La Cena del Cordero – 2º Parte – Capítulo III (Scott Hahn)

Primera Parte
Introducción y Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV

Segunda Parte
Capítulo I
Capítulo II

La Misa, el cielo en la tierra

SCOTT HAHN

Segunda Parte: La revelación del cielo

Capítulo III
Y entonces… ¡El Apocalipsis!

LAS BATALLAS DEL APOCALIPSIS Y EL ARMA FINAL

La conflagración final³⁵. La batalla de Armagedón. La publicidad más sensacional del Apocalipsis, en las últimas generaciones, ha venido de sus imágenes de combate. Porque su guerra no es una guerra cualquiera, sino la última guerra, y es realmente terrible: «espíritus demoníacos […] van en busca de los reyes del mundo entero, para reunirlos para la batalla» (Apoc 16, 14). San Juan describe una guerra mundial que es al mismo tiempo una guerra supramundial: «entonces estalló una guerra en el cielo, Miguel y sus ángeles luchando contra el dragón» (12, 7). Los ángeles vaciaron los cálices de la ira de Dios, y ejércitos poderosos se batieron en retirada atemorizados. Los recuentos de víctimas se disparan, y las tribulaciones se extienden incluso al pueblo de Dios. La oscuridad parece triunfar.

Los futuristas como Hal Lindsey han pretendido que estos detalles corresponden literalmente a una batalla a la que el mundo se está aproximando rápidamente en el cambio de milenio. En un tono similar, algunos católicos futuristas descubren una unidad de testimonio en la visión de Juan, las predicciones de Fátima y acontecimientos de la actualidad informativa.

No descarto las interpretaciones futuristas de las batallas del Apocalipsis. Quizá todos los detalles apocalípticos se desarrollarán, de una u otra manera, cuando Dios provoque el fin de esta era. Pero no creo que la lectura futurista deba ser nuestro enfoque primario cuando leemos el libro del Apocalipsis. Las predicciones, al fin y al cabo, pueden ser de urgente preocupación para aquellos que estén viviendo en el momento de la batalla final. Pero esto no podemos saberlo nunca con seguridad. Antes que nosotros se han sucedido generaciones de futuristas, y han muerto perdiendo años preciosos con preocupaciones obsesivas de si Napoleón, Hitler o Stalin, era por fin la bestia predicha.

Gobernantes horribles vienen y van; escenarios futuristas se levantan y se disipan como aros de humo, a medida que el último año del futuro se desvanece en la historia. Los otros «sentidos» del Apocalipsis, sin embargo, permanecen con nosotros con una urgencia constante, una llamada personal.

ESTRELLANDO SÍMBOLOS

¿Qué entendemos por «sentidos de la Sagrada Escritura»? Desde los primeros tiempos, los maestros cristianos han hablado de que la Biblia tiene un sentido literal y un sentido espiritual. El sentido literal puede describir una persona, lugar o acontecimiento históricos. El sentido espiritual pretende a través de esa misma persona, lugar o acontecimiento revelar una verdad acerca de Jesucristo, de la vida moral, del destino de nuestras almas, o de las tres juntas.

La Tradición nos enseña, sin embargo, que el sentido literal es fundamental. Pero la identificación del sentido literal del Apocalipsis es una empresa de la mayor dificultad, y es obligado que sea polémica. A fin de cuentas, los intérpretes están profundamente divididos en la cuestión de si el libro está describiendo literalmente acontecimientos pasados o futuros… o acontecimientos pasados y futuros, pues el Apocalipsis puede aplicarse muy concretamente a ambos. San Agustín habló de estas dificultades en su libro La Ciudad de Dios, y Santo Tomás se hizo eco de su perplejidad en la Summa Theologiae: «pero no es fácil saber qué pueden significar estos signos: porque las señales de las que leemos […] se refieren no sólo a la venida de Cristo para juzgar, sino también al momento del saqueo de Jerusalén, y a la venida de Cristo que visita incesantemente a su Iglesia»³⁶.

La interpretación del libro del Apocalipsis se complica aún más porque, en la visión de San Juan, los sentidos literal y espiritual parecen mezclarse. Mientras que el Evangelio de Juan es una fina obra de arte, su Apocalipsis emplea los símbolos torpemente. Por ejemplo, Juan habla de una ciudad y te dice que sus nombres («Egipto» y «Sodoma») son figurados; a continuación, sin más ni más, te dice de qué ciudad se trata en realidad (cf. Apoc 11, 8). Incluso cuando hace un acertijo del nombre de una bestia, te dice claramente que está haciendo un acertijo.

No es tiempo de ser demasiado sutiles, parece decir San Juan. ¿Y por qué es eso? Porque estaba viviendo en tiempo de guerra.

¿CUÁN PRONTO ES «PRONTO»?

En el Apocalipsis Juan alude a las graves tribulaciones con que se encontraban los cristianos de entonces. Aunque rara vez da nombres y nunca da fechas, más que para decir que era «el día del Señor» los intérpretes ofrecen una larga lista de candidatos para las tribulaciones que menciona el Apocalipsis: la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo (70 d. C); la sangrienta persecución del emperador Nerón (64 d. C); la posterior persecución del emperador Domiciano (96 d. C.); la más temprana persecución de los cristianos por los judíos (años 50 y 60 d. C.).

Joseph Ratzinger, Escatología, pp. 188-191: «sólo por medio de imágenes se puede describir en su propia esencia la llegada del Señor. En orden a esa presentación, el Nuevo Testamento tomó el material al respecto de lo que el Antiguo Testamento dice sobre el Día de Yahwéh […]. Además, se dan ahí conceptos provenientes de los cultos […] y liturgias. […] Desde esta perspectiva es como resulta posible valorar auténticamente el lenguaje cósmico de los símbolos en el Nuevo Testamento. Se trata de un lenguaje litúrgico…». Y continúa: «de este análisis se puede sacar una doble consecuencia: de los elementos cósmicos en las imágenes del Nuevo Testamento no se puede concluir nada en orden a una descripción cósmica del curso de acontecimientos futuros. Todos los intentos en este sentido se han equivocado de camino. Estos textos son más bien una exposición del misterio de la parusía valiéndose del lenguaje de la tradición litúrgica. El Nuevo Testamento oculta y desvela lo que para nosotros resulta inexpresable de la venida de Cristo. Lo hace sirviéndose de palabras del ámbito que debe expresar en este mundo el lugar del contacto con Dios. La parusía representa el culmen y realización suprema de la liturgia. La liturgia, por su parte, es parusía, acontecimiento de parusia en medio de nosotros» (pp. 189-190). Añade Ratzinger: «cada eucaristía es parusía, venida del Señor, y cada eucaristía es, con todo, preponderantemente tensión del anhelo de que revele su oculto resplandor» (p. 190). Y concluye: «para este modo de ver las cosas, el tema de la parusía deja de ser una especulación sobre lo desconocido. En realidad se convierte en una explicación de la liturgia y de la vida cristiana en su contexto íntimo...» (p. 191).

En cierto sentido, por supuesto en un sentido espiritual, todas estas interpretaciones son verdaderas, porque el Apocalipsis realmente da ánimos a todos los cristianos que sufren tribulaciones o persecución, de cualquier tipo. Pero a mi modo de ver, en sentido literal, trata primariamente de la caída de Jerusalén.

Desde el primer momento, el Apocalipsis tiene un tono de inminencia: «la revelación de Jesucristo, que Dios le dio para que mostrase a sus siervos lo que va a suceder pronto» (Apoc 1, 1); el mensaje vuelve a aparecer a lo largo del libro: «vengo pronto» (cf. 1, 1.3; 3, 11; 22, 6- 7.10.12.20). Jesús mismo indicó que pronto volvería, incluso antes de que pasase una generación desde su resurrección. «Hay algunos que están aquí que no gustarán la muerte antes de que vean al Hijo del hombre venir en su reino»³⁷

Hoy en día, la mayoría de nosotros asociamos ese «pronto» con la segunda venida de Jesucristo al final del mundo. Y esto por supuesto que es verdad; San Juan y Jesús estaban hablando del final de la historia. Pienso, sin embargo, que también y principalmente estaban hablando del fin de un mundo: la destrucción del Templo de Jerusalén, y con ella el fin del mundo de la Antigua Alianza, con sus sacrificios y rituales, y sus barreras entre cielo y tierra. La parusía (o «venida») de Jesús iba a ser más que un final; era un comienzo, una nueva Jerusalén, una Nueva Alianza, un cielo y una tierra nuevos³⁸.

Tanto San Juan como Jesús se refieren no sólo a una lejana parusía, o retorno, sino a la continua parusía de Jesús, que tuvo lugar en la primera generación cristiana, como sigue teniendo lugar hoy. No deberíamos olvidar que el sentido original de la palabra griega parousía es «presencia» y que la presencia de Jesús es real y permanente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía³⁹. Por eso, cuando Juan y Jesús dijeron «pronto», creo que lo decían bastante literalmente. Pues la Iglesia es el reino que ya ha empezado sobre la tierra, y es el lugar de la parousía en cada Misa.

PROSTITUTAS Y RUMORES DE GUERRA

Juan indica claramente que la «gran ciudad» del capítulo 11 del Apocalipsis es Jerusalén. Escribió: «sus cadáveres quedarán en la calle de la gran ciudad que alegóricamente se llama Sodoma y Egipto, donde fue crucificado su Señor». En Apocalipsis 17, 6, al tratar de la ramera, «ebria de la sangre de los santos y la sangre de los mártires de Jesús», resuenan las invectivas del Antiguo Testamento contra las infidelidades de Jerusalén. Ezequiel (cf. 16, 263; 23, 249), Jeremías (2, 20; 3, 3), Isaías (1, 21) y otros hablan con desprecio de la ciudad como si fuera una prostituta. Seguidamente, en los capítulos 20 y 21 del Apocalipsis, vemos a la nueva Jerusalén descender del cielo como una Esposa virgen, una vez que la ciudad prostituta ha sido destruida. Date cuenta del contraste; dos ciudades: la primera, una ramera; la otra, una Esposa virgen. Una Jerusalén reemplaza a la otra.

Fueron las autoridades de Jerusalén las que crucificaron a Jesucristo. Y para los cristianos de la primera generación, Jerusalén fue el lugar más importante de persecución (cf. Hech 6, 8-14; 7, 57-60; 8, 13). Los principales perseguidores fueron los sacerdotes y los fariseos como Saulo de Tarso. Los Hechos de los Apóstoles describen una continua persecución, en muchas ciudades fuera de Jerusalén; pero en casi todos los casos, las persecuciones tienen su origen en la oposición judía (cf. Hech 13, 45; 14, 2.5.19; 17, 5-9.13; 18, 12-17; 21, 27-32).

UNA HISTORIA DE CUATRO CIUDADES
(SODOMA, EGIPTO, JERICÓ, BABILONIA)

Los detalles de destrucción descritos en el Apocalipsis se corresponden punto por punto con la historia de la destrucción de Jerusalén. En los capítulos 17 a 19 del Apocalipsis, San Juan muestra una ciudad destruida por el fuego; Jerusalén fue totalmente destruida por el fuego. En los capítulos 8 y 9, Juan describe «el abismo», que, según la tradición judía, está bajo la primera piedra del Templo de Jerusalén.

Hay más evidencias de que Jerusalén es la ciudad descrita en el Apocalipsis. El Apocalipsis sigue paso a paso las huellas del libro de Ezequiel del Antiguo Testamento, y el mensaje principal de Ezequiel es que la maldición de la Alianza recaerá sobre Jerusalén. En el libro del Apocalipsis, vemos cumplirse esta maldición⁴⁰.

Jerusalén es «llamada alegóricamente Sodoma y Egipto», dice San Juan. ¿Qué tienen en común estos lugares? Que fueron centros de oposición al plan de Dios. Sodoma se interpuso en el plan de la Alianza de Dios con Abrahán; Egipto se interpuso en el plan de su Alianza con Moisés e Israel. Ahora le toca a Jerusalén oponerse a Dios, cuando sus líderes persiguen a los Apóstoles y a la Iglesia. Por eso, Jerusalén, al igual que Sodoma y Egipto, tenía que caer, y el Apocalipsis describe esa caída en términos de siete plagas que evocan las plagas que Dios infligió a Egipto (cf. Apoc 17).

Cuando cae la ciudad, oímos aún más resonancias del Antiguo Testamento. Pues la gran ciudad cae al son de siete trompetas tocadas por siete ángeles (Apoc 8-9). Este pasaje del Apocalipsis sigue de cerca el relato de la caída de Jericó (cf Jos 6, 37). Ambos pasajes comienzan con un silencio, prosiguen con el toque de las siete trompetas, y terminan con un grito. Jericó, también, se había interpuesto en el plan de Dios, intentando dejar al pueblo elegido fuera de la tierra prometida. A su vez, Jerusalén, perseguidora de los cristianos, se había convertido en una nueva Jericó, y por tanto tenía que caer.

Más adelante en el Apocalipsis, cuando los reyes de la tierra se reúnen para la batalla «en el gran día de Dios todopoderoso» (Apoc 16, 14), se concentran en la colina de Meguido, o Armagedón. Este emplazamiento trae a la memoria otro penoso recuerdo histórico para Israel. Armagedón fue el lugar donde Josías, el gran rey de la dinastía davídica, en medio de su santa reforma de Jerusalén, fue truncado en la flor de la vida por desobedecer la orden del profeta de Dios (cf. 2 Cro 35, 21-22). La derrota de Josías en Meguido debilitó las defensas de Israel y dejó a Jerusalén vulnerable para su destrucción por Babilonia. Un irónico contraste para la generación de los cristianos fue que Jesucristo rey de la dinastía de David y reformador truncado en la flor de la edad, como Josías perseveraría en la obediencia y triunfaría donde falló Josías, estableciendo una nueva Jerusalén, que sería testigo de la caída de la antigua.

TIEMPOS DE LA SEÑAL

La caída se produjo cuando los ejércitos del emperador romano Tito pusieron sitio a la ciudad el año 70 d. C. 16. El asedio trajo consigo hambre, peste y lucha, que podemos.ver en las devastaciones provocadas por los cuatro jinetes angélicos del capítulo 6 del Apocalipsis y por los siete ángeles trompeteros de los capítulos 8 y 9. De una manera menos simbólica y más espantosamente gráfica, podemos ver descritas estas calamidades también en los escritos del historiador judío Josefo, que fue testigo presencial. Josefo describe una Jerusalén tan asolada por la falta de alimentos que las madres, enloquecidas por el hambre, empezaron a devorar a sus propios niños.

Pero en el conjunto de las contiendas de la Guerra de los judíos, no pereció ni un solo cristiano, porque la comunidad de los creyentes huyó a las montañas, al otro lado del Jordán, a un lugar llamado Pella. Leemos en Apocalipsis 7, 14, que estos cristianos, 144.000 de las Doce tribus de Israel, fueron preservados porque estaban «sellados […] en la frente». Esto recuerda la señal del resto de Dios según Ezequiel (cf. Ez 9, 24), donde la palabra hebrea que sirve de «señal» es la tau, transcrita como la letra griega «T». De manera similar, en el año 70, Dios salvó al resto de Israel que estaba marcado con la tau, la señal de la cruz. Este «estar sellados» con la tau parece que es una referencia al bautismo, pues los 144.000 llevan túnicas blancas, la prenda tradicional del bautismo; han sido «lavados en la sangre del Cordero» (el efecto purificador de la muerte del Cordero); son conducidos por el Cordero a «fuentes de agua viva» (cf. Jn 34; 7); y en la Iglesia primitiva el término «sellados» se aplicó corrientemente al bautismo (cf. Rom 46; Ef 1, 1114; 2 Cor 1, 22).

Los cristianos llevaban la señal y contaban con aliados angélicos. El libro del Apocalipsis pone de manifiesto que, aunque cada creyente debe enfrentarse a poderosas fuerzas sobrenaturales, ningún cristiano lucha solo. Hasta el final de los tiempos, Miguel y los ángeles fieles luchan del lado de la Iglesia… y éste, nos muestra el Apocalipsis, es el lado vencedor.

LA PRIMERA IGLESIA DE CRISTO EN JERUSALÉN

Una dato histórico fascinante, a menudo olvidado, es que la estructura de la primera iglesia cristiana situada en el monte Sión sobrevivió al asedio y a la destrucción⁴¹. El año 70, la legión Décima romana se instaló entre la iglesia de Sión y los sectores incendiados de Jerusalén. Cuando el año 130 llegó Adriano para acabar con la segunda revuelta judía, Jerusalén estaba aún en ruinas, informa San Epifanio, «excepto unas pocas casas y la pequeña iglesia de Dios en el lugar donde los discípulos subieron a la estancia superior».

De todos los sitios sagrados de la ciudad santa y de sus alrededores, ¿por qué preservó Dios la habitación de arriba? Según la tradición, era el lugar en el que Jesús instituyó la Eucaristía, y el sitio donde descendió el Espíritu Santo en Pentecostés. Así que fue el lugar en que los cristianos fueron alimentados por primera vez con vistas a la inminente hambruna, en que fueron sellados por el Espíritu para salvarse de la destrucción que estaba por venir. Precisamente esta iglesia parece que fue preservada de la, por lo demás total, destrucción de Jerusalén⁴².

SEMITAS ESPIRITUALES

Una vez más debemos hacer frente a la cuestión de si el Apocalipsis de San Juan e incluso el cristianismo mismo es antisemita o antijudío. ¿Acaso no es sumamente severo el análisis que hace el Apocalipsis de la Guerra Judía?, ¿estaba Juan haciendo leña del árbol caído del Pueblo elegido?

Nuestra respuesta a estas cuestiones debe ser un rotundo no. El antisemitismo es una estupidez espiritual y hace que el Apocalipsis sea incomprensible. Pues la visión de San Juan no tiene sentido si Israel no es el primogénito de todas las naciones. Como hermano mayor nuestro, Israel era un ejemplo para nosotros⁴³.

Si alguna vez visitas Roma, puedes verlo gráficamente. Allí se alza el Arco de Tito, monumento erigido para celebrar la derrota de los judíos a manos del general romano. Esculpidas en la piedra, hay escenas de batalla y de soldados que sacan los despojos de la destrucción de Jerusalén. Entre el botín, está la menoráh del Templo, los siete candeleros de oro.

Las escenas del Arco se corresponden de forma escalofriante con el mensaje de Jesús en el Apocalipsis: «vendré a ti y removeré de su sitio tu lámpara, a menos que te arrepientas» (Apoc 2, 5). Recuerda que Jesús mismo está en pie entre las lámparas (Apoc 1, 1213); por tanto, remover la lámpara es remover la misma presencia de Dios. Pero aquí el Señor no estaba dirigiéndose a Jerusalén, sino a la Iglesia de Éfeso, cuyo amor por Él se había enfriado; advierte a los cristianos de Éfeso que, si no cambian de rumbo, sufrirán la misma suerte que su hermano mayor, Israel.

La triste verdad es que Éfeso perdió su lámpara, como lo hicieron Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea: cada una de las iglesias a las que se dirige el libro del Apocalipsis. Una tras otra, cada una de esas ciudades, que en tiempos fueron florecientes centros cristianos, sufrieron la pérdida de la fe. Hoy en día, todas son predominantemente musulmanas, y los católicos necesitan un permiso especial incluso para celebrar Misa.

Piensa en esto: Éfeso fue la morada, sucesivamente, de la Virgen María, San Juan, San Pablo, San Bernabé, San Timoteo, Apolo… un verdadero cuadro de honor de personajes del Nuevo Testamento. Pero Éfeso perdió su lámpara, como lo hizo anteriormente Jerusalén y lo harían después otras prósperas íglesias.

No, la derrota de Israel no es motivo de celebración. Debería hacernos temblar… porque no sólo nos puede suceder a los cristianos, sino que ha sucedido, repetidamente, y probablemente volverá a suceder. Si Israel, el primogénito, fracasó, también fracasaremos nosotros, hermanos pequeños, cada vez que nos llenemos de orgullo y nos volvamos autosuficientes.

Por eso, repito, el antisemitismo y el antijudaísmo son espiritualmente destructivos y estúpidos. En palabras de Pío XI: «espiritualmente, somos semitas»⁴⁴. No puedes ser buen católico mientras no te enamores de la religión y del pueblo de Israel.

UNA CAÍDA DESCONCERTANTE

De todas maneras, la vieja Jerusalén tenía que dar paso a la nueva Jerusalén: una nueva alianza, una nueva creación, un nuevo cielo y una nueva tierra. Dos mil años después, los cristianos nos sentimos cómodos con esta idea… demasiado cómodos, de hecho. Pero si nos situamos con la imaginación en tiempos del Apocalipsis de Juan, nos encontraremos con que la misma idea de la caída de Jerusalén nos pone nerviosos. Al fin y al cabo, Jerusalén era la ciudad santa para los hijos de Israel; y la mayoría de los primeros cristianos eran judíos. Tenían que enfrentarse a la destrucción del Templo, el más hermoso edificio de la tierra, y a la desaparición de un sacerdocio que se remontaba a más de mil años, establecido por Dios en el monte Sinaí. Jesús mismo lloró con amor por Jerusalén, incluso cuando los padres de la ciudad urdieron su ejecución. Para estos primeros cristianos, la destrucción de Jerusalén fue causa de intensa inquietud⁴⁵.

Pero Jerusalén y el Templo estaban feneciendo a todas luces ante sus ojos. Los cristianos necesitaban palabras tranquilizadoras. Pedían una explicación. Tenían la apremiante necesidad de una revelación de Dios.

A través de San Juan, Dios reveló su juicio sobre la vieja Jerusalén, juicio relativo a la Alianza. La ciudad se había atraído la ira por su infidelidad, por crucificar al Hijo de Dios y por perseguir a la Iglesia. Sabiendo esto, los cristianos podían ver el contexto de su propia persecución, y podían entender por qué no debían seguir mirando a la vieja Jerusalén en busca de ayuda y salvación.

Ahora tenían que mirar a la nueva Jerusalén que, ante los ojos de Juan, estaba descendiendo del cielo. ¿Dónde está tomando tierra? En el monte Sión, donde Jesús había comido su última Pascua e instituido la Eucaristía. El monte Sión, en el que había descendido el Espíritu Santo sobre los Apóstoles en Pentecostés. El monte Sión, donde hasta el año 70 se reunían los cristianos para celebrar la Eucaristía… y donde el Cordero estaba de pie con el resto fiel de Israel (cf. Apoc 14, 1), que fue sellado con vistas a la inminente destrucción. La nueva Jerusalén venía a la tierra, entonces como ahora, en el lugar donde los cristianos celebraban la cena del Cordero.

EL CORDERO ASESINO

En la Misa, los primeros cristianos encontrarían fuerza en medio de la persecución. La ayuda y la salvación de la Iglesia llegarían del único y perpetuo sacrificio de Jesucristo. La Misa es donde los cristianos unían sus fuerzas con los ángeles y los santos para dar culto a Dios, como nos muestra el libro del Apocalipsis. Es en la Misa donde la Iglesia ha recibido el «maná escondido» como sustento en tiempos de tribulación (cf. Apoc 2, 17). Es en la Misa donde las oraciones de los santos que están en la tierra se elevan como incienso para unirse a las oraciones de los ángeles en el cielo: y son estas oraciones las que alteraron el rumbo de las batallas y el curso de la historia. Ése es el plan de la batalla del Apocalipsis. Así es como los cristianos prevalecieron sobre enemigos aparentemente imbatibles, en Jerusalén y en Roma.

Después de la caída de Jerusalén, se levantarían otros adversarios para perseguir a la Iglesia de Dios. En cada época, la Iglesia hace frente a poderosos perseguidores, que cuentan con ejércitos y armamento cada vez más poderosos. Pero todas las armas, legiones y estrategias fallarán. Grandes generales, finalmente, sufrirán heridas mortales. Cuando el Cordero entra en liza, «los reyes de la tierra, los magnates y los generales, los ricos y los poderosos, todos los hombres, esclavos y libres, se escondieron en las cuevas y en las rocas de los montes. Y decían a los montes y a las rocas: “precipitaos sobre nosotros y ocultadnos de la presencia del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero, porque ha llegado el gran día de su ira, y ¿quién podrá mantenerse en pie?”» (Apoc 6, 15-17).

La Iglesia es el ejército del Cordero, las fuerzas de Sión preservadas de la destrucción de Jerusalén. El ejército del Cordero saca fuerzas del banquete del cielo.

Capítulo IV

 


³⁵ Para este capítulo, cf. Ignacio de la Potterie, «El Apocalipsis ya sucedió», 30 Días 9/96 (1995), pp. 6263.
³⁶ Suma Teológica III, Supl., q. 73; cf. también San Agustín, Epístola 80, que cita Santo Tomás.
³⁷ (Mt 16, 28). «No pasará esta generación hasta que sucedan todas estas cosas» (Mt 24, 34) anhelo de que revele su oculto resplandor» (p. 190).
³⁸ Karl Adam, El Cristo de nuestra fe, Herder, Barcelona 1972, 4. ed., pp. 370-371: «de ahí que los exegetas católicos prefieran la explicación de que las manifestaciones del Señor en este discurso [el discurso del monte de los Olivos] han de interpretarse en el sentido de una visión profética […]. En este contexto, la ruina de Jerusalén tiene una significación, para la economía salvadora, de primer orden. Porque no es la ruina de una ciudad ordinaria, sino la ruina de la Antigua Alianza, el juicio de Dios sobre el primogénito de Yahvéh, por no haber conocido el tiempo de su visitación. Para la perspectiva profética de Jesús, la ruina de Jerusalén significaba el primer acto del ya iniciado juicio universal, la real introducción del futuro juicio final absolutamente. La ruina de la ciudad pertenecía ya, para Jesús, a la gran novedad que con su venida había entrado invisiblemente en el mundo y que había de tener su complemento y consumación en la parusía del Señor. Y como esta introducción del juicio final, esta ruina de Jerusalén había de suceder ya en esta generación, es claro que alguno de los oyentes dé Jesús habían de ser testigos de este juicio».
³⁹ Sobre el vínculo estrecho y profundo entre la presencia real y la parusía, cf. P Hinnebusch, “The Eucharist and the Parousia”, Homiletic and Pastoral Review (noviembre 1994), pp. 15-19; G. Wainwright, Eucharist and Eschatology, Oxford University Press, Nueva York 1981; EX. Durrwell, The Eucharist: Presence of Christ, Dimension, Denville, NJ 1974; Jean Galot “The Theology of the Eucharistic Presence”, Review for Religious 22 (1963), pp. 40-726; A. J. Kenney, “Until He Comes: Eschatology and the EucharisC, The Clergy Review 41 (1956), pp. 51426.
⁴⁰ Para una buena argumentación a favor de una fecha del Apocalipsis anterior al año 70 (es decir, durante la persecución de Herodes, antes de la revuelta Judía), cf. K. L. Gentry, Before Jerusalem Fell: Dating the Book of Revelation, I.C.E., Tyler, Texas 1989.
⁴¹ Sobre las antiguas tradiciones alrededor de la «primera piedra» (en hebreo ‘eben shetiyah), sobre la que se construyó el Templo de Jerusalén (y donde está situada al presente la Mezquita de la Roca), cf. B. F. Meyer, “The Temple at the Navel of the Earth”, en Christus Faber: The MasterBuilder of the House of God, Pickwick Press, Pittsburgh 1992, pp. 21-79; idem, The Airns of Jesus, Fortress Press, Philadelphia 1979, pp. 185-87; Z. Vilnay, Legends of Jerusalern, Jewish Publication Society of America, Philadelphia 1973, pp. 5-49; J. Jeremias, Golgotha, Pfeiffer, Leipzig 1926, pp. 66-68; A. J. Wensinck, The Idea of the Western Semites Concerning the Navel of the Earth, Johannes Muller, Amsterdam 1916, pp. 22-35, 54-65.Para un tratamiento interesante del aparente vínculo en Apocalipsis 20 entre la «primera piedra» y «el dragón atado» durante «el milenio» (es decir, el período de la alianza davídica desde la conquista de Jerusalén el año 1003 a.C. hasta el nacimiento de Jesús), en el que la Jerusalén terrenal servía como prototipo temporal del Reino de la Nueva Alianza, cf. Scott Hahn, “The End: A Bible Study on the Book of Revelation” (serie de 13 cassettes distribuidas por St. Joseph Communication, West Covina. California 1993); y V. Burch, Anthropology and the Apocalypse, Macmillan, Londres 1939, pp. 139-209; E. Corsini, The Apocalypse, Michael Glazier, Wilmington, Delaware 1983, pp. 361-85; y R. A. White, “Preterism and the Orthodox Doctrine of Christi’s Parousia” (M. A. Thesis, Trinity Evangelical Divinity School 1986), pp. 42-46.
⁴² Sobre la Jerusalén terrenal el año 70 d.C. como objeto primario del juicio del Apocalipsis contemplado en la alianza divina (vs. Roma), ef. A. J. Beagley, The `Sitz im Leben’ of the Apacalypse with Particular Reference to the Role of the Church’s Enemies, Walter de Gruyter, Nue va York 1987; también cf. D. Chilton, The Days of Vengeance: An Exposition of the Book of Revelation, Dominion Press, Tyler, Texas 1987.
⁴³ Cf. Augustin Cardinal Bea, “The Jewish People in the Divine Plan of Salvation”, Thought 41 (1966), pp. 932. Afirma Bea: «hemos de tener presente la típica perspectiva profética en la que el juicio sobre Jerusalén es al mismo tiempo modelo y símbolo del Juicio Final […]. Por eso, en el conocido discurso de Jesús en Mateo 24, el juicio histórico sobre Jerusalén y el Juicio final se mezclan de tal manera que resulta imposible decidir dónde termina uno y dónde comienza el otro. De ahí que el juicio sobre Jerusalén y su destrucción son parte de la revelación de Dios a la humanidad; a través de él, en un episodio concreto, Dios muestra algo de aquella terrible realidad del juicio con el que concluirá la historia de la humanidad. Puesto que esa realidad es de importancia decisiva para los hombres, según la Sagrada Escritura, es perfectamente adecuado a la pedagogía divina proyectar cierta imagen de ella en la historia de la humanidad a modo de advertencia severa, pero eficaz y saludable» (pp. 22-23).
⁴⁴ Citado en J. L. MeNulty, «The Bridge», The Bridge I (1955), p. 12.
⁴⁵ B. F. Westcott, The Historic Faith, Macmillan, Nueva York 1890, p. 90: «para la historia religiosa del mundo, la caída de Jerusalén supuso un final tan definitivo como la muerte. El establecimiento de una Iglesia espiritual fue un comienzo tan glorioso como la Resurrección».

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