La orfandad de la modernidad

Cuando uno se pregunta por el desasosiego en que viven tantas personas tiene que llegar a la conclusión de que es exacto el diagnóstico que trazara Pessoa: el hombre moderno, al nacer vacío de ideales, es un huérfano. Creo que aún no nos hemos dado cuenta de la tragedia que supone un mundo sin fe; tragedia no sólo desde el punto de vista religioso, sino desde el simplemente humano.

Los hombres de generaciones anteriores, incluso los que no tenían una fe muy viva, sabían que algo les esperaba, tenían un «para-qué» en sus vidas. Hoy lo dramático es el altísimo porcentaje de personas que nunca se preguntan «para-qué» viven. Incluso los creyentes. Son muchísimos los que se dejan resbalar por la vida, sin otro objeto que vivirla, sin otra meta que su propia y pequeñísima felicidad de hoy.

«Un barco —escribía Pessoa— es un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos».

Es ciertísimo: son muchísimos los hombres que viven para vivir, sin más. Que creen que su vida no va a ningún sitio, ni tiene ningún objeto fuera de su misma vida. Navegan hacia nada. Creen que lo que era provisional —la travesía— es lo definitivo. Y así viven entregados en exclusiva a sí mismos, con lo que, al vivir, se van disminuyendo.

Muchos se han dedicado a la conquista simple de lo cotidiano. Y lo cotidiano puede llegar a ser, con suerte, dulce, pero, desde luego, es insatisfactorio a la larga.

«Otros, como no encuentran una tarea dentro de su alma, la buscan fuera y se entregan —sigue diciendo Pessoa con palabras que son un terrible retrato de santísimos jóvenes actuales— al culto de la confusión y del ruido, creyendo vivir cuando se oyen, creyendo amar cuando chocan con las exterioridades del amor».

Es cierto. Estamos insatisfechos porque vivimos en la cáscara de nosotros mismos. Y las cáscaras no alimentan.

Por eso, tercamente, repito en estas líneas que no hay más problema que el de encontrar las razones de vivir, y que esas razones tienen que estar forzosamente fuera de nosotros mismos. Tenemos que vivir para algo. Tenemos que vivir para alguien. Y mejor si ese Alguien se escribe con mayúscula plenificadora.

Nuestro barco tiene que ir a algún puerto. Cuenta, sí, la travesía, y ojalá sea hermosa. Pero la travesía no se justifica por sí misma, sino por su final. Sin esperanza, todo nuestro pequeño trabajo de hormigas con palitos se queda en eso: en un estéril esfuerzo animal.

Porque es dramático todo huérfano. Pero lo es mucho más aquel que teniendo padre no se ha enterado de ello.

José Luis Martín Descalzo, Razones desde la otra orilla.
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