Vivir en acción de gracias (R. L. Oechslin, O. P.)

el

Vivre dans l’action de grâces, La Vie Spirituelle, 112 (1965) 409-423.

Para dar pureza y autenticidad a nuestra vida de miembros de la Iglesia, tenemos que acudir siempre a la comunidad primitiva que nos dibujan los Hechos de los Apóstoles y las cartas de san Pablo. Y una cosa verdaderamente chocante es la importancia que ocupa en la oración, e incluso en toda su vida, la acción de gracias. Al constatarlo y buscar el por qué, vamos a tener ocasión de dar su verdadero sitio y valor a nuestra vida-en-Iglesia.

La descripción que hace Lucas de la comunidad de Jerusalén (Act 2,46-47) es bien significativa: “…tomaban juntos el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y tenían el favor del pueblo“. Pero llaman más la atención los comienzos de casi todas las cartas paulinas. En ellas, la acción de gracias, tiene a veces, por objeto, los beneficios concedidos a sus cristianos: «continuamente, como es justo, debemos dar gracias a Dios por lo mucho que va creciendo vuestra fe… »; otras, gracias personales: «doy gracias al que me ha conformado, Cristo Jesús, Señor nuestro, porque me juzgó fiel al confiarme el ministerio…» (1 Tim 1,12). Y si en algún momento se extasía en un himno de agradecimiento, a menudo exhorta a que los cristianos muestren su reconocimiento en una gozosa acción de gracias; como en la célebre invitación a la alegría: «Alegraos siempre en el Señor. De nuevo os lo digo, alegraos. Que vuestra benignidad sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). Los textos abundan por doquier. Pero ¿cuál es la razón de esta especie de atmósfera “eucarística” que ha llegado hasta dar nombre a la celebración misma de la vida de la Iglesia? Para responder tenemos que remontarnos al mismo Cristo: la Iglesia, su Esposa, está configurada según el Esposo.
En el misterio de Cristo

Porque la acción de gracias es esencial al misterio de Cristo. No pensemos que Él ha realizado la acción de gracias para darnos puramente una lección moral que imitar; en realidad nos ha abierto los misterios de la vida divina para entrar en ellos y participar de su misma vida.

Dar gracias es referir libremente los beneficios a su autor en un acto de amor; es utilizar los dones recibidos para hacer, a su vez, de ellos un don. Pero lo que da a este intercambio su valor, no reside tanto en la materialidad del don, sino en aquello que expresó tan bien el adagio popular: “la manera de dar vale más que lo que se da“. Jesús mismo quiso mostrarlo aquel día que contemplaba a los que depositaban sus monedas en el tesoro del templo (Mc 12,41-43).

Al venir a este mundo, Jesús hace que penetre en él la luz de su mirada contemplativa. Manifiesta la belleza y brillo de las criaturas que reflejan la divina magnificencia y, al mismo tiempo que recapitula en si mismo todas las cosas, –porque es “el primogénito de toda la creación”– las concentra en un acto único sobre la cruz y por Él, con Él y en Él las ofrece al Padre en homenaje de honor.

Los evangelistas han sabido captar, en algunos momentos, esta mirada contemplativa de Jesús (Lc 7,9; 10,21), pero esos rasgos eran sólo signos externos de los sentimientos de Jesús ante su Padre. Sin embargo hemos de, pensar que la revelación que del Padre nos ha hecho no se reduce a unas cuantas fórmulas misteriosas.

Participación en la vida trinitaria

¿En qué sentido, pues, nos introduce Jesús en el misterio divino por medio del homenaje continuo de acción de gracias dirigido al Padre? De esta manera: al introducirnos en su propio movimiento de acción de gracias nos concede hacer en la tierra lo que Él mismo realiza eternamente en la Trinidad como Hijo. Por el Hijo y en Él hay una especie de transposición de la vida eterna de Dios a la vida de los hombres, que por el bautismo, se han revestido de Cristo y se han convertido en un mismo ser con Él (Rom 6,4-5). Esta consideración del Hijo en el seno trinitario es el motivo de fondo del canto de acción de gracias que, desde el comienzo, resuena sin cesar en la Iglesia de Cristo. Pero la vida divina no puede acabarse en una contemplación pura o abstracta y, por eso, al ver mutuamente en el Otro al Bien Absoluto, un amor eterno -un eterno don- manifiestan en la persona del Espíritu Santo el intercambio y la unidad perfecta.

La gloria del Señor reflejada en la Iglesia

Juntamente con su misión, Jesús confía a su Iglesia esta vida divina. Y la Iglesia, al reunir en su seno a los hijos de Dios, cargados con su pesada tarea cotidiana, celebra en la alegría el misterio de salvación. Desde el fondo de los corazones sube un canto de acción de gracias y su rostro, como el de Cristo, refleja la gloria del Señor. Alabanza que no se limita a solas palabras. El homenaje de la asamblea eclesial no tiene sentida más que cuando cada cristiano que la integra acepta el encargo de descubrir personalmente, en el medio en que vive y en todas sus acciones, los beneficios de Dios. Al hacerlo, ilumina con la luz de la fe todos los objetos que le rodean, los cuales quedan así referidos a Dios y aparecen, con la huella que en cada uno ha dejado, como dones maravillosos de su amor, destinados a retornar a Él, atrayendo hacia Dios a los que los contemplan.

El sentido de admiración

La acción de gracias, mezclada con el descubrimiento de los dones de Dios a la luz de la fe, es un acto muy sencillo. Sin embargo, difícilmente brota de nuestro corazón. Es que nos hemos acostumbrado de tal manera a los beneficios divinos que no los apreciamos. Es necesario aprender a “extrañarse” y, para eso, cultivar el sentido de la admiración: conseguir una mirada nueva y reconocer esa acción maravillosa del Señor que nos colma, a cada instante, de multitud de dones.

Hay dos actitudes opuestas que Lucas ha evocado en el cap. 11 de su evangelio (vv. 14 y 16). Allí mismo descubrimos el obstáculo que impide captar los beneficios de Dios. El deseo de buscar una cosa distinta de la que se nos da. Estamos saturados y despreciamos nuestra abundancia. Quisiéramos otros bienes según nuestros propios caprichos. Y esto es una especie de desprecio de los bienes gratuitamente concedidos por Dios, un modo de cegarse ante la bondad y belleza de las criaturas que nos rodean, una infidelidad a Dios y una traición a la misión que Él nos confía en este mundo.

Por el contrario, es necesario abrir los ojos y, a la luz de la fe, contemplar cada ser y discernir en él todos los elementos de bondad que Dios ha colocado. Esa era la mirada de san Juan de la Cruz en el Cántico espiritual y de san Francisco en el Canto a la creación, que constituye una experiencia a la vez de hombres y de hijos de Dios; y también un descubrimiento que exige dejarse penetrar lentamente por la belleza de la creación. La precipitación y la tribulación interna nos encierran en un mundo incoherente, dislocado, porque está construido por nuestra imaginación egoísta y a imagen de nuestras pasiones. Se trata más bien de percibir el ritmo armonioso que Dios ha escondido en el fondo de cada ser, que le da su unidad y le sintoniza con todos los otros.

La acción Individual

Hay que saber contemplar también los maravillosos efectos de la actividad de los hombres. Todas las formas del arte consisten en revelar armonías nuevas en el seno de la naturaleza, ese orden que Dios solamente ha esbozado. Si los hombres ignoran esas cosas, es misión del cristiano enseñárselas y dar a la obra humana su complemento último al iluminarla con el rayo de la fe. Y lo mismo en el mundo de la ciencia y de la técnica. Aquí la mirada de la fe debe ser más penetrante; pero sabe también descubrir los elementos esparcidos acá y allá por los designios de ese Dios que ha querido conceder al hombre una verdadera autonomía y la posibilidad de amarle como uno de sus hijos libres.

Es verdad que la mirada del cristiano sobre el mundo exige saber discernir. Lo que hacen los hambres no siempre es bello y bueno; pera aunque con eso las mejores cosas se corrompen, no es imposible reconocer todavía las huellas de Dios. Tiene, además, una ayuda maternal: la de la Iglesia. Solo, quizá le sería difícil discernir lo que, en el mundo, es conforme al designio eterno de Dios sobre las creaturas, y correría el riesgo de dejarse coger por sus aspectos más seductores, que no son siempre los mejores. Pero fortificado por la gracia que la Iglesia le comunica en los sacramentos, sostenido por los demás miembros de la comunidad eclesial con los que forma un solo cuerpo, es capaz, en conformidad con las responsabilidades que deba asumir según su propia vocación, de afrontar los peligros con que se encuentra comprometido. El cristiano debe ser capaz de reconocer en multitud de obras dónde ha sido desfigurado y pervertido el auténtico amor, que Dios ha puesto en las raíces de su criatura, para abrir de nuevo, por esta tendencia buena, la vía de acceso a Dios.

Y no hay que ir muy lejos para encontrarlas huellas de Dios: en nuestro propio mundo interior sobreabundan sus beneficios. También aquí la luz de la Iglesia nos ilumina. Porque si es necesario ponerse a salvo de la vanagloria personal, tampoco debemos dejarnos obnubilar por los propios defectos. Y la Iglesia nos asegura que, si mantenemos la buena voluntad, en su seno y por ella entraremos en contacto inmediato con el Señor a través de los sacramentos.

Las cualidades con que Dios adornó nuestro cuerpo y nuestra alma adquirirán así una especie de transparencia para glorificar a Dios en la acción de gracias. Y hasta los mismos defectos, envés de las cualidades mal orientadas o reguladas, nos revelarán energías capaces de ser canalizadas hacia el bien.

La acción colectiva

La vida en comunidad ofrece nuevos reflejes de la bondad y belleza divinas, las relaciones humanas dan ocasión a multitud de actos de generosidad, que son el sello de la acción del Espíritu en el mundo. Basta mirar a la familia: ¿acaso no es un prodigio de la gracia de Dios que, a pesar de los temperamentos y caracteres tan dispares, a pesar de los cansancios y debilidades, se pueda vivir tan bien. juntos? Por eso no es extraño que Dios suscite incesantemente acá y allá almas capaces de hacer brotar, un amor siempre renaciente para reparar el mal, aun a costa de una vida de sacrificio.

Y con esto, insensiblemente, pasamos a otro objeto de contemplación y acción de gracias: los bienes divinos que Dios nos da por un instrumento humano, la Iglesia. Por unos medios marcados por la debilidad pasa la fuerza todopoderosa que el Señor pone al servicio de su amor. La mirada humana se detiene en las limitaciones del instrumento; sólo la fe permite reconocer el rostro de Cristo en su Iglesia. La mirada contemplativa, al descubrir que los organismos de la Iglesia o las decisiones tomadas por sus jefes no son siempre las mejores, descubre la victoria de Dios a la que nada hace fracasar.

Llegamos así al centro de perspectiva de toda acción de gracias: el. misterio mismo de Dios revelado y comunicado al mundo por Cristo. Hay zonas de la vida cristiana donde el misterio aflora, por así decir, y en ellas hay que intentar entrar. Son la Escritura y el sacrificio de la Misa con los sacramentos.. Pero estas zonas no están separadas; se compenetran, sobre todo en las celebraciones litúrgicas. Y esto resulta particularmente válido para el misterio pascual. La celebración de este misterio en la noche del sábado santo, al contemplar en síntesis al Señor que colma a los hombres de sus dones, es el vértice culminante de la acción de gracias del pueblo que se dirige a la Ciudad Santa inundado de alegría.

Tradujo y extractó: Luis Anoró

Fuente: Selecciones de Teología

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