Custodiar la Palabra

el

Evangelio según San Mateo 13,18-23.

Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría,
pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”.

San Gregorio Magno, papa

Homilía: Custodiar la Palabra

Homilías sobre los evangelios, XV, 1-4

La humana fragilidad no debe presumir de explicar aún lo que ya está explicado por la misma verdad. Ahora bien, no faltan cosas, en la misma explicación hecha por el Señor, sobre las que debéis reflexionar seriamente… ¿Quién me hubiera creído si yo hubiera querido ver en las espinas la representación de las riquezas? Sobre todo por el hecho de que las espinas pinchan, mientras que las riquezas deleitan. Sin embargo, las riquezas son espinas porque laceran la mente con las picaduras de los pensamientos que llevan consigo; más aún, hieren y hacen brotar sangre cuando arrastran hasta el pecado. Con razón el Señor no sólo las llama «riquezas», sino «riquezas engañosas»: engañosas porque no pueden permanecer por mucho tiempo en nuestra posesión; engañosas porque no nos liberan de la pobreza. Sólo son verdaderas aquellas riquezas que nos hacen ricos en virtudes. Por consiguiente, hermanos, si codiciáis ser ricos, amad las verdaderas riquezas. Si buscáis la excelencia del verdadero honor, tended al Reino celeste. Si amáis la gloria de las dignidades, apresuraos para ser inscritos en la curia suprema de los ángeles y de los santos.

Custodiad en el corazón las palabras del Señor que oís con vuestros oídos. En efecto, la Palabra divina es alimento de la mente. Así como un estómago débil rechaza el alimento material, así puede ser rechazada la Palabra oída. Ahora bien, del mismo modo que el que no retiene los alimentos se encuentra, ciertamente, en peligro de muerte, temed también el peligro de la vida eterna si, después de haber recibido el alimento de la santa exhortación, no guardáis en la memoria las palabras de vida. Cuidado: todo lo que hacéis pasa, y, queráis o no, cada día os acercáis, sin tener jamás ni un momento de pausa, al juicio eterno. ¿Por qué amar lo que debéis abandonar? ¿Por qué desatender aquello a lo que debemos llegar?… Sin embargo, aunque el terreno bueno da fruto con paciencia, las obras buenas que hacemos no son nada si no somos capaces de soportar también pacientemente los males. Cuanto más asciende alguien en la perfección, tanto más crece contra él la adversidad del mundo. De ahí se sigue que veamos a muchos que hacen el bien y, con todo, gimen bajo el peso de pesados fardos de tribulaciones. Según la palabra del Señor, éstos dan fruto mediante la paciencia: acogiendo ahora con humildad los azotes, serán recibidos, después de los azotes, en el descanso celestial. Así, la uva que se pisa se transforma en vino deleitoso; así la aceituna que se exprime con fuerza, se libera de su grasa y se transforma en aceite; así, mediante la trilla, se separa el grano del

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