Señor, tu rostro buscaba

el

Señor, tu rostro buscaba.
Estuve meditando largo tiempo en mi corazón,
y en mi meditación brotó un fuego
y un deseo mayor de conocerte…
Dame, Señor, las arras de tu heredad futura,
una gota al menos de lluvia celeste
que restaure mi sed,
porque ardo de amor…
Entonces, el Señor,
cuyos ojos miran a los justos
y cuyos oídos no sólo están atentos a sus oraciones,
sino que está en el interior mismo de ellas…,
se introduce presuroso
y sale al encuentro del alma que lo desea.

 

Guigo (cartujo S. XII), cita de A. M. Martín, La «Scala Claustralium» de Guigo II, el cartujo, Zamora 1994, 39-40.

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