Mons. Fulton J. Sheen – El Calvario y la Misa – Prólogo

El sacerdote que no ha permanecido
cerca del fuego del tabernáculo, no puede
arrojar chispas desde el púlpito.

Nuestra clase sacerdotal está mejor
ilustrada a la luz del martirio. Llamamos la
atención de nuestro prójimo no por ser
un individuo corriente, sino por ser otro Cristo.

Mons. Fulton J. Sheen

 

Hay ciertas cosas en la vida demasiado bellas para olvidarse. Tal es el amor de una madre. Por eso guardamos su fotografía como un tesoro. El amor de los soldados, que se sacrificaron por su patria, es igualmente hermoso para ser olvidado; y por eso reverenciamos su recuerdo en el “Memorial Day”¹. Pero la más grande bendición que jamás descendió a este mundo fue la visita del Hijo de Dios en forma y condición de hombre. Su vida, sobre todas las vidas, es demasiado bella para olvidarse; por eso guardamos como un tesoro la divinidad de sus Palabras en la Sagrada Escritura, y la caridad de sus Obras en nuestras acciones diarias. Desgraciadamente esto es todo lo que algunas almas recuerdan: concretamente, sus Palabras y sus Obras; y sin embargo, siendo importantes como son, no son la mayor característica del Salvador Divino.

El acto más sublime en la historia de Cristo fue su Muerte. La muerte es importante porque ella sella el destino. Todo hombre que fallece es un acontecimiento. Toda escena de muerte es una situación sagrada. La muerte fue piedra de escándalo para Sócrates, pero fue la corona de vida para Cristo. Él mismo nos dijo que había venido al mundo a dar su vida en redención de muchos (Mc., 10, 45); que nadie me quita la vida sino que la doy libremente (Jn., 10, 18).

Si, pues, la muerte fue el momento supremo por el cual vivió Cristo, eso fue precisamente lo único por lo que deseó fuese recordado. No pidió a hombre alguno que consignara sus palabras en la Escritura; no pidió que se recordase en la historia su bondad con el pobre; pero sí pidió que el hombre recordara su muerte. Y para que su recuerdo no fuese una narración arbitraria por parte de los hombres, Él mismo instituyó el modo concreto como había de ser conmemorado.

El memorial fue instituido la noche antes de su muerte, durante lo que se ha llamado La Última cena. Tomando el pan en sus manos dijo: Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros; esto es, entregado a la muerte. Después dijo sobre el cáliz del vino: Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para la remisión de los pecados. Así pues, en un símbolo incruento de separación entre la sangre y el cuerpo, consistente en la consagración separada del pan y del vino, se comprometió a Sí mismo al sacrificio delante de Dios y de los hombres, y representó su muerte que sucedería a las tres de la tarde del día siguiente. Se ofrecía a sí mismo como Víctima para ser inmolada; y, para que los hombres no pudiesen olvidar jamás que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos, dio el encargo a la Iglesia: Haced esto en memoria mía.

“La muerte se nos representa simbólicamente por medio de esta separación sacramental entre el cuerpo y la sangre; pero la muerte, al mismo tiempo, ya se daba en prenda a Dios por todo su valor, tan bien como en toda su tremenda realidad, con el expresivo lenguaje del Sagrado Símbolo. El precio de nuestros pecados se entregaría en el Calvario; pero aquí nuestro Redentor contraía la obligación y la suscribía con su propia Sangre” (Mauricio de la Taille, SJ., Catholic Faith in the holy Eucharist, p.115).

“No hubo allí propiamente dos completos y diferentes sacrificios ofrecidos por Cristo, uno en el Cenáculo y otro en el Calvario. Hubo un sacrificio en la última Cena; pero éste fue el Sacrificio de la Redención; y hubo un sacrificio en la Cruz, pero éste fue el mismo Sacrificio continuado y completado.” (Mauricio de la Taille, SJ., The Mystery of Haith and Human Opinion, p.232)

Al día siguiente, lo que había prefigurado y anunciado lo realizó con toda su perfección cuando fue crucificado entre dos ladrones y su sangre se separó toda de su cuerpo para la Redención del mundo. La Iglesia, que Cristo fundó, no sólo conservó la Palabra que Él pronunció y las maravillas que Él obró, sino que le ha obedecido cuidadosamente en lo que dijo: Haced esto en conmemoración mía. Y esta acción, por la cual nosotros volvemos a hacer presente su muerte en la Cruz, es el Sacrificio de la Misa, en la que hacemos, como memoria, lo que Él hizo en la última Cena prefigurando su Pasión.

Por eso la Misa es para nosotros el acto cumbre del culto cristiano. El púlpito, en el cual se repite la palabra de nuestro Señor, no nos une con Él; el coro, en que resuenan suaves melodías, no nos aproximan más a la Cruz que a sus vestiduras. Un templo sin el altar del sacrificio no existe entre los templos primitivos y no tiene sentido entre los cristianos. Y así en la Iglesia Católica el altar y no el púlpito o el coro, o el órgano, es el centro del culto; porque en él se celebra el memorial de su Pasión. Su valor no depende de quien lo dice o de aquel que le escucha; depende de aquel que es el único gran Sacerdote y Víctima, Jesucristo Nuestro Señor.

Con el cual estamos unidos a pesar de nuestra nada; en cierto sentido, perdemos nuestra individualidad por un momento; unimos nuestro entendimiento y nuestra voluntad, nuestro corazón y nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestra sangre tan íntimamente con Cristo, que el Padre celestial no nos ve tanto en nuestra imperfección como nos ve más bien en Él, su Hijo muy amado, en quien tiene todas sus complacencias. La Misa es por esta razón el más grande acontecimiento de la Humanidad; el único Acto Santo que aparta la ira de Dios de un mundo pecador, porque levanta la Cruz entre el cielo y la tierra, renovando así el momento decisivo en que nuestra triste y trágica humanidad pasó de repente a la plenitud de la vida sobrenatural.

Lo que importa en este punto es que adoptemos la actitud mental exacta con relación a la Misa, y recordemos este hecho trascendental, que el Sacrificio de la Cruz es no sólo algo que aconteció hace diecinueve siglos. Está aconteciendo aún. No es algo pasado, como la firma de la Declaración de la Independencia. Es un drama permanente del cual no se ha bajado aún el telón. No pensemos que sucedió hace mucho tiempo, y por tanto que no tiene con nosotros más relación que cualquier otra cosa sucedida en el pasado. El Calvario pertenece a todos los tiempos y a todos los lugares.

Por eso, cuando Nuestro Señor subió a la altura del Calvario fue significativamente despojado de sus vestiduras. Quiso salvar al mundo sin los arreos de un mundo que pasa. Sus vestiduras pertenecían al tiempo, porque lo localizaban, lo determinaban como un ciudadano de Galilea. Ahora, que había sido despojado de ellas y enteramente desposeído de todas las cosas terrenas, pertenecía, no a Galilea, no a una provincia Romana, sino al mundo. Se había convertido en el pobre de todo el universo; pertenecía no a un pueblo sino a todos los hombres.

“Él ofreció la Víctima para ser inmolada; nosotros la ofrecemos ya inmolada entonces. Ofrecemos la Víctima eterna en la Cruz, sacrificada una vez y siempre perdurable… La Misa es un sacrificio porque es nuestra oblación de la Víctima ya inmolada, como la Cena fue la oblación de la Víctima que iba a ser sacrificada” lbíd. 239-240.

La Misa no es sólo una conmemoración, es una representación viviente del Sacrificio de la Cruz: “En este divino sacrificio que se realiza en la Misa se contiene e inmola de un modo incruento aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la Cruz (Heb., 9, 27). […] Una sola y la misma es, en efecto, la Víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a Sí mismo en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse”. (Concilio de Trento. Sesión 22. Dz. 940).

Para significar con más fuerza la universalidad de la Redención, la Cruz fue erigida en la encrucijada de la civilización, en un punto central en medio de tres culturas, de Jerusalén, Roma y Atenas, en cuyos nombres Él había sido crucificado. La Cruz, pues, fue fijada ante los ojos de los hombres para detener a los despreocupados, atraer a los aturdidos, levantar a los mundanos. Fue el único hecho ineludible que la cultura y civilización de su tiempo no pudieron resistir. También es el único hecho ineludible de nuestros días que no podemos resistir.

Las figuras de la cruz fueron símbolos de todos los que crucifican. Allí estuvimos en nuestros representantes. Lo que hacemos ahora con el Cuerpo místico de Cristo, lo hicieron ellos, en nuestro nombre, con el Cristo histórico. Si sentimos envidia del bien, allí estábamos en los escribas y fariseos. Si tememos perder ventajas temporales por abrazar la Divina Verdad y el Divino Amor, allí estábamos en Pilatos. Si confiamos en las fuerzas humanas y buscamos triunfar por medios materiales en vez de los espirituales, allí nos representaba Herodes. Y así se repite la historia en los típicos pecados del mundo. Todos son ciegos para reconocer el hecho de que Él es Dios. Había pues algo inevitable en la crucifixión. Los hombres, que fueron libres para pecar, fueron libres para crucificar.

Mientras haya pecado en el mundo, la crucifixión es una realidad. Como realzó el poeta:

Con corona de espinas en la frente
a Dios, Hijo del Hombre, pasar veo.
“Pero… ¿No estaba todo,
Señor, ya consumado?”, le requiero,
“¿No habías para siempre terminado
angustias y tormentos?”
¡Qué temblor cuando a mí tomó sus ojos!
“¿No entiendes tú el misterio?
Ves: cada corazón es un Calvario,
cada pecado un Leño.”

Estuvimos, pues, allí durante la crucifixión. El drama se completó ya hasta donde la visión de Cristo abarcaba; pero todavía no se ha representado ante todos los hombres, en todos los lugares, en todos los tiempos.

Si, por ejemplo, un rollo de película fuera consciente de sí mismo conocería el drama desde el principio hasta el fin, pero los espectadores en el teatro no lo conocerían hasta que lo hubieran visto proyectado en la pantalla. De manera semejante Nuestro Señor en la Cruz vio en su mente divina el drama entero de la Historia, la historia de cada alma en particular, y cómo más tarde reaccionaría ante su crucifixión; pero, aun cuando Él lo vio todo, nosotros no podemos conocer cómo reaccionaríamos ante la Cruz hasta que nos desenvolviésemos en la pantalla del tiempo.

No éramos conscientes de estar presentes en el Calvario aquel día, pero Él sí estaba consciente de nuestra presencia. Hoy conocemos el papel que representamos entonces en el teatro del Calvario por el modo como vivimos y actuamos ahora en el teatro del siglo XX.

Por eso el Calvario es actual; por eso la Cruz es crisis; por eso, en cierto sentido, las llagas siguen abiertas; por eso el dolor sigue deificando, y la sangre, como estrellas que caen, está aún cayendo en nuestras almas. No hay huida de la cruz; ni negándola, como hicieron los fariseos; ni vendiéndole, como Judas; ni aun crucificándole, como hicieron los verdugos. Todos la vemos: o abrazarla para la salvación, o huir de ella para la desgracia.

Pero, ¿cómo se hace eso visible? ¿Cómo encontraremos el Calvario perpetuado? Encontraremos el Calvario revalidado, renovado, representado, como hemos dicho, en la Santa Misa. El Calvario es uno con la Misa, y la Misa es una con el Calvario, porque en ambos es el mismo el Sacerdote y la Víctima. Las siete últimas Palabras son como las siete partes de la Misa. Y justamente como en la música hay siete notas que admiten una infinidad de armonías y combinaciones, así también en la Cruz hay siete notas que Cristo muriendo hizo sonar para los siglos, y todas ellas se combinan para formar la bella armonía de la Redención del mundo.

Cada palabra es una parte de la Misa. La Primera Palabra, Perdónales, es el Confiteor. La Segunda Palabra, Hoy estarás en el Paraíso, es el Ofertorio. La Tercera Palabra, He ahí a tu madre es el Sanctus. La Cuarta Palabra, ¿Por qué me has abandonado? Es la Consagración. La Quinta Palabra, Tengo sed es la Comunión. La Sexta Palabra, Todo se ha consumado, es el Ite, Missa est. La Séptima Palabra, Padre, en tus manos es el último Evangelio.

Imagínate, pues, al Sumo Sacerdote, Cristo, dejando el Santuario del cielo por el altar del Calvario. Ya se ha puesto las vestiduras² de nuestra naturaleza, el manipulo³ de nuestros sufrimientos, la estola del sacerdocio, la casulla de la Cruz. El Calvario es su catedral; la roca del Calvario la piedra del altar; el sol volviéndose rojo es la lámpara del santuario; María y Juan los altares laterales vivientes; la hostia es su cuerpo, el vino es su sangre. Está erguido como Sacerdote, y sin embargo postrado como Víctima: SU Misa va a comenzar.

Mons. Fulton J. Sheen. El Calvario y la Misa. 1961.

Arte: La Última Cena – Juan de Juanes


¹ Memorial Day. Fiesta oficial de los Estados Unidos que se celebra el último lunes del mes de Mayo para recordar a los caídos que sirvieron en las Fuerzas Armadas norteamericanas.
² Ornamentos litúrgicos: Alba: vestimenta del sacerdote de color blanco y ajustada con el cíngulo; tiene el simbolismo de la pureza del alma lavada por el bautismo. Cíngulo: cordón que se ciñe al alba, simboliza la castidad. Estola: especie de banda estrecha y larga que llevan los ministros ordenados sobre el alba colgando del cuello; ha de ser del color litúrgico del día; tiene el simbolismo de la autoridad sacerdotal. Casulla: vestimenta exterior del sacerdote, por encima del alba y estola; tiene el simbolismo del yugo de Cristo y significa la caridad.
³ Manipulo: Ornamento en forma de pañuelo o estola pequeña, que se colocaba en el brazo izquierdo; tiene el simbolismo del dolor. alba. En principio, el manípulo sirvió como pañuelo de mano y de ceremonia, pero desde el siglo IX pasó a ser un puro ornamento de los ministros consagrados, que se lleva pendiente del brazo izquierdo. Su origen parece hallarse en los pañuelos de etiqueta que ostentaban los romanos en la mappa o pañuelo de ceremonia que llevaban los cónsules al presidir los juegos públicos para lanzarlo al medio como señal de su comienzo.
Su adopción en la liturgia se remonta probablemente al siglo IV y ciertamente que figuraba desde el siglo VI en manos de los diáconos y desde el XV en las de sacerdotes y subdiáconos. De la forma de pañuelo más o menos cuadrado que tenía en sus comienzos pasó definitivamente a la de cinta o tira con apéndices en sus extremos desde el siglo XI.
Por las reformas litúrgicas impulsadas por el Concilio Vaticano II, el uso de manipulo quedó excluido de la Liturgia del rito latino ordinario. Sin embargo, en virtud del Motu Proprio Summorum Pontificum, del Papa Benedicto XVI, que regula la Liturgia de rito latino Extraordinaria, nombrada popularmente como “Misa Tridentina”, el Manípulo ha vuelto a ser un objeto litúrgico en uso. (Nota del Editor)

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