Pureza del corazón

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Más que el ejercicio de las virtudes, será el esfuerzo por purificar el corazón lo que nos llevará más brevemente y en modo más seguro a la perfección del amor, porque el Señor está dispuesto a concedernos toda clase de gracias, con la condición de que no le pongamos absolutamente ningún obstáculo. Es justamente volviendo puro nuestro corazón que sacamos cuanto obstaculiza las operaciones de Dios; y ¿quién puede comprender las estupendas maravillas que el Señor opera en el alma una vez que ella se libera de los impedimentos? San Ignacio decía que más de una vez los mismos Santos ponían obstáculos a las gracias del Señor.

Entre todos los ejercicios de la vida espiritual no hay uno que el demonio obstaculice con mayor oposición, como es el esfuerzo de purificar el corazón. Nos dejará hacer sin molestarnos algunos actos externos de virtud, acusarnos, por ejemplo, en público de nuestros errores, servir en la cocina, visitar a los enfermos en los hospitales y a los infelices en las prisiones; porque en todo eso encontramos a veces una cierta satisfacción; o al menos favorece nuestra vanidad y puede sofocar los remordimientos interiores de la conciencia. Pero el demonio no puede soportar que sondeemos profundamente nuestro corazón, examinando los desórdenes y aplicándonos a enmendarlos. También nuestro corazón rechaza absolutamente este sondeo y este cuidado que lo deja al desnudo y lo hace sentir las propias miserias. Todas nuestras facultades han caído en un estado de grave desorden que a nosotros no nos gusta descubrir, porque quedaremos humillados de este conocimiento.

Nosotros vacilamos años enteros y a veces también toda la vida en la indecisión de consagrarnos enteramente a Dios. No podemos decidirnos a hacer el sacrificio completo. Nos reservamos afectos, planes, deseos, esperanzas, pretensiones, de las cuales no nos queremos desprender por temor de encontrarnos en esa perfecta desnudez de espíritu, que es el requisito indispensable para ser plenamente poseídos por Dios… Tenemos que atravesar un puente y nos falta el coraje. Por el miedo de ser infelices, permanecemos siempre infelices, rechazando el donarnos sin límites a aquel Dios que nos quiere poseer únicamente para liberarnos de nuestra infelicidad y de nuestra miseria.

Doctrina Espiritual de Louis Lallemant

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