Pio X – Ad Diem Illud Laetissimum

Ad Diem Illum Laetissimum

Encíclica del Papa Pío X sobre la Inmaculada Concepción
a los Patriarcas, Primates, Arzobispos, Obispos y demás Ordinarios
en paz y comunión con la Sede Apostólica


Venerables hermanos,
Salud y bendición apostólica

Un intervalo de pocos meses volverá a traer el día más feliz en que, hace cincuenta años, nuestro precedesor Pío IX, pontífice de santa memoria, rodeado por una noble corona de Cardenales y Obispos, pronunció y promulgó con la autoridad del magisterio infalible, como una verdad revelada por Dios que la Santísima Virgen María en el primer instante de su concepción estaba libre de toda mancha del pecado original. Todo el mundo conoce los sentimientos con que los fieles de todas las naciones de la tierra recibieron esta proclamación y las manifestaciones de satisfacción y alegría públicas que la recibieron, porque verdaderamente no ha habido en la memoria del hombre una expresión más universal o más armoniosa del sentimiento manifestado hacia la augusta Madre de Dios o el Vicario de Jesucristo.

2. Y, venerables hermanos, ¿por qué no deberíamos esperar hoy, después de un lapso de medio siglo, cuando renovamos la memoria de la Virgen Inmaculada, que un eco de esa santa alegría será despertado en nuestras mentes y que esas magníficas escenas de un lejano día, de fe y de amor hacia la augusta Madre de Dios, se repetirán? Por todo esto, nos impulsa con ardor a alentar la devoción, unidos a la gratitud suprema por los beneficios recibidos, que siempre hemos querido a la Santísima Virgen; y tenemos una promesa segura del cumplimiento de nuestros deseos en el fervor de todos los católicos, listos y dispuestos como están a multiplicar sus testimonios de amor y respeto por la gran Madre de Dios. Pero no debemos dejar de decir que este deseo de los nuestros es especialmente estimulado por una especie de instinto secreto que nos lleva a considerar como no muy lejano el cumplimiento de esas grandes esperanzas a las que, ciertamente no precipitadamente, la solemne promulgación del dogma de la Inmaculada Concepción abrió las mentes de Pío, nuestro predecesor, y de todos los obispos del universo.

3. Muchos lamentan el hecho de que hasta ahora estas esperanzas no hayan sido cumplidas y sean propensas a repetir las palabras de Jeremías: “Se esperaba la paz, ¡y no hay nada bueno…! el tiempo de la curación, ¡y sobrevino el espanto!” (Jer. 8, 15). Pero todos estos serán reprendidos como “hombres de poca fe”, que no hacen ningún esfuerzo por penetrar en las obras de Dios o estimarlas a la luz de la verdad. Porque ¿quién puede contener los dones secretos de la gracia que Dios ha concedido a su Iglesia por intercesión de la Santísima Virgen durante este período? Y aun pasando por alto estos regalos, ¿qué decir del Concilio Vaticano tan oportunamente convocado; o del dogma de la infalibilidad papal proclamada tan convenientemente para resolver los errores que iban a surgir; o, por último, de ese nuevo y sin precedente fervor con el que los fieles de todas las clases y de todas las naciones se han reunido durante mucho tiempo para venerar en persona al Vicario de Cristo? Seguramente la Providencia de Dios se ha mostrado admirable en nuestros dos predecesores, Pío y León, que gobernaron la Iglesia en tiempos más turbulentos con tanta santidad a través de una extensión de Pontificado que no se concedió a ningún otro antes de ellos. Poco después, cuando Pío IX, proclamó como dogma de la fe católica la exención de María de la mancha original, la misma Virgen inició en Lourdes esas maravillosas manifestaciones, seguidas por los vastos y magníficos movimientos que han producido esos dos templos dedicados a la Madre Inmaculada, donde los prodigios que todavía continúan teniendo lugar por su intercesión, suministran espléndidos argumentos contra la incredulidad de nuestros días.

4. Testigos, pues, como somos de todos estos grandes beneficios que Dios ha concedido a través de la benigna influencia de la Virgen en los cincuenta años que están por terminar, ¿por qué no creemos que nuestra salvación está más cerca de lo que pensábamos? Tanto más cuanto que sabemos por experiencia que, en la dispensación de la Divina Providencia, cuando los males alcanzan su límite, la liberación no está muy lejos. “Su hora ya está por llegar y no serán prolongados sus días. Porque el Señor tendrá compasión de Jacob y elegirá de nuevo a Israel” (Is. 13, 22-14, 1). Por lo cual la esperanza que amamos no es vana, para que también nosotros podamos repetir de antemano: “El Señor quebró el bastón de los malvados, el cetro de los déspotas. Toda la tierra descansa tranquila, se lanzan gritos de júbilo.” (Is. 14, 5 y 7).

5. Pero la primera y principal razón, Venerables Hermanos, ¿por qué el quincuagésimo aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción debe provocar un fervor singular en las almas de los cristianos? Para nosotros reside en esa restauración de todas las cosas en Cristo que tenemos ya expuesta en nuestra primera Carta Encíclica. Porque ¿no puede nadie ver que no hay camino más seguro o más directo que por María para unir a toda la humanidad en Cristo y obtener por medio de Él la perfecta adopción de hijos para que seamos santos e inmaculados ante Dios? Porque si a María se decía verdaderamente: “Bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirá todo lo que el Señor te ha dicho” (Lc 1,45); o en otras palabras, que concebiría y pariría al Hijo de Dios y recibiría en su seno al que es por naturaleza la Verdad misma para que “Él, engendrado en un nuevo orden y con un nuevo nacimiento, aunque invisible en Sí mismo, se hiciera visible en nuestra carne” (San León el Grande, Ser. 2, De Nativ. Dom.): el Hijo de Dios hecho hombre, siendo el “autor y consumador de nuestra fe”; seguramente se sigue que su Madre santísima debe ser reconocida como participante de los misterios divinos y como guardiana de ellos, y que sobre ella como sobre un fundamento, el más noble después de Cristo, se eleva el edificio de la fe de todos siglos.

6. ¿Cómo pensar lo contrario? ¿No habría podido Dios darnos, de otra manera que a través de la Virgen, al Redentor de la raza humana y el Fundador de la Fe? Pero, puesto que la Divina Providencia se ha complacido de que nosotros tengamos al Dios-Hombre a través de María, que lo concibió por el Espíritu Santo y lo llevó en su pecho, sólo queda para nosotros recibir a Cristo de las manos de María. Por lo tanto, cuando las Escrituras hablan proféticamente de la gracia que debía aparecer entre nosotros, el Redentor de la humanidad casi invariablemente se nos presenta como unido a Su madre. El Cordero que va a gobernar el mundo será enviado, pero será enviado de la roca del desierto; la flor florecerá, pero florecerá de la raíz de Jesé. Adán, el padre de la humanidad, miró a María aplastando la cabeza de la serpiente, y secó las lágrimas que la maldición le había traído a los ojos. Noé pensó en ella cuando estaba encerrado en el arca de seguridad, y Abraham cuando se le impidió matar a su hijo; Jacob al ver la escalera en la que los ángeles ascendían y descendían; Moisés se sorprendió al ver el arbusto que ardía, pero no se consumía; David escoltando el arco de Dios con baile y salmodia; Elías miró la pequeña nube que salía del mar. En fin, después de Cristo, encontramos en María el fin de la ley y el cumplimiento de las figuras y oráculos.

7. Y que a través de la Virgen, y a través de ella más que por cualquier otro medio, nos han ofrecido un camino para alcanzar el conocimiento de Jesucristo, no se puede dudar cuando se recuerda que con ella sola Jesús estuvo por treinta años, unidos, como un hijo suele estar unido con una madre, en los lazos más estrechos de intimidad y vida doméstica. ¿Quién mejor que su Madre tiene un conocimiento abierto de los misterios admirables del nacimiento y de la infancia de Cristo y sobre todo del misterio de la Encarnación que es el principio y el fundamento de la fe? María no sólo conservó y meditó sobre los acontecimientos de Belén y los hechos ocurridos en Jerusalén en el Templo del Señor, sino que compartiendo como ella hizo los pensamientos y los secretos deseos de Cristo, puede decirse que ha vivido la vida misma de su hijo. Por lo tanto, nadie conoció a Cristo tan profundamente como ella, y nadie puede ser más competente como guía y maestro del conocimiento de Cristo.

8. De aquí se desprende, como ya hemos señalado, que la Virgen es más poderosa que todos los demás como medio para unir a la humanidad con Cristo. Por lo tanto, también porque, según el mismo Cristo, “Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3), y siendo que es por María que obtenemos el conocimiento de Cristo, también por María obtenemos con mayor facilidad aquella vida de la cual Cristo es la fuente y el origen.

9. Y si nos ponemos a considerar cuántas y poderosas son las causas por las cuales esta Santísima Madre está llena de celo para otorgarnos estos preciosos dones, ¡oh, cómo nuestras esperanzas se expandirán!

10. ¿No es María la Madre de Cristo? Entonces ella es nuestra Madre también. Y en verdad debemos sostener que Cristo, el Verbo hecho carne, es también el Salvador de la humanidad. Tenía un cuerpo físico como el de cualquier otro hombre: y como Salvador del género humano, tenía un cuerpo espiritual y místico, es decir, la sociedad de aquellos que creen en Cristo. “Todos nosotros formamos un solo Cuerpo en Cristo” (Rom 12, 5). Ahora bien, la Santísima Virgen no concibió al Eterno Hijo de Dios sólo para que pudiera ser hecho hombre tomando su naturaleza humana de ella, sino también para que por medio de la naturaleza asumida de ella pudiera ser el Redentor de los hombres. Por eso el ángel dijo a los pastores: “Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesís, el Señor” (Lc 2, 11). Por lo tanto, en el mismo santo seno de su más casta Madre, Cristo tomó carne y al mismo tiempo unió a esa carne su cuerpo espiritual, formado por aquellos que habían de creer en él. Por lo tanto, se puede decir que María, llevando al Salvador dentro de ella, también llevó a todos aquellos cuya vida estaba contenida en la vida del Salvador. Así pues, todos los que estamos unidos a Cristo y los que, como dice el Apóstol “somos miembros de su cuerpo, partícipes de su carne y de sus huesos” (Ef 5, 30), hemos salido del vientre de María como un cuerpo unido a su cabeza. Por lo tanto, aunque de una manera espiritual y mística, somos todos hijos de María, y ella es Madre de todos nosotros. Madre, espiritualmente, pero verdaderamente Madre de los miembros de Cristo, que somos nosotros. (San Agustín, de S. Virginitate, c.6).

11. Si entonces la Santísima Virgen es Madre a la vez de Dios y de los hombres, ¿quién puede dudar de que ella trabajará con toda diligencia para procurar que Cristo, “Cabeza del Cuerpo de la Iglesia” (Col 1, 18) infunda sus dones en nosotros, sus miembros, y sobre todo, que lo conozcamos y vivamos por él? (1Jn 4, 9)

12. Además, no era sólo la prerrogativa de la Santísima Madre haber proporcionado al Dios Unigénito que iba a nacer con miembros humanos, la materia de su carne (San Beda, L. 4, in Luc. XI.), de cuya materia se debe preparar la Víctima para la salvación de los hombres; pero suyo también era el oficio de cuidar y nutrir a esa Víctima, y ​​en el momento señalado, presentarlo para el sacrificio. De ahí que la comunidad ininterrumpida de la vida y los trabajos del Hijo y de la Madre, de modo que de ambos pudiera haberse pronunciado las palabras del salmista: “Mi vida se consume de tristeza, mis años, entre gemidos” (Sal. 30, 11). Cuando llegó la hora suprema del Hijo, junto a la Cruz de Jesús, estaba María, Su Madre, no sólo ocupada en contemplar el cruel espectáculo, sino alegrándose de que su Hijo Único fuera ofrecido para la salvación de la humanidad y participara tan completamente en Su Pasión, que si hubiese sido posible habría soportado alegremente todos los tormentos que su Hijo soportó (San Buenaventura, I Sant. d. 48, ad Litt. dub. 4.). Y por esta comunión de voluntad y de sacrificio entre Cristo y María, ella mereció convertirse con toda dignidad en Reparadora del orbe perdido (Eadmerio, De Excelentia Virg. Mariae, c. 9) y Dispensadora de todos los dones que Nuestro Salvador nos compró a nosotros con su muerte y con su sangre.

y de él, todo el Cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la actividad propia de cada uno de los miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor.

13. No se puede negar, por supuesto, que la dispensación de estos tesoros es el derecho particular y peculiar de Jesucristo, porque son el fruto exclusivo de su muerte, que por su naturaleza es el mediador entre Dios y el hombre. Sin embargo, por esta compañía de dolor y sufrimiento ya mencionada entre la Madre y el Hijo, se ha permitido a la Virgen augusta ser la mediadora y abogada más poderosa del mundo entero ante su Hijo Unigénito (Pío IX, Ineffabilis). La fuente, pues, es Jesucristo y “de su plenitud todos hemos participado” (Jn 1, 16), “de él, todo el Cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la actividad propia de cada uno de sus miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor” (Ef 4, 16). Pero María, como bien dice San Bernardo, es el acueducto (Serm de temp., in Nativ. B. V. de Aquaeductu. n. 4.); o, si se quiere, la porción de conexión cuya función es unir el cuerpo a la cabeza y transmitir al cuerpo las influencias e intenciones de la cabeza – Queremos decir el cuello. Sí, dice San Bernardo de Siena, “ella es el cuello de nuestra Cabeza, por el cual comunica a su cuerpo místico todos los dones espirituales” (Quadrag. de Evangel. aetern. Serm. x., a. 3, c. iii.).

14. Estamos entonces, se verá, muy lejos de atribuir a la Madre de Dios un poder productivo de la gracia – un poder que pertenece a Dios solo. Sin embargo, puesto que María aventaja sobre todos en santidad y unión con Jesucristo, y ha sido unida a Jesucristo en la obra de redención, nos merece el congruo, en el lenguaje de los teólogos, lo que Jesucristo nos merece de condigno, y Ella es la ministro suprema en la distribución de las gracias. Jesús “está sentado a la derecha de la majestad en los cielos” (Heb 1, 2). María, a su vez, está sentada a la diestra de su Hijo – refugio segurísimo de todos los que están en peligro y fidelísima auxiliadora, de modo que   nada hay que temer o por nada desesperar bajo su dirección, su patrocinio, su protección. (Pío IX en Bull Ineffabilis).

15. Con estos principios establecidos, y para volver a nuestro propósito, quién no puede ver que hemos afirmado con razón a María que –como la compañera constante de Jesús desde la casa de Nazaret hasta la cima del Calvario, que conoció los secretos de su Corazón como nadie y que, como distribuidora por derecho de su maternidad de los tesoros de sus méritos– Ella es por todas estas razones una ayuda muy segura y eficaz para llegar al conocimiento y al amor de Jesucristo. ¡Aquellos desgraciados! Nos proveen por su conducta con una prueba perentoria de ello, seducidos por las artimañas del demonio o engañados por falsas doctrinas que piensan que pueden hacer algo sin la ayuda de la Virgen. ¡Desafortunados son los que descuidan a María bajo el pretexto del honor que se debe pagar a Jesucristo! ¡Como si el Niño pudiera ser encontrado en otra parte que con la Madre!

16. Siendo esto así, Venerables Hermanos, es este fin que deben tener en vista todas las solemnidades que se preparan en todas partes en honor de la Santa e Inmaculada Concepción de María. Ningún homenaje es más agradable para ella, ninguno es más dulce para ella que nosotros conozcamos y amemos realmente a Jesucristo. Dejen que las multitudes llenen las iglesias, celebren fiestas solemnes y se hagan regocijos públicos: estas cosas son muy eficaces para reavivar la fe. Sin embargo, a menos que el corazón y la voluntad sean añadidos, serán formas vacías, simples apariencias de piedad. En tal espectáculo, la Virgen, tomando prestadas las palabras de Jesucristo, se dirigiría a nosotros con el justo reproche: “Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15, 8).

17. Para ser correcto y bueno, el culto a la Madre de Dios debe brotar del corazón; los actos del cuerpo no tienen ni utilidad ni valor si los actos del alma no son parte de ellos. Ahora estos últimos sólo pueden tener un objeto, que es que debemos realizar plenamente lo que el Divino Hijo de María ordena. De hecho, si sólo es amor verdadero el que tiene el poder de unir voluntades, tenemos que tener necesariamente la misma voluntad de María, que es servir a Jesucristo, nuestro Señor. La más sabia Virgen nos hace la misma recomendación que hizo que los sirvientes de las bodas de Caná: “Hagan todo lo que él les diga” (Jn 2, 5). Estas son las palabras de Jesucristo: “Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los mandamientos” (Mt 19, 17). Que cada uno se convenza plenamente de ello, que si la devoción que profesa hacia la Santísima Virgen no le impide pecar, o inspira el deseo de expiar sus pecados, se trata de una falsa devoción y falsa, desprovisto de su efecto y su fruto natural.

18. Si alguien desea una confirmación de esto, puede fácilmente encontrarla en el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Pues, dejando de lado la tradición que, al igual que la Escritura, es una fuente de verdad, ¿de dónde surge la persuasión de que la Inmaculada Concepción de la Virgen estaba tan de acuerdo con el sentido cristiano que podía tenerse como depositada e innata en las almas de los fieles? Rechazamos” –así explicó Dionisio de Chartreux– creer que la mujer que había de pisar la cabeza de la serpiente, haya sido pisada por ella en algún momento y que la Madre del Señor haya sido hija del diablo” (5 Sent. d. 3, q. 1.). Es evidente que no podía caber en la mente del pueblo cristiano que la carne de Cristo, santa, impoluta e inocente hubiera sido oscurecida en el vientre de la Virgen por una carne en la que, ni por un instante, hubiera estado introducido el pecado. Y esto, ¿por qué, sino porque una oposición infinita separa a Dios del pecado? Este es, sin lugar a dudas, el origen de la creencia común de todos los cristianos: Jesucristo, con vistas a que, asumiendo la naturaleza humana, nos iba a lavar de nuestros pecados con su sangre, otorgó a María la gracia y privilegio especial de ser preservada y exenta, desde el primer momento de su concepción, de toda mancha del pecado original.

19. Si entonces Dios tiene tal horror al pecado que ha querido mantener libre a la futura Madre de Su Hijo, no sólo de las manchas que se contraen voluntariamente, sino por un favor especial y en prevision de los méritos de Jesucristo, incluso de ese otro cuya triste marca se transmite a todos nosotros hijos de Adán por una especie de herencia trágica: ¿quién puede dudar que alguien que quiere ganar con la devoción el corazón de María, no tiene el deber de corregir sus hábitos viciosos y depravados y someter las pasiones que lo impulsan al mal?

20. Además, cualquier persona que quiera, y todo el mundo debe querer, que su devoción a la Virgen sea digno de ella y perfecta, debe ir más allá y tratar por todos los medios de imitar su ejemplo. Es ley divina, de hecho, que reciben dicha eterna sólo aquellos que han imitado fielmente la paciencia y la santidad de Jesucristo: “En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29). Pero puesto que nuestra debilidad es tal que fácilmente nos asustamos ante la grandeza de tan gran modelo, el poder providente de Dios nos ha propuesto otro modelo que, estando todo lo cercano a Cristo que permite la naturaleza humana, se adapta con más propiedad a nuestra limitación. Y ese modelo no es otro que la Madre de Dios. “María fue tal –señala muy pertinentemente San Ambrosio– que su vida es el modelo para todos“. Por lo tanto, concluye con razón: “Así pues, sea para vosotros la vida de María como el modelo de la virginidad. En ella, como en un espejo, resplandece la imagen de la castidad y el modelo de la virtud“. (De Virginib., 1. 2, c. 2.)

21. Ahora bien, si bien es conveniente que los hijos no omitan la imitación de ninguna de las virtudes de esta Santísima Madre, queremos que los fieles se apliquen por preferencia a las virtudes principales que son, por decirlo así, los nervios y las articulaciones de la vida cristiana, es decir, la fe, la esperanza y la caridad hacia Dios y el prójimo. Toda la vida de María trae huella radiante de estas virtudes en todas sus fases; pero alcanzaron su grado más alto de esplendor en el momento en que ella permaneció junto a su Hijo moribundo. Jesús es clavado en la cruz, y se le reprocha entre maldiciones que “pretende ser Hijo de Dios” (Jn 19, 7). Pero ella incesantemente reconoció y adoró la divinidad en Él. Llevó su cadáver al sepulcro, pero nunca dudó de que se levantaría de nuevo. Entonces el amor de Dios con el cual ella ardía, la hizo partícipe de los sufrimientos de Cristo y la asoció a Su pasión; con él, además, olvidando su propio dolor, oró por el perdón de los verdugos, a pesar de que en su odio gritaban: «Que su su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27, 25).

22. Pero para que no se crea que hemos perdido de vista nuestro sujeto, que es la Inmaculada Concepción,¡qué gran ayuda y qué apropiada la de este dogma para mantener y cultivar fielmente estas mismas virtudes! ¿Cuál es realmente el punto de partida de los enemigos de la religión por el que siembran los grandes y graves errores por los que la fe de tantos se sacude? Comienzan negando que el hombre haya caído por el pecado y haya sido derribado de su posición anterior. Por lo tanto consideran como fábulas el pecado original y los males que fueron su consecuencia. La humanidad viciada en su fuente, vició a su vez toda la raza humana; y así fue el mal introducido entre los hombres y la necesidad de un Redentor involucrado. Cuando todo esto es rechazado, es fácil de entender que no queda lugar para Cristo, para la Iglesia, para la gracia o para cualquier cosa que esté por encima y más allá de la naturaleza; en una palabra todo el edificio de la fe es sacudido de arriba abajo. Pero si la gente cree y confiesa que la Virgen María ha sido desde el primer momento de su concepción preservada de toda mancha; es necesario que admitan el pecado original y la rehabilitación del género humano por Jesucristo, el Evangelio, la Iglesia y la ley del sufrimiento. En virtud de esto, el racionalismo y el materialismo son arrancados de raíz y destruidos, y queda para la sabiduría cristiana la gloria de tener que guardar y proteger la verdad. Es además un vicio común a los enemigos de la fe de nuestro tiempo, especialmente que repudian y proclaman la necesidad de repudiar todo respeto y obediencia por la autoridad de la Iglesia, e incluso de cualquier poder humano, con la idea de que así será más fácil terminar con la fe. Aquí tenemos el origen del anarquismo, que nada es más pernicioso y pestilente para el orden de las cosas, ya sea natural o sobrenatural. Ahora esta plaga, igualmente fatal para la sociedad en general y para el cristianismo, encuentra su ruina en el dogma de la Inmaculada Concepción, porque con él nos obligamos a atribuir a la Iglesia tal poder que es necesario someterlo no solamente la voluntad, sino también la inteligencia; así, por esta sujeción de la razón el pueblo cristiano canta así la alabanza a la Madre de Dios: “Toda hermosa eres, María, y no hay en ti pecado original“. (Misa de Immac. Concep.) Y así se justifica nuevamente lo que la Iglesia atribuye a esta augusta Virgen, ella sola hizo desaparecer todas las herejíqs del mundo universo.

23. Y si, como declara el Apóstol, la fe no es otra cosa que la garantía de los bienes que se esperan (Heb 11, 1), todos estarán de acuerdo en reconocer que si la Inmaculada Concepción de la Virgen fortalece nuestra fe, por la misma razón revive en nosotros la esperanza. Con mayor razón, si la Virgen se mantuvo más libre de toda mancha de pecado original, porque debía ser la Madre de Cristo: ahora ella era la Madre de Cristo, para que la esperanza de la felicidad eterna pudiera nacer de nuevo en nuestras almas.

24. Dejando a un lado la caridad hacia Dios, ¿quién puede contemplar a la Virgen Inmaculada sin sentirse conmovido por cumplir ese precepto que Cristo llamó peculiarmente suyo, es decir, el de amarnos unos a otros como Él nos amó? “Y apareció en el cielo un gran signo“, así el apóstol San Juan describe una visión divinamente enviada, aparece en los cielos: “una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas en su cabeza” (Apoc. 12, 1). Todo el mundo sabe que esta mujer es la Virgen María, que permaneciendo intacta, dio a luz a nuestra Cabeza. El Apóstol continúa diciendo: “Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz” (Apoc. 12, 2). Juan, por lo tanto, veía a la Santísima Madre de Dios ya en la felicidad eterna, pero pariendo en un misterioso parto. ¿Qué nacimiento era? Ciertamente fue el nacimiento de nosotros los que, aún en el exilio, todavía debemos ser generados a la perfecta caridad de Dios y a la felicidad eterna. Y los dolores de parto muestran el amor y el deseo con que la Virgen desde el cielo vela por nosotros, y se esfuerza con una incansable oración para lograr el cumplimiento del número de los elegidos.

Sin embargo, es preciso que se formen partidos entre ustedes, para que se pongan de manifiesto los que tienen verdadera virtud.

25. Esa misma caridad que deseamos que todos se esfuercen por alcanzar, tomando ocasión especial de las extraordinarias fiestas en honor a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. ¡Oh cuán amargamente y ferozmente está siendo perseguido Jesucristo, y la religión más santa que fundó! ¡Y cuán grave es el peligro que amenaza a muchos de ser arrastrados por los errores que se oponen a todos los lados, al abandono de la fe! “Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!” (1Cor 10, 12). Y que todos, con humilde oración y súplica, imploren a Dios, por la intercesión de María, que los que han abandonado la verdad puedan arrepentirse. Sabemos, de hecho, por experiencia que tal oración, nacida de la caridad y confiando en la Virgen, nunca ha sido vana. Es cierto que aun en el futuro la lucha contra la Iglesia nunca cesará, “Sin embargo, es preciso que se formen partidos entre ustedes, para que se pongan de manifiesto los que tienen verdadera virtud” (1Cor 11, 19). Pero tampoco la Virgen dejará de socorrernos en nuestras pruebas, por graves que sean, y de continuar la batalla que luchó desde su concepción, para que cada día podamos repetir: “Hoy ella ha pisado la cabeza de la serpiente antigua“. (Oficina Immac. Con., 11. Vespers, Magnif.).

26. Y que las gracias celestiales nos ayuden más abundantemente que de costumbre durante este año con los honores que le tributaremos con mayor generosidad, para lograr la imitación de la Virgen; y para lograr así más fácilmente el propósito de restaurar todas las cosas en Cristo, siguiendo el ejemplo de nuestros Predecesores al comienzo de sus pontificados, hemos decidido impartir al orbe católico una indulgencia extraordinaria, a modo de Jubileo.

27. Por lo cual, confiando en la misericordia de Dios omnipotente y en la autoridad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, por la potestad de atar y desatar que a nosotros, aunque indignos, nos ha conferido el Señor, concedemos e impartimos indulgencia plenaria de todos los pecados: a todos y cada uno de los fieles cristianos de uno y otro sexo que viven en esta Nuestra ciudad o vengan a ella y que visiten por tres veces una de las cuatro basílicas patriarcales desde el Primer Domingo de Cuaresma, es decir desde el día 21 de febrero hasta el día 2 de junio inclusive, solemnidad del Santísimo Corpus Christi, con tal que allí durante un rato dirijan su piadosa oración a Dios según nuestra mente por la libertad y exaltación de la Iglesia católica y de esta Sede Apostólica, por la extirpación de las herejías y la conversión de todos los equivocados, por la concordia de los Príncipes cristianos y por la paz y la unidad de todo el pueblo fiel; y que, por una vez, dentro del tiempo antedicho, ayunen, utilizando sólo los alimentos apropiados, fuera de los días no comprendidos en el indulto de la Cuaresma; y que una vez confesados sus pecados, reciban el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Lo mismo concedemos a todos los que viven en cualquier parte, fuera de la citada Urbe, y visiten por tres veces la Iglesia Catedral, si allí existe, la parroquial o, si falta la parroquial, la iglesia principal dentro del plazo antedicho o en el plazo de tres meses -aunque no sean seguidos- a designar por el criterio de los ordinarios teniendo en cuenta la comodidad de los fieles y siempre antes del ocho de diciembre, con tal de que cumplan con devoción los requisitos antes enumerados. Admitimos además que esta indulgencia, que debe lucrarse solamente una vez, pueda aplicarse a modo de sufragio y sea válida para las almas que unidas a Dios por la caridad salgan de esta vida.

28. Además, admitimos que los viajeros por tierra o por mar pueden obtener la misma indulgencia inmediatamente que regresan a sus hogares siempre que realicen las obras ya anotadas.

29. A los confesores aprobados por sus respectivos Ordinarios otorgamos facultades para trasladar las obras arriba mencionadas, encomendadas por nosotros para otras obras de piedad, y esta concesión será aplicable no sólo a los regulares de ambos sexos, sino a todos los que no puedan realizar las obras prescritas, y también concedemos facultades para dispensar de la comunión a los niños que aún no han sido admitidos a ella.

30. Además concedemos a todos y cada uno de los fieles cristianos, tanto laicos como eclesiásticos seculares o regulares de cualquier orden o instituto, aunque deba ser nombrado de un modo especial, licencia y facultad para que a este efecto puedan escoger a cualquier presbítero tanto regular como secular de entre los aprobados de hecho (de esta facultad también pueden hacer uso de las monjas novicias y otras mujeres que vivan dentro del claustro, con tal que el confesor esté aprobado para las monjas) para que los pueda absolver –a todos aquellos o aquellas que en el infradicho espacio de tiempo se acerquen a confesarse con él con intención de conseguir el presente Jubileo y de cumplir con todas las demás obras necesarias para lucrarlo, por esa sola vez y en el fuero de la conciencia–, de las sentencias eclesiásticas o censuras a iure o ab homine, latae o ya infligidas por cualquier causa. También de las reservadas a los Ordinarios de los lugares y a Nos o a la Sede Apostólica y de las reservadas a cualquiera, también las reservadas de especial modo al Sumo Pontífice y a la Sede Apostólica y de todos los pecados y excesos, incluso los reservados a los mismos Ordinarios a nosotros y a la Sede Apostólica, después de imponer una penitencia saludable y las demás medidas de derecho y, si se trata de una herejía, después de la abjuración y de la retractación de los errores, como es de derecho. Asimismo podrá conmutar cualquier tipo de votos, incluso los hechos con juramento y reservados a la Sede Apostólica –excepto los de castidad, religión y obligación que haya sido aceptada por un tercero– por otras obras piadosas y saludables y podrá del mismo modo dispensar, cuando se trate de penitentes constituidos en las órdenes sagradas, incluso regulares, de irregularidad oculta para el ejercicio de esas órdenes o para la consecución de órdenes superiores, solamente cuando esté contraída por violación de censuras.

31. No pretendemos por la presente dispensar de cualquier otra irregularidad por delito o por defecto, pública u oculta o de otra incapacidad o inhabilidad, cualquiera que haya sido el modo de contraerla; ni tampoco derogar la constitución y subsiguientes declaraciones publicadas por Benedicto XIV y que empieza: Sacramentum poenitentiae. Ni, por último, puede ni debe esta carta favorecer en modo alguno a aquellos que nominalmente por nosotros y la Sede Apostólica o por algún Prelado, o por un Juez eclesiástico hayan sido excomulgados, suspendidos, declarados en entredicho o hayan caído en otras sentencias o censuras o hayan sido denunciados, a no ser que hayan satisfecho dentro del tiempo fijado y, cuando sea preciso, se hayan puesto de acuerdo con la otra parte.

32. A todo esto nos complace agregar que concedemos y queremos que todos retengan durante este tiempo de Jubileo, el privilegio de obtener todas las demás indulgencias, sin exceptuar las indulgencias plenarias que han sido concedidas por nuestros Predecesores o por nosotros mismos.

33. Cerraremos estas cartas, Venerables Hermanos, manifestando nuevamente la gran esperanza. Estimamos sinceramente que mediante este don extraordinario de Jubileo concedido por nosotros bajo los auspicios de la Virgen Inmaculada, un gran número de los que están desgraciadamente separados de Jesucristo pueden volver a Él, y que el amor de la virtud y el fervor de la devoción pueda florecer de nuevo entre el pueblo cristiano. Hace cincuenta años, cuando Pío IX proclamó como un dogma de fe la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen de Cristo, parecía, como ya hemos dicho, como si una increíble riqueza de gracia fuera derramada sobre la tierra; y con el aumento de la confianza en la Virgen Madre de Dios, el viejo espíritu religioso del pueblo se multiplicó en todas partes. ¿Nos está prohibido esperar aún mayores cosas para el futuro? Es cierto que estamos pasando por momentos desastrosos, cuando bien podemos hacer nuestra lamentación del Profeta: “Porque no hay en la tierra verdad, ni misericordia ni conocimiento de Dios. Han inundado la tierra el perjurio, la mentira, el homicidio, el hurto y el adulterio” (Os. 4, 1-2). Sin embargo, en medio de este diluvio de maldad, la Virgen Clemente se alza ante nuestros ojos como un arco iris, como árbitro de la paz entre Dios y el hombre: “Pondré un arco en las nubes para señal de mi pacto con la tierra” (Gen 9, 13). Aunque se recrudezca la tempestad y la negra noche se enseñoree del cielo, nadie se desconcierte. A la vista de María, Dios se aplacará y perdonará. “Estará el arco en las nubes y yo le veré y me acordaré de mi pacto eterno” (Gen 9, 16). “y no volverán más las aguas del diluvio a destruir toda la tierra” (Gen 9, 15). Oh si, si confiamos como debemos en María, ahora especialmente cuando estamos a punto de celebrar, con más que el fervor habitual, su Inmaculada Concepción, reconoceremos en ella esa Virgen más poderosa “que aplastó con pie virginal la cabeza de la serpiente” (Oficio Immac. Conc.).

34. En promesa de estas gracias, Venerables Hermanos, impartimos amorosamente la Bendición Apostólica en el Señor a ustedes ya su pueblo.

Dado en Roma en San Pedro el segundo día de febrero de 1904, en el primer año de Nuestro Pontificado.

PIUS X

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