La obra bien hecha y las buenas obras

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La expresión en plural “buenas obras” es más familiar a la cristiandad moderna que la formula “obra bien hecha”. Buenas obras son, por ejemplo, dar limosna o “ayudar” en la parroquia. Todas ellas se distinguen claramente del propio trabajo. Las buenas obras no tienen por qué ser obras bien hechas, como puede apreciar cualquiera examinando algunos objetos fabricados para ser vendidos en los bazares con fines caritativos. Esto no es muy ejemplar. Cuando nuestro Señor suministró un vaso extra de buen vino en la fiesta de una boda pobre, estaba haciendo buenas obras, pero también una obra bien hecha, pues se trataba de un vino realmente exquisito. Desentenderse de la bondad de nuestro “trabajo”, de nuestro quehacer, no es tampoco ejemplar. El apóstol no dice solamente que debamos trabajar, sino también que debemos hacerlo para producir lo que es bueno.

La idea de obra bien hecha no ha desaparecido completamente de nosotros. Me temo, sin embargo, que no es característica de las personas religiosas. Yo la he podido encontrar entre los ebanistas, zapateros y marineros. Es completamente inútil tratar de impresionar a los marineros con un nuevo vapor porque sea el barco más grande y más costoso navegando por los mares. Los marineros buscan lo que llaman sus “formas”. Solo ellas permiten predecir como se comportara la nave cuando haya mar gruesa. Los artistas también hablan de obra bien hecha, si bien cada vez con menos frecuencia. Ahora empiezan a preferir adjetivos como “significativo”, “importante”, “contemporáneo” o “atrevido”. Nada de esto es, a mi juicio, un buen síntoma.

La mayoría de los hombres de las sociedades industrializadas son víctimas de una situación que excluye prácticamente desde el principio la idea de obra bien hecha. “Construir cosas inútiles” se ha convertido en una necesidad económica. A menos que los artículos se fabriquen para que duren uno o dos años y para ser reemplazados por otros, será imposible conseguir un movimiento de mercancías suficiente. Hace cien años, el hombre suficientemente rico se construía al casarse un carruaje en el que esperaba viajar el resto de su vida. Ahora se compra un coche que espera vender dentro de dos años. Hoy día la obra no debe estar bien hecha.

La cremallera tiene para el consumidor una ventaja sobre el botón: mientras dure, le ahorrará gran cantidad de tiempo y le evitará muchas dificultades. Para el productor tiene un mérito aún mayor no funcionar correctamente durante mucho tiempo. El desideratum es la obra mal hecha.

No es conveniente extraer de la situación descrita una conclusión moral apresurada. Ese estado de cosas no es resultado del pecado original actual exclusivamente, y nos ha cautivado de modo imprevisto e involuntario. El comercialismo degradado de nuestro espíritu es su resultado más que su causa. Por lo demás, esta actitud no se puede modificar, a mi juicio, mediante esfuerzos meramente morales.

Antiguamente los objetos se hacían para usarlos, gozar de ellos o ambas cosas. El cazador salvaje hace un arma de piedra o de hueso. La fabrica del mejor modo posible, pues si no esta afilada o es frágil no servirá para matar a ningún animal. Su mujer fabrica un recipiente de barro para traer agua. También ella lo hace lo mejor que puede, pues deberá servirse de la vasija. Ninguno de los dos tardará mucho tiempo, si no lo han hecho desde el principio, en decorar los objetos fabricados. Ambos quieren, como Dogherry, que “sean hermosas todas las cosas a su alrededor”. Por lo demás, podemos estar seguros que mientras trabajan cantan, silban o al menos tararean. Tal vez cuenten también historias.

En esta situación, discreta como la serpiente del Edén y tan inocente al principio como lo fuera ella una vez, se introducirá antes o después algún cambio. Las familias dejarán de fabricar todo lo que necesitan. Habrá un especialista, un alfarero que hace vasijas para toda la aldea, un herrero que fabrica armas para todos, un bardo (poeta y músico a la vez) que canta y cuenta historias para todos. Es significativo que, en las obras de Homero, el herrero de los dioses sea cojo, y el poeta entre los hombres, ciego. Tal vez sea así como comenzó la cosa. Los lisiados, inútiles como cazadores o guerreros, se dedicarían a procurar recreo y demás cosas necesarias a los aptos para aquellos menesteres.

La importancia de este cambio consiste en que ahora hay quienes se dedican a hacer cosas (vasijas, espadas, trovas) no para uso y goce propios, sino para los de los demás. Como es natural, deben ser recompensados de uno u otro modo por ello. Un cambio así es necesario. En caso contrario, la sociedad y las artes no permanecerían en un estado de simplicidad paradisíaca, sino de simpleza débil, desatinada y empobrecedora. Dos hechos contribuirán a favorecer una transformación así. En primer lugar, porque los nuevos especialistas harán sus productos lo mejor que puedan. Si hacen malas vasijas, tendrán a todas las mujeres de la aldea detrás suyo. Si cantan una trova estúpida, los mandaran callar. Si hacen malas espadas, los guerreros, en el mejor de los casos, regresaran y les golpearan con ellas. En el peor, tal vez ni siquiera regresen. El enemigo los habrá aniquilado, la ciudad arrasada por el fuego y ellos hechos esclavos. En segundo lugar, porque harán lo mejor que puedan cosas indiscutiblemente dignas de ser hechas y gozaran con su trabajo. No debemos idealizar. No todo será deleite. El herrero puede estar agobiado de trabajo. El bardo se puede sentir frustrado ante la insistencia de la aldea en oír una y otra vez su última trova (o una nueva exactamente igual a ella), mientras que él anhela tener audiencia para alguna innovación maravillosa. Sin embargo, de un modo general, los especialistas tienen una vida digna del hombre: utilidad, una cantidad razonable de honores y la alegría de ejercer su destreza.

Me falta espacio, y por supuesto conocimientos, para seguir la huella del proceso entero desde el estado descrito hasta la situación actual. Con todo, considero que ahora podemos desentendernos de la esencia del cambio. Habida cuenta de que el comienzo consiste en una situación primitiva en que cada uno hace cosas para sí mismo, al que sigue un estadio en que unos trabajan para otros (los cuales pagan por ello), habrá todavía dos tipos de tareas. En relación con el primer tipo de actividad, un hombre puede decir efectivamente: “yo hago cosas dignas de ser hechas incluso si nadie pagara por ellas. Pero como no soy un hombre especial y necesito comida, casa y vestido, deben pagarme por hacerlas”. El segundo tipo de actividad es aquél en que la gente hace cosas con el exclusivo propósito de ganar dinero. Se trata de cosas que no tendría ni debería hacer nadie en el mundo –y que de hecho no hace– si no se pagara por ellas.

Debemos dar gracias a Dios porque haya multitud de quehaceres de la primera categoría. El labriego, el policía, el medico, el artista, el profesor, el sacerdote y muchos otros hacen algo digno de hacerse: algo que un buen número de gente haría –y hace– sin sueldo, que toda familia trataría de hacer desinteresadamente para si misma si viviera en una situación de aislamiento como la primitiva. Menesteres como estos no son necesariamente agradables. Atender una leprosería es un buen ejemplo de ello.

El extremo opuesto se puede representar con dos ejemplos. No los considero necesariamente equivalentes desde el punto de vista moral, pero son semejantes según nuestra presente clasificación. Uno es el trabajo de la prostituta profesional. La peculiar ignominia de ese trabajo (antes de decir que no debería llamar trabajo a su actividad, piénsenlo dos veces), lo que lo hace mucho más horrible que la fornicación normal, consiste en su carácter de ejemplo extremo de una actividad que no persigue ningún otro fin posible salvo el dinero. No es posible ir más lejos en esa dirección: intercambio sexual no sólo al margen del matrimonio o sin amor, sino incluso sin placer. El segundo ejemplo es el siguiente. A menudo veo una valla con un anuncio, cuyo propósito consiste en que cientos de personas miren hacia el lugar. Por su parte, la firma anunciadora debe alquilarlo pare anunciar sus mercancías. Consideren cuán alejado está todo esto de la idea expresada en la formula “hacer lo que es bueno”. Un carpintero ha hecho la valla anunciadora, inútil en sí misma. Los impresores y fabricantes de papel han trabajado para exhibir el anuncio, sin valor hasta que alguien alquila el espacio. La valla carece de utilidad pare el que la alquila hasta que pega en ella el cartel. Después de hacerlo, seguirá siendo inútil a menos que persuade a los demás de comprar sus bienes. Las mercancías pueden ser feas, inútiles y perniciosas, es decir, artículos que ningún mortal compraría si los ensalmos incitantes o exóticos del anuncio no hubieran despertado el deseo artificial de conseguirlos. En todas las etapas de este proceso se están haciendo cosas cuyo único valor reside en el dinero que producen.

Ese debería ser el resultado de una sociedad que depende predominantemente de la compraventa. En un mundo racional las cosas se deberían hacer porque fueran necesarias. En el mundo actual es preciso crear la necesidad para que la gente pueda cobrar dinero por hacer las cosas. Esa es la razón por la que no deberíamos tildar muy rápidamente de pedantería la desconfianza o el desdén por el comercio característica de las sociedades primitivas. Cuanto más importante es el comercio, tanto más gente es condenada y, lo que es peor, aprende a preferir lo que he llamado segundo tipo de quehacer. Las cosas dignas de ser hechas al margen del salario, el trabajo deleitable y la obra bien hecha son privilegio de una minoría afortunada. La búsqueda competitiva del cliente domina la situación internacional.

Durante toda mi vida se ha recaudado dinero en Inglaterra (de forma correcta) pare comprar camisas y entregárselas a personas desempleadas. El trabajo del que habían sido despedidos era la fabricación de camisas.

No es difícil prever que un estado de cosas así no puede ser permanente. Sin embargo, es muy probable, desgraciadamente, que desaparezca por sus propias contradicciones internas causando un sufrimiento inmenso. Sólo puede terminar sin dolor si encontramos el modo de agotarlo voluntariamente. No hace falta decir que yo no tengo un plan para conseguirlo. En cualquier caso, si lo tuviera, ninguno de nuestros grandes hombres –los grandes hombres de la política y la industria– haría caso de él. El único signo esperanzador en este momento es la “carrera espacial” entre Rusia y América. Dado que hemos entrado en una situación en que el principal problema no es procurar a la gente lo que necesitan o les gusta, sino mantenerlas ocupadas haciendo cosas (no importa cuales), difícilmente podrían ocuparse en algo mejor que en fabricar objetos costosos susceptibles de ser arrojados posteriormente por la borda. Ese proceso mantiene el dinero en circulación y las fabricas en actividad. Nada de eso hará mucho daño, o no durante demasiado tiempo. El alivio es, no obstante, parcial y temporal.  La principal tarea practica de la mayoría de nosotros no consiste en proporcionar consejo a los grandes hombres acerca de como terminar con nuestra fatal economía –no tenemos ninguno que darle y ellos no lo escucharían–, sino en examinar como podemos vivir dentro de ella con el menor daño y degradación posible.

Es preciso poner de manifiesto todavía algo fatal e insensato. Así como la ventaja de los cristianos sobre los demás hombres no se debe a que sean seres menos caídos ni menos condenados que ellos a vivir en un mundo caído, sino al hecho de saber que son seres caídos en un mundo caído, nosotros estaremos mejor si recordamos en cada momento lo que es el trabajo bien hecho y cuán difícil se ha vuelto ahora para la mayoría. Tal vez debamos ganarnos la vida tomando parte en la producción de objetos de pésima calidad e indignos de ser producidos aun cuando fueran de buena clase. La demanda o la “compra” de productos así se logra exclusivamente anunciándolos. Junto a las aguas de Babilonia –o el cinturón de montaje– diremos, sin embargo, interiormente “si me olvido de ti, ¡oh Jerusalen!, que mi mano derecha olvide mi astucia”.

Y naturalmente mantendremos nuestros ojos abiertos para cualquier oportunidad de fuga. Si tenemos la posibilidad de “elegir una carrera” (¿tiene un hombre de cada cien una cosa así?), perseguiremos los trabajos sensatos como galgos y nos pegaremos a ellos como lapas. Si tenemos oportunidad, trataremos de ganarnos la vida haciendo bien aquellas cosas que merecía la pena hacer aun cuando no tuviéramos que ganarnos la vida. Tal vez sea necesario mortificar considerablemente nuestra avaricia. Los trabajos insensatos producen por lo general grandes sumas de dinero. También son habitualmente los menos laboriosos.

Fuera de todos ellos hay, no obstante, algo más sutil. Debemos poner mucho cuidado en preservar nuestros hábitos intelectuales libres del contagio de quienes han sido educados en esa situación. Una infección de ese tipo ha corrompido profundamente, en mi opinión, a nuestros artistas.

Hasta muy recientemente –hasta la segunda mitad del siglo pasado– se daba por supuesto que la ocupación del artista consistía en deleitar e instruir a su público. Había, naturalmente, diferentes públicos. Las canciones callejeras y los oratorios no iban dirigidos a la misma audiencia (aunque, a mi juicio, a una gran cantidad de gente les gustaban las dos). El artista podía incitar a su público a apreciar cosas más bellas de las que había querido al principio. Ahora bien, sólo podía hacer una cosa así si resultaba entretenido desde el comienzo –aun cuando no se limitara a entretener–, ofreciendo una obra básicamente inteligible –aunque no se entendiera completamente–. Todo esto ha cambiado. En los círculos estéticos más elevados no se oye hoy día nada acerca del deber del artista hacia nosotros. Todo gira acerca de nuestra obligación hacia él. El no nos debe nada. Nosotros, en cambio, le debemos “reconocimiento”, aun cuando no haya prestado la menor atención a nuestros gustos, intereses o hábitos. Si no se lo damos, nuestro nombre será vilipendiado. En esta tienda el cliente esta equivocado siempre.

Un cambio así es parte, seguramente, de nuestra nueva actitud hacia toda obra. Como “dar empleo” es más importante que hacer cosas necesarias o agradables para los hombres, hay una tendencia a considerar que la causa de la existencia de cualquier industria reside en quienes ejercen la profesión en ella. El herrero no trabaja para que los guerreros puedan luchar. Los guerreros existen y luchan para que el herrero pueda estar ocupado. El bardo no existe pare deleitar a la aldea: la aldea existe pare ensalzar al bardo.

Detrás de este cambio de actitud en la industria se esconden razones estimables y cierta insensatez. El avance real de la caridad nos prohíbe hablar de “población sobrante”. En su lugar comenzamos a hablar de “desempleo”. El peligro del cambio reside en que podría conducirnos a olvidar que el empleo no es un fin en sí mismo. Queremos que la gente tenga empleo porque es un medio pare conseguir el sustento, pues creemos –quien sabe si acertadamente– que es mejor alimentarlos por hacer cosas mal que a cambio de no hacer nada.

Sin embargo, aunque tenemos el deber de hablar de dar de comer al hambriento, dudo que tengamos obligación de “estimar” al ambicioso. Esta actitud hacia el arte es fatal para la obra bien hecha. Muchos cuadros, poemas y novelas modernos que hemos conseguido “estimar” no son obras bien hechas en absoluto, pues no son siquiera obras. Son meros charcos de sensibilidad o reflexión derramadas. Cuando un artista está trabajando en sentido estricto, tiene en mente, por supuesto, el gusto existente, los intereses y la capacidad de su audiencia. Esto es parte de su materia prima, como el lenguaje, el mármol o la pintura. Es preciso usarlo, domesticarlo, sublimarlo, no ignorarlo ni oponerse a ello. La indiferencia altanera no es un rasgo de genio, ni prueba de integridad, sino pereza e incompetencia. Significa no haber aprendido el oficio. De ahí que la obra realmente honesta para Dios aparezca ahora, en lo que atañe al arte, de un modo nada intelectual: en el cine, las historias de detectives o los cuentos de niños. Todos ellos son a menudo estructuras razonables, instrumentos templados, cuidadosamente ajustados, con todos los acentos calculados, en los que la habilidad y el esfuerzo se emplean con éxito para producir lo que se pretende. No me malinterpreten. Las producciones intelectuales pueden revelar, como es lógico, una sensibilidad más fina y un pensamiento más profundo. Pero un charco no es una obra excelsa, por exquisitos que sean los vinos, aceites o medicinas que contenga.

Las grandes obras (de arte) y las “buenas obras” (de caridad) deberían ser también obras bien hechas. Hagamos que los coros canten bien o que se callen. De otro modo ratificaremos la conciencia mayoritaria de que el mundo de los negocios, que fabrica con enorme eficiencia cosas que no sería preciso realmente fabricar, es el verdadero mundo práctico de los adultos, mientras que la “cultura” y la “religión” (horrendas palabras ambas) son actividades esencialmente marginales, propias de aficionados y de personas algo ambiguas.

C. S. Lewis. El diablo propone un brindis, Ed. Rialp.

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