«Te llevarán en sus palmas» (Sal 90,12)

San Bernardo, abad

Sermón: Imitar la humildad de los ángeles de Dios.

Sermón 13º sobre el salmo 90.

«Te llevarán en sus palmas» (Sal 90,12).

1. Podemos entender este verso que tenemos entre manos: En las palmas de sus manos te llevarán, etc., no sólo de los consuelos de esta vida, sino también del eterno consuelo de la futura. Nos guardan los ángeles en nuestros caminos, pero en acabando el camino, o sea, en acabando la vida, nos llevan en sus manos. Ni faltan para comprobar esto testigos fieles. Muy poco ya se leyó de nuestro beatísimo Padre, verdaderamente por todo Benito, que, fijando su vista en el esplendor de una radiante luz, vio que el alma de Germán, obispo de Capua, era llevada en globo de fuego por los ángeles del cielo. Pero ¿qué necesidad tenemos de buscar estos testimonios? La Verdad misma dice en el Evangelio de aquel mendigo y llagado, Lázaro, que fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Y no podríamos nosotros andar solos en aquella tan nueva y tan incógnita región, especialmente con tan pedregoso camino. ¿Qué piedra es ésta? El que en las piedras en otro tiempo acostumbraba a ser adorado; el que presentó al Señor las piedras, diciéndole: Di que estas piedras se vuelvan panes. En tu pie se entiende tu afecto; éste es el pie del alma que los ángeles llevan en sus manos para que no tropieces contra la piedra. Porque ¿cómo no se turbaría el alma con gran terror si saliese sola de aquí, si entrase en aquellos caminos sin compañía que la consolase, si anduviese entre aquellas piedras por sus propios pies?

2. Pero oye más claro cuánto precisas ser llevado en ajenas manos y no en otras que las angélicas. Andarás sobre el áspid y el basilisco, y hollarás al león y al dragón. ¿Qué haría entre tales tropiezos el pié del hombre? ¿Qué afecto humano tendría constancia y no desmayaría ante monstruos tan horrendos? Sin duda son estos basiliscos y áspides los malignos espíritus, no sin razón así llamados, ya que de ellos está escrito lo que antes dijimos y no habréis echado en olvido: Caerán a tu lado izquierdo mil, y diez mil a tu diestra. ¿Y quién sabe si están repartidas entre ellos las operaciones de malicia y misterios de iniquidad, de suerte que, teniendo diversos oficios, o más bien, maleficios se llamen uno áspid, otro basilisco, otro león y otro dragón; por cuanto invisiblemente dañan de modos diversos, como si fuera por la mordedura uno, otro por la vista, otro por el rugido o golpe y otro por el hábito? He leído también de otro género de demonios, que no salen sino con oración y ayuno, no habiendo conseguido nada contra ellos el conjuro de de los apóstoles. ¿Cómo no diremos que este género de demonios es semejante a un áspid, a aquel áspid de que nos habla el Salmista, que se hace el sordo, tapando sus orejas para no oír la voz del encantador? Mira que no le sigas ahora, no le imites y no te horrorizará más tarde.

3. Hay un vicio sobre el cual creo domina especialmente este espíritu; y si lo queréis saber, es aquel rodeo que os avisamos, en el sermón de ayer, evitásteis; es aquella obstinación contra la cual hablábamos entonces. Porque no me pesa de preveniros, siempre que se brinda la ocasión, contra esta peste, para que huyáis de ella a todo trance, porque es como la última subversión y ruina de toda religión y, según el testimonio del Legislador, el veneno incurable de los áspides. Dícese del áspid que fija, cuanto más apretadamente puede, una oreja en tierra y tapa la otra metiendo en ella la cola, para no poder oír. ¿Qué podrá hacer entonces la voz del encantador, la exhortación del que predica? Oraré, humillaré mi alma en el ayuno, me bautizaré con abundante torrente de lágrimas, como por un hombre ya muerto, por aquel en quien viere que ninguna sabiduría de la encantación humana aprovecha nada, y ninguna industria de las amonestaciones que le hacen, saca fruto alguno.  Pero sepa este hombre pertinaz que no fija su oreja en el cielo, sino en el suelo; pues la ciencia que de arriba viene no sólo es modesta, sino pacífica; pero ésta, siendo más bien, por decirlo así, aspídica, no puede ser sino terrena. Mas no ensordecería tanto si no taponase con la cola la otra oreja. ¿Qué cola es ésta? El fin de la intención humana. Entonces es ya la sordera desesperada en el hombre, cuando, por una parte, como clavado en tierra, pégase a su propia voluntad, y por otra, como torciendo la cola, medita algún fin y tiene clavado en el ánimo lo que desea alcanzar. No tapéis, hermanos, no tapéis, os ruego, vuestros oídos; no endurezcáis vuestros corazones. Por eso, pues, se encuentran tan mordaces y amargas palabras en la boca de un hombre obstinado, porque toda la benevolencia de quien le exhorta no halla por donde penetrar en él. Por eso la ponzoña del áspid persevera en el aguijón de su lengua, porque se ha tapado las orejas con tanto cuidado para no oír las palabras del encantador.

4. Dicen que el basilisco lleva el veneno en el ojo; es animal pésimo y el más execrable de todos. ¿Deseas conocer el ojo envenenado, el ojo malo, el ojo fascinador? Piensa en la envidia. ¿Qué es envidia, sino ver el mal? Si no fuera el enemigo basilisco, nunca por su envidia hubiera entrado en el mundo la muerte. ¡Ay del hombre que no vio antes al envidioso! Venzamos también este vicio, mientras aquí vivimos, si después de la muerte queremos no temer al ministro de tanta malicia. Ninguno mire el bien de otro con ojo envidioso. Ya esto mismo, cuanto es de su parte, sería inficionarle con su veneno y de algún modo matarle. Al que aborrece a otro hombre, la Verdad misma le declara homicida; y de aquel que odia lo bueno en el prójimo, ¿qué diremos? ¿No se le podrá acaso llamar homicida? Vive aún el hombre, él es ya reo de su muerte; aún arde el fuego que el Señor Jesús trajo a la tierra, y el envidioso es ya condenado, como quien ha extinguido el espíritu.

5. ¡Ay de vosotros por causa del dragón! Feroz bestia es; con hálito de fuego mata cuanto toca, no sólo las bestias de la tierra, sino las aves del cielo. No creo sea otro este dragón, sino el espíritu de ira. ¡Cuántos, aún de los que al parecer se elevaban sobre otros en su género de vida, miserablemente abrasados con el vaho de este dragón, lloramos haber caído torpemente en su boca! ¡Cuánto mejor fuera que se hubiesen airado consigo mismos para no pecar! La ira es un afecto natural en el hombre; mas en los que abusan del bien de la naturaleza es la más grave perdición y miserable ruina. Ocupémosla, hermanos míos, en lo que nos conviene, no sea que prorrumpa en cosas inútiles o ilícitas. Así es como suele el amor expeler al amor y un temor quitarse con otro temor. No temáis a aquellos que matan el cuerpo, dice el Señor, y no tienen poder para dañar al alma; y añade: Yo os mostraré a quién debéis temer. Temed al que tiene potestad para lanzar cuerpo y alma al infierno. Sí, os lo repito: temed a éste. Como si más claramente dijera: A éste habéis de temer, para no temer a aquéllos. Llénese vuestro espíritu de temor del Señor, y no habrá en vosotros otro temor extraño. Y yo os digo a vosotros, hermanos, aunque no yo, sino la Verdad: no yo, sino el Señor: No os enojéis con los que os quitan las cosas terrenas, os insultan y os amenazan acaso con suplicios, y fuera de esto nada más pueden nacer. Yo os mostraré contra quién debéis airaros: airaos contra aquella que sola puede dañaros, que sola puede hacer que todas las demás cosas de nada os aprovechen. ¿Queréis saber quién sea ésta? La propia maldad. Sí, yo os lo digo: contra ésa habéis de airaros, pues no os dañará ninguna adversidad si no os dominare ninguna maldad. El que se aíra perfectamente contra ella, no se altera por las demás cosas, antes al revés, las abraza con gusto. Yo, dice el Salmista, dispuesto estoy a los azotes. Sean daños, sean oprobios, sea lesión del cuerpo, dispuesto estoy para soportarlo con resignación, porque mi pecado está siempre a mi vista. ¿Qué mucho que desprecie todas las cosas exteriores, que mire como nada en comparación de este dolor? Mi hijo, dice, que ha salido de mí mismo, me persigue, ¿y me enojaré contra un siervecillo que me insulta? Mi corazón mismo me ha dejado, me ha desamparado mi valor, y ya no está conmigo la lumbre de mis ojos, ¿y había de llorar yo los daños temporales y hacer caso de las molestias corporales?

6. De aquí nace no sólo la mansedumbre, a la que no dañará el aliento del dragón, sino también la magnanimidad del corazón, al cual no espantará el rugido del león. Vuestro enemigo es como león rugiente, dice San Pedro. ¡Gracias al León excelso de la tribu de Judá! El podrá rugir, mas no herir. Ruja cuanto quiera: nada tendrá que temer la oveja de Cristo. ¡Cuánto amenaza, cuánto exagera, cuánto intenta! No seamos bestias que se amedrentan con aquel vano rugido. Refieren los más curiosos investigadores de la naturaleza que al rugido del león no hay bestia alguna, aun de aquellas que resisten a sus golpes con toda furia, que resista; y aun la que, las más de las veces, le vence cuando entra con él en lid, esa misma no le aguarda cuando ruge. Verdaderamente insensato, verdaderamente falto de razón quien fuese tan cobarde que cediese con sólo el temor, el que fuese vencido con sola la amenaza del trabajo futuro y antes de la pelea, y que no al golpe del dardo, sino al mero clamor de trompeta cayese por tierra. No habéis resistido todavía hasta derramar sangre, dice aquel valeroso Capitán, que sabía cuan vano es el rugido de este león. Y otro añade: Resistid al diablo y huirá de vosotros.

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