Mons. Fulton J. Sheen – El Calvario y la Misa – Parte Primera

EL CONFITEOR⁴

«Padre, perdónalos, porque no saben
lo que hacen» (Lc 23, 24)

 

La Misa comienza con el Confiteor. El Confiteor es una plegaria en la que confesamos nuestros pecados y pedimos a nuestra Madre Santísima y a los santos que intercedan ante Dios por nuestro perdón, ya que sólo los limpios de corazón pueden ver a Dios. Nuestro Señor comienza su Misa con el Confiteor; pero su Confiteor difiere del nuestro en esto: que Él no tiene pecados que confesar. Es Dios, y por lo tanto impecable. ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? (Jn. 8, 46). Su Confiteor, pues, no puede ser una súplica de perdón de sus pecados; pero puede ser una súplica de perdón de los nuestros.

Otros hubiesen gritado, maldecido, luchado al sentir sus pies y manos atravesados por los clavos. Pero la venganza no tiene lugar en el pecho del Salvador; ni una súplica brota de sus labios para castigo de los asesinos; ni exhala una oración pidiendo fortaleza para llevar a cabo su dolor. El Amor encarnado olvida la injuria; olvida el dolor; y, en este momento de agonía concentrada, manifiesta solamente algo de la altura, la anchura y la profundidad del maravilloso amor de Dios, mientras dice su Confiteor: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.

No dijo “perdóname”, sino “perdónales”. El momento de la muerte era ciertamente el más a propósito para hacer la confesión del pecado; porque la conciencia, en las últimas solemnes horas, impone su autoridad; y sin embargo, ni una señal de arrepentimiento asoma en sus labios. Estaba asociado a los pecadores, pero jamás asociado con el pecado. Ni en la muerte ni en la vida tuvo jamás conciencia del menor incumplimiento del deber para con su Padre celestial. ¿Y por qué? Porque un hombre impecable no es sólo un hombre; es más que un mero hombre. Es impecable porque es Dios. Y en eso está la diferencia. Nosotros sacamos nuestras oraciones de las profundidades de nuestra conciencia del pecado; y Él sacaba su silencio de su propia impecabilidad intrínseca. Esta sola palabra Perdónales prueba que Él es el Hijo de Dios.

Reparad en el motivo en que se apoya para pedir a su Padre celestial que nos perdone: Porque no saben lo que hacen. Cuando alguien nos injuria o nos culpa sin razón, decimos: “lo hizo a conciencia”; pero cuando pecamos contra Dios, Él halla una excusa para el perdón: nuestra ignorancia.

No hay redención para los ángeles caídos. Las gotas de sangre que cayeron de la Cruz el Viernes Santo en la Misa de Cristo, no alcanzaron a los espíritus de los ángeles rebeldes. ¿Por qué? Porque supieron lo que hacían. Vieron todas las consecuencias de sus actos con la misma evidencia con que nosotros vemos que dos y dos son cuatro, o que una cosa no puede existir y no existir al mismo tiempo. Verdades de esta naturaleza cuando han sido así entendidas no pueden retractarse; son irrevocables y eternas. Por consiguiente, determinar rebelarse contra el Dios Todopoderoso equivalía a tomar una decisión irrevocable. Conocieron lo que hacían.

Con nosotros es diferente. No vemos las consecuencias de nuestros actos tan claras como los ángeles; somos más débiles; somos ignorantes. Pues, si conociéramos que cada pecado de soberbia teje una corona de espinas para la frente de Cristo; si conociéramos que cada contradicción a sus divinos Mandamientos labra para Él la señal de contradicción, la Cruz; su supiéramos que cada acto de la avariciosa codicia taladra sus manos y cada jornada en los antros del pecado clava sus pies; si conociéramos lo bueno que es Dios y todavía siguiéramos pecando, jamás nos salvaríamos. Es solamente nuestro desconocimiento del infinito amor del Sagrado Corazón lo que nos introduce dentro del ámbito de su Confiteor en la Cruz.

Estas palabras, gravémoslo profundamente en nuestras almas, no constituyen una excusa para seguir pecando, sino un motivo de contradicción y penitencia. El perdón no es negación del pecado. Nuestro Señor no niega el hecho espantoso del pecado. Y en esto se engaña el mundo moderno. Se desentiende del pecado: lo adscribe a una falla en el proceso evolutivo, a reliquias de los antiguos tabúes; lo identifica con las teorías psicológicas.

En una palabra, el mundo moderno niega el pecado. Nuestro Señor nos recuerda que es la más terrible de todas las realidades. Si así no fuera ¿por qué carga con una cruz al impecable? ¿Por qué derrama la sangre inocente? ¿Por qué ahora el pecado se levanta a sí mismo fuera del dominio de lo impersonal y se afirma como personal clavando a la Inocencia en un patíbulo? ¿Por qué tiene tan odiosos compañeros: la ceguera, los compromisos, la cobardía, los odios y la crueldad? Una abstracción no hace esto; pero puede hacerlo un hombre pecador.

Por eso el Señor que amó al hombre hasta la muerte, permitió al pecador ejercer su venganza contra Él; para que los pecadores pudieran comprender siempre la malicia del pecado viendo en ella la causa de la crucifixión de Aquél que más les había amado.

No hay negación del pecado. Y sin embargo, a pesar de toda su malicia, la Víctima perdona. En el mismo único hecho se muestra la gran maldad del pecado y el sello del perdón divino. Desde ahora ningún hombre puede mirar al crucifijo y decir que el pecado no es grave, como tampoco puede decir jamás que no puede ser perdonado. Por lo que sufrió demostró la gravedad del pecado; por el modo cómo lo sufrió mostró su misericordia para con el pecador.

Es la Víctima que sufrió la que perdona; y en esta combinación de una Víctima tan humanamente bella, tan divinamente amante, tan absolutamente inocente, es donde uno halla un gran crimen y un mayor perdón. Bajo el refugio de la sangre de Cristo pueden cobijarse los mayores pecadores, porque hay poder en esta sangre para hacer retroceder las mayores mareas de la venganza que amenaza sumergir al mundo.

El mundo os presentará el pecado como inexistente. Pero sólo en el Calvario experimentaréis la Divina contradicción del pecado perdonado. En la Cruz, el amor divino e infinitamente generoso se apoyó en el pésimo acto del pecado de los hombres para la acción más noble y la más dulce plegaria, que ha visto y oído jamás el mundo, el Confiteor de Cristo: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.

En todas partes del mundo los sucesores de los Apóstoles tienen hoy el poder de perdonar. Y nosotros nos preguntamos: ¿cómo puede un hombre perdonar los pecados? Porque sabemos que el hombre no puede perdonar los pecados. Pero Dios puede perdonarlos por medio del hombre; pues ¿no fue este el modo como Dios perdonó a sus verdugos en la Cruz, esto es, a través del instrumento de su naturaleza humana? ¿Por qué, pues, no ha de ser razonable que Él siga perdonando los pecados a través de otras naturalezas humanas, a las cuales dio ese poder? ¿Dónde hallar esos hombres?

Conocéis la fábula de la caja que durante largo tiempo fue ignorada y hasta ridiculizada como de ningún valor: pero un día se abrió y se halló dentro el gran corazón de un gigante. En cada Iglesia católica existe esta “caja.” La llamamos confesionario. Ignorado y ridiculizado por muchos; pero en él se halla el Sagrado Corazón de Cristo el que perdona, perdonando los pecados a través de la mano alzada de su sacerdote, como una vez perdonó a través de sus propias manos levantadas en la Cruz. Sólo hay un perdón, el perdón de Dios; sólo hay un Perdónales, el Perdónales de un Acto eterno y divino, con el cual entramos en contacto durante varias ocasiones en la vida.

Como el aire está lleno de sinfonías y discursos pero no lo oímos mientras no los sintamos en nuestros aparatos de radio, así jamás las almas sentirán la alegría de este eterno y divino Perdónales, mientras no sintonicen con él en el tiempo; y el Confesionario es el lugar donde sintonizamos con el clamor de la Cruz; Perdónales.

Quiera el Señor que nuestra mente moderna, en vez de negar la culpabilidad, mire a la Cruz, confiese su culpa y busque perdón; ojalá aquellos que tienen conciencias intranquilas, que les ensombrecen en la luz y les persiguen en las tinieblas, busquen alivio no en el plano de la medicina, sino en el de la divina justicia; ojalá aquellos que hablan de los oscuros secretos del alma lo hagan, no con aire de soberbia sino con sentimiento de contrición; ojalá aquellos pobres mortales, que derraman lágrimas en silencio, hallen una mano perdonadora que las enjugue.

Debe ser siempre cierto que la mayor tragedia de la vida no es lo que acontece a las almas sino lo que las mismas almas yerran. Y ¿qué mayor tragedia que perder la paz de sentir el pecado perdonado? El Confiteor a los pies del altar es el reconocimiento de nuestra indignidad; el Confiteor de la Cruz es nuestra esperanza de perdón y absolución. Las heridas del Salvador fueron terribles, pero la peor herida de todas sería olvidarnos de que nosotros fuimos sus únicos causantes. El Confiteor puede salvarnos de esto, porque es el reconocimiento de que hay algo que debe ser perdonado, y mucho más que nunca sabremos.

Hay una historia que habla de una religiosa que un día limpiaba en la capilla una pequeña imagen de Nuestro Señor. Mientras hacía su trabajo se le cayó al suelo. La levantó sin que hubiese sufrido ningún desperfecto, la besó y la puso de nuevo en su sitio, diciendo: Si no hubieses caído no habrías recibido esto. Me pregunto si Nuestro Señor no siente lo mismo por nosotros; porque si nunca hubiésemos pecado no podríamos llamarle Salvador.

Mons. Fulton J. Sheen. El Calvario y la Misa. 1961.

Arte: La Última Cena – Juan de Juanes


⁴ “Yo confieso ante Dios Todopoderoso…” Corresponde al acto penitencial del inicio de la Misa.

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