La Cruz

21751862_594940444228841_2617182818802916610_nBien lejos de aquel abril, en este septiembre, en los umbrales ya de la primavera, se nos permite volver de nuevo los ojos hacia el Gólgota y ver allí un árbol florido, lleno de frutos del amor extremo. Donde en abril oímos un grito de agonía, hoy resuena como grito de parto…

Podríamos creer que la Iglesia no debe mirar tanto la Cruz, y que debe superar ese dolorismo de pasión y muerte para vivir el gozo de la resurrección y vida… pero, una vez más, el cristianismo sorprende con su paradoja: y propone encontrar la tensión de opuestos en la misma Cruz rebosante de vida.

Sí: no se trata de dejar atrás el misterio de la Cruz, como algo que “ya fue”, sino de ver en la Cruz misma, la arrolladora y vivificante fuerza del Amor que salva.

El exaltante mensaje (que es epicentro y encrucijada de nuestra Fe) es: el gozo, la alegría, la paz, la plenitud, la felicidad no están “después” de la Cruz, más allá de la Cruz… sino más adentro de la Cruz. Claro que el sufrimiento por sí mismo no otorga felicidad: y hay que avanzar: pero no hacia adelante sino hacia abajo, hacia adentro, hacia lo profundo. No para superar la cruz sino para ahondar en ella, cavar… hasta que mane el agua viva del amor extremo.
En la Cruz está la vida y el consuelo. En la Cruz… no tras la Cruz.

El Señor es elevado. Puesto en un lugar alto. Para atraernos desde allí. ¿Qué nos atrae? La fuerza imantadora de Su amor más grande. No hay amor más grande. Silencioso, sin discursos ni milagros, sin prédicas ni parábolas, ahí, desde esa altura, nos convoca e invita a ser mirado. Sí: a ser mirado. Esa es la consigna; toda la consigna. “Miren hacia Él y quedarán resplandecientes”…

La nuestra es una Religión que no vive de ni de doctrinas ni de morales: vive de miradas encontradas. Mirar con demorada y desarmada serenidad este Amor extremo entregándose por entero a mí… cambia la vida.

Ante cada prueba, cada dolor, cada encrucijada, cada tentación… mirar la Cruz. Pero no como quien lee el prospecto de un medicamento para entender qué contiene… sino como quien come el medicamento. Quien estrella las dificultades, las penas, incluso el horror del pecado allí, en la Cruz, queda curado de la mordedura del Malo, como los judíos en el desierto.

Los estandartes del Rey se nos adelantan, oh Árbol de luz, Árbol hermoso, única esperanza nuestra; a tus Pies postrados volcamos toda nuestra inquietud. Fuente pura del nuevo paraíso, Precio y premio… a tu sombra se cobija segura mi vulnerable vida. Miro ese Amor que pende suspendido de Ti, oh Cruz vivificante, y la callada música del Crucificado serena el torbellino de mi turbación, acalla mi mar embravecido. Miro hacia Ti y todo recobra la paz. Miro hacia Ti y como en un susurro recibo tu abreviada Noticia: todo termina bien.

Oh Cruz gloriosa, Tú que en el aprieto me diste anchura, ábreme, por tu Costado traspasado, el estrecho camino por el que accedo a la inmensidad de tu Luz.

Diego de Jesús

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