El silencio de San José

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Una mamá me comentaba que su pequeño hijo le preguntaba a su catequista por qué San José no habla, por qué San José es mudo… Si uno se adentra en la Escritura, se da cuenta de que San José no pronuncia ninguna palabra… Si se dice que la Virgen es una potencia silenciosa en la Escritura, no obstante de ella podemos escuchar algunas palabras… las palabras de su diálogo con el ángel, las palabras con su prima, las palabras de su diálogo con su Hijo y con los servidores en Caná… Pocas palabras. Pero lo suficientemente elocuentes para hablarnos desde lo más profundo de su misterio…

Pero de San José no tenemos ninguna… ¿Y podemos hablar de quien no tenemos palabras…? De la abundancia del corazón habla la boca, dice Jesús. Y por lo tanto las palabras son el vehículo que nos habla de lo que abunda en el corazón, en la interioridad de las personas… la palabra es la revelación de lo que está oculto, la palabra es el Verbo manifiesto, que justamente revela aquello que está secretamente escondido en la interioridad…

Además un mundo donde curiosamente las palabras carecen de valor, porque estamos cansados de palabras, es a la vez el mundo ávido de palabras, el mundo verborrágico, el de la palabra fácil, porque es el mundo que tiene temor al silencio, que no sabe del silencio, que no sabe hacer silencio…

Y si el mundo no sabe del silencio es porque no sabe del misterio. Y si no sabe del silencio y no sabe del misterio no sabe de la oración. Y por eso puede ser que la adhesión a este mundo verborrágico de palabra fácil, se transforme al rezar en eso que Jesús califica de pura charlatanería. ‘Cuando oren no sean charlatanes’ dice Jesús, como esos hombres que piensan que porque hablan mucho van a ser escuchados. Jesús critica la charlatanería, la palabra fácil, la verborragia…y por lo tanto critica esa actitud donde la palabra no brota del misterio, no brota del silencio que contempla el misterio y allí en ese silencio es engendrada, sino que brota espontáneamente, de manera irreflexiva, apurada, precipitada, de manera que no tiene ‘logos’… Es una palabra sin logos, un logos sin logos…

La palabra del mundo que vivimos, nuestra propia palabra, es un logos sin logos, es decir una palabra irracional, sin razón, sin un entendimiento profundo, sin un por qué, un para qué, de dónde, un hacia dónde. Una palabra loca, suelta, sin timón, que no tiene peso.
Podríamos responder al niño que preguntaba por qué San José no habla, que su silencio tiene una profunda elocuencia y que aunque el Evangelio no haya consignado sus palabras verbalizadas, expresadas de manera exterior, todo San José es una profunda Palabra. Su vida es de una extraordinaria elocuencia.

En este mundo de la palabra fácil, y por lo tanto de la oración de los labios para afuera, debe recordarse lo que Jesús dice a la samaritana, ya no es ni aquí ni allí donde se adorará al Padre, sino que los verdaderos adoradores, los que el Padre quiere, son los que lo adoran en espíritu y verdad…No solamente va a criticar Jesús el lugar de la adoración sino también el modo de la adoración. Las palabras fáciles, la verborragia, son un modo de oración que no lo es, y por lo tanto, no agradan al Padre. El Padre querrá palabras que adoren en espíritu y verdad, y por lo tanto, palabras que broten del interior. Querer las palabras de adentro, es querer las palabras del silencio. Y esas son las palabras de San José. Las palabras del silencio. Los murmullos del silencio.

En este mundo verborrágico en donde se habla por hablar y no importa el alcance de lo que se dice ni las consecuencias, y no importa si no tiene sustento lo que se dice, y no importa si es verdad o no es verdad, (lo que importa es hablar) quizás el mutismo de San José, que le llamaba la atención a este muchachito, que es un hijo de la cultura actual, donde pareciera que el que no habla no hace, no vive… tal vez habría que decir de ese mutismo lo que decía Juan de la Cruz de Jesús, que en el último momento, el de la hora, cuando no dijo nada, cuando no hizo nada, fue cuando más hizo, cuando hizo todo: morir de amor…

Eso dice Juan de la Cruz de Cristo. Cuando ya no predicó, cuando tenía las manos atadas para poder multiplicar los panes, para poder curar a los ciegos, a los paralíticos, para hacer andar…cuando tenía los labios sellados por el dolor, cuando había entrado en el mutismo de la oveja que enmudece y va al matadero, allí, cuando no hizo ni dijo nada, es cuando hizo y dijo todo…¿por qué…? Porque hay silencios que lo hacen todo y lo dicen todo…
Bien. De ese silencio del Verbo que lo hace y lo dice todo participa San José.

Aprender a orar con San José es aprender a entrar en el misterio de un silencio que lo dice y lo hace todo porque es un silencio que lo escucha y lo contempla todo. Este hombre que parece tener los labios sellados, expresa actitud común a todos los íconos: nunca se va a representar a alguien con los labios abiertos…La madre de Dios, el Salvador, los santos, los ángeles…todos, con los labios cerrados… y junto a ellos unos ojos inmensos, con un ojo que mira al que lo mira y un ojo que mira más allá… casi con esa especie de estrabismo que tienen los íconos. Miran al espectador y entran en una profunda comunión con el que los está mirando, al que les está rezando, y al mismo tiempo miran con un ojo al más allá… Al más allá de todo, a aquello que está más allá de lo que se ve… a la trascendencia, al misterio…

Los labios cerrados y los ojos grandes, abiertos, mirando al que lo mira y mirando al más allá, están hablando de que ese silencio es producto de una profunda contemplación. Esos ojos abiertos son la contemplación y esos labios cerrados son el acuñar una palabra interior, un Verbo interior, una oración interior, que brota de una contemplación silenciosa…
Por lo tanto este decir sin hacer y sin hablar es el decir que brota del mirar contemplando y del escuchar en el silencio. Eso es San José.

Y esto no es el producto de una imaginación piadosa. No. Nos estamos fundamentando en lo que la Escritura dice de San José, en la revelación de Dios.

Así como la filosofía dice que el obrar sigue al ser, Santa Teresa decía, cuando quería hablar de la oración: para hablar de la oración, hijas, tendremos que preguntarnos que tales habremos de ser las que pretendemos esta empresa, este trabajo, este oficio, esta ocupación de la oración. Qué tales habremos de ser…La santa, experta y maestra de oración va a decir que lo importante es hacer el ser del orante, porque si me ocupo del ser del orante, la oración va a ser como un fluir de ese ser…va a seguir al ser.
Nosotros pretendemos muchas veces comenzar la oración por hacer la oración. No, Santa Teresa va a decir, debes empezar por el hacerte orante, para hacer oración. Y si te preocupas por el hacerte orante, la oración saldrá de tu ser como el agua brota de la fuente. No sabemos cómo oraba José, pero como sabemos cómo era José, podemos decir como oraba…porque la oración ha sido lo que ha fluido de su ser…

Y lo primero que la Escritura dice es que San José era un varón justo.
San José era un varón justo, cuando se enteró que María estaba embarazada, dice la Escritura, su marido, José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado, así lo tenía planeado cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños. Era justo, un hombre de corazón recto, puro. Un varón justo en la Escritura es el que cumple la ley del Señor, el que obedece y cumple los mandamientos.

Para comprender el corazón de San José, podríamos leer el salmo uno. Habla del varón justo que es como un árbol que crece al borde de las aguas…¡qué hermoso…! No así los impíos, dice el salmo, esos son como paja que arrebata el viento… Y San José es como el árbol plantado al borde de la acequia.

O podemos tomar el salmo catorce…o el veintinuo…Tomar los salmos del varón justo y ver de qué fuente brota la oración de José, de un corazón justo, de un corazón recto… Un corazón que es como una flecha que va al blanco, y no se desvía ni a izquierda ni a derecha. ¿Qué oración podrá brotar de un hombre cuyo corazón camina recto y cumple la ley del Señor…?

José descendiente de la casa de David, es un hombre que conoce la Escritura. Y ser un hombre de corazón justo, recto, es ser un hombre que conoce la Escritura y la guarda en el corazón. Porque el hombre justo guarda la palabra de Dios en el corazón. La guarda, la conoce, la ama. San José es un hombre que la Escritura dice que todos los años subía a Jerusalén con María para la fiesta de Pascua.

Y cuando se cumplió el tiempo de circuncidar al niño le puso el nombre que el ángel le había dicho. Y cuando se cumplió el tiempo de la purificación, a los cuarenta días, fue al templo y ofreció por el niño en rescate del primogénito un par de pichones de tórtola… Conoce la ley, conoce lo que Dios quiere de él. Como cada uno de nosotros sabe lo que Dios quiere de nosotros cuando dice: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu fuerza, con toda tu mente, con todo tu ser, no matarás, no robarás, no mentirás, no codiciarás, no cometerás actos impuros…

Todos nosotros sabemos lo que Dios quiere de nosotros y podemos ser justos…Pero de pronto esta voluntad del Señor que queremos cumplir con corazón recto, sincero, como San José…nos hace preguntarnos… ¿cómo podré ser un hombre que no miente, que no roba, que no levanta falso testimonio… como seré un hombre que santifica las fiestas…que ama a Dios sobre todas las cosas…? ¿Cómo seré un hombre de corazón puro…? ¿cómo seré un hombre que no mata y favorece la vida…? Como mujer, cómo hombre, esposa, esposo, joven, niño o anciano…¿cómo seré un hombre así…?

Para José aplicar la ley que conoce en el corazón, orar la ley, es discernir. ¿Qué debo hacer…? Dice el Evangelio que José que era justo, no quería infamar a María, no quiere manifestar públicamente que ella lleva un niño que no es de él, no se apresura, es cauteloso y fundamentalmente, sobre todas las cosas, reflexiona. Dice: resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado. La Escritura no podría decir esto si José no se hubiera sentado a reflexionar y hacer un proyecto. Proyectar, pesar, meditar, resolver, después de un largo ejercicio de reflexión. Se ha puesto ante Dios todo entero y se ha dicho ¿qué hago con mi mujer…? La ama y por eso no quiere infamarla. La ama. Y aunque no comprende lo que sucede en ella, hay algo en él que la disculpa, que no la acusa con facilidad…
La oración de José no es una oración que va delante de Dios para acusar a la mujer que lo ha engañado, es una oración de pensar primero bien, un primer nivel de amor, que va a llegar a una profundidad que nosotros no podemos calcular…

¿Qué hizo José con la ley y con su mujer…? Decidió abandonarla en secreto, no comprendía lo que sucedía en ella, la ley mandaba denunciarla, para que una vez denunciada en muchos casos fuera apedreada y muriera a piedras fuera de la ciudad. José guarda en su corazón lo que acaba de ocurrir y entonces decide abandonarla… Aquí lo tenemos mudo, como decía el jovencito, no la acusa ni denuncia ni siquiera interiormente… La ama. En medio de ese contexto se le aparece en sueños el ángel. Entra en escena Dios mismo.

A Zacarías se le aparece un ángel cuando estaba ofreciendo el incienso en el altar. A María se le aparece un ángel, y a José se le aparece un ángel. La aparición de los ángeles en la Escritura es una forma de atenuar la aparición directa de Dios. Pero no cabe duda de que se trata de una experiencia de orden místico, es decir, de una comunión con Dios que está más allá…entra en el Misterio. Dios va a revelarse, Dios se manifiesta a esta persona a través de un sueño, a través de un ángel… Dios lo toca. Pero no importa que Dios me toque a través de un ángel, a través de un sueño o a través de la Palabra de la Escritura. Lo que importa es que Dios se digna a hablarme.

En el silencio de José, la oración es captar, caer en la cuenta, de que Dios se digna a hablarme.

Padre Oscar Portillo. Desgrabación Catequesis sobre San José. Escuela de Oración Monasterio del Cristo Orante (I)

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