Mons. Fulton J. Sheen – El Calvario y la Misa – Parte Cuarta

LA CONSAGRACIÓN

«¿Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado?»
(Mat., 27, 46)

 

La cuarta Palabra es la Consagración de la Misa del Calvario. Las tres primeras fueron dirigidas a los hombres, pero las cuatro últimas fueron dirigidas a Dios. Nos hallamos ahora en los momentos finales de la Pasión. Al pronunciar la Cuarta Palabra, en todo el Universo, no hay más que Dios y Él mismo. Es la hora de las tinieblas. De repente de entre su negrura rompe el silencio el grito tan terrible, tan inolvidable, que aun aquellos que no entendieron el dialecto recordaban su extraño acento: Elí, Eli, Lamma sabacthani. Lo recordaban así como una ruda interpretación del hebreo, porque no pudieron jamás apartar de sus oídos el sonido de aquellos acentos durante todos los días de su vida.

Las tinieblas que cubrían la tierra en aquel momento, fueron solamente un símbolo externo de la oscura noche del interior de su alma. Bien puede, por cierto, el sol ocultar su rostro ante el terrible crimen del deicidio. La verdadera razón por la cual se hizo la tierra fue para que en ella se erigiese una Cruz. Y ahora que la Cruz se alzó, la creación siente el dolor y entra en tinieblas. Pero, ¿por qué el grito de las tinieblas? ¿Por qué el grito de abandono: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?. Fue el grito de la expiación del pecado. El pecado es la separación, el divorcio, el original divorcio de la unidad con Dios, del cual se han derivado los demás divorcios.

Desde el momento en que Él vino a la tierra a redimir a los hombres del pecado, era muy lógico que sintiera este abandono, esta separación, este divorcio. Lo sintió primeramente dentro, en su alma; como la base de la montaña, si fuera consciente, podría sentir el abandono del sol si una nube se ciñe todo alrededor, aun cuando sus picos más altos brillen radiantes de luz. No había pecado en alma, pero desde que Él quiso sentir en sí el efecto del pecado, una terrible sensación de abandono y soledad se apoderó de Él. La soledad de vivir sin Dios.

Renunciando a la divina consolación, que podría haber tenido, se sumergió en un terrible desamparo humano para pagar por la soledad del alma que ha perdido a Dios por el pecado; por la soledad del ateo que dice que no hay Dios; por la soledad del hombre que traiciona su fe cegado por las cosas visibles; y por la angustia de los corazones de todos los pecadores que tienen nostalgia de Dios. Él llegó hasta redimir a aquellos que no confiarían, que en sus penas y miserias increparían y abandonarían a Dios gritando: “¿Por qué esta muerte? ¿Por qué tenía yo que perder mi propiedad? ¿Por qué tengo que sufrir?” Él satisfacía por todos esos que exigen a Dios un por qué.

Y para mejor revelar la intensidad del sentimiento de abandono, lo manifestó con una señal externa. Puesto que el hombre se había separado de Dios por el pecado, Él, en satisfacción, permitió que su sangre fuera separada de su cuerpo. El pecado había entrado en la sangre del hombre; y como si todos los pecados del mundo hubiesen entrado en Él, drenó el cáliz de su cuerpo de su sangre sagrada. Casi le podemos oír exclamar: Padre, este es mi cuerpo; esta es mi sangre. Están siendo separados uno de otro, como la humanidad se ha separado de Ti. Esta es la consagración de mi Cruz.

Lo que sucedió aquel día en la Cruz, está sucediendo ahora en la Misa, con esta diferencia: en la Cruz estaba solo; en la Misa está con nosotros. Él ahora está en el cielo a la diestra del Padre intercediendo por nosotros. Por tanto no puede sufrir en su naturaleza humana. ¿Cómo puede entonces la Misa ser la repetición del Calvario? ¿Cómo puede Cristo renovar la Cruz? No puede sufrir de nuevo en su naturaleza humana propia, que en el cielo está gozando la felicidad; pero puede sufrir de nuevo en nuestras naturalezas humanas. No puede renovar el Calvario en su cuerpo físico, pero le puede renovar en su Cuerpo místico, la Iglesia. El Sacrifico de la Cruz puede renovarse, supuesto que nosotros le demos nuestro cuerpo y nuestra sangre, y que se lo demos tan completamente como si fuera el suyo propio, y como tal puede ofrecerse a sí mismo de nuevo a su Padre celestial por la salvación de su Cuerpo místico, de la Iglesia.

Y así Cristo va por el mundo recogiendo otras naturalezas humanas que quieran ser Cristos. Para que nuestros sacrificios, nuestras penas, nuestros Gólgotas, nuestras crucifixiones no queden aisladas, dislocadas, inconexas, la Iglesia las reúne, las amontona, las unifica, las amasa, y esta masa de todos nuestros sacrificios, de todos, y cada uno de nosotros, se une con el Sacrificio de Cristo en la Cruz, en la Misa.

Cuando asistimos a la Misa no somos individuos de la tierra o unidades solitarias, sino partes vivas de un gran orden espiritual en el cual el Infinito penetra y envuelve lo finito, el Eterno irrumpe en lo temporal, y el Espíritu se viste de las ropas de la materialidad. Nada más solemne existe en la faz de la tierra de Dios que el momento de la Consagración; porque la Misa no es una plegaria, ni un himno, no algo que se dice, es un Acto Divino con el cual nosotros entramos en contacto en un momento dado del tiempo.

Podemos ilustrar imperfectamente el pensamiento con el ejemplo de la radio. El aire está lleno de música y palabras. No las hemos puesto nosotros en él; pero, si queremos, podemos establecer contacto con ellas sintonizándolas con nuestro aparato. Así en la Misa. Es un singular, único Acto Divino; pero con El podemos ponernos en contacto cada vez que representado y repetido en la Santa Misa.

Cuando se hace el troquel de una medalla o una moneda, la medalla es lo material, la representación visible de la idea espiritual que existió en la mente del artista. Pueden hacerse innumerables reproducciones de este original cada vez que una nueva pieza de metal se coloca en contacto con él, y se vacía de él. No obstante la multiplicidad de las medallas hechas, el molde es el mismo. De igual manera en la Misa. El molde —el Sacrificio de Cristo en el Calvario— es repetido en nuestros altares cuando cada ser humano es puesto con Él en el momento de la Consagración. Pero el sacrificio es uno y el mismo, a pesar de la multiplicidad de las Misas. La Misa es pues la comunicación del Sacrificio del Calvario con nosotros, bajo las especies del pan y del vino.

Nosotros estamos en el altar bajo las apariencias de pan y de vino, porque ambas son el sostén de la vida. Y por eso, dando lo que nos da la vida, estamos simbólicamente dándonos a nosotros mismos. Además, el trigo debe ser molido para convertirse en pan, y la uva debe ser prensada para convertirse en vino. Y por eso ambos son representativos de los cristianos que están llamados a sufrir con Cristo, para que puedan reinar con Él.

Al acercarse la Consagración de la Misa Nuestro Señor está diciéndonos equivalentemente, “Tú, María; tú Pedro… vosotros, todos… Dadme vuestro ser entero. Yo ya no puedo sufrir. Yo pasé por mi Cruz y llené hasta el tope los sufrimientos de mi cuerpo físico, pero no llené los que pertenecían a mi Cuerpo místico, en el cual estás tú. La Misa es el momento en que cada uno de vosotros podéis cumplir literalmente mi mandato. Toma tu cruz y sígueme“.

En la Cruz nuestro Divino Señor te estuvo mirando a ti con la esperanza de que un día quisieras entregarte a Él en el momento de la Consagración. Hoy en la Misa esta esperanza, acariciada sobre ti por Nuestro Señor, se ve cumplida. Cuando asistes a la Misa espera que le hagas a Él la entrega de tu ser.

Así, cuando el momento de la Consagración, el sacerdote, obediente a la voz del Señor haced esto en memoria mía, toma el pan en sus manos y dice: Esto es mi cuerpo, y luego sobre el cáliz del vino dice: Este es el caz de mi sangre del nuevo y eterno testamento. No ha consagrado el pan y el vino a la vez, sino por separado.

La Consagración separada del pan y del vino es una simbólica representación de la separación del cuerpo y sangre, y como la crucifixión entraña precisamente este misterio, el Calvario es renovado en el altar. Pero Cristo, como se ha dicho, no está solo en el altar. Estamos con Él. Y por eso las palabras de la Consagración tienen un doble sentido. El primero es: “Este es el cuerpo de Cristo, esta es la sangre de Cristo”. Pero su significación secundaria es: “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”.

¡Tal es la finalidad de la vida! Redimirnos a nosotros en unión con Cristo; aplicarnos sus méritos a nuestras almas, siendo como Él en todas las cosas, hasta en su muerte de Cruz. Él pasó por su Consagración en la Cruz para que nosotros pasemos por la nuestra en la Misa. No hay nada más trágico en todo el mundo que el dolor malgastado. Piensa cuanto se sufre en los hospitales, cuánto sufren los pobres, los desamparados. Piensa también cuántos de esos sufrimientos se pierden. ¿Cuántas de esas almas solitarias, doloridas, abandonadas, crucificadas, están diciendo con Nuestro Señor en el momento de la Consagración: “Esto es mi cuerpo, tómalo?” ¡Y sin embargo, esto es lo que todos nosotros deberíamos hacer en ese instante! Yo me entrego a ti, Señor, aquí está mi cuerpo: Tómalo. Aquí está mi sangre: Tómala. Aquí está mi alma, mi voluntad, mi fuerza, mi propiedad, mi salud, todo cuanto tengo. Es tuyo Señor. Tómalo, conságralo, ofrécelo. Ofrécelo contigo al Padre celestial para que, echando una mirada a este gran sacrificio vea solamente a ti, su Hijo amado, en quien tiene todas sus complacencias.

Transmuta el pobre pan de mi vida en tu vida. Enciende el vino de mi gastada vida en tu divino espíritu. Une mi roto corazón con tu corazón. Cambia mi Cruz en tu crucifijo. Que mis abandonos y mis pruebas y mis dolores no se pierdan. Recoge sus fragmentos. Y, como la gota de agua es absorbida por el vino en el Ofertorio de la Misa, sea mi vida absorbida por la tuya; sea mi pequeña cruz engastada en tu gran Cruz para que pueda yo gozar los gozos de la vida eterna en unión con Vos.

Consagrad estas pruebas de mi vida, que quedarían sin valor de no unirlas con Vos. Transubstanciadme, de tal manera que, como el pan que es ahora vuestro cuerpo y el vino que es ahora vuestra sangre, yo también sea vuestro. No me preocupa si las especies permanecen, o que, como el pan y el vino, yo aparezca a los ojos humanos el mismo de antes, mi puesto en la vida, mis deberes diarios, mi trabajo, mi familia. Todo eso no son sino las apariencias o especies de mi vida, que pueden quedar intactas; pero la sustancia de mi vida, mi alma, mi entendimiento, mi voluntad, mi corazón, cámbialos Señor, transfórmalos todos para tu servicio, de modo que, a través de mí, todos puedan comprender cuan suave es el amor de Cristo. Amén.

Mons. Fulton J. Sheen. El Calvario y la Misa. 1961.

Arte: La Última Cena – Juan de Juanes

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