Ana Magdalena

De todos los seres humanos, aquel hacia quien he tenido mayor envidia en mi vida ha sido Juan Sebastián Bach: ante la estatura de su genio, me he sentido un pigmeo; ante la serenidad de mar en calma de su espíritu, me ha parecido un laberinto de confusiones el mío; ante su equilibrio como ser humano, me he experimentado neurótico; me he visto trivial y frívolo contemplando su hondura.

Pero hoy tengo que confesar algo nuevo: si hasta ahora le envidié, ante todo, por su música, por su obra colosal, hoy creo que le envidio mucho más por su mujer, por el don infinito de haber sido querido por alguien como Ana Magdalena Bach.

Acabo de leer uno de los libros más bellos que existen (…) : La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach. (…) Es un libro supersencillo. Una mujer ingenua, no excepcionalmente culta, habla, con el tono de una niña adorante, del hombre que llenó su vida. Lo hace cuando él ha muerto, cuando todos han empezado ya a olvidarle, cuando vive en la miseria porque su marido no supo ahorrar y ha sido necesario malvender los pocos recuerdos que de él quedaban. Cuando ya sólo queda el amor o el recuerdo infinitamente dulce de aquel amor.

Confieso que nunca creí que pudiera existir en el mundo un cariño tan tierno, tan intenso, tan desinteresado, tan duradero, tan profundo, tan verdadero. Y me parece que sólo ahora empiezo a entender aquel universo de música que Juan Sebastián pudo escribir envuelto en aquel océano de amor.

Hay páginas en las que uno no sabe si conmoverse o si reír ante la «adoración» con que Ana Magdalena habla de Sebastián. (…)

– «Cada vez que le veía mi corazón empezaba a latir con tal fuerza, que me impedía hablar».

– «A nosotros nos dejaba mirar su corazón, que era el más hermoso que ha latido en este mundo.» (…)

– «Nunca quisiera dejar de ser la pobre vieja abandonada que ahora soy si hubiera que comprar la más hermosa y honorable vejez al precio de no haber sido su compañera (…)

La serie de citas podría ser interminable. Y hay que señalar que no son palabras de coba aduladoras de un viviente. No son tampoco los elogios fúnebres dichos en la gloria del recién muerto. Es lo que se piensa y se siente cuando la muerte empieza a quedar lejana, cuando lo que se palpa es la miseria que se ha recibido por única herencia y cuando todo lo demás es olvido. Pero un amor así, una devoción así, son el mejor premio que un hombre puede conquistar en este mundo.

Pero ahora quiero añadir algo más. He leído estas frases a algunas amigas, y todas ellas —como si se hubieran puesto de acuerdo— me han comentado lo mismo: «Así, cualquiera. A un hombre como Bach debía resultar fácil amarle y admirarles».

Y esta respuesta me ha dejado el alma llena de preguntas. Algunas que me parecen muy importantes:

– ¿Amó Ana Magdalena a Juan Sebastián porque le comprendía y admiraba o, por el contrario, le comprendió y admiró porque le amaba?

– ¿Amó Ana Magdalena a Juan Sebastián porque él era un hombre extraordinario o tal vez fue él un hombre extraordinario porque se vio envuelto en un amor así?

No son juegos de palabras. Y creo que valdrá la pena intentar contestarlas.

A la primera ha respondido la propia Ana Magdalena, cuando en el título del primer capítulo del libro nos dice que «le comprendió del todo porque le amaba». Cuando nos explica, sin rodeos, que «Sebastián era un hombre muy difícil de conocer no amándole».

Nos equivocamos si juzgamos desde el hoy. En su época, nadie —sino Ana Magdalena y muy pocos más— descubrió que Bach era el genio que hoy reconocemos. Los que le juzgaban con sus rutinas o sus inteligencias le creyeron un músico más. Y le olvidaron apenas muerto. Sólo Ana Magdalena se atrevió a asegurar, años después de su muerte, que «aunque los hombres desatienden hoy su recuerdo, no lo olvidarán para siempre. La humanidad no podrá guardar silencio sobre él mucho tiempo». Sólo ella entendió que cuando el mundo pensaba, más que en él, en la obra de sus hijos, en el futuro seria la música de Sebastián la que se impondría. ¿Es que Ana Magdalena se engañaba cegada por su amor o es que su amor se volvía profético y mucho más inteligente que la inteligencia de sus contemporáneos?

Quiero decir aquí algo que he pensado muchas veces: que el corazón no es sólo el órgano del amor, sino que puede ser también el órgano del conocimiento. Que no sólo se entiende con la razón. Que hay campos humanos en los que «el corazón tiene razones con las que no cuenta la inteligencia». ¡Cuántos matrimonios no se entienden porque no se aman! ¡Cuántas cosas ininteligibles empiezan a clarificarse cuando se miran con un nuevo amor!

Pero aún me interesa más la segunda pregunta: la cuestión de la mutua fecundación de los que se aman. No sólo en lo físico es fecundo el amor. Los que se aman se reengendran el uno al otro, se multiplican y recrean. Y así el amor de Ana Magdalena la multiplicó a ella y multiplicó a Sebastián.

La multiplicó a ella. Durante su vida, «una palabra de aprobación suya valla más que todos los discursos de este mundo». Después de su muerte, «aunque no tengo ningún objeto que me lo pueda recordar, bien sabe el cielo que no es necesario, pues me basta con el inestimable tesoro de recuerdos que descansa en mi corazón».

Aquel amor les rejuvenecía a los dos: «Cuando me miraba al espejo creía verme tal como era cuando le conocí. Pero, sea cual fuese la ilusión que yo me hiciera a ese respecto, siempre es mejor que envejezca el rostro que el amor. Yo había mirado el rostro de Sebastián con tanta constancia, que todas las transformaciones producidas en él escaparon a mi percepción desde el día en que le vi por primera vez en la iglesia de Santa Catalina de Hamburgo, y tenía que hacer expresamente comparaciones para convencerme de que también en sus queridas facciones el tiempo había realizado su obra».

Pero esto no es todo. Lo importante es preguntarse qué parte de la música de Bach debemos al amor que Ana Magdalena le profesó. ¿Habría compuesto Juan Sebastián aquel universo de armonía y serenidad de no tenerla a su lado? Ana era absolutamente consciente —ya desde el mismo día de su boda— de que «si en alguna forma le hacía desgraciado, corría el peligro de malograr su música».

¿Podemos entonces preguntarnos cuántos genios no se habrán malogrado por no haber sido suficientemente amados? ¿Cuántas obras musicales o poéticas nacieron avinagradas porque en una casa los nervios dominaron al amor?

Esta idea debería angustiarnos. Nuestra falta de amor no sólo puede hacer infelices a quienes nos rodean, puede también volverles infecundos o enturbiar su fecundidad. ¿Tal vez es la falta de «mi» amor, de «nuestro» amor, lo que hace desgraciado este mundo en que estoy?

Querida Ana Magdalena, gracias por tu amor, gracias por la música de tu esposo. Yo sé que la escribisteis los dos juntos, con vuestro amor.

José Luis Martín Descalzo, Razones para el amor.

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