Un día como hoy

Un día como hoy, hace 35 años, llegaba a este mundo y empezaba esta historia de amor y dolor que el Señor eligió para mi.

No puedo separar estas dos verdades de mi vida porque vinieron juntas, es imposible de describir. He conocido desde el comienzo el dolor profundo y la dicha profunda del abandono, en todo sentido de la palabra. El abandono de aquellos padres que fueron los instrumentos que el Señor eligió para traerme al mundo y el abandono absoluto en las manos de Dios en esos primeros días de mi vida en este mundo.

Ciertamente mi memoria no tiene capacidad para recordar qué ocurrió pero en mi alma hay una huella imborrable que esta experiencia ha dejado en mi corazón y que me acompaña cada día de mi vida. Un rechazo, un desprecio, un abandono, una separación desgarradora, una herida siempre abierta.

Es ese sentimiento de nunca sentirme en casa, de ser siempre expatriada, de estar siempre buscando aquel Amor… ese lugar donde me sentía en casa y que sólo algunas veces vuelvo a sentir.

Mi papá tenía esa capacidad de hacerme sentir en casa, me daba esa posibilidad de abandonarme en sus brazos con total confianza porque su amor era incondicional y allí me sentía a salvo. Y ciertamente lo era; siempre admiraré a mis padres por haberme adoptado como su hija y siempre daré gracias a Dios por amarme tanto y haberme dado esta familia, inmerecidamente. Siempre pienso que mi historia podría haber sido muy distinta, como la de tantos otros y eso me ha hecho siempre una persona agradecida.

Ciertamente esta marca también siempre me da una confianza absoluta en mi Señor, porque sé que nunca jamás volveré a estar tan indefensa en este mundo como lo estuve en el momento de mi nacimiento, abandonada por mis padres, recién nacida… y mi Salvador se encargó de cuidarme, protegerme y sostenerme durante esos 14 días, haciendo que una señora me cuidara hasta que conociera a mis padres adoptivos y me adoptaran como hija.

Desde la muerte de mi papá, esta sensación de estar en el mundo equivocado aumentó… y no puedo decir que sea fácil pero también he podido reconocer que el Señor quiso que pudiera decir “Padre nuestro que estás en el cielo” sintiéndolo mucho más cerca desde entonces, como si no hubiera intermediarios entre mi Padre, Dios Padre, Abbá, y mi Madre, la Santísima Virgen y yo, una filiación directa.

Doy gracias a Dios en este día por haberme creado, por haber tejido mi alma en el seno de mi madre y por haberme elegido como su hija, por todas estas experiencias de tanto dolor que me acompañan y me acercan cada día más al cielo y ensanchan mi corazón al hacerme cada vez más consciente de cuán amada soy por Él. Y en este día, Señor mío y Dios mío, ruego por esos padres que has elegido para traerme al mundo, donde quiera que estén, para que algún día, cuando Tú así lo quieras, nos volvamos a encontrar en tu hermoso cielo y pueda darles las gracias por haberme dado la vida. Mientras tanto, te ruego que les devuelvas el ciento por uno por tan inmenso regalo tan inmerecido.

Gloria a Ti, Dios mío.

Carolina de Jesús

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