La Cena del Cordero – 1º Parte – Capítulo IV (Scott Hahn)

Introducción y Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III

Capítulo IV

Paladea y mira (y escucha y toca) el Evangelio

COMPRENDER LAS PARTES DE LA MISA

A alguna gente, románticos de corazón, le gusta pensar que el culto de los primeros cristianos era puramente espontáneo e improvisado. Les gusta imaginar a los primeros creyentes con un entusiasmo tan desbordante que la alabanza y la acción de gracias se traducía en una profunda plegaria en cuanto la Iglesia se reunía para partir el pan. A fin de cuentas, ¿quién necesita un misal para gritar «te quiero»?

Tiempos ha, yo también creía eso. Sin embargo, el estudio de las Sagradas Escrituras y la Tradición me llevó a ver el buen sentido de la ordenación del culto. Gradualmente me encontré (siendo todavía protestante) atraído por la liturgia y tratando de construir una liturgia al margen de las palabras de la Escritura. Qué poco sabía yo que ya estaba hecha.

Desde los tiempos de San Pablo, vemos a la Iglesia interesarse por la precisión ritual y la etiqueta litúrgica. Creo que hay una buena razón para esto. Suplico paciencia a mis amigos románticos cuando digo que el orden y la rutina no son necesariamente cosas malas. De hecho, son indispensables para una vida buena, piadosa y pacífica. Sin programaciones y rutinas, pocas cosas podríamos llevar a cabo en nuestra labor diaria. Sin frases hechas, ¿cómo serían nuestras relaciones humanas? Todavía no he encontrado padres que se cansen de escuchar a sus hijos repetir la vieja frase «gracias». Aún no he encontrado una esposa que esté harta de escuchar «te quiero».

La fidelidad a nuestras rutinas es una forma de mostrar el amor. No trabajamos, o agradecemos, o mostramos afecto sólo cuando realmente nos apetece. El amor verdadero es el amor que vivimos con constancia y esa constancia se manifiesta en rutinas.

LA LITURGIA ES FORMADORA DE HÁBITOS

Las rutinas no son una buena teoría. Funcionan en la práctica. El orden hace que la vida sea más pacífica, más eficiente y más eficaz. De hecho, cuantas más rutinas desarrollamos, más eficaces somos. Las rutinas nos libran de la necesidad de ponderar pequeños detalles una vez y otra; las rutinas permiten adquirir buenos hábitos, liberando la mente y el corazón para que puedan expandirse.

Los ritos de la liturgia cristiana son las frases hechas que han pasado la prueba del tiempo: el «gracias» de los hijos de Dios, el «te quiero» de la Iglesia, Esposa de Cristo. La liturgia es el hábito que nos hace altamente eficientes, no sólo en la «vida espiritual», sino en la vida en general, puesto que la vida hay que vivirla en un mundo que ha sido hecho y redimido por Dios.

La liturgia compromete a la persona entera: cuerpo, alma y espíritu. Recuerdo la primera vez que asistí a un acto litúrgico católico, una celebración de las Vísperas en un seminario bizantino. Mi pasado y formación calvinistas no me habían preparado para la experiencia: el incienso y los iconos, las postraciones e inclinaciones, el canto y las campanas. Todos mis sentidos estaban elevados. Después, un seminarista me preguntó: «¿qué te parece?» Todo lo que pude decir fue: «Ahora sé por qué Dios me dio un cuerpo: para dar culto al Señor con su pueblo en la liturgia». Los católicos no sólo oyen el Evangelio. En la liturgia, lo escuchamos, lo vemos, lo olemos y lo gustamos.

PARTIR EN DOS UN BUEN RATO

Escuchamos la llamada de la Misa más claramente quizás en una frase que se repite a lo largo de la mayoría de las liturgias del mundo, a través de toda la historia de la Iglesia: ¡levantemos el corazón! ¿A dónde se levantan nuestros corazones? Al cielo, porque la Misa es el cielo en la tierra. Pero, antes de poder ver esto claramente (y aquí te adelanto un secreto: antes de que podamos entender el libro del Apocalipsis), tenemos que comprender las partes de la Misa.

En este capítulo, avanzaremos paso a paso a través de la liturgia para ver cómo «funciona» cada elemento: de dónde viene y para qué está. Aunque sólo tenemos espacio para tratar alguno de los detalles más relevantes, será suficiente para ayudarnos a empezar a contemplar la Misa, y a empezar a descubrir su lógica interna. Porque, a menos que entendamos las dos partes como un todo, la Misa puede convertirse en rutina sin sentido, sin participación de corazón; y ése es el tipo de rutina que le da su mala fama.

En primer lugar, hemos de entender que la Misa está realmente dividida en dos: la «liturgia de la Palabra» y la «liturgia eucarística». Estas mitades están a su vez divididas en ritos específicos. En la Iglesia latina, la liturgia de la palabra incluye la entrada, los ritos introductorios, el rito penitencial y las lecturas de la Sagrada Escritura. La liturgia eucarística podría subdividirse en cuatro secciones: ofertorio, plegaria eucarística, rito de Comunión, y rito de conclusión. Aunque las acciones son muchas, la Misa es un único ofrecimiento: el sacrificio de Jesucristo, que renueva nuestra alianza con Dios Padre.

ENCRUCIJADA

Entre los primeros cristianos, la señal de la cruz era probablemente la expresión de fe más universal. Aparece a menudo en los documentos de ese período. En la mayoría de los lugares, la costumbre era sencillamente trazar la cruz sobre la frente. Algunos escritores (como San Jerónimo y San Agustín) describen a los cristianos haciendo la cruz en la frente, seguidamente en los labios y luego en el corazón, tal como lo hacen los católicos occidentales de hoy antes de leer el Evangelio. Grandes santos testimonian también el tremendo poder de la señal de la cruz. San Cipriano de Cartago, en el siglo III, escribía que «en la (…] señal de la cruz está toda fuerza y poder […J. En esta señal de la cruz, está la salvación para todos los que están marcados con ella en la frente» (refiriéndose, dicho sea de paso, al Apocalipsis 7, 3 y 14, 1). Un siglo después, San Atanasio declaraba que «por la señal de la cruz toda magia se detiene y todo hechizo se desvanece». Satanás es impotente ante la cruz de Jesucristo.

La señal de la cruz es el gesto más profundo que podemos hacer. Es el misterio del Evangelio condensado en un momento. Es la fe cristiana resumida en un único gesto. Cuando hacemos la señal de la cruz, renovamos la alianza que comenzó con nuestro bautismo. Con nuestras palabras, proclamamos la fe trinitaria en la que fuimos bautizados («en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo»). Con la mano, proclamamos nuestra redención por la cruz de Jesucristo. El mayor pecado de la historia humana la crucifixión del Hijo de Dios se convierte en el mayor acto de amor misericordioso y de poder divino. La cruz es el medio por el que somos salvados, por el que llegamos a ser partícipes de la naturaleza divina (cf. 2 Ped 1, 4).

Trinidad, encarnación, redención: todo el Credo destella en ese breve momento. En Oriente, el gesto es aún más rico, pues los cristianos trazan la señal de la cruz juntando los tres primeros dedos (pulgar, índice y corazón) separados de los otros dos (anular y meñique): los tres dedos unidos representan la unidad de la Trinidad; los otros dos representan la unión de las dos naturalezas de Cristo, la humana y la divina.

Esto no es sólo un acto de culto. Es también un recordatorio de quiénes somos. «Padre, Hijo y Espíritu Santo» refleja una relación de familia, la vida íntima de Dios y su eterna comunión. La nuestra es la única religión cuyo Dios es una familia. Dios mismo es una «familia eterna»; pero por el Bautismo, Él es también nuestra familia. El Bautismo es un sacramento, que viene de la palabra latina que significa juramento (sacramentum); y por este juramento somos ligados a la familia de Dios. Al hacer la señal de la cruz, empezamos la Misa con un recordatorio de que somos hijos de Dios.

Renovamos también el juramento solemne de nuestro Bautismo. Hacer la señal de la cruz, pues, es como jurar sobre la Biblia en un juicio. Prometemos que hemos venido a Misa a dar testimonio. Por tanto, no somos espectadores de un acto de culto; somos participantes activos, somos testigos, y juramos decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Con la ayuda de Dios.

UN RITO PARA LOS ERRORES

Si estamos en la tribuna de los testigos, entonces ¿quién es el acusado? El rito penitencial lo pone de manifiesto: nosotros. Las ordenaciones litúrgicas más antiguas que tenemos, la Didaché, dicen que a nuestra participación en la Eucaristía debe preceder un acto de confesión. Lo bonito de la Misa, sin embargo, es que nadie más que nosotros se levanta para acusarnos. «Yo confieso ante Dios todopoderoso […] que he pecado mucho».

Hemos pecado. No podemos negarlo. «Si decimos: “no tenemos pecado”, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros» (1 Jn 1, 8). Más aún, dice el Libro Santo, incluso el justo cae siete veces al día (cf. Prov 24, 16). Nosotros no somos una excepción, y la honradez demanda que reconozcamos nuestra culpa. Incluso nuestros pequeños pecados son una cosa seria, porque cada uno de ellos es una ofensa contra un Dios cuya grandeza es inconmensurable. Por eso, en la Misa nos declaramos culpables y seguidamente confiamos en la clemencia de la corte celestial. En el Kyrie, pedimos misericordia a cada una de las tres divinas Personas de la Trinidad: «Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad». No nos excusamos ni racionalizamos. Pedimos perdón y oímos el mensaje de clemencia. Si una palabra encierra el significado de la Misa, es «misericordia».

La frase «Señor, ten piedad» aparece a menudo en la Sagrada Escritura, en uno y otro Testamento (cf. por ejemplo, Sal 6, 2; 31, 9; Mt 15, 22; 17, 15; 20, 30). El Antiguo Testamento enseña una y otra vez que la misericordia es uno de los grandes atributos de Dios (cf. Ex 34, 6; Jon 4, 2).

El «Señor, ten piedad» ha perdurado desde las liturgias cristianas más antiguas. De hecho, incluso en el Occidente latino se ha conservado a menudo en la forma griega más primitiva: «Kyrie, eleáson». En algunas liturgias de Oriente, la comunidad repite el Kyrie como respuesta a una larga letanía que suplica los favores divinos. Entre los bizantinos, estas peticiones piden sobre todo la paz: «En paz, oremos al Señor […]. Por la paz que viene de lo alto […]. Por la paz en todo el mundo […]».

GLORIA

Pedimos por la paz y en unos segundos proclamamos el cumplimiento de nuestro ruego: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor». Esta oración se remonta por lo menos al siglo II. La aclamación inicial viene del canto que entonaron los ángeles en el nacimiento de Jesús (Lc 2, 14), y las líneas siguientes se hacen eco de las alabanzas del poder de Dios que hacen los ángeles en el Apocalipsis (especialmente Apoc 15, 34).

Alabamos a Dios inmediatamente por las bendiciones que le acabamos de pedir. Ése es nuestro testimonio de su poder. Esa es su Gloria. Dijo Jesús: «todo lo que pidáis en mi nombre, eso haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo; si algo pedís en mi nombre, lo haré» (Jn 14, 1314). El Gloria grita con la alegría, la confianza y la esperanza que siempre ha caracterizado a los creyentes. En el Gloria, la Misa es una reminiscencia de la todáh de la Antigua Alianza, que hemos tratado antes. Nuestro sacrificio es una súplica urgente de liberación, pero al mismo tiempo es una celebración y agradecimiento por esa liberación. Ésa es la fe de todo el que conoce el cuidado providencial de Dios. Eso es el Gloria.

LA IGLESIA DEL EVANGELIO COMPLETO

El momento culminante de la liturgia de la Palabra es, por supuesto, la proclamación de la Palabra de Dios. En domingo, normalmente incluirá una lectura del Antiguo Testamento, el canto o recitación de un Salmo y una lectura de las cartas del Nuevo Testamento, todo lo cual prepara para la lectura del Evangelio. (En la Vigilia Pascual, tenemos hasta diez extensas lecturas de la Biblia). En conjunto, es un acumulador de Escritura. Los católicos que asisten a Misa a diario oyen casi toda la Biblia, leída para ellos en el curso de dos años; aparte de las vetas de oro bíblico entreveradas en las demás oraciones de la Misa… no dejes que la gente te siga diciendo que la Iglesia no nos invita a los católicos a ser «cristianos bíblicos».

De hecho, el «hábitat natural» de la Biblia está en la liturgia. «La fe viene por la escucha», decía San Pablo (Rom 10, 17). Date cuenta de que no dice «la fe viene por la lectura». En los primeros siglos de la Iglesia, no había imprenta. La mayoría de la gente no se podía permitir el lujo de tener los Evangelios manuscritos y, total, mucha gente no sabía leer. Así pues, ¿dónde recibían los cristianos el Evangelio? En la Misa: y entonces, como ahora, tenían el Evangelio completo.

Las lecturas que oyes en la Misa del domingo están programadas para un ciclo de tres años en un libro llamado leccionario. Este libro es un antídoto eficaz contra la tendencia que yo tenía, cuando era predicador protestante, a concentrarme en mis textos favoritos y predicar sobre ellos una y otra vez. Podía estar años sin tocar alguno de los libros del Antiguo Testamento. Los católicos que asistan regularmente a Misa no tendrán nunca este problema.

Durante las lecturas, nuestra atención nunca podrá ser excesiva. Son la preparación normal y esencial para nuestra Sagrada Comunión con Jesús. Uno de los grandes escrituristas de la Iglesia antigua, Orígenes (siglo III), urgía a los cristianos a respetar la presencia de Cristo en el Evangelio, como respetaban su presencia en la hostia.

«Tú, que estás acostumbrado a tomar parte en los divinos misterios, sabes, cuando recibes el Cuerpo del Señor, cómo protegerlo con todo cuidado y veneración, para que ni una pequeña partícula se caiga, para que no se pierda nada del don consagrado. Pues sabes, correctamente, que eres responsable si se cae algo por negligencia. Pero si eres tan cuidadoso para conservar su Cuerpo, y con toda razón, ¿cómo piensas que es menos culpable haber descuidado la Palabra de Dios que haber descuidado su Cuerpo?»²⁰.

Diecisiete siglos después, el Concilio Vaticano II se hizo eco de esta antigua enseñanza proponiéndola para nuestro tiempo: «la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo» (Dei Verbum, 21).

«Nadie —decía Orígenes— entiende con el corazón […] a menos que tenga la mente abierta y totalmente concentrada». ¿Se nos aplica esta descripción a ti y a mí cuando escuchamos las lecturas de la Misa? Tenemos que estar particularmente atentos durante las lecturas porque, desde el comienzo de la Misa, tú y yo estamos bajo juramento. Recibiendo la Palabra que, reconocemos, viene de Dios estamos manifestando nuestra conformidad a estar ligados por la Palabra. En consecuencia, estamos sujetos a juicio sobre cómo cumplimos con las lecturas de la Misa. En la Antigua Alianza, escuchar la Ley era estar de acuerdo en vivir según la Ley; o recibir las maldiciones que venían con la desobediencia. En la Nueva Alianza también estamos «obligados» por lo que oímos, como veremos en el libro del Apocalipsis.

LA NECESIDAD DE PRESTAR ATENCIÓN AL CREDO

La liturgia de la Palabra prosigue, los domingos, con la homilía (o sermón) y el Credo. En la homilía, el sacerdote o el diácono nos ofrecen un comentario sobre la palabra inspirada de Dios. La homilía debería salir de las Escrituras del día, iluminando los pasajes oscuros y señalando aplicaciones prácticas para la vida ordinaria. La homilía no tiene por qué entretenernos. Igual que Jesús viene a nosotros en humildad, oblea insípida, así el Espíritu Santo obra a veces a través de un predicador aburrido.

Después de la homilía, recitamos el Credo de Nicea, que es la fe destilada en unas pocas líneas. Las palabras del Credo son precisas, con claridad y talla diamantinas. Comparado con oraciones como el Gloria, el Credo niceno aparece como desapasionado, pero las apariencias pueden ser engañosas. Como dijo la gran Dorothy Sayers²¹: el drama está en el dogma. Porque aquí proclamamos doctrinas por las que los cristianos del Imperio romano sufrieron prisión y muerte. En el siglo iv, el Imperio casi estalla en una guerra civil por las doctrinas relativas a la divinidad de Jesús y a su igualdad con el Padre. Surgían nuevas herejías y se extendían por la Iglesia como un cáncer, amenazando la vida del cuerpo. Correspondió a los grandes concilios de Nicea (325) y Constantinopla (381) en los que tomaron parte algunas de las mentes y almas más grandes de la historia de la Iglesia dar a la fe católica básica esta formulación definitiva, aunque la mayoría de las líneas del Credo habían sido de uso común por lo menos desde el siglo iii. Tras esos concilios, muchas Iglesias de Oriente establecieron que los fieles cantaran el Credo cada semana no sólo lo recitaran porque eran también buenas noticias, noticias que salvan vidas.

El cardenal Joseph Ratzinger ha señalado sucintamente la conexión entre Evangelio y Credo: «el dogma no es otra cosa, por definición, que interpretación de la Escritura […] forjada en la fe de siglos»²². El Credo es la «fe de nuestros padres», que «vive todavía». Asimismo, el documento de 1989 de la Comisión Teológica Internacional, La interpretación de los dogmas, señala: «en el dogma de la Iglesia se trata, por tanto, de la recta interpretación de la Escritura […]. Un tiempo posterior no puede retroceder más allá de lo que se formuló en el dogma con asistencia del Espíritu Santo como clave de lectura de la Escritura»²³. Cuando recitamos el Credo los domingos, aceptamos públicamente como, verdad objetiva esta fe basada en las Escrituras. Entramos en el drama del dogma, por el cual estuvieron dispuestos a morir nuestros antepasados.

Nos unimos a estos antepasados, cuando recitamos la «oración de los fieles», nuestras peticiones. El Credo nos habilita para entrar en el ministerio intercesor de los santos. En este punto, la liturgia de la Palabra llega a su fin, y entramos en los misterios de la Eucaristía.

OFRÉCELE ALGO QUE NO PUEDA RECHAZAR

La liturgia eucarística comienza con el ofertorio; y el ofertorio hace manifiesto nuestro compromiso. Llevamos pan, vino y dinero para sostener la obra de la Iglesia. En la Iglesia primitiva, los fieles mismos hacían el pan y prensaban el vino para la celebración; en el ofertorio los presentaban. (En algunas Iglesias orientales, el pan y el vino son elaborados todavía por los parroquianos). El sentido es éste: nos ofrecemos a nosotros mismos y todo lo que tenemos. No porque seamos muy especiales, sino porque sabemos que el Señor puede tomar lo que es temporal y hacerlo eterno, lo que es humano y hacerlo divino. El Concilio Vaticano II habló con fuerza del ofrecimiento de los laicos: «todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal […], todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del Cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta santa, consagran el mundo mismo a Dios» (Lumen gentium, 34).

Todo lo que tenemos se pone sobre el altar, para hacerlo santo en Cristo. El sacerdote hace explícita esta conexión, cuando mezcla el agua y el vino en el cáliz: «el agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana». Esta mezcla es un símbolo lleno de riqueza, que evoca la unión de la naturaleza divina de Cristo con la humana, la sangre y el agua que manaron de su costado en la cruz, y la unión de nuestros propios dones con el don perfecto que el Salvador hace de Sí mismo. Es un ofrecimiento que el Padre no puede rechazar.

MOVILIDAD ASCENDENTE

Ahora que el sacerdote ha levantado los dones, nos invita a que «levantemos el corazón». Se trata de una imagen llena de fuerza, que se encuentra en liturgias cristianas de todo el mundo y desde los tiempos más remotos. Levantamos nuestro corazón al cielo. En palabras del Apocalipsis (cf. Apoc 1, 10; 4, 12), somos arrebatados en el espíritu… al cielo. De ahora en adelante, decimos, miraremos la realidad con la fe y no con la vista.

¿Y qué vemos en este cielo? Nos damos cuenta de que a todo nuestro alrededor están los ángeles y los santos. Cantamos el cántico que, según atestiguan muchos relatos, cantan los ángeles y los santos ante el trono celestial (cf. Apoc 4, 8; Is 6, 23). En Occidente lo llamamos el «Sanctus»o «Santo, santo, santo»; en Oriente, es el «Trisagio» o «Himno del tres veces santo».

Ahora llega el clímax del sacrificio eucarístico, la gran plegaria eucarística (o Anáfora). Aquí es donde queda claro que la Nueva Alianza no es un libro. Es una acción, y esa acción es la Eucaristía. Se usan muchas plegarias eucarísticas en toda la Iglesia, pero todas contienen los mismos elementos:

• La epíclesis, que es cuando el sacerdote extiende sus manos sobre los dones e invoca la venida del Espíritu Santo. Es un poderoso encuentro con el cielo, más profundamente apreciado en Oriente.

• La narración de la institución es el momento en el que el Espíritu y la Palabra transforman los elementos del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre, alma y divinidad de Jesucristo. Ahora, el sacerdote relata el drama de la última Cena, cuando Jesús estipuló la renovación de su sacrificio de la Alianza a lo largo del tiempo. Lo que Éxodo 12 era para la liturgia de la Pascua, lo son los Evangelios para la plegaria eucarística, pero con una gran diferencia. Las palabras de la nueva Pascua «realizan lo que significan». Cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la institución «esto es mi Cuerpo… éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna» no está simplemente narrando, está hablando en la persona de Cristo, que es el celebrante principal de la Misa. Por el sacramento del Orden, el hombre es cambiado en su ser más profundo; como sacerdote, se convierte en «otro Cristo». Jesús mandó que los Apóstoles y sus sucesores celebraran la Misa cuando dijo: «haced esto… en memoria mía» (1 Cor 11, 25). Fíjate en que Jesús les mandó «haced esto» y no «escribid esto» o «leed esto».

Recuerdo. Empleamos las palabras «recuerdo» o «memorial» para describir la siguiente sección de la plegaria eucarística, pero estas palabras apenas hacen justicia a los términos en el idioma original. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, leemos a menudo que «Dios se acordó de su Alianza». No se trata de que Dios se pudiese olvidar alguna vez de su Alianza; pero, en determinados momentos, la renovaba en beneficio de su Pueblo, la representaba, la actualizaba. Esto es lo que hace, a través de su sacerdote, en el memorial de la Misa. De nuevo renueva su Nueva Alianza.

Oblación. El «memorial» de la Misa no es imaginario. Tiene carne; es Jesús en su humanidad glorificada, y Él es nuestra ofrenda. «Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo […], te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo» (Plegaria eucarística III).

Intercesiones. Con Jesús mismo, oramos al Padre por los vivos y los difuntos, por toda la Iglesia y por el mundo entero.

Doxología. El final de la plegaria eucarística es un momento dramático. Lo llamamos «doxología», que en griego significa «palabra de gloria». El sacerdote levanta el cáliz y la hostia, refiriéndose ahora a ellos como Él. Es Jesús y «por Cristo, con El y en Él, a ti Dios Padre omnipotente todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos». En este momento, nuestro «¡Amén!» debería retumbar; tradicionalmente se le llama «el gran Amén». En el siglo IV, San Jerónimo reseñaba que, en Roma, cuando se proclamaba el gran Amén, temblaban todos los templos paganos.

COSAS DE FAMILIA

Terminada la plegaria eucarística, proseguimos con el Padrenuestro, la oración que Cristo nos enseñó. Lo encontramos en las antiguas liturgias, y debería tener un significado más rico para nosotros en el contexto de la Misa: y especialmente en el contexto de la Misa como el cielo en la tierra. Hemos renovado nuestro Bautismo como hijos de Dios, a quien podemos llamar «Padre nuestro». Estamos ahora en el cielo con Él, teniendo levantados nuestros corazones. Hemos santificado su Nombre celebrando la Misa. Uniendo nuestro sacrificio al sacrificio eterno de Jesús, hemos visto la voluntad de Dios hecha «en la tierra como en el cielo». Tenemos delante de nosotros a Jesús, nuestro «pan de cada día», y este pan perdonará «nuestras ofensas», porque la Comunión limpia todos los pecados veniales. Hemos, pues, conocido la misericordia y nos mostraremos misericordiosos, perdonando «a los que nos han ofendido». Y gracias a la Comunión experimentaremos nueva fuerza sobre las tentaciones y el mal. La Misa cumple la oración del Señor, perfectamente, palabra a palabra.

No es una exageración subrayar la relación que existe entre «nuestro pan de cada día» y la hostia eucarística que está ante nosotros. En su clásico ensayo sobre el Padrenuestro, el escriturista Raymond Brown demostró que ésta era la abrumadora creencia de los primeros cristianos: «hay una buena razón, entonces, para conectar el maná del Antiguo Testamento y el pan eucarístico del Nuevo Testamento con la petición […]. Por eso, al pedir al Padre “danos hoy nuestro pan”, la comunidad estaba empleando palabras directamente conectadas con la Eucaristía. Y por eso, nuestra liturgia romana quizá no esté demasiado lejos del sentido original de la petición al poner [el Padrenuestro] como introducción a la Comunión de la Misa»²⁴.

Empieza, pues, el «rito de la Comunión», y no deberíamos perder de vista la fuerza original de la palabra comunión. En tiempos de Jesús, se usaba esta palabra (en griego, koinonía) principalmente para describir los lazos familiares. Con la Comunión, renovamos nuestros lazos con la familia eterna, la familia que es Dios, y con la familia de Dios en la tierra, la Iglesia. Expresamos nuestra comunión con la Iglesia en el signo de la paz. Con este antiguo gesto, cumplimos el mandato de Jesús de hacer las paces con nuestro vecino antes de acercarnos al altar (cf. Mt 5, 24).

Nuestra siguiente oración, el «Cordero de Dios», evoca el sacrificio pascual y la «misericordia» y la «paz» de la nueva Pascua. El sacerdote, entonces, parte la hostia y la levanta un Cordero «de pie, como si estuviera sacrificado» (Apoc 5, 6) y repite las palabras de Juan Bautista: «Éste es el Cordero de Dios» (cf. Jn 1, 36). Sólo podemos responder con las palabras del centurión romano: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya…» (Mt 8, 8).

Entonces le recibimos en la Comunión. Le recibimos… ¡al mismo a quien hemos alabado en el Gloria y confesado en el Credo! Le recibimos… ¡al mismo ante quien hemos pronunciado nuestro solemne juramento! Le recibimos… ¡al mismo que es la Nueva Alianza esperada a lo largo de toda la historia de la humanidad! Cuando Cristo venga al final de la historia no tendrá ni un ápice más de gloria que la que tiene en este momento, ¡cuando lo consumimos totalmente! En la Eucaristía recibimos lo que seremos por toda la eternidad, cuando seamos elevados al cielo para unirnos a la muchedumbre celestial en la cena nupcial del Cordero. En la Comunión ya estamos allí. No se trata de una metáfora. Es la verdad fría, calculada, precisa, metafísica que enseñó Jesucristo.

ENVIADOS DEL CIELO

Después de tantos y tan graves desarrollos, parece que la Misa termina demasiado abruptamente: con una bendición y «la Misa ha terminado»: «podéis ir en paz». Parece extraño que la palabra «Misa» provenga de estas apresuradas palabras finales: Ite, missa est (literalmente, «id, ha sido enviada»). Pero los antiguos entendían que la Misa era un envío. Esa última línea no es tanto una dimisión como una comisión. Nos hemos unido al sacrificio de Cristo. Dejamos ahora la Misa a fin de vivir el misterio, el sacrificio, que acabamos de celebrar, en medio del esplendor de la vida ordinaria en casa y en el mundo.

 


²⁰ Orígenes, Sobre el Éxodo, 13, 3.
²¹ Dorothy L. Sayers, escritora y guionista radiofónica anglicana, nacida en Oxford en 1893 y fallecida en 1957 (n. del tr.).
²² Joseph Ratzinger, “Transmisión de la fe y fuentes de la fe”, Scripta Theologica 15 (1983), p. 12.
²³ La interpretación de los dogmas, en Comisión Teológica Internacional, Documentos 19691996, Ediea, Madrid 1998, p. 441 de Brouwer, Bilbao 1999, p. 78; cf. también pp. 7182.
²⁴ Raymond Brown, S.S., New Testament Essays, Doubleday, Nueva York 1968, p. 307.

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