Sobre las mejillas ajenas

Legendario es aquello de que hay gente que gusta hacer limosna pero con plata ajena. Ser generoso, pero no con los bienes de uno, sino con los del vecino. Ayudar a los pobres pero metiendo la mano no en el propio bolsillo sino en el bolsillo de otro. Esto, por suerte, está refutado y ampliamente aceptado que se trata de una ramplona falacia que no resiste el menor análisis.

Ahora, lo interesante es ver cómo “funciona” esto mismo respecto a otros asuntos.

Pues lo que vale para el bolsillo (para la generosidad) vale también para cualquier otra virtud. Por ejemplo, el gallardo propósito de no reclamar lo que otro injustamente me quita: si se trata de mí mismo, bienvenida la bienaventuranza; pero no aplica a terceros: ¡al contrario!, sería una falta por omisión que no colaborara a que se les devuelva a los vulnerables lo que les fuera injustamente quitado. Lo mismo valdría decir de la persecución: si es a mí, bendita sea; pero si es a terceros, no tiene asidero gritarle cínicamente desde el balcón: bienaventurado tú, cristiano de Siria, perseguido y llevado injustamente a la tortura y muerte.

Lo mismo: gallardo es no defenderse ante agravios o calumnias proferidas a uno; cobarde y felón, en cambio, si uno no es capaz de defender a un amigo (o incluso un enemigo) injustamente difamado.

Y pienso más puntual y específicamente todo esto respecto a lo de “poner la otra mejilla”. Porque me preocupan los Peter Pan que quieren hacerse la gran bienaventuranza con mejillas ajenas. Y eso no está bien. No está nada bien.

 

Y sabe más a cobardía que a mala teología. O a ambas, en todo caso.

Cuando A MÍ me pegan en una, ahí he de poner la otra. Pero si un muchacho va con su novia por la vereda y un degenerado pasa y le toca el traste: ay de aquel, ay de aquel joven que con engolada voz le dijera a su prometida: amada mía, paloma mía, Cristo se dejó matar por nuestros pecados, déjate tú toquetear y serás salva. Si te toca una nalga, déjate tocar también la otra.

Ay de aquel joven que no fuera capaz de darle una buena tunda al degenerado maleante.

Si A MÍ me escupen en la cara, y soy templado y fuerte, y recuerdo con fervor que mi Señor fue escupido, bien hago en soportar el salivazo recordando mis muchos pecados. Pero si voy por la calle con mi madre y un maleante la escupe en la cara… ay de mí, ay de mí si desenrollo las bienaventuranzas y le explico a mi pobre madre que se lo aguante, que más padeció Cristo por ella, prometiéndole al escupidor plegarias en favor de su conversión, al son de un feble: yo te perdono, pues no sabes lo que haces… mientras Mamá intenta limpiarse con su pañuelo la cara. Más me valdría no haber nacido que ser un hijo así. Pues a las madres se las defiende con uñas y dientes. Aun a riesgo de morir en la contienda.

Será que vivo con el vivísimo recuerdo de niño (tendría 7 u 8 años), en que mi padre, de viajar mucho, con el taxi esperando en la puerta para irse al aeropuerto, ya con el sobretodo y guantes puesto, solía ponerse en cuclillas delante de mí y decirme con voz muy seria y solemne: quedás a cargo de tu madre y tus hermanos: ¡cuidalos! Y yo cabeceaba, a dos mejillas, un sí tan rotundo como convencido.

La vida por ellos.

El Señor, como el Siervo Sufriente, avanzó como oveja al matadero, manso, mudo y entregado. Pues se trataba de su propia Vida, la que ofrecía libérrima y señorialmente. Pero justamente, ¡qué contraste!, ese mismo Agnus Dei se torna León de Judá, una fiera incontenible, cuando de la Casa de su Padre se trata. Ahí no hay mudez, ni mansedumbre: ahí hay desatada ira, pues se trata de la defensa del preciado Bien ajeno, pues se trata del Padre.

Sólo Cristo, la Víctima, podía defender la oreja de Malco. Como que los discípulos no podían hacer otra cosa que atinar a defender a su Maestro.

Gallardo fue Pedro en cortarla y gallardo Cristo, en reponerla.

Entreguemos con hidalguía nuestra segunda mejilla cuando nuestra primera fuera ultrajada. Sin medias tintas ni hermenéuticas amaneradas y ambiguas.

Y con igual hidalguía, defendamos ambas mejillas, cuando de las ajenas se trate. También en esto, con las tintas bien cargadas.

Que eso, y no otra cosa, es ser un hombre bien nacido y un cristiano cabal.

La vida por ellos.

Diego de Jesús

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