzas asá, si te parecieras a tu primo Ernesto… Así los hijos no se verán nunca amados por sí mismos. Sentirán que sus padres aman al ideal que ellos se hicieron, no a los hijos que, de hecho, han tenido. Los hijos quieren ser queridos tal y como son, quieren ser amados por ser lo que son, no sólo soportados. Hay hijos que llegan a sentirse como traidores de los sueños de sus padres y piensan que les harían un favor si ellos desaparecieran.

Es claro —dice Alfredo, saliendo al paso a la objeción que lee en mis ojos— que yo no hablo de una aceptación de sí mismo puramente pasiva, resignada. Hablo de una aceptación que incluye el motor para arreglar en lo posible -que nunca será mucho- esos defectos. Partiendo del supuesto de que con esos defectos se puede ser feliz y se puede amar y ser amado.

Cuando Alfredo se ha ido, he dado muchas vueltas a estas ideas en mi cabeza. Coincido en un 80 por 100 de ellas, ya lo he dicho. Sólo me asusta que esa postura conduzca a la pasividad, confunda la aceptación con la resignación, anime a la pereza.

Y recuerdo que ideas parecidas habían sido ya para mí un deslumbramiento cuando leí en Bernanos la defensa de los “santos cobardes”. Difícilmente olvidaré aquel párrafo de Diálogos de carmelitas, en el que dice: “A Dios no le preocupa saber si somos valientes o cobardes. Lo que El quiere es que, valientes o cobardes, nos arrojemos en sus brazos como el ciervo perseguido por los perros al agua fría y negra-. Es cierto: Dios es probablemente el único que nos mide con nuestros raseros y recibe el amor de listos y tontos, guapos y feos, cultos e incultos como amores idénticos.

Todo esto es verdad. Y, sin embargo…

Lo que nunca pudo imaginarse Alfredo es que llegaba a mi casa en “días Kazantzaki”. Yo soy un hombre tremendamente influido por las lecturas, cuando me gustan, claro. Si un autor me llega, se apodera de mi, se hace dueño, al menos por un día, de mi alma. Y en estas vacaciones navideñas ha sido Niko Kazantzaki mi dueño.

¡Y resulta que Kazantzaki piensa exactamente lo contrario que mi amigo Alfredo! Para el novelista griego, la patria verdadera del alma está en lo imposible, más allá de sus propios límites. Su meta espiritual es alcanzar lo inalcanzable y morir en esa pelea. Lo importante no es la felicidad que se consigue, sino la que se busca; no la meta, sino el esfuerzo por llegar a ella. “Ten fe en el alma humana -dice uno de sus personajes- y, sobre todo, no escuches a los prudentes, porque el alma humana puede lo imposible”. “Llega hasta donde no puedas” ofrece como consigna para quienes quieran seguirle.

¿Es que acaso existen varias clases de hombres, unos que deben ser felices con lo que tienen y otros que sólo lo serán luchando por rebasar sus límites? Eso dice Kazantzaki: “Hay tres clases de hombres y tres clases de plegarias. Unos dicen a Dios: ‘Dios mío, ténsame; si no, me pudriré’. Otros rezan: ‘Dios mío, no me tenses demasiado, porque me romperé’. Y otros: ‘Dios mío, ténsame cuanto puedas, aunque me rompa’. Esta tercera es mi plegaria”.

La mía también. Al menos ésa fue mi plegaria durante mi juventud. Y lucho ahora para que siga siéndolo.

¿O hay tal vez una síntesis? Quizás sirva de algo mi teoría del trampolín. La realidad -mi cuerpo, mi vida, mi circunstancia- no es para mí una butaca en la que descansar, sino un trampolín desde el que saltar. Me acepto como soy. Sé que no saltaré si no pongo los pies en el trampolín, sé que saltaré tanto más cuanto mejor asiente mi pie en la madera, pero sé también que la realidad sólo se ha hecho para ser superada, para elevarnos desde ella.

¿O quizá el verdadero camino sería aplicar a los demás la teoría de Alfredo -y aceptarles como ellos son- y aplicarme a mi mismo la teoría de Kazantzaki -no contentarme ni con lo que he sido ni con lo que soy, sino pasar la vida saltando a lo que seré?

Sí, no seré lo yo de los que, mientras tienen en la mano una pequeña naranja, se mueren de sed por soñar una naranja de oro. Pero tampoco seré de los que mientras degluten su pequeña naranja se olvidan de soñar todo un naranjal de oro.

 José Luis Martín Descalzo

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