Dios es fiel (Henri Holstein, S.J.)

Christus, 12, (1965) 213-227

En su marcha hacia la tierra prometida, Israel descubre que el nombre de su Dios libertador es “el Fiel”, el que destruye el ejército de los egipcios, y da al pueblo el alimento y el agua de la roca: «Entonces dieron fe a sus palabras, y cantaron sus alabanzas» (Sal 106, 12). Pero esta experiencia tiene como condición esencial la fidelidad del pueblo, exigida por el Señor en el: Sinaí. El pueblo, cuando es fiel, reconoce la fidelidad de Dios y recobra su ánimo; por el contrario, cuando desobedece y murmura, el pueblo duda de la fidelidad de Yahvé (Núm 20, 4-5). La luz de la fe se obscurece al interrumpirse el diálogo de fidelidad.

En este diálogo de fidelidad, Dios tiene la iniciativa, pues sólo su gracia puede hacernos fieles. Por eso la vida de fe es esta experiencia, cada vez más profunda, de la fidelidad de Dios aceptada confiadamente por el hombre. Lo veremos primero en la obediencia de la fe, luego á través de los acontecimientos, y por fin en una mirada prospectiva de la esperanza.

EN LA OBEDIENCIA DE LA FE (Rom 16, 26)

En la Escritura, la fidelidad y la confianza, que nos parecen características de la actitud del hombre creyente, se aplican primero a Dios: Dios es fiel y confía en nosotros.

Es fiel, porque «la palabra de nuestro Dios permanece para siempre» (Is 40, 8), no se contradice ni se retracta. «¿Lo ha dicho Él y no lo hará?, ¿lo ha prometido y no lo mantendrá?» (Núm 23, 19). Y en el Nuevo Testamento, Jesucristo y su obra aparecerán como la plena realización de la fidelidad de Dios, su Amen. (1 Tes 5,24; 2 Tes 3,3).

A pesar de las negativas y cobardías del hombre, Dios seguirá confiando en él. La primera palabra de Dios es creadora: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza» (Gén 1,26) y no se desmentirá jamás. Esta primera decisión tomada a favor del hombre tendrá su coronamiento en la Encarnación –la última Palabra, que sella todas las otras, en un amor fiel hasta la muerte (Jn 15, 13). Así Jesucristo nos manifiesta, con su fidelidad obediente, la misma fidelidad de Dios.

El cristiano descubre en su propia fidelidad –que San Pablo llama “la obediencia de la fe”– la fidelidad de Dios. Obedecer en la fe es descubrir, a través de la alegría de un diálogo ininterrumpido –aunque a veces sea con dolor– las obras del Dios fiel «para el bien de los que le aman» (Rom 8,28). Esta sumisión a la voluntad de Dios es lo decisivo en el acto de fe, como Abraham que obediente a un mandato de Dios «salió, pero sin saber a dónde iba» (Heb 11,8).

En este primer momento, el creyente se siente a veces aplastado por la inmediatez de una orden que le obliga a dejar su mundo familiar y marcharse hacia lo desconocido. No sabe aún de dónde viene la voz, pero debe irse, sin más. «Sal de tu tierra…» (Gén 12,1). La grandeza de la fe de Abraham consistió en partir inmediatamente, sin pedir explicaciones ni exigir una justificación.

A veces, el creyente tendrá la impresión de ser guiado por un determinismo ciego e injustificable, pero en seguida sabrá reconocer en lo imprevisto la voluntad misteriosa y la mano del Dios todopoderoso (Job 1, 21). Este reconocimiento permite entrever la intención misteriosa de este Dios que ha transformado nuestra vida. La oscuridad de la fe, aceptada con lealtad, dispone siempre a una mayor luz. Sólo descubrimos a Dios al aceptar y cumplir su voluntad. En medio de su sufrimiento y abandono, Job siente la mano de Dios que «le oprime duramente» (Job 13,21) no para inclinarle hacia la tierra, sino para volverle hacia Él pues se le quiere manifestar: «Sólo de oídas te conocía; mas ahora te han visto mis ojos» (Job 42,5).

La obediencia de la fe ilumina la inteligencia libremente sumisa. Entonces el siervo fiel experimenta la fidelidad de su Maestro. En la prueba descubre una gracia, no un destino ciego; se reconoce como amigo del Dios hasta entonces desconocido, que le invita al diálogo para manifestarle su Sabiduría que dirige al mundo y a los hombres. La difícil obediencia de la fe es el camino que conduce al encuentro de Dios; noche luminosa de donde emergen aquellos que Él quiere llamar, para manifestarles su rostro resplandeciente: «Y respondió Yahvé a Job de en medio del torbellino» (38,1). Entonces, al descubrir su origen, los acontecimientos adquieren su verdadero significado.

La misma fidelidad de Dios pide que se oculte, porque su invisibilidad es señal de la grandeza de su amor; Dios quiere ser acogido, no soportado, y por eso no se impone. Rehusa la facilidad de una familiaridad sin misterio, porque quiere que le busquemos. Y a pesar de todo está cerca de nosotros, establece su tienda en medió del campamento de Israel, en espera del templo vivo de la humanidad de Cristo. Presente en Cristo, permanecerá el Dios escondido, porque sólo se manifiesta a los que creen; y al que cree, Jesús se le revela (Jn 9, 35-37), mientras que para el incrédulo se convierte en signo de contradicción. Conocimiento personal que no es evidencia, pero sí una certeza: cuando el Señor resucitado, en la orilla del lago, convida a sus discípulos, fatigados por una noche de inútil trabajo, a saborear la comida que les había preparado, «ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle: ¿Tú quién eres?, sabiendo que era el Señor» (In 21,12).

“YO ESTARÉ CON VOSOTROS SIEMPRE” (MT 28, 20)

La fe empieza por un descubrimiento: unas veces laborioso al ir descifrando los signos que manifiestan la persona que me los dirige intencionadamente a mí; otras veces repentino, al tomar conciencia del Otro que está ahí, ante mi, y que me llama sin que yo pueda sustraerme. Con tal que yo sea fiel, pura la mirada y libre el corazón, la presencia del Señor se me hará familiar. Él está ahí, fiel.

En el crecimiento de la vida de fe, los signos se hacen cada día más tenues y transparentes: a Maria le bastó oír pronunciar su nombre para reconocer que allí estaba Jesús resucitado. Esta presencia del Dios fiel la encuentro en la misma historia de mi fe, en el servicio a los demás, en la enfermedad, en la conciencia de mis pecados y en la contrición que despierta. Todo son revelaciones de la fidelidad de Dios, que es la fuerza de mi fe.

El creyente es un viajero que camina por el borde del abismo. Lo propio de la fe es poder ponerse constantemente a sí misma en duda y no encontrar de nuevo su estabilidad sino en su mismo movimiento: Pedro caminó sobre las aguas, pero, se hunde cuando duda de su fe en la llamada de Jesús. La tentación constante en la fe es volverse atrás, dudar de la adhesión de donde procede el acto de fe ya sea porque dudo de su evidencia, ya sea porque considero que a mi fe actual le falta la generosidad de antaño. Las verdaderas tentaciones de la fe no proceden del exterior, sino de la duda intima, que se nutre con mirada fija sobre un asentimiento que me parece una ilusión o una presunción. Es precisamente esta mirada interior la que debe purificarse por el encuentro, en la oración humilde, con el Dios fiel. Yo creo únicamente por la gracia de Dios que me llama hacia Él, no por mis buenos deseos, como pensaban los semi-pelagianos. Toda la iniciativa viene de El: nosotros sólo podemos acoger el don de su misericordia: «En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4,10).

En el origen de nuestra fe, debemos reconocer la fidelidad del Padre. Y estar seguros de que esa fidelidad no se desmentirá jamás. Dios no solamente lo hace todo, sino que a veces lo hace a pesar de nosotros; aunque muchas veces -como María junto al sepulcro- no le reconocemos. A menudo desesperamos de nuestra fe, como si fuese una empresa nuestra, incapaces de llevarla a buen término. Pero el Señor es fiel, y nos hace sentir la fuerza de su fidelidad: “Cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12,10).

Cada día debo comprender mejor que mi fe es una mirada incesante sobre la fidelidad de Dios: creer en el Dios fiel, es experimentar que Él es fiel, y apoyarme en su fidelidad. Rezar para creer es agradecer a Dios la gran fidelidad que me manifiesta: “Se para mí roca inexpugnable, ciudadela para mi salvación. Pues tú eres mi roca, mi ciudadela” (Sal 30, 3-4). Y esta roca no se conmueve, porque es el mismo amor de Dios.

Esta fidelidad de Dios se prueba en la actividad apostólica, y en el servicio de caridad pasa con los demás. Este amor efectivo al prójimo no es sólo una exigencia de mi fe, sino la misma experiencia de la fe. El creyente –dice Bergson– siente que ama a los hombres con el mismo amor de Dios. A través del cristiano, Dios ama los hombres y les manifiesta la fidelidad de su amor. Al igual que Cristo (Un 7,16; 5,36), la acción del cristiano no es obra suya, sino del Padre que obra por su Hijo y por todos aquéllos que creen en El. La fidelidad de Dios es fuente de una entrega sin desfallecimientos. Por eso fe y caridad van siempre unidas: la fe sin obras es un engaño; pero la caridad sin fe –sin esa referencia constante a la fidelidad de Dios– es, una ilusión.

La caridad que brota de la fe posee, en el mismo acto de su ejercicio, la seguridad de ser el instrumento del amor del Dios fiel, en Cristo Jesús.

Por consiguiente, la fe reconoce también en la prueba, la enfermedad, la impotencia del cuerpo y del espíritu, la presencia del Dios fiel. Fidelidad que no pide demostración – Job aparece ante sus amigos como abandonado por Dios- sino que se experimenta y se robustece en la aceptación. Lo importante, pues, es aceptar la voluntad de Dios, y someterse en silencio a ella, con un corazón noble y entregado. La gracia de esta aceptación permite descubrir, en el mismo sufrimiento, al Dios de la Revelación, que tiene sus preferencias por los pobres y desgraciados. Su misma fidelidad le hace estar, junto a ellos, pues, su elección es eterna. Los pobres encuentran así el sentido de su dolor. Dios puso en el sufrimiento de su Hijo, Siervo doloroso y humillado, cordero inocente cargado con los pecados de todos (Is 53, 6-7), un poder redentor misterioso que transforma el abandono y la muerte, y por su fidelidad prolonga este poder en nosotros, sus hijos adoptivos. El sufrimiento humano tiene, pues, razón de volverse hacia Dios, en la fe: Dios se ha comprometido, en su fidelidad, a valorar, hasta la Parusla, el escándalo del Calvario: «la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres» (1 Cor 1,25).

Al contemplar nuestro pecado obstinado, nos sentimos tentados de desesperación; pero si, con la misma mirada, nos volvemos hacia la misericordia del Dios fiel, comprendemos que El nos salva, pues sabemos que nos perdona, y no se cansa de renovar, cada vez que le imploramos, ese perdón paternal: «¡Yahvé, Yahvé! Dios misericordioso y clemente, tardo a la ira, rico en misericordia y fiel» (Ex 34,5). Esta confianza humilde en la fidelidad de Dios que nos perdona es la única actitud capaz de soportar nuestra experiencia de pecadores. La gracia que nos perdona es la misma que nos hace fuertes contra el pecado. Si soy vulnerable e inseguro, Dios es inmutable y fuerte, «aparta tu faz de mis pecados, y borra todas mis iniquidades» (Sal 51,11). Y no satisfecho con las promesas de fidelidad del AT, Dios nos ha entregado a su propio Hijo para rescatar nuestros pecados (Rom 8, 32; 2 Cor 5,21). Al contemplar mi pecado en Aquél que encarna la fidelidad misericordiosa de Dios, me levanto de mi desánimo y no puedo rehusar la confianza en El. Frente a Jesucristo, testigo fiel de la fidelidad de Dios, se disipa mi angustia, para dejar lugar a la confianza en la justicia de Dios, por la fe en Jesucristo (1 Tim 1,15; Rom 3,23).

La confianza inquebrantable en la voluntad misericordiosa de Dios y el encuentro constante con su amor que nos perdona y asume nuestro fracaso humano son la única esperanza y la única certeza a la cual puede agarrarse el cristiano. Pero eso basta para darle, cada día, la alegría de su fe. Pues «fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a participar con Jesucristo, su hijo y Señor nuestro» (1 Cor 1,9).

“Es la fe la garantía de lo que se espera” (Heb 11, 1).

Esta experiencia de la fidelidad de Dios corre en todo momento el riesgo de ser negada o puesta en duda ante la preocupación del futuro. Mañana, ¿Dios será fiel? Aunque reconozco el carácter absurdo de esta interrogación, no puedo menos de inquietarme, desde el momento que dejo invadir mi espíritu y mi corazón por la ansiedad de un futuro imprevisible y al mismo tiempo lleno de un miedo aparentemente bien fundado.

El adolescente teme por la realización de sus sueños, el adulto, por la incertidumbre de sus proyectos, el viejo por sentirse abandonado al margen del camino y ver que se aproxima el miedo a lo desconocido y a la muerte. Cada edad de la vida humana tiene necesidad de esperanza: cuanto más se avanza, se nos hace más necesaria y difícil. El drama radica precisamente en que uno intenta acogerse a esperanzas sin consistencia; cuando solamente la fe es capaz de mantener nuestro coraje.

La esperanza es la proyección de mi fe de hoy sobre el porvenir incierto de mañana. Porque la fe no es solamente una experiencia actual, sino también la espera confiada en la fidelidad de mañana. Y sé muy bien que la fidelidad de Dios es inmutable: Dios no cambia, no se retracta, no tiene caprichos ni olvidos. Y Jesucristo, que Dios nos da sin arrepentirse, «es el mismo ayer y hoy, y por los siglos» (Heb 13,8). Esta fue la fe de Pablo. La obediencia de su fe se transformó en esperanza de la fe: «sé a quien me he confiado, y estoy seguro de que puede guardar mi depósito para aquel día» (2 Tim 1,12). De hecho, el objeto de la fe –objeto de experiencia del creyente– es el mismo Dios, no sus intervenciones, sino Él mismo que se me revela. La fe sobrepasa así el conocimiento fugaz y se transforma en confianza habitual, lograda a través de una acción paciente y tenaz por parte de Dios, en aquellos que conviven con Él y se apoyan en Él hasta el final de su vida, y del cual nada ni nadie nos separará: «Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni ninguna otra criatura…» (Rom 8,35-39).

Esta esperanza del cristiano, es también la esperanza de toda la Iglesia. En la incesante lucha que debe proseguir contra su misma debilidad y contra el “mundo”, al Iglesia conoce muchos fracasos. Su crecimiento se ve cada día amenazado. Asistimos hoy a espectaculares retrocesos de la Iglesia, en un mundo donde parece que se extiende sin límites el fenómeno sociológico de la descristianización. Inquietos ante tantos testimonios irrecusables, alarmados por las estadísticas y las previsiones, no podemos menos de hacernos la terrible pregunta: Dentro de cincuenta o cien años, ¿qué será de la Iglesia católica en el mundo?

Tal pregunta sólo tiene una respuesta: la fe en la fidelidad de Dios y en Jesucristo que ha vencido al mundo (Jn 16,33). De ahí nace la esperanza, que no nos dispensa de buscar la solución pastoral a los problemas de evangelización del mundo moderno, pero que nos permite afrontarlos con una actitud de paciencia y confianza.

Pablo tampoco sabía más que nosotros cómo debía anunciar la buena nueva de Dios al mundo pagano adonde había sido enviado: veía multiplicarse las dificultades; había conseguido pocos adeptos, y estos mismos no siempre le habían satisfecho. Y he aquí que de repente, en pleno trabajo, se ve imposibilitado para terminar su tarea. Su carrera ha terminado, pero las perspectivas son inquietantes. Sin embargo, sabe muy bien quién es Jesucristo a quien ha entregado su fe, y que Él es la realización de la palabra infalible del Dios fiel. Y esta certeza es para él fuente de paz y de confianza: «Yo sé en quien he creído».

Jesús, Palabra verdadera de Dios y Revelación del Padre, es la prueba efectiva y concreta de la fidelidad de Dios. Creer en Jesucristo es creer en la fidelidad de Dios y unirse a El. Jesús es el único Mediador por quien creemos y término de nuestra fe. El Amen de Dios, que consuma nuestra fe (Heb 12,2); por la fe en Cristo conocemos que Dios es fiel, y somos capaces de dar la respuesta de nuestra fidelidad de hijos de Dios (Gál 3,26).

Tradujo y extractó: JOÂO LUPI
Fuente: Selecciones de Teología
Fotografía: Conor MacNeill – Bagan Sunset

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