La carnadura de los santos

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Preocupa notar una tendencia creciente a vaciar de significación la vida de los santos como modelos de vida para nosotros.

Y explico por qué: todos sabemos que la Iglesia cuando canoniza a uno de sus hijos está afirmando (y de modo categórico, infalible si se quiere) tres verdades rotundas: una, que está en el Cielo; dos, que tiene poder para interceder en nuestro favor; y tres: que su vida es ejemplar, modélica y que imitarla nos llevaría a nosotros también al Cielo.
No es la ocasión para mencionar la erosión que han sufrido los dos primeros asuntos (que no es menor) para poder ir a lo tercero: ¿siguen siendo modelos de vida los santos?
Por supuesto la respuesta que todos darán es que sí. Pero claro: hay sí de todos los colores y tamaños. Y hasta están los famosos “sí, pero”.

Este paulatino vaciamiento de significación, esta erosión del carácter modélico de los santos opera así: la vida que ellos llevaron es propia del contexto de su época; no es, por lo tanto, transferible a la nuestra. Lo que es “imitable” de sus vidas son los tópicos que abordaron y encarnaron, pero no en el modo concreto en que lo hicieron (pues el modo es lo que responde a su época y por tanto no a la nuestra).
En concreto: santo Domingo es modelo de “predicación” (así, a secas, sin carnes); no así el contenido o estilo en que lo hizo. San Francisco es modelo de “pobreza” (así, en abstracto), pero no significa eso que haya que imitarlo en la forma concreta en que la vivió. El santo Cura de Ars fue un santazo, dirán, pero la manera concreta en que vivió su sacerdocio dista años luz del perfil sacerdotal que hoy necesitamos. Incluso nuestro cercanísimo (en el tiempo y el espacio) Cura Brochero podrá ser modelo de “misionero”, siempre y cuando se vacíe el término de toda materialización, pues tampoco su vida concreta puede hacernos de modelo. Ni cómo misionaba, ni cómo rezaba, ni cómo predicaba ni cómo vivía la ascética o la piedad. Al colmo de que alguno hasta ha dicho: “santo es él, su persona; ¡no sus opciones!”
(Nota marginal: imaginen que si esto dicen de un santo de nuestra tierra y a escasos cien años de distancia, ¡el pobre san Agustín no aplica ni a placé! ).

Como digo: preocupa esta tendencia. Que se desliza despacio, con poco ruido, de modo que cuando nos queramos acordar, de los santos no nos quedará para imitar más que sus amplios postulados de hacer el bien y evitar el mal. Grandes intercesores… a los que no hay que prestar mucha atención, pues “no aplican” a nuestra vida.

Cuando lo cierto es bien distinto: la Iglesia nos los propone como MODELOS DE VIDA CONCRETA. Justamente porque los principios generales están en los manuales de moral, pero el cristiano de a pie necesita de modelos, de personas concretas, en que fijar los ojos para imitar, como niños, lo que ellos hacen. Para poder imitar no sólo “lo” que hacen (en amorfo abstracto) sino para poder imitar “cómo” lo hacen.

Pocas cosas ayudan tanto en la vida cristiana, para levantar cabeza, para salir de la mediocridad, para remontar vuelo, que leer la vida de santos, y entusiasmarse, enfervorizarse, queriendo hacer en nuestra vida lo que hicieron ellos.
Tremenda pérdida sería que nos quiten (o devalúen) esto.

A un carmelita descalzo ha de importarle CÓMO vivió fray Juan de la Cruz: no sólo sus ideas y postulados. Ha de importarle todos y cada uno de los detalles de su vida. Pues la santidad (según dice santa Teresita) justamente cuaja en los detalles.

Por supuesto que habrán asuntos superficiales, propios de cada época, sin importancia, prescindibles. Ni san Francisco Javier tenía whatsapp, ni santa Escolástica microondas. Hasta ahí vamos bien. El peligro es correr el alambrado de linde entre lo coyuntural y lo sustancial… para terminar diciendo que hoy no cabe rezar en el estilo y la modalidad exacta en que lo hacía santa Teresa, ni afrontar el martirio como san Lorenzo ni ser un cura campero y misionero como nuestro inmenso Brochero.

Si se roban el “cómo” se roban todo, pues el santo es justamente eso: un “cómo” muy concreto de la Santidad de Dios.
Paradojalmente, en estos tiempos de tanta insistencia en un cristianismo encarnado, corremos el peligro de quedarnos con santos sin carne, cual fantasmas de bondad sin carnadura.
Que no nos roben el cómo.
Dios no lo permita.

Diego de Jesús

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