¡Tú eres Dios, Tú eres Dios, Tú eres Dios!

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A las preguntas del Señor hay que prestarles mucha atención. No porque sean muy complejas o rebuscadas. Sino por todo lo contrario. Nosotros tenemos tan incorporado a nuestro lenguaje la pregunta retórica que nos cuesta afrontar un cuestionamiento tan puro. El ejemplo paradigmático es el “¿por qué me pegas?” en plena Pasión, que solemos leer con acento de recriminación, cuando es el más honesto y desconcertado de los interrogantes.

A la pregunta inicial al joven rico le corre igual suerte. ¿Por qué me llamas Bueno cuando sólo Dios es bueno? No es una objeción. Sí esconde una intención de verificación. ¿Me llamas bueno por mera adulación o por mera convención… o has descubierto en mí al Dios Viviente? ¿Por qué te arrodillas ante Mí? ¿Te arrodillas para “rendirme homenaje” o para adorarme?

De este primer versículo se deriva todo lo demás. Ojalá lo entendiéramos. Pues también en nuestra vida, de esta primerísima cuestión pende y depende todo lo demás.

Solemos creer que el joven rico falló por su egoísmo, por su avaricia, o por cobardía. Cuando la falla está en el principio, en la pregunta mal respondida con que inicia el diálogo Nuestro Señor: ¿por qué me dices Bueno? El joven le responde llamándolo “maestro” a secas, quitando ya lo de bueno y su posible referencia a lo divino. Lo demás son efectos colaterales de esta desgracia…

No vio. Y por eso no obró en consecuencia. No abrió su mente y corazón a la percepción de estar ante Dios, y de allí la traba en su voluntad a dejarlo todo y seguirlo. Pues sólo Dios puede pedir eso. Sólo Dios puede pedir la vida: ¡sólo Dios!

No, no: el joven rico no se asustó. Es propio de arengas voluntaristas insistir con voz belicosa: ¡no seas cobarde! Cuando el Señor más bien suele azuzar a la inteligencia: ¡no seas necio, no seas miope, de mente embotada, ciego que miras sin ver!

Cuando la moral va por delante de la confesión de fe, transformamos nuestra Religión en una pegajosa moralina. Es que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y no al revés. La Verdad mueve al Amor y no al revés.

No es ni el joven rico ni el joven cobarde: es el joven necio.
¿Crees en el Hijo del Hombre?
¿Quién es, maestro, para que crea en él?
Es el que te está pidiendo que vayas, vendas, regales, vengas y me sigas… ¡porque es Dios!

Si entonces, nos postramos y lo adoramos… tendrá sentido el seguimiento radical; sino, es lógico, es lícito, casi es necesario decir que no, que no estamos dispuestos.

Hay crisis en la Iglesia. Hay crisis en la vida religiosa. Los conventos y seminarios están vacíos… y la crisis persistirá mientras sigamos desacertando al diagnóstico. El problema no es “el egoísmo de los jóvenes”, el “hoy son todos cobardes”, el “no hay quien se juegue entero”… el problema es el caricaturezco “jesucito” de cartón, maestro de buenos consejos y de valiosas máximas, pero incapaz de reclamar la vida entera… porque ya no es Dios.

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