La mediocridad

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El hombre mediocre es mucho peor de lo que él cree y de lo que los demás creen, porque su frialdad encubre su malignidad. Nunca se enfurece. En el fondo quisiera anonadar las razas superiores; no siéndole esto posible, se venga de ellas mortificándolas. Comete infamias pequeñas que, de puro pequeñas, parecen no ser infamias. Pica con alfileres y se regocija cuando ve manar sangre, mientras que aún al asesino la da miedo la sangre que vierte. El hombre mediocre nunca tiene miedo. Se siente apoyado en la multitud de aquellos que se le parecen.

El rasgo característico, absolutamente característico del hombre mediocre, es su deferencia por la opinión pública. No habla jamás, siempre repite.

Sus admiraciones son prudentes, sus entusiasmos son oficiales. Admite algunas veces un principio pero si llegas a las consecuencias de ese principio te dirá que exageras. Si la palabra exageración no existiese, el hombre mediocre la inventaría.

Preferirá sus enemigos si son fríos, a sus amigos que sean animados. El calor es lo que detesta por encima de todo. El hombre mediocre sólo tiene una pasión: el odio a lo bello. Quizas repita con frecuencia una verdad trivial en tono asimismo trivial. Expresa tú la misma verdad con esplendor y te maldecirá pues habrá encontrado lo bello, que es su personal enemigo.

Una inquietud domina al hombre mediocre en actividad, en funciones: comprometerse… El hombre mediocre dice que en todas las cosas hay algo bueno y algo malo, que no se debe ser absoluto en los juicios, etc., etc. Si afirmas la verdad enérgicamente, el hombre mediocre dirá que tienes harta confianza en ti mismo. ¡El, que tiene tanto orgullo, no sabe lo que es el orgullo!

El hombre inteligente levanta la cabeza para admirar y para adorar; el hombre mediocre levanta la cabeza para burlarse; todo cuanto se halla por encima de él le parece ridículo; el infinito le parece la nada.

El hombre mediocre es el enemigo más frío y mas feroz del hombre de genio… Cuando el hombre de genio se halla descorazonado y se considera próximo a sucumbir, el hombre mediocre lo observa con satisfacción; aquella agonía le da mucho contento.

El hombre mediocre es mucho peor de lo que él cree y de lo que los demás creen, porque su frialdad encubre su malignidad… El hombre superior, incesantemente atormentado, desgarrado por la oposición entre lo ideal y lo real, siente mejor que otro la grandeza humana y la miseria humana. Siéntese llamado con más fuerza hacia el fin ideal, que es nuestro fin, el fin de todos, y más mortalmente dañado por la antigua caducidad de nuesta pobre naturaleza. Nos comunica estos dos sentimientos que él experimenta, enciende en nosotros el amor del Ser y despierta en nosotros incesantemente la conciencia de nuestra nada.

El hombre mediocre no siente la grandeza, ni la miseria, ni el Ser, ni la nada. No se arroba ni se precipita.

El hombre de genio es superior a lo que ejecuta. Su pensamiento es superior a su obra. El hombre mediocre es inferior a lo que ejecuta. Su obra no es la realización de un pensamiento; es un trabajo hecho según ciertas reglas.

El hombre de genio siempre encuentra incompleta su obra. El hombre mediocre está henchido de la suya, henchido de sí mismo, henchido de la nada, henchido del vacío, henchido de vanidad. ¡Vanidad! ¡Frialdad y vanidad! El personaje se halla entero en estas dos palabras”.

Ernest Hello, “El Hombre“, edición en castellano de Eugenio Subirana, editor y librero pontificio, Barcelona, 1914, págs. 59 a 69.

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