Noche de fuego, noche de luz, noche intensa

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“Noche de fuego, noche de luz, noche intensa como ninguna otra noche del año entero, noche de gozo desbordante, noche de resurrección…De esta noche vive el cristianismo, de esta noche vive el cristiano…Sólo esta noche explica el fenómeno cristiano, Cristo ha resucitado…y se pregunta Paulo VI, con audacia: Cristo ha resucitado, es una certeza, pero pende sobre la historia del hombre una gran incógnita, una pregunta. ¿el cristiano ha resucitado…? Cristo vive, pero ¿el cristianismo vive…?

 

Sólo está vivo el cristianismo si en esta noche, en este único acontecimiento fontal, el cristiano hace la experiencia personal, intransferible, del acontecimiento de la resurrección. El papa Benedicto dice con audacia también: el cristiano no puede vivir su cristianismo con la confianza ciega de lo que otro le ha contado. Pero ¿cómo?, si creemos porque me lo han contado, si nuestra fe es el acto de confianza en lo que nuestros padres, nuestros abuelos, nuestro ancestros nos han contado… ¿acaso no dice la misma escritura que la fe nace de la audición…? Sí, dirá el papa, la fe nace de la audición, pero nace de la audición, pero un nacido no es un testigo, un nacido no es un constructor de una sociedad, de una civilización, de un reino… debe crecer, desarrollarse, y en ese crecer y desarrollarse pasa obligadamente, de la mera audición de lo que otros le contaron a la experiencia de esta luz intensa. Y lo corrobora el papa: ciertamente hermanos, sólo puede haber un cristiano adulto, un cristiano testigo, si ha hecho la experiencia personalmente del Señor resucitado. Si puede contar en primera persona que sí, que él lo ha visto, que él ha sabido porque ha sido testigo ocular de un acontecimiento que se le ha aparecido a sí mismo sin fenómenos místicos, sin cosas extrañas, en lo profundo del corazón, en la experiencia litúrgica, comunitaria y personal de la Resurrección del Señor.

De esta noche, queridísimos hermanos, de esta noche santa, nacen los cristianos. No solamente porque en esta noche santa hay muchos bautismos en las parroquias, sino porque en esta noche santa, adultos como ustedes y yo, que hemos sido bautizados allá lejos y hace tiempo, cuando niños o bebés, allí nacimos a la fe, pero en una noche como esta, que puede ser esta, que puede ser una pasada, que puede ser una por venir, pero una noche como esta nos hará nacer, nos hará nacer al cristianismo adulto, al cristianismo que en primera persona puede decir: yo lo he visto, yo sé que está vivo, yo me he topado con Jesús de Nazareth y anuncio al mundo, está vivo, no está muerto, y ese es mi gozo, y ese es mi deleite y ese es mi desborde.

En las inertes playas del tercer milenio sólo quedan aromas a guerras perdidas, sólo queda un hombre vagando en busca de sentido, sin rumbo, y es en ese contexto, en esa desolada escena del mundo actual, que el cristiano tiene que poder decir en esta Noche Santa, no en otra, debe poder gritarle al mundo el Aleluya, la última palabra del lenguaje humano, tras lo cual ya no hay idioma. Es la palabra inmediatamente anterior a lo inefable, a lo sin nombre, a lo inexpresable. Lo último que puede decir el hombre es ¡Aleluya!, que es todo y nada, que es júbilo, gozo, alegría, fiesta, pero en un desborde tal que es lo sin palabra…El mundo no conoce esta palabra, el mundo se contenta, el mundo se analgiza bajo fiestas inertes, bajo el ropaje de fiestas grises que lo hunden más y más en la desolación, en el sinsentido.

Vivimos en una cultura no pagana, al modo como han habido otros paganismos en el correr de la historia del hombre, vivimos una cultura pagana, donde lo pagano se manifiesta y se expresa en lo inerte, eso que acuñó Juan Pablo II, una cultura de la muerte, que muchos entendieron por una cultura del matar, ya sea por el aborto, ya sea por las guerras, y no quería decir eso Juan Pablo II… Vivimos una cultura de la muerte, porque vivimos una cultura mortecina, porque vivimos una cultura de la no sonrisa, del no deleite, del no gozo, de la no intensidad. Vivimos una cultura de la abulia colectiva, de la desvitalización…

Al mundo de hoy no sólo le falta Dios, al mundo de hoy le falta vida, porque le falta Dios le falta vida, le falta fuerza, le falta vigor, le falta intensidad, y para eso la Resurrección, esta fiesta de las fiestas, mientras el mundo trata de competir vagamente con esta fiesta, ofertando sus “fiestas”, esta fiesta de las fiestas, es la única que puede devolverle al hombre intensidad de vida.

Por eso, no nos alejemos de esta noche. Que la cronología, eso que hace que los sucesos e instantes se devoren unos tras otros, alejándonos de los pasados, no nos traicione, y podamos permanecer el año entero cerca de esta noche, aferrados a esta noche, anclados en esta noche, con la memoria, con el olfato, con la imaginación, con el recuerdo…que en mayo, que en agosto, que en noviembre, podamos decir: yo fui testigo, yo estuve ante la tumba vacía, yo lo vi al Señor resucitar ante mí, ante mis ojos, yo desbordé de gozo, un gozo distinto, el que no me dio la carne, un gozo en el Espíritu distinto, yo lo sentí, yo te lo puedo contar, para los otros, pero también para nosotros… para cuando nosotros mismos perdemos el rumbo, perdemos la orientación, el sentido…

Tal vez tengamos que reconocer no sólo para los de afuera, para nosotros, que nos falta adrenalina, que nos falta intensidad, que nos falta fervor, pero no sólo en las cosas de Dios. No solamente nos hace falta ser fervorosos, piadosos, en la oración, en las cosas divinas… ¡Allí comenzó el conflicto! pero no terminó allí… Nos falta adrenalina para la vida, y los que vengan después de nosotros, les va a faltar más aún, nos falta intensidad, fuego, no sólo para rezar, sino para poner una mesa, para festejar un cumpleaños, para festejar un recibimiento, para encontrare entre amigos, para celebrar un día de sol, para celebrar una flor… Vivimos como muertos… Vivimos como fantasmas en la inercia de una rutina que nos va matando día tras día, de actividad en actividad, con un sentido vago de fondo, de lo que sabemos de oídas, porque allí nacimos en la fe, de saber que esto tiene un sentido, y va hacia un sentido…y así apago el despertador y así desayuno y así me subo a los micros, y así emprendo mi jornada de trabajo, de estudio, de lo que sea, y así la cierro…Fantasmas rutinarios, inertes, abúlicos, devitalizados, cansinos, tibios, fríos…Ese es el diagnóstico grave, calamitoso, de la cultura actual que nos vive por dentro, que nos camina por dentro, que nos palpita por dentro, y es ante esa realidad, ante ese diagnóstico, ante esa radiografía, que yo debo poder afrontar esta luz gloriosa, esta luz intensa, este fuego con que arrancamos esta celebración…

Este fuego debe quedar grabado en nuestra memoria, como una imagen primordial, como una imagen primaria, de lo que debe poder brotar por dentro… Cristo Resucitado ha de ser nuestro gozo, ha de ser nuestro fuego, ha de ser lo que colme de sentido no sólo nuestros ratos de oración, es lo que debe colmar de sentido nuestra vida, nuestra jornada, desde la apagada del despertador, hasta la apostada al final del día. Todo el arco del día debe estar impreso, impregnado, de una adrenalina que nos falta y que Él nos puede dar.

¿Cómo? Cómo es la gran pregunta, cómo le preguntó la Virgen al Ángel: ¿cómo? ¿cómo ocurrirá esto…? Porque es muy lindo…muy hermosa la expresión…pero cómo hago para que mi vida rutinaria, tenga este fuego…Para eso la Pascua es Pascua en el sentido literal, es un paso de la muerte a la Vida, una transformación de eso mismo que está muerto que empieza a vivir…No es la mutación, no es el cambio del control remoto, del canje de una cosa por otra. Mírenlo a Jesús, él mismo, es el mismo crucificado el que resucita, para eso sus llagas abiertas …No soy otro, el Padre no me cambió en la tumba por otro, Soy el mismo resucitado.

Por eso el secreto está en lo mismo resucitado, el secreto no está en cambiar de trabajo, en cambiar de novia, en cambiar de casa, en cambiar de cosas…La gran apuesta de la cultura actual, echando manotazos de ahogado, es cambiar: tal vez si cambio de auto, si cambio de ropa, si cambio de peinado, mi vida cambiará… La estabilidad del mismo sujeto crucificado en gloria y luz, es la clave para entender que no hay que cambiar de contexto, que no hay que cambiar de sujeto, que no hay que cambiar de circunstancias, sino que hay que transformar lo que está muerto en vida. Dejar que resucite lo mismo que vivo, desde adentro, desde las entrañas de ese fuego que Dios quiere echar en nuestros corazones. Es el gran desafío de Dios para con cada uno de nosotros: resucitarnos.

Resucitar nuestras cosas, resucitar nuestras rutinas, resucitar nuestros entendimientos, llenarlos de vida, porque están muertos, no están dormidos, están muertos.

Un monje dice: Jesús cuando ve a un muerto dice: no está muerto, está dormido. Y lo dice porque en espejo cree lo mismo, que los que estamos dormidos estamos muertos, porque cree que nosotros, somnolientos en este mundo, que vivimos como sombis, como adormilados, estamos muertos…Y por eso en esta noche grita con fuerza ¡despiértate tú que duermes, levántate entre los muertos y Cristo te iluminará…!

La Resurrección de Cristo quiere zamarrearnos, quiere despabilarnos, para llevar una vida intensa, para devolvernos la adrenalina perdida, para volver a asombrarnos ante el rostro de un niño, ante un amanecer, ante una flor, ante el viento… Volver a asombrarnos, volver a vivir, volver a maravillarnos de estar vivos… Eso es lo que Cristo quiere resucitar en nosotros, como un movimiento emergente, como un sacar de las tumbas de nuestras rutinas…una vida nueva, una vida fresca, intensa…y al mismo tiempo para poder verterla, contagiarla a los demás… El mundo necesita de cristianos fogosos, intensos, que contagien al hombre del tercer milenio el gozo y la alegría de estar vivos, de tener una vida: la Vida de Jesús dentro de nosotros. ¿Qué hay que anunciar…? ¡Que hay vida, vida divina en abundancia para el hombre y que Cristo la ha traído…!

¡Qué esta noche nos grabe a fuego la búsqueda de la vida, la experiencia de la vida, el compromiso con la vida intensa…! Para que caminemos en medio de este mundo, en medio de nuestras cosas, radiantes de luz, con la luz del Resucitado…”

Monasterio del Cristo Orante, Vigilia Pascual, hace algunos años…

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