Carta 191 – A Leonia

el

J.M.J.T.

Jesús +

12 de julio de 1896

Querida Leonia:

      Habría respondido a tu preciosa carta el domingo pasado, si me la hubiesen dado; pero somos cinco, y ya sabes que yo soy la más pequeña¹…, por lo que estoy expuesta a no ver las cartas sino mucho después que las demás, o incluso a no verlas en absoluto… Hasta el viernes no pude ver tu carta; por eso, querida hermanita, no me he retrasado por mi culpa…

      ¡Si supieras lo feliz que me siento de verte con tan buenas disposiciones²… No me sorprende que el pensamiento de la muerte te resulte tan dulce, ya tú no estás apegada a nada en la tierra.

      Te aseguro que Dios es mucho mejor de lo que piensas. El se conforma con una mirada, con un suspiro de amor… Y creo que la perfección es algo muy fácil de practicar, pues he comprendido que [1vº] lo único que hay que hacer es ganar a Jesús por el corazón… Fíjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola: si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más seguro es que su mamá no le perdonará su falta; pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole: «Dame un beso, no lo volveré a hacer», ¿no lo estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles…? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la primera ocasión; pero no importa: si vuelve a ganarla otra vez por el corazón, nunca será castigado³…

      Ya en tiempos de la ley del temor, antes de la venida de Nuestro Señor, decía ya el profeta Isaías, hablando en nombre del Rey del cielo: «¿Podrá una madre olvidarse de su hijo…? Pues aunque ella se olvide de su hijo, yo no os olvidaré jamás». ¡Qué encantadora promesa! Y nosotros, que vivimos en la ley del amor, ¿no vamos a aprovecharnos de los amorosos anticipos que [2rº] nos da nuestro Esposo…? ¡Cómo vamos a temer a quien se deja prender en uno de los cabellos que vuelan sobre nuestro cuello…!

      Sepamos, pues, hacer prisionero a este Dios que se hace mendigo de nuestro amor. Al decirnos que un solo cabello puede obrar este prodigio, nos está mostrando que los más pequeños actos, hechos por amor, cautivan su corazón… Si hubiera que hacer grandes cosas, ¡cuán dignos de lástima seríamos…! ¡Pero qué dichosas somos, ya que Jesús se deja prendar por las más pequeñas…!

      No son pequeños sacrificios lo que te falta, querida Leonia, ¿no está tu vida tejida de ellos…? Me alegro de verte ante semejante tesoro, y sobre todo de pensar que sabes aprovecharte de él, no sólo para ti, sino también para las almas… ¡Es tan hermoso ayudar a Jesús con nuestros pequeños sacrificios, ayudarle a salvar las almas que él rescató al precio de su sangre y que sólo esperan nuestra ayuda para no caer en el abismo…!

      [2vº] Me parece que si nuestros sacrificios son cabellos que hechizan a Jesús, nuestras alegrías lo son también. Para ello, basta con no encerrarse en una felicidad egoísta, sino ofrecer a nuestro esposo las pequeñas alegrías que él siembra en el camino de la vida para cautivar nuestras almas y elevarlas hasta sí…

      Pensaba escribir hoy a nuestra tía, pero no tengo tiempo, lo haré el domingo que viene. Dile, por favor, cuánto la quiero, y a nuestro tío también. Me acuerdo también mucho de Juana y de Francis.

      Me pides noticias acerca de mi salud⁴. Pues bien, querida hermanita, ya no toso absolutamente nada. ¿Estás contenta…? Pero eso no le impedirá a Dios tomarme cuando quiera. Como hago todo lo que puedo por ser un niño pequeñito, no tengo que hacer ningún preparativo. Jesús mismo deberá pagar todos los gastos del viaje y el precio de la entrada en el cielo…

      Adiós, hermanita querida. Creo que te quiero cada día más…

     Tu hermanita

      Teresa del Niño Jesús
rel. carm.

[2vºtv] Sor Genoveva está muy contenta con tu carta; te contestará la próxima vez. Las cinco te mandamos un abrazo…


Notas
¹ Cf CA 2.9.4: «¡Así de importante en la familia!».
² Leonia escribía el 1 de julio: «¡Si supieras cuánto pienso siempre en ti y cuán dulce me es tu recuerdo! Me acerca a Dios, y comprendo tus deseos de ir pronto a verlo para perderte eternamente en Él. También yo lo deseo como tú, me gusta oír hablar de la muerte y no entiendo a la gente que ama esta vida de sufrimiento y de muerte continua.
«Tú, querida mía, estás lista para ir a ver a Dios, y seguro que serás bien recibida. Pero yo, ¡pobre de mí!, llegaré con las manos vacías. Sin embargo, tengo la temeridad de no tener miedo, ¿lo puedes entender? Es algo increíble, lo sé, y estoy de acuerdo, pero no puedo evitarlo» (LC 164).
³ Cf Cta 258, que retoma y desarrolla esta comparación.
⁴ Leonia le preguntaba: «¿Qué tal estás, hermanita querida? Sólo en este tema no me fío de ti, pues siempre me dices que estás bien, o que estás mejor, y yo no creo absolutamente nada de eso. Cuando me escribas, sobre todo, dime llanamente la verdad» (LC 164).

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