Sobre el sufrimiento

Quisiera escribir algunas líneas respecto al Misterio del sufrimiento, desde mi propia experiencia de vida, de las experiencias que el Señor ha puesto a lo largo de mi camino, con la esperanza de que puedan contribuir a traer algo de luz al camino de otros.

No creo que haya nada nuevo que yo pueda decir, habiendo tantos santos y maestros de espiritualidad, ¿qué puedo agregar yo? Quizás lo que pueda agregar es que es mi testimonio, el testimonio de alguien quizás más cerca para algunos, o por lo menos accesible. Sea por este motivo o por cualquier otro, si mis palabras pueden tocar el corazón de alguien, doy gracias a Dios.

He experimentado a lo largo de mi vida el dolor y el sufrimiento, sin haberlo jamás buscado, ha sido un camino de aprendizaje desde mi niñez, y quizás eso me permita tomarme este atrevimiento de hablar al respecto.


Aceptar

Tal vez el primer paso clave de este gran Misterio sea, por empezar, aceptarlo. Hay situaciones en la vida en que este primer paso puede ser muy difícil y aceptar es un proceso interno de lucha contra la realidad que nos muestra una cara que no queremos reconocer, mucho menos aceptar. Aceptar el dolor es afrontar muchas cosas, entre ellas la propia miseria, la propia impotencia y finitud, la propia pequeñez… Hace unos años escribí: «El proceso de aceptar es doloroso. Es saberse limitado e ínfimo en este mundo, y sobre todo, solo».

Cuando escribí “solo” no me refería a Dios, ciertamente, sino a las demás personas. El misterio del dolor es una experiencia personal, única e intransferible. Nadie puede sentir el dolor de otro, el único que tiene acceso a nuestro corazón es el Señor. Otros podrán sentir empatía desde sus propias experiencias, por su propia sensibilidad frente a este misterio, pero no podrán jamás sentir lo mismo que yo siento.

Por eso, más allá de esta soledad “humana” si se puede decir así, es fundamental como primera actitud, elevar los ojos al cielo, salir de uno mismo, dejar de mirar el propio ombligo como si uno fuera el centro del universo (que claro está, no lo somos). Y desde ese lugar aceptar todo lo que ocurre en nuestra vida como parte del misterioso plan de Dios para cada uno de nosotros, que es siempre un plan de Amor, del Amor mismo. Aceptar como nos enseña Santa Catalina que «todo procede del amor, todo está ordenado a la salvación del hombre, Dios no hace nada que no sea con este fin». Aceptar cada experiencia, tanto de alegría como de dolor, como algo que viene directamente de Dios, más allá de los intermediarios que el Señor haya elegido. Es tener una mirada trascendente de esta vida desde la fe, con los pies en la tierra y los ojos en el cielo.


Formación permanente

El P. Amedeo Cencini habla bastante de este tema tan importante en la vida de todos y de la Iglesia. Lo que muchas veces consideramos como “males” o “problemas” son la mediación de Dios, el Maestro, nuestro Padre, en nuestras vidas para formar nuestra vida. «Significa: el Padre, Dios, que forma en mí la imagen, la identidad de su Hijo, a través de la acción del Espíritu Santo. Es una concepción trinitaria de la formación permanente». Dios puede utilizar cualquier situación de nuestra vida para formarnos, no solamente aquello que podamos leer sobre la espiritualidad o en un curso o seminario, sino en nuestra propia vida. Cualquier circunstancia, pequeña o grande, puede ser parte de esta enseñanza del Maestro en nuestras vidas.

Aquel que madura en la fe aprende esta disposición de escucha, de atención, «ducibilitas», la llama el P. Cencini:

«El auténtico creyente es la persona que ha aprendido. Es el máximo de la inteligencia y de la libertad interior: La persona que ha aprendido a aprender, a dejarse formar por la vida porque sabe que la vida es la mediación normal, diaria, constante, de la que Dios se sirve para formar en mí la identidad del Hijo suyo, del siervo, del Cordero. Ducibilitas, es la persona que ha aprendido esta inteligencia, como disposición habitual. Entonces todo lo que vive lo vive desde este punto de vista, bien sabiendo que en cada situación hay esta gracia de formación, la energía formativa que está escondida en cada situación de la vida, pero que debe ser reconocida, “discernida”».


Realidad – Presente

La inquietud frente al dolor en general surge más en nuestra cabeza que en la realidad. Hace poco escuché a un sacerdote decir que a Dios sólo lo encontramos en la realidad. A veces podemos encontrarnos haciendo elucubraciones mentales sobre cómo este hecho que ha ocurrido cambia mi vida y así empezamos a conjeturar en nuestra mente al respecto, dándole mil vueltas al asunto y yéndonos de la realidad.

Otras veces la tentación puede ser desubicarnos de este momento presente que es el único que tenemos, sea yéndonos al pasado o al futuro. Ni en uno ni en otro lado encontraremos al Señor. No podemos hacer nada con el pasado ni en el futuro. Lo único que tenemos es este instante mismo y nada más. Y es ahí dónde debemos quedarnos, abandonándonos en este presente en las manos de Dios pero al mismo tiempo y mucho más si tenemos esta tentación, entregando al Señor tanto el pasado como el futuro.


Bajar 40 cm

Hace un tiempo atrás, un sacerdote me dijo algo así como: «lo que te falta hacer es bajar 40 cm, desde la cabeza hasta el corazón». Esta es una de las resistencias más fuertes que podemos tener frente al dolor. Bajar esos 40cm implica pasar por el corazón, dejar que los sentimientos fluyan y nos desarmen. Buscamos entender desde la razón cosas que a veces no tienen explicación ni quizás debamos conocer. «El corazón tiene razones que la razón no entiende» dice una frase que hace mucho escuché. Pienso que debe haber un justo medio entre los sentimientos y la razón, y encontrar el equilibrio es la tarea ardua que nos toca realizar. Nada podrá aportarnos una experiencia de dolor si no nos permitimos sentirla y sólo nos quedamos en los razonamientos, al mismo tiempo tampoco nos ayudará si solo la sentimos y no razonamos. Porque somos un todo, habrá que usar ese todo en cada circunstancia que nos toque vivir. Por eso uno de los primeros pasos es también vivir esta experiencia sin autocensurar lo que sentimos y al mismo tiempo sin dejar de meditar y reflexionar sobre lo que acontece en nuestra vida.


Las preguntas

Muchas veces lo que nos inquieta o angustia es lo que pensamos del dolor, más que el dolor en sí. ¿Cuántos “fantasmas” nos creamos nosotros mismos? ¿Cuántas preguntas sin sentido nos hacemos? Quizás no sean sin sentido, pero tal vez no sean oportunas. La pregunta sin sentido es sobre todo una: «¿Por qué?». En el fondo de esa pregunta hay un tremendo orgullo. La pregunta que Dios podría hacernos sería: «¿Por qué no?». ¿Quién dice cuál es el “tipo” de vida que “deberíamos” tener? ¿Dónde está escrito eso? Claro que en ninguna parte. Desde mi experiencia, creo que es una pregunta insensata.

Luego sí podemos preguntarnos «¿Para qué?», pero sin buscar respuestas inmediatas, quizás algún día las tengamos o podamos conjeturar, si es que de algo sirve. Lo que seguramente sí podamos analizar a la distancia es luego, qué ha ocurrido en la propia vida una vez pasada esa experiencia y eso puede dar algún indicio de «para qué» ocurrió eso, qué es lo que el Señor me ha querido enseñar a través de esa experiencia, qué es lo que tenía que cambiar, qué gracias ha traído a mi vida, etc.

El problema de las preguntas, más allá de hacerse las adecuadas, es que queremos saber las respuestas antes de tiempo, cuando aún no estamos preparados para recibirlas. Está muy bien hacerse las preguntas; de hecho, creo que uno de los males más terribles que vivimos en estos últimos tiempos es que muchas personas no se hacen preguntas. Pero el peligro es no aceptar los tiempos de Dios y los propios. La vida es un proceso y el Señor, en su misteriosa pedagogía, nos enseña paso a paso, en la medida en que podemos aprender.

Yo querría rogarle lo mejor que sepa, mi querido señor, que tenga paciencia con todo lo que no está resuelto en su corazón y que intente amar las preguntas mismas… No busque ahora las respuestas que no se le pueden dar, porque usted no podría vivirlas. Y se trata de vivirlo todo. Viva usted ahora las preguntas. Quizá luego, poco a poco, sin darse cuenta, un día lejano se encontrará viviendo en la respuesta. (Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta, Madrid 2003, 44-45).

Hay que entender algo que el P. Amedeo Cencini explica muy bien: El Misterio es posible de conocer, no así el enigma. Pero que sea posible conocer no significa que ese conocimiento sea instantáneo ni “mágico”. Es un camino.

Muchas veces lo que nos inquietan pueden ser las expectativas que tenemos, la “película” que nos hicimos en la cabeza sobre cómo debería ser esta vida, como si hubiera un modelo ideal y alguien nos hubiera prometido que esta vida sería color de rosa. Pues no, no es así. Es más, el Señor dijo: «Les digo esto, para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir pero tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).


Ser agradecidos

También muchas veces vivimos dando por sentado muchas cosas, y quizás nos damos cuenta de que eran un regalo en el momento en que las perdemos. Por eso es importante abrir los ojos ante todas las gracias que el Señor nos regala cada día y ser agradecidos, porque todo es gracia, todo es un regalo suyo, incluso y tal vez aún más el dolor, las carencias, las dificultades que nos dan la posibilidad de acercarnos más al cielo.

Para poder ser agradecidos, en primer lugar debemos poder reconocer cuáles son estos regalos que Dios nos hace cada día. Esto no lo lograremos sin una actitud de contemplación, de silencio, de estar atentos, de poder asombrarnos con las pequeñas cosas de cada día. Allí está el Señor, en lo pequeño, lo ordinario, lo cotidiano, en la rutina, en lo habitual de cada día.

El Señor le dijo:
   —Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!
   Vino un huracán tan violento, que descuajaba los montes y resquebrajaba las rocas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento.
   Después del viento vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto.
  Después del terremoto vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego.
   Después del fuego se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva.
   Entonces oyó una voz que le decía:
   —¿Qué haces aquí, Elías?

Primer Libro de los Reyes 19, 11-13

Para tener esta actitud de agradecimiento y poder reconocer cuántos dones nos hace Dios cada día, es necesario salir de uno mismo, salir de mi propio mundo y mi propia realidad y mirar otras realidades. Con solo abrir el diario y leer los titulares podemos ver cuántas personas están sufriendo en el mundo en este mismo momento y darnos cuenta que aquellas cosas que nosotros damos por sentado, pueden ser aquellas que otros están pidiendo al Señor porque carecen de ellas. Y, claro que también debemos interceder ante el Señor por estas personas que están sufriendo y tener compasión (sufrir con). Ciertamente la peor carencia es estar lejos de Dios, no conocer su amor. Desgraciadamente hay muchas personas que no lo conocen y mucho debemos rezar e interceder por ellas. Como nos pidió Nuestra Señora de Fátima: «Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas» (19 de Agosto de 1917).


«Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol» (Ecl 3, 1)

Quizás nos falta paciencia, con la realidad tal cual es y aún más con nosotros mismos. Aceptar que en la vida hay momentos de dolor y momentos de alegría, y dependiendo de cuánto hayamos avanzando en el camino de la espiritualidad, a veces incluso esos momentos pueden superponerse.

Esta falta de paciencia y de aceptación es tal vez consecuencia de esta sociedad de personas que usan máscaras en vez de mostrarse tal como son, de un mundo que rechaza el dolor y alaba el placer, y si alguien sufre, mira para otro lado, cuando el sufrimiento es una realidad que nos atraviesa a todos los seres humanos.

Quizás también no aceptar y mostrar el propio dolor sea porque tenemos miedo a ser rechazados por los demás que pueden ser indiferentes al dolor, por no mostrarnos vulnerables y mostrar nuestra propia debilidad, por orgullo, por miedo, etc.

«Feliz el hombre que conoce su debilidad: este conocimiento será el fundamento y principio para todas las cosas buenas y bellas» (San Isaac el Sirio).


Las palabras

Creo que una de las vías de escape puede ser hablar demasiado así como también callar demasiado. Cada cual tendrá su manera de sobrellevar el dolor, pero si algo he aprendido a lo largo de mi vida es que es importante exteriorizarlo. De lo contrario, tarde o temprano, sea porque nosotros lo dejemos o porque lo impidamos, es decir, por las “buenas” o las “malas” el dolor saldrá. Siempre será mejor dejarlo seguir su camino, pero eso no siempre es algo que podemos hacer, o quizás nos desborda.

A veces nos ayudará hablar con otra persona que pueda escucharnos y sostenernos, muchas veces esto no significa que la persona esté buscando un consejo sino simplemente ser escuchada, sentirse comprendida, cobijada, aceptada aún cuando se siente mal, triste, angustiada, en una crisis de vida. El problema aquí surge muchas veces porque las personas no están preparadas para escuchar, porque escuchar y ver a otro sufrir las hace sufrir y buscan muchas veces, quizás por egoísmo o por compasión, quién sabe, aliviar el dolor del otro. Aquí, en cualquier caso, la comunicación es clave. Yo diría como “norma” no dar un consejo si otro no lo pide, o en todo caso, preguntar antes si la persona quiere escuchar un consejo.

Creo que en cualquier caso, cuando nos acercamos a otro en un momento de dolor, lo más importante es la compasión, sufrir con el otro. Eso es lo que hará que la otra persona se sienta y sea amada, se sienta comprendida. Es caminar con el otro, con el hermano que está sufriendo. El silencio suele ser mejor, pero en cualquier caso, lo que importa es ser auténtico, porque quién sufre se da cuenta fácilmente cuando el que tiene enfrente no está escuchando con el corazón sino con la cabeza, porque el sí tiene su corazón en carne viva. Y ese suele ser un mal de nuestros tiempos.

También puede ayudarnos escribir si no queremos hablar con otra persona. Darnos ese espacio para sufrir, para llorar, para descargar lo que sentimos sin ninguna traba. Las lágrimas suelen ser de gran ayuda para limpiar nuestras heridas.


La soledad y el silencio

La soledad es el lugar apropiado para sobrellevar el dolor, y es importante buscar estos momentos de soledad para poder orar, meditar, pensar sobre lo que nos pasa. Es importante también el silencio y escuchar al Señor.

Para mi ha sido fundamental la adoración al Santísimo en los momentos más difíciles. Poder estar con el Señor en el momento de mayor vulnerabilidad y dolor, en silencio, mirarlo y dejarnos mirar por Él, como sus hijos, de la mano de nuestra Madre, la Santísima Virgen, y en compañía de nuestro Ángel Custodio. Llevar nuestra vida a sus pies y entregársela, con todo lo que hay en ella. Alabar al Señor y dejar que Él guíe nuestro camino, dejar que Dios sea Dios.


No resistir, dejarse poner en crisis sin miedo

Paciencia con el dolor, paciencia con los días nublados y cuando llueve en el corazón. Creo que una de las claves es no resistir al dolor, aceptarlo en el momento que llega tal y como llega, sin intentar ponerle un límite o freno, dejarlo que toque mi corazón, que me ponga en crisis, que de vuelta mi vida de un plumazo, que se derrumbe todo lo que he construido, sin resistirlo y sin miedo. Si estoy en las manos de Dios, en las manos más seguras que puedan existir, ¿a qué puedo tenerle miedo? El Señor no se cansó de repetir que confiemos en Él. ¿Qué tanto confiamos en Él?

Quizás es el momento de preguntar al Señor: «Dios mío, ¿qué me estás diciendo a través de esta experiencia? ¿Qué debo hacer? ¿Qué debo cambiar? ¿Cómo afronto esta experiencia que has puesto en mi camino?». Y esa respuesta no vendrá “mágicamente”, sino de una escucha atenta, del silencio interior, de la paz que llega cuando ya no ponemos resistencia al dolor que nos atraviesa ni a la oscuridad que nos inunda y ciertamente de la oración, que es la clave fundamental para la vida espiritual.

Es más, si tomamos esta actitud frente al dolor, de dejarnos tocar, fluirá mucho mejor en nuestro corazón y nos dará un corazón de carne, cada vez más sensible, más humano, y menos de piedra. E incluso la experiencia del dolor será más efectiva, porque cuando oponemos resistencia, no es que deje de doler, sino por el contrario, duele y la experiencia se prolonga aún más tiempo y no recibimos las gracias que el Señor quiere darnos a través de este Misterio. Ciertamente es un peligro muy grande no dejarse poner en crisis, no dejar que el Señor obre en nuestras vidas.

«Una de las formas mejores y más sencillas de dejar ir una emoción es: sintiéndola. Emociones penosas, y algunos dolores físicos, tienden a disiparse cuando se les acepta plenamente» (Thomas Keating).


«¿Me amas?»

Hace poco le decía a un amigo que la pregunta que el Señor nos hace en todo momento de nuestra vida es ésta: «¿Me amas?». Más aún en los momentos de dolor, «¿me amas?» ¿Me amas en esta circunstancia? ¿en esta pérdida? ¿en este dolor? ¿en esta dificultad?¿en esta oscuridad? ¿Aún me amas?

No vale la pena decir cuál es la respuesta que cada uno dará, pero creo que esta pregunta puede ayudarnos a sortear algunas barreras que ponemos en el corazón para no dejarnos tocar por el Señor.


La muerte

A veces las situaciones que nos tocan vivir hacen tambalear nuestra vida por completo, es parte de nuestra muerte, de ir muriendo en este camino. A veces esas muertes son más repentinas que otras, más profundas, más oscuras. Otras veces pueden ser situaciones más “pequeñas”, si es que pudieran medirse. Lo cierto es que el dolor, duele. No hay más ciencia, duele al 100% en cada circunstancia que toca nuestra vida.

Morimos y luego renacemos, lentamente, por la misericordia de Dios. Y así sucede muchas veces a lo largo de la vida, y vamos siendo despojados de todo lo que sobra en nuestras vidas, de los apegos, de formas de vida, de ideas, de desórdenes… Morimos a nosotros mismos cada vez, nos vamos haciendo más pequeños, más libres, más polvo. Es el proceso del anonadamiento. Es la pedagogía del Señor que nos va formando a su semejanza.

Luego de pasada la experiencia, brota la alegría profunda, que nadie puede quitar. Surge la paz en el corazón, fruto del abandono y de la confianza en el Señor, de saber que estamos en sus manos y que no hay lugar mejor. La alegría también brota porque podemos reconocer aquello que sobraba en nuestra vida y que ahora ya no es más un obstáculo para nuestro espíritu. Es como si nos hubieran sacado un peso de encima.


Cambiar de mirada

Con el tiempo, en la medida en que avanzamos en el camino espiritual, en la medida en que creemos y aceptamos que esta pedagogía del Señor sobre el Misterio del dolor es parte del Misterio de la Cruz, de nuestra redención, vamos adquiriendo una mirada distinta sobre el dolor. Vamos reconociendo que esas experiencias son las que nos van santificando a lo largo del camino y por eso damos gracias por ellas, aún cuando nos sintamos desgarrados y en medio de la peor oscuridad. Eso nos permite aún sonreír en medio de las lágrimas que nos van purificando. Porque sabemos que Dios nos está regalando una oportunidad de asemejarnos a Él, de ser parte del Misterio de la Cruz junto con Él. Porque podemos darnos cuenta que el Señor está tocando nuestro corazón con esa prueba, nos está haciendo más humanos, dando un corazón como el suyo y al mismo tiempo divinizando; es el Señor que pasa por nuestra vida y nos invita a ser parte del Misterio. ¡Qué inmenso regalo!


El buen humor

Otro de los frutos que trae el sufrimiento es el buen humor. ¿Cómo es esto posible? En la medida en que vamos transformando nuestra mirada sobre la vida, sobre lo pasajero de esta vida, sobre qué es lo importante y qué no, podemos llegar a reírnos de las circunstancias que hemos vivido sin tomarlas como trágicas, sino como parte del aprendizaje, podemos reírnos de nuestros errores o de las ironías que a veces nos suceden, sabiendo que lo trágico no es el dolor en sí. Trágica sería la muerte eterna, trágico es el pecado, pero no las dificultades de esta vida. Justamente porque esta vida pasará más pronto que tarde y lo importante es esa mirada con los ojos siempre en el cielo. Esa perspectiva de la vida eterna, del destino final, es lo que permite relativizar el presente, más allá de las dificultades.


Ofrenda

Pero aún más, hay un peligro muy grande y es no ofrecer al Señor el dolor. Si ese ha sido el instrumento de nuestra redención, será inútil si no se lo entregamos a Él. Y ¿quién en este mundo no sufre y por tanto no tiene algún sufrimiento que entregar al Señor a los pies de su Cruz?

«¡El Señor esté con vosotros, hermanos! Hermanos, ¿me oís?
Mi pequeña grey, no es sólo la patena, no es sólo el cáliz con el vino,
eres tú, toda entera, mi pequeña grey, lo que yo querría tener y levantar entre manos…
Ahora se te presenta el plato para la ofrenda; ¿no tienes otra cosa que esa mísera moneda para poner en él?…
¿No tienes otra cosa que abrir que tu monedero?
¿No hay aquí nadie que sufre?…
¿No hay afligidos entre vosotros? ¿De verdad? ¿Ningún pecado, ningún dolor?
¿Ninguna madre que haya perdido el hijo? ¿Ningún fracasado sin culpa propia?
¿Ninguna chica abandonada por el novio porque el hermano le ha devorado la dote?
¿Ningún enfermo al que el médico haya diagnosticado y que sabe que ya no tiene esperanza?
¿Por qué, pues, sustraer a Dios lo que le pertenece y es suyo?
¡Vuestras lágrimas y vuestra fe, vuestra sangre con la suya en el cáliz!
Junto con el vino y el agua ¡esta es la materia de su sacrificio!
Esto es lo que rescata al mundo con él, esto es aquello de lo que tiene sed y hambre,
Estas lágrimas como monedas arrojadas en el agua, Dios mío, ¡tanto sufrimiento desperdiciado!
¡Tened piedad de él que sólo tuvo treinta y tres años para sufrir!
¡Unid vuestra pasión a la suya, visto que sólo se puede morir una vez!».

Paul Claudel


Amar la Cruz

Por último, lo que resta creo en este camino es amar la Cruz, la bendita Cruz en la que el Señor se ha entregado voluntariamente por nosotros, el único camino al Cielo. Santa Rosa de Lima decía que «fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo». Entonces pidamos al Señor la gracia de amar la Cruz, la que será nuestra salvación en el último día.

«Felices los pobres de espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece» (Mt 5, 3).

Carolina de Jesús
10.09.2017

 

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. GoyoGalache dice:

    Me ha encantado tu reflexión, esta hecha desde el corazón y la compresión, la he leído rápida, tengo que leerla mas lentamente intentado comprenderte. Preciosa descripción de la vida.

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