Plática introductoria al Retiro de Jóvenes

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Hay planos, estratos, en que vivir la secuencia, los sucesos de la Semana Santa. Y no me refiero a que, además de los hechos, cabe hacer otras lecturas del Misterio, de forma anagógica y analógica, por fuera (o por debajo) de los hechos. No: me refiero a los hechos mismos, a lo fáctico del acontecimiento: también él (el hecho) admite superficies y honduras.

(Digamos, muy de pasada, antes de distinguir superficies y honduras) que estos hechos, por realizarse en un sujeto que es Eterno, escapan a la futilidad con que todos los demás hechos de la historia son devorados por el instante posterior. El “espacio” interior del instante es tremendamente estrecho, angosto; y por tanto no cabe dos; no cabe más que la escuetísima presencia del sucinto instante. A su vez pechado, expulsado, “al instante” por su vecino contiguo que lo desplaza y elimina. Esto es implacable. Así funciona el prosaico tiempo, haciendo añicos a cada instante el instante previo.

Hasta que el Eterno irrumpe en él y le avisa que es Señor del Tiempo. Por eso, todo lo que Cristo vivió en Jerusalén en tiempos de Poncio Pilato, no pasa sino que permanece. Como un río retenido por un dique. Y así, habita sin conflicto el interior de todos los instantes del Cronos. No hay error en decir “in illo témpore” siempre que se recuerde que aquel “illo” es a su vez un “hunc et nunc”, un aquí y ahora.

No haremos mera memoria de lo ocurrido: presenciaremos los hechos salvíficos.

Claro: siempre y cuando demos con esa “puerta-trampa” del instante actual que nos habilita este instante dentro del instante. Cierro paréntesis).

Pero volvamos a los Hechos y la calicata de estratos posibles.

Una cosa son los detalles externos, de gestos y palabras visibles y audibles de NS. Y no son prescindibles: ¡al contrario!, son una suerte de “demarcación de suelo”, estacas en el piso, que nos indican dónde cavar. No es más allá de ellos sino más adentro de ellos que brota Agua. Y tras ese Surgente es que hemos de ir en estos días de silencio y soledad. Cavando en el suelo de la Pasión… ¿para dar con qué? ¿Qué hay en el adentro de la Pasión?

Hay un Corazón Orante y Sufriente. Y al igual que el órgano físico, no se ve. Pero su pulso se toma a flor de piel. Los Evangelistas son sobrios y mesurados para hablar de los interiores de la Pasión. Con extrema cautela y templada frugalidad suelen limitarse a describir lo que el ojo ve y el oído oye, no más. El pudor, el respeto, el miedo a los curiosos, los cohíbe y limita a narrar sólo los sucesos materiales.

La labor de estos días es sondear los abismos que se abren en los subsuelos de cada “se levanta de la mesa y se quita el manto”, o del “¿por qué me pegas?”, o “tengo sed”… Tras la fachada de cada uno de esos renglones, hay interiores. Hay vida interior.

¿Es un imposible? ¿Es una irreverencia o audacia indebida? No, en absoluto. No tendría sentido que el Apóstol nos conminara a “tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús” si no se nos concede el acceso a ellos; si nos fueran herméticamente vedados.

Pues no; no nos son vedados. Sólo están resguardados de miradas burlonas, frívolas, curiosas, desentendidas. Pero a los íntimos, a los amigos, se nos concede acceso a esta recámara secreta, a los secretos del Rey, a este abismo infinito que es el Corazón Orante de Cristo en la Pasión.

Ese descenso a las honduras interiores de la Pasión, antes de ser un ejercicio nuestro, ha sido justamente un movimiento propio de Cristo. Él, llegada la Hora, mientras se desenvolvían los sucesos exteriores, se sumergió en su interior para iniciar un itinerario por dentro. Entre otras cosas, como un modo de protegerse, de acorazarse, de fortificarse. Y de vivir su Misión Redentora “en espíritu y verdad”.

Y el modo más concreto y promisorio de hacer ese viaje al interior de la Pasión es por el reverso de la trama, por las sombras y figuras, por todo lo que el Antiguo Testamento nos avisa de este Corazón y que los Evangelistas callan. Los cánticos del Siervo Sufriente, las Lamentaciones de Jeremías, Ezequiel, Malaquías, Job, Nehemías… todos ayudarán en el viaje… pero hay un Libro, uno, que de un modo especial y eminente nos otorga una suerte de “acceso directo” sin filtros ni curvas, a lo que acontece, en vivo y en directo, dentro del Corazón del Rey Mudo que avanza a su Sacrificio de Amor. ¿Cuál es? El Salterio, por supuesto.

Sí: ese minúsculo Libro de la Biblia, escondido incluso físicamente entre medio de tantos otros Libros Sagrados, es el Corazón Orante del Señor. Por esas hendijas, como quien desciende por alcantarillas a la abovedada entraña de una ciudad, entramos a caminar por ese majestuoso, inmenso, luminoso, vertiginoso Corazón de Cristo, que hierve en un sinfín de experiencias intensas. Y nos enteramos de lo que ningún evangelista ni vio ni oyó ni cupo en sus mentes: el latido, el pulso vivo de sus gozos, de sus angustias, de sus entusiasmos, de sus tristezas, de sus consuelos y sus dolores, de todo cuanto ha pasado por esas divinas entrañas, cuando por fuera lo vemos o lavar los pies, o curar la oreja rebanada de Malco, o mirar quedo al Sanedrín. Sólo el salterio desdice aquello del Cordero que avanza mudo al matadero. Mudo por fuera… no calla el Verbo eterno por dentro mientras avanza con la Cruz a cuestas hacia la cumbre del Gólgota. Masculla salmos. Clama, ofrece, gime, suplica, y no menos, en un secreto (e inefable) júbilo, alaba y bendice al Padre.

Cristo ha rezado toda su Pasión.

Y hoy se nos ofrece, se nos invita no a rezar “sobre la Pasión” sino rezar con Él, junto a Él, plegándonos a sus rezos, sumándonos a lo que Él va rezando a cada paso de su Pasión.

Hay que reenfocar los salmos para caer en la cuenta que es el Señor quien los reza. Incluso cuando el salmista pide perdón, es Cristo, asumiendo lo ajeno, las faltas nuestras, lo que no es suyo pero hace suyo. Cristo es el Orante del Salterio. Siempre y en cada uno de los 150.

Por eso esto no es un piadoso “invento” ni un esforzado empeño por estirar la imaginación, la “composición de lugar”, tratando de fantasear acerca de lo que vive el Señor por dentro. No. Es un dato tan empírico como Mateo o Lucas nos avisan de tal o cual detalle externo. Del mismo modo, el Salterio nos avisa, sin fantasías, qué ocurre mientras tanto, en la recámara del Rey, en el orante pulso de su Corazón.

El plan de estos días es ese: que el Salterio nos oriente, nos haga de amplificador y nos conceda acceso a la plegaria con que Cristo fue acompasando todo el itinerario de su Pasión, Muerte y Resurrección. El salterio, como un estetoscopio, como Juan reclinado sobre el Pecho del Maestro, nos habilita el timbre exacto de cada latido de su Corazón sufriente.

Iremos, salmos en mano, de la Cena a Getsemaní, de allí al Juicio, al Pretorio, al Patíbulo, a la cuesta del Gólgota, al Madero, al Infierno y a la Anástasis…

Diego de Jesús

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