Padre Justo Lofeudo: Adoración Perpetua

¿Es necesario adorar?

Ciertamente que es necesario adorar. El Santo Padre Benedicto XVI nos recordaba que la adoración no es un lujo sino una prioridad. Es la respuesta connatural del hombre ante Dios, de la creatura inteligente ante su Creador. Los hombres y los ángeles deben adorar a Dios. En el cielo todos, las almas bienaventuradas de los santos y los santos ángeles adoran a Dios. Cada vez que adoramos nos unimos al cielo y tenemos nuestro pequeño cielo en la tierra.

La adoración es el único culto debido solamente a Dios. Cuando Satanás pretendió tentarlo a Jesús en el desierto le ofreció todos los reinos, todo el poder de este mundo si él lo adoraba. Satanás, en su soberbia de locura, pretende la adoración debida a Dios. Jesús le respondió con la Escritura: “Sólo a Dios adorarás y a Él rendirás culto”.

El culto eucarístico siempre es de adoración. Quiero decir que la comunión sacramental implica necesariamente la adoración. Esto lo recuerda el Santo Padre Benedicto XVI en Sacramentum Caritatis cuando cita a san Agustín: “nadie coma de esta carne sin antes adorarla…pecaríamos si no la adoráramos” (SC 66). En otro sentido, la adoración también es comunión, no sacramental pero sí espiritual. Si la comunión sacramental es ante todo un encuentro con la Persona de mi Salvador y Creador, la adoración eucarística es una prolongación de ese encuentro. Adorar es una forma sublime de permanecer en el amor del Señor.

Quien adora da testimonio de amor, del amor recibido y de amor correspondido, y además da testimonio de su fe. De nada vale decir: “yo creo en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía si luego no lo rindo culto de adoración, si no lo reverencio, si no me inclino ni me hinco y hasta diría me postro ante su presencia.

Todo cristiano debe adorar a Jesucristo. Mira bien lo que digo: todo cristiano, no digo todo católico sino todo cristiano. ¿Por qué? Porque adorando a Cristo está dando testimonio de su fe que Cristo es Dios. Los católicos deben adorar el Santísimo Sacramento porque así también dan testimonio no sólo que Cristo es Dios sino de su verdadera, real, substancial presencia eucarística. Dan testimonio del tesoro más grande que tiene la Iglesia, el don de Dios mismo, el don que hace el Padre del Hijo, el don de Cristo de sí mismo, el don que viene por el Espíritu: la Eucaristía.

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