Aprender a mirar

«Aprender a mirar significa mantener obstinadamente unidos estos dos planos, inmanente y trascendente, horizontal y vertical, humano y divino, visible e invisible. Se trata del arte de percibir en la realidad terrenal, animada o inanimada, los signos misteriosos de otra realidad, o de someter los datos de nuestras percepciones sensoriales a una lectura, que no sea tan solo la de la pura visibilidad, de aquello que aparece al ojo humano de la realidad vista.

Ver, en este sentido, es siempre ver más allá. Más allá de aquello que se ve a primera vista, más allá del dato material, más allá de lo físico, más allá del fácil juicio moral (y la propia pretensión de juicio), si se trata de un ser humano; quizás incluso más allá de lo que él mismo piensa de sí, más allá de lo que los otros piensan de él, más allá de las caricaturas, de las etiquetas, de las categorías de pertenencia, de la raza, de la religión misma…, para intentar, tímidamente, llegar al umbral de su misterio sin, por lo demás, osar traspasarlo. De alguna manera, se trata de quedarse ahí, en el umbral, para aprender a ver mejor, más en profundidad, sin presunciones, más allá de tantas deformaciones nuestras, los numerosos mensajes que envía el misterio».

Amedeo Cencini, ¿Hemos perdido nuestros sentidos? En búsqueda de la sensibilidad creyente, Cap. 7

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