Comportamiento en la Santa Misa y después

Amada hija de Jesús,

¡Que Jesús y nuestra Madre siempre sonrieran en tu alma, obteniendo de ella, de su Santísimo Hijo, todos los carismas celestiales! Le escribo por dos razones: contestar algunas preguntas más de su última carta, y desearle un día de nombres muy feliz en el Jesús más dulce, lleno de las más especiales gracias celestiales. ¡Oh! Si Jesús concedió mis oraciones por vosotros o, mejor aún, ¡si sólo mis oraciones fueran dignas de ser concedidas por Jesús! Sin embargo, las incremento cien veces para vuestro consuelo y salvación, implorando a Jesús que no los conceda, no para mi sino por el corazón de su bondad paternal y su infinita misericordia.

Para evitar la irreverencia e imperfecciones en la casa de Dios, en la iglesia —que el Divino Maestro llama la “casa de oración”— les exhorto en el Señor a practicar lo siguiente:

Entrad a la iglesia en silencio y con gran respeto, considerándote indigno de aparecer ante la Majestad del Señor. Entre otras consideraciones piadosas, recuerda que nuestra alma es el templo de Dios y, como tal, debemos mantenerla pura e inmaculada ante Dios y sus ángeles.

Vamos a sonrojarnos por haber dado acceso al diablo y a sus trampas muchas veces (con sus tentaciones al mundo, su pompa, su vocación a la carne) al no poder mantener nuestros corazones puros y nuestros cuerpos castos; por haber permitido a nuestros enemigos insinuarse en nuestros corazones, profanando así el templo de Dios que fuimos hechos por el santo Bautismo.

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El proximo paso: tomar agua bendita y hacer el Signo de la Cruz cuidadosamente y lentamente.

Tan pronto como tu estás delante de Dios en el Santísimo Sacramento, genuflexióne devotamente. Una vez que hayas encontrado tu lugar, arrodíllate y rendí el tributo de tu presencia y devoción a Jesús en el Santísimo Sacramento. Confía todas tus necesidades a Él junto con las de los demás. Habla con Él con abandono filial, dá rienda suelta a tu corazón y dále completa libertad para trabajar en ti como Él lo mejor vea.

Cuando asistas a la Santa Misa y a las funciones sagradas, estate muy compuesto al ponerte de pie, arrodillarte y sentarte, y realiza cada acto religioso con la mayor devoción. Sé modesta en tus miradas; no vuelvas la cabeza aquí y allá para ver quién entra y sale. No te rías, por reverencia por este lugar santo y también por respeto a los que están cerca de ti. Trata de no hablar con nadie, excepto cuando la caridad o la estricta necesidad pide esto.

Si oras con otros, di claramente las palabras de la oración, observa bien las pausas y nunca te apresures.

En resumen, comportate de tal manera para que todos los presentes sean edificados y, a través tuyo, se les exhorte a glorificar y amar al Padre celestial.

Al salir de la iglesia, debes ser recogido y tranquila. En primer lugar, permítense a Jesús en el Santísimo Sacramento; pide Su perdón por las deficiencias cometidas en Su Divina presencia y no lo dejes sin pedir y haber recibido Su Bendición paternal.

Una vez que estés fuera de la iglesia, sé como debe ser cada seguidor del Nazareno. Sobre todo, sé extremadamente modesto en todo, pues esta es la virtud que, más que cualquier otra, revela los afectos del corazón.

Nada representa un objeto con más fidelidad o claridad que un espejo.

De la misma manera, nada más ampliamente representa las buenas o malas cualidades de un alma que la regulación mayor o menor del exterior, como cuando uno parece más o menos modesto.

Tu debes ser modesto en el habla, modesto en la risa, modesto en tu porte, modesto en caminar. Todo esto debe ser practicado no por vanidad para mostrarse a sí mismo, ni por hipocresía para parecer bueno a los ojos de los demás, sino más bien por la virtud interna de la modestia, que regula el funcionamiento externo del cuerpo.

Por lo tanto, se humilde de corazón, prudente en las palabras, prudente en tus resoluciones. Siempre se prudente en tu discurso, asiduo en la buena lectura, atento en tu trabajo, modesto en tu conversación.

No seas asqueroso para nadie, sino se benevolente hacia todos y respetuoso hacia tus mayores. Que ninguna mirada siniestra esté lejos de ti, que ninguna palabra atrevida escapa de tus labios, que no lleves a cabo ninguna acción inmodesta o algun libertinaje; nunca una acción más libre o un tono petulante de voz.

En resumen, que todo tu exterior sea una viva imagen de la compostura de tu alma.

Siempre mantén la modestia del Divino Maestro ante tus ojos, como un ejemplo; este Maestro que, según las palabras del Apóstol a los Corintios, colocando la modestia de Jesucristo en pie de igualdad con la mansedumbre, que era su única virtud particular y casi su característica: «Ahora yo mismo Pablo te ruego por la mansedumbre y la modestia de Cristo» (2 Corintios 10, 1) y, de acuerdo con un modelo tan perfecto, reforma todas tus operaciones externas, las cuales deben ser reflexiones fieles que revelen los afectos de tu interior.

Nunca olvides este modelo Divino, Annita. Trata de ver una cierta majestad adorable en Su Presencia, una cierta autoridad agradable en Su manera de hablar, una cierta dignidad agradable al caminar, al contemplar, hablar, conversar; una cierta dulce serenidad de rostro.

Imagina esa expresión sumamente compacta y dulce con la que atraía a la multitud, haciéndolos salir de las ciudades y castillos, llevándolos a las montañas, a los bosques, a la soledad y a las playas desiertas del mar, olvidando totalmente la comida, la bebida y sus deberes domésticos.

Así intentemos imitar, en la medida de lo posible, esas acciones modestas y dignas. Y hagamos todo lo posible para ser, tambien en la medida de lo posible, semejante a Él en esta tierra, a fin de que podamos ser más perfectos y más similares a él por toda la eternidad en la Jerusalén celestial.

Termino aquí como soy incapaz de continuar, recomendando que nunca te olvides de mí antes de Jesús, especialmente durante estos días de extrema aflicción para mí. Espero la misma caridad de la excelente Francesca, a la que tendrás la bondad de dar en mi nombre las seguridades de mi extremo interés por verla crecer siempre más en el amor Divino. Espero que me haga la caridad de hacer una novena de Comuniones por mis intenciones.

No te preocupes si no puedes contestar mi carta por el momento. Lo sé todo, así que no te preocupes.

Me despido de vosotros en el santo beso del Señor. Siempre soy tu sirviente.

Fra Pío, Capuchino

Del Volumen III de las Cartas del Padre Pío, “Correspondencia con sus Hijas Espirituales” (1915-1923)

Carta del Padre Pio a Annita Rodote; Pietrelcina, 25 de Julio de 1915

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