El poder de la oración

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«Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo, se los concederá».

Así dice el Señor en el Evangelio de hoy, con una claridad, vehemencia y solidez abrumadoras. Puesto junto a la imagen de atar y desatar, expresa con intensidad lo que es el poder de la oración, el curioso poder que Dios pone en nuestras diminutas manos. Orando somos dioses. Orando somos introducidos en la vida interna de Dios, somos injertados en el cruce de Alientos e Intercambio de amor entre Padre e Hijo y participamos así de la espiración común del Espíritu Santo. Orando somos lo que ni ojo vio ni oído oyó ni cupo jamás en mente alguna. Jamás terminaremos de entender ni por asomo el Abismo infinito y voraz en que se sumerge -y nos sumerge- cada ‘inofensivo’ Padrenuestro recitado en el atascamiento de tránsito, en la fila de la caja del supermercado o en la sala de espera del dentista…

Orando somos dioses. Sin riesgo de exagerar podemos decir literalmente que no hay mayor poder en el mundo que el de la oración.

La oración tiene engañado al mundo.

Con su formato inofensivo, pacifista, pasando por uno de tantos hobbies de gente sobrada en tiempo, puesto en vidriera junto al filatelismo, al aeromodelismo y al yoga descontracturante… es el verdadero lobo con piel de cordero que devora el mal del mundo y hace retroceder de a miríadas las huestes enemigas (Mc 9,29). Todo movimiento cósmico, de explosión de estrellas viejas, de galaxias enteras absorbidas por agujeros negros, es juego de salón al lado de un casi imperceptible movimiento de labios de un anciano que en cama de hospital arriesga un tímido y balbuceado «¡Venga a nosotros tu Reino!».

Orando –con voz y voto en el Consejo Trinitario– Dios nos eleva, como decía Pascal, «a la dignidad de causa de salvación» y nos otorga un poderío de tal caudal, que de tantos ceros que tiene el cheque, ni nos molestamos en arrimarnos por ventanilla para cobrarlo, pues nos parece, simplemente, un error de impresión. Presumimos que en ese «Y mi Padre nada os negará de cuanto pidan» ha de haber un error de redacción, de traducción o de interpretación. Y no. No lo hay.

Los cristianos, a pesar de hacer profesión de fe en el poder de la oración, en la realización religiosa de su existencia, desconfían de que ese poder sea “dinero efectivo contante y sonante”: el poder real de virar el rumbo del proyecto divino. Sin esto, hablar de efectividad sería un eufemismo. Sin injerencia genuina en los designios, la oración de súplica sería no más opio de pueblos. Como dice en un bello juego de lenguaje san Juan Clímaco: la oración, en la misma medida en que es conversación con Dios, es la conservación del mundo. Lo sostiene y secretamente lo alumbra.

Lo cierto es que torcemos el brazo del Padre, como Abraham en Sodoma, como María en Caná.

En castellano el verbo disponer ofrece una sutil distinción muy útil para el caso: que Dios esté “dispuesto” a conceder una gracia no significa que eso ya esté “dispuesto”. Disponibilidad y Disposición no son lo mismo y está en nosotros, en poder nuestro, superponerlos.

El acto de fe suplicante o de súplica creyente es un acto libre del hombre, que lo decide en el tiempo. Y esa elección y ese instante –que participan de lo eterno– hacen al rumbo de la Historia. Lo “inmutable”, podríamos decir, es el conocimiento cierto que Dios tiene del final del cuento… pero no porque haya escrito solo la Obra. Uno puede haber visto una misma película infinidad de veces y saberla de memoria; pero que uno sepa las palabras y gestos exactos de lo que va a ocurrir en el cuadro siguiente, nada tiene que ver con que uno haya escrito el Guión de la Obra. Al Mundo que creaste sin nosotros, no lo incorporarás a tu Vida Eterna, (por libérrima e inexplicable decisión Tuya) sin nosotros. Es ese el vertiginoso concurso de la creatura en el designio eterno.

Desde las parábolas de Jesús sobre el amigo inoportuno y la viuda insistente, donde ambos logran “torcer” el movimiento inicial del destinatario, hasta la expresión rotunda del Evangelio de hoy, la Iglesia vive de esta luz y de esta fuerza, que, de algún modo, constituyen lo esencial de su misión en el mundo. Como decía Pablo VI: «¿Qué hace la Iglesia, para qué sirve? ¡La Iglesia ora!».

Pero a la Iglesia, que somos nosotros, le “cuesta” rezar no tanto por el peso de la carga, cuanto por lo que pesa la desconfianza en el mandato recibido. Nos pesa la oración no como a Atlas el mundo, sino como a Sísifo su piedra. Nos carcome la sórdida tentación que como un murmullo nos insiste: lo escrito, escrito está, por más que yo me pele las rodillas…

No obstante a la Iglesia se le ha confiado este increíble poder de rezar no sólo “por la lluvia”, sino hasta por la remisión de los pecados y la salvación de mis hermanos. «Si ves a tu hermano pecar… reza por él y le darás vida» dice la carta de San Juan. No hay pecado de omisión que pueda competir en gravedad con el abismo de este poder otorgado cuando no es aprovechado. Aquél que tiene poder para devolverle la vida a los que están muertos, y no lo hace, es un asesino, dice San Silvano.

Impactante también es la fuerza con que lo expresa el gran maestro copto Matta el Meskin, al hablar de la oración por los demás: «si por un motivo cualquiera dejas de rezar por los pecadores que viven a tu alrededor y omites suplicar en su favor, morirán en su pecado. La negligencia en la oración llega así a su colmo y provoca las más graves consecuencias. El pecador muere en su propio pecado por no haber despertado tú su alma. ¿Cómo podrás justificarte, si has descuidado rezar por él y le has privado del manantial de Vida del que Dios te ha hecho a ti responsable?». En verdad: escalofriante…

Si Arquímedes, al descubrir el principio de la palanca exclama: «denme un punto de apoyo y moveré el mundo», nosotros hemos de avisarle al mundo: ese “punto” nos fue dado y se llama: el poder de la oración. Y mueve no sólo al mundo, sino al mismo Dios. Como en Betania, podría apurarnos a rajatabla el Maestro: «¿Crees esto?»…

Desde las Bodas del Cordero, Dios y mundo se influyen mutuamente, más de lo que la apariencia de este mundo pueda siquiera imaginar.

Esta negra pero hermosa Esposa, Iglesia de Jesucristo –la nueva Dalila– lo puede todo en Aquel a quien robó el Corazón y el secreto de su Poder. Ella, como su Esposo, descuartiza al león rugiente con sus solas manos y manda a ejecutar, como en Caná, lo que Ella resuelve, como Él lo diga.

Orar los unos por los otros. No hay pecado de omisión más brutal, más abisal que este. Tenemos el poder de devolver la vida a los muertos. Dios nos libre de no devolvérsela pues se nos dirá en el juicio: ¡Asesino! Y nosotros intentaremos un: «¿cuándo, Señor, cuándo…? Si yo jamás empuñé un arma». Y resonará entonces, como un trueno ensordecedor, la sentencia athonita: «Aquél que tiene poder para devolverle la vida a los que está muertos y no lo hace, es un asesino».

Diego de Jesús

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. lavsdeo dice:

    Reblogueó esto en Laus Deo.

  2. GoyoGalache dice:

    Que verdad tan grande y nos olvidamos de orar, reza, reza y reza. Por los que sufren, por los que no encuentran la paz, por los que viven en su egoísmo…

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