Ella

Hoy mientras limpiaba mi casa me acordaba de ella y daba gracias a Dios por esta tía que más que tía fue como una madre. No me atrevería nunca a llamarla abuela aunque tenía la edad como para serlo y no porque sea un desprecio, sino porque ese lugar no era el suyo, pero el de esa madre sí. Para mi fue una madre, fue esa madre que necesitaba, que la mía no pudo ser y que el Señor me dio a través suyo. Compensó de alguna manera lo que no tenía y al mismo tiempo me regaló una gracia tan grande de tener una madre que no pueda serlo del todo. Y a ella le dio la hija que no tenía y que yo era para ella.

Frente a tan grandes gracias que el Señor me ha dado sin merecerlo y mucho menos haberlo pedido, me brotan lágrimas de agradecimiento.

Mi papá siempre decía: «Todo lo mío es tuyo», y evidentemente esa era una forma de vida de su familia porque así también era mis tíos. Generosos, desinteresados, se desvivían por el otro (nunca mejor este verbo: desvivirse).

Hoy me acordaba de cómo mi “ti” mantenía siempre limpia y cuidada su casa, todo estaba en su lugar y perfectamente cuidado, sin ser eso un rasgo obsesivo, era el amor que transmitía en ese cuidado de las cosas materiales. En la regla de San Benito dice: «Considere todos los objetos y bienes del monasterio como si fueran los vasos sagrados del altar» (Cap XXXI). No creo que ella haya leído la Regla pero así trataba sus cosas y las cosas de los demás y eso mismo me transmitió a mí.

Se notaba que hacía todo con amor. Me acuerdo cuando me esperaba para cenar los domingos a la noche después de la Santa Misa. Era un mimo. Preparaba todo con cuidado y amor, me atendía, me prestaba atención, me escuchaba y sobre todas las cosas se notaba su alegría de verme, así como la de mi tío.

Las palabras se quedan demasiado cortas para expresar tanto amor. Se lo he expresado con palabras y también aún más con mis acciones en todo lo que pude. A veces hubiera querido tener más fortaleza luego de la muerte de mi papá para acompañarla aún más en sus últimos 2 años de vida y sé que es inútil pensarlo porque sé que di todo lo que pude. Sabía que ella me necesitaba aunque no me lo pidiera y por eso, por más quebrado que estuviera mi corazón, ahí estaba, firme al pie del cañón siempre. Y me alegraba de verla, me alegraba de poder acompañarla, cuidarla, mimarla, besarla, hacerle chistes para animarla cuando estaba tan pero tan decaída ante la muerte de sus hermanos. Yo era su motivo de alegría y ella lo era para mí. Ella estaba en su noche oscura. Me acuerdo que un día, en esas charlas en el geriátrico le hablé del cielo. Le pregunté algo así como: “Ti, ¿vos no pensás que vas a ir al cielo y nos vamos a encontrar todos allá?” Y ella me dijo que no. Me dolió pero entendí cuánto estaba sufriendo y que en esa noche tan oscura no podía ver al Señor. Pero estoy segura que está con Él y por si acaso sigo rezando por su alma y lo seguiré haciendo siempre.

Quizás fue uno de los duelos que menos pude hacer, no tuve el tiempo ni la fortaleza para apreciar con detenimiento cuánto me había dejado, y quizás ahora, a algo menos de 5 años de su partida puedo seguir reconociendo en mi esas cosas que no son mías, son suyas, y tampoco son suyas, ella las habrá “mamado” de su mamá, a quien no conocí y así para atrás. El bien se transmite, de generación en generación y perdura en el tiempo, es el Eterno, el Amor, Cristo en medio de nosotros.

Carolina de Jesús
15/07/2017

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