La iglesia, fiesta de la alegría de la resurrección (Oliver Clement)

La joie de la resurrection dont l’église est la fête, Christus, 34 (1987) 269-273

La experiencia ortodoxa de la iglesia subraya la importancia de lo que no sirve para nada según los criterios de este mundo. Hoy en los países comunistas donde viven muchos ortodoxos, éstos no pueden tener ninguna actividad social y cultural, sólo es tolerada la vida litúrgica. Ahora bien, precisamente en esta tradición la oración y la experiencia litúrgicas son fundamentales. Lo esencial para el hombre es entrar en la “gran alegría” (para utilizar la expresión que abre y cierra el evangelio de Lucas), en la alegría de la resurrección cuya fiesta es la iglesia.

La santa liturgia

Por la celebración litúrgica, los fieles tienen el presentimiento del Reino futuro, que ya viene a ellos en la eucaristía. Es en la liturgia donde tenemos la primera experiencia del misterio. La vida litúrgica no es solamente el anuncio de la buena nueva, sino una participación en la vida nueva. Una belleza de un tipo particular, que depende no de la carne para la muerte, sino de la “corporeidad espiritual”, atrae la iluminación de todas nuestras facultades a través del canto, el icono, y hasta la llama de los cirios y los diversos perfumes. La “belleza” es el nombre litúrgico de Dios.

El Reino que nos hace presentir la liturgia, es la verdad de los seres y de las cosas en la luz “trisolar” que irradia el rostro del Resucitado. Sabemos que muchas veces un rostro se puede cerrar. Entrar en la iglesia es descubrir el rostro que nunca se cierra, es descubrir que un amigo me mira con una mirada que no petrifica sino que libera. El rostro del Crucificado-Resucitado es la belleza absoluta, la única que puede imantar todo el eros del mundo. Entrar en “la gran alegría” gratuita de la liturgia, es entrar a lo menos en un reflejo de esta belleza y recibir en ella la capacidad de descifrar la verdad de los seres y de las cosas, el icono de cada rostro y lo que san Issac el Sirio llamaba “la llama de las cosas”.

Así los hombres, al convertirse en “hombres litúrgicos”, se hacen transparentes al poder paradójico de Dios: poder del amor personal que no puede obrar sino a través de las libertades personales.

El polo contemplativo

Es por esto por lo que al polo litúrgico responde necesariamente, en esta experiencia de la Iglesia, el polo monástico, una vida monástica que comporta –a través de muchos grados– un solo orden dirigido hacia la contemplación. No existe por lo demás oposición entre acción y contemplación. La acción ascética es concebida como la actividad más activa que pueda existir, en el fondo la única que puede hacer salir al hombre de una pasividad fundamental en la que él obra menos que lo que actúan en él las “pasiones” idolátricas. Por otra parte la contemplación crea en la historia estos puntos de transparencia que permiten irradiar la luz divina, la única capaz de fecundar la historia para la eternidad.

A través de grandes comunidades monásticas, o en sus márgenes, el Oriente cristiano ha tenido siempre una predilección por los pequeños grupos de discípulos reunidos alrededor de un “espiritual”, geronda en griego, starets en ruso, es decir, propiamente un “anciano lleno de belleza”, kalogeros, un hombre unificado e iluminado que encuentra más allá de los adulterios y adulteraciones de la edad adulta, la gracia de vivir en la infancia. El starets, gracias a que se ha vaciado de sí mismo, de sus personajes neuróticos, está abierto a la vez a Dios y al otro; Dios le revela el otro, le da el “discernimiento de los espíritus”, la capacidad de encontrar la palabra o el gesto que despierta a los que duermen: hiere la suficiencia individual o colectiva, descubre el sufrimiento secreto, pone en camino de curación por la transformación del “corazón de piedra” en “corazón de carne”.

Como ha subrayado Paul Evdokimov, el espíritu monástico no debe estar ausente en la vida del matrimonio. La sofrosyne, la “castidad”, designa entonces la integridad espiritual, el esfuerzo para integrar el eros en un encuentro personal.

Así todo cristiano está llamado a ser un “hombre litúrgico”, a interiorizar la tensión monástica hacia el Reino, a inventar libremente en un ritmo de compromiso y de desprendimiento, de distancia y de inspiración creadora, el ejercicio de su sacerdocio real.

La oración

Toda abertura del hombre al misterio es oración. Es también oración toda relación del hombre con el Dios personal. La celebración constituye el meollo de las cosas, el grito de Job, el rugido de la historia. La iglesia testimonia que el hombre es secretamente vencedor en cada sinaxis eucarística. Pero ¿cómo estabilizar, encarnar, esta celebración? ¿Cómo, según los mandatos de san Pablo, “orar sin cesar” y “hacer eucaristía en todas las cosas”? Es para responder a esta cuestión que se desarrolló desde los orígenes del cristianismo y no sin raíces en el antiguo testamento (como lo prueban sorprendentes convergencias con la espiritualdiad judía), todo un “método” –”arte y ciencia de las ciencias”– conocido con el nombre de “hesycasmo” (del griego hesychia, que designa el silencio, la paz, la dulzura de la unión con Dios). El occidente cristiano ha puesto el acento en la palabra de Dios, y el oriente cristiano en el silencio, “el misterio del mundo futuro” decía Isaac el Sirio. No es que haya oposición: el silencio reposa en la palabra, como el Espíritu en el Verbo, en su Cuerpo eucarístico y eclesial.

El fin del hesycasmo es “hacer descender” la conciencia hasta el corazón. En el “abismo del corazón”, en efecto, el hombre es injertado en el cuerpo glorioso del Resucitado: el corazón está en Cristo, de suerte que en él el “cielo” y la “tierra” se unen. Pero la conciencia permanece superficial, adormecida, azotada por las “pasiones”. Todo el problema consiste en purificarla y concentrarla para hacerla descender en el santuario aún oscuro del corazón. Así se forma al fuego de la gracia, el “corazón-espíritu”, el “corazón inteligente” que hace del hombre total el órgano del conocimiento de Dios. Toda nuestra vida no es más que la “búsqueda del lugar del corazón”.

Para pacificar y purificar la inteligencia y “hacerla descender” al corazón, el “método hesycasta” utiliza la invocación del nombre de Jesús. El “Señor Jesucristo, ten piedad de mí” combina las súplicas evangélicas del publicano y del ciego en una fórmula que contrayéndose puede convertirse de grito de humildad en sello de bendición y canto de amor. Se descubre entonces que se tiene mucho más tiempo para orar de lo que uno se imaginaba: se puede, al ir por la calle, durante un trabajo o una conversación, invocar a Cristo, despertarse a su amor.

Poco a poco la invocación se adhiere a la resurrección, abre en nosotros una respiración más profunda, en pneumati, en el Espíritu, el soplo, “de toda santidad”. Entre los que practican la invocación de una manera metódica, provista de una ascesis compleja, –la guarda del corazón–, sucede que la oración se identifica con el ritmo del corazón, se hace tan “espontánea” como la pulsación de la sangre. El hombre entonces realiza “escatológicamente” su naturaleza original: él es oración. El siente, ve a Cristo resucitado, faz del Padre, en la luz del Espíritu. No se trata ni de éxtasis ni de raptos místicos, sino de la Resurrección. Raudales de paz y de luz, de dulzura, brotan del triple Sol divino, afloran en la densidad de los seres y de las cosas, permitiendo cumplir las tareas más cotidianas al llevar, a través de gestos y palabras banales, a través mismo del silencio, el testimonio del Resucitado.

El único mensaje de la iglesia

Así se define una espiritualidad grave y simple, una especie de “evidencia mística y cotidiana”. En la presencia secreta del Amigo, la más humilde cosa, el encuentro aparentemente más banal se abren a la eternidad. Para el hombre de confianza y de bondad, de humildad creadora se podría decir, todo está vivo en el Resucitado. El llega a ser el gran celebrante de la existencia, manifiesta y busca liberar en todas las cosas la gloria de Dios. El patriarca Athenágoras tenía acentos extraordinarios para celebrar la doxología del árbol o del pájaro, y sobre todo de los rostros; porque el rostro del otro se abre, se revela, en la irradiación del Resucitado: “Qué alegría que el otro esté allí, que exista. Porque Dios existe, él es el milagro de Dios. La mirada, sobre todo, es un milagro. Qué alegría sumergirse en los ojos del otro, en el océano interior de sus ojos!” Todo podría resumirse en este saludo con el que, al fin de su vida, san Serafín de Sarov acogía a cada uno de sus huéspedes: “Mi alegría, Cristo ha resucitado”. La iglesia no tiene otro secreto ni otro anuncio.

Tradujo y extractó: Manuel Ribas
Fuente:  Selecciones de Teología

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s