Carta 258 – Al abate Bellière

el

18 de julio de 1897

Jesús +

Mi pobre y querido hermanito:

Su dolor me llega al alma¹, pero mire qué bueno es Jesús, que permite que pueda volver a escribirle para tratar de consolarle, y seguro que no será la última vez. Nuestro buen Salvador escucha sus quejas y sus oraciones, y por eso me deja todavía en la tierra. No crea que me aflijo por ello. No, querido hermanito; al contrario, pues en esta forma de obrar de Jesús veo cuánto le quiere a usted…

No cabe duda que me he explicado mal en mi última cartita, ya que me dice, queridísimo hermanito, que «no le pida esa alegría que yo siento al acercarse la Felicidad». Si por unos instantes pudiera usted leer en mi alma, ¡qué sorprendido quedaría²! El pensamiento de la felicidad del cielo no sólo no me produce ninguna alegría, sino que a veces incluso me pregunto cómo voy a poder ser feliz sin sufrir. Jesús, sin duda, cambiará mi naturaleza; de lo contrario, echaré de menos el sufrimiento y este valle de lágrimas. Nunca he pedido a Dios morir joven, [1vo] me habría parecido cobardía; pero él ha querido darme, desde mi más tierna infancia, la íntima convicción de que mi carrera aquí abajo sería corta. Así pues, lo único que constituye toda mi alegría es el pensamiento de hacer la voluntad de Dios.

Querido hermanito, ¡cómo me gustaría verter en su alma el bálsamo del consuelo! Pero lo único que puedo es hacer mías las palabras de Jesús en la última cena. No creo que se ofenda, pues soy su esposa y, por consiguiente, sus bienes son míos³. Le digo, pues, como él decía a sus íntimos: «Me voy a mi Padre. Pero por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya. Vosotros ahora sentís tristeza, pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría».

Sí, estoy segura: después de mi entrada en la vida, la tristeza de mi querido hermanito se cambiará en una alegría serena que ninguna criatura podrá arrebatarle.

Estoy segura: tenemos que ir al cielo por el mismo camino, por el del sufrimiento unido al amor. Cuando llegue a puerto, querido hermanito de mi alma, le enseñaré cómo navegar por el mar tempestuoso del mundo con el abandono y el amor de un niño que sabe que su Padre lo ama [2rº] y no puede dejarlo solo en la hora del peligro.

¡Cómo me gustaría hacerle comprender la ternura del Corazón de Jesús y lo que él espera de usted! Su carta del día 14⁴ hizo que mi corazón se estremeciera de alegría: comprendí mejor que nunca hasta qué punto nuestras almas son gemelas, pues también la suya está llamada a elevarse hacia Dios por el ASCENSOR del amor, en vez de tener que subir la dura escalera del temor… No me extraña en absoluto que el trato familiar con Jesús le parezca algo difícil de realizar, no se puede llegar a ello en un día; pero estoy segura de que le ayudaré mucho más a caminar por este camino deleitoso cuando me vea liberada de mi envoltura mortal, y que pronto podrá decir con san Agustín: «El amor es el peso que me arrastra»⁵.

Quisiera tratar de hacerle comprender con una comparación muy sencilla⁶ cómo ama Jesús a las almas que confían en él, aun cuando sean imperfectas. Supongamos que un padre tiene dos hijos traviesos y desobedientes, y que, al ir a castigarlos, ve que uno de ellos se echa a temblar y se aleja de él aterrorizado, llevando en el corazón el sentimiento de que merece ser castigado; y que su hermano, por el contrario, se arroja en los brazos de su padre diciendo que lamenta haberlo disgustado, que lo quiere y que, para demostrárselo, será bueno en adelante; si, además, este hijo pide a su padre [2vº] que lo castigue con un beso, yo no creo que el corazón de ese padre afortunado pueda resistirse a la confianza filial de su hijo, cuya sinceridad y amor conoce. Sin embargo, no ignora que su hijo volverá a caer más de una vez en las mismas faltas, pero está dispuesto a perdonarle siempre si su hijo le vuelve a ganar una y otra vez por el corazón… Sobre el primer hijo, querido hermanito, no le digo nada, usted mismo comprenderá si su padre podrá amarle tanto y tratarle con la misma indulgencia que al otro…

¿Pero por qué hablarle de la vida de confianza y de amor? Me explico tan mal, que tendré que esperar al cielo para hablarle de esta vida tan feliz. Lo que yo quería hoy hacer era consolarlo. ¡Qué feliz me sentiría si usted aceptase mi muerte como la acepta la madre Inés de Jesús! Usted seguramente no sabe que ella es dos veces mi hermana y que es quien me hizo de madre en mi niñez. Nuestra Madre temía mucho que su temperamento sensible y el gran cariño que me tiene le hiciesen muy amarga mi partida. Ha ocurrido lo contrario: habla de mi muerte como de una fiesta, y eso es un gran consuelo para mí. Por favor, querido hermanito, trate de convencerse, como ella, de que, en vez de perderme, me va a encontrar y de que ya nunca lo abandonaré. Y pida esta misma gracia para la Madre, a quien usted ama y a quien yo amo aún más que usted, pues es mi Jesús visible.

Le daría gustosa lo que me pide⁷ si no hubiese hecho voto de pobreza; pero, por haberlo hecho, no puedo disponer ni siquiera de una estampa. La única que puede complacerle es nuestra Madre, y sé que ella [2vºtv] cumplirá sus deseos. Precisamente en vista de la proximidad de mi muerte, una hermana me ha hecho una fotografía el día del santo de [1votv] nuestra Madre. Las novicias, al verme, exclamaron que había adoptado un aire solemne8, por lo visto ordinariamente estoy más sonriente. Pero, créame, hermanito, que si mi foto no le sonríe, mi [2rºtv] alma no cesará de sonreírle cuando esté cerca de usted.

Hasta Dios, mi querido y muy amado hermano. Esté seguro de que por toda la eternidad seré su verdadera hermanita,

T. del Niño Jesús
r.c.i.

Fotografía tomada Céline en el patio de la sacristía, 2º pose.
Fecha: Julio 1896

 


Notas
¹ Tras recibir la carta 253 y otra carta «desolada» de la madre María de Gonzaga, el abate Bellière escribía a esta última: «¡Vaya!, estoy llorando como cuando nos golpea una gran desgracia» (17/7/1897). Y dirigía a Teresa esta carta llena de dolor: «¡Pobre hermanita mía, qué golpe para mi pobre corazón! ¡Estaba tan poco preparado para eso! No le pida la alegría que usted siente al acercarse la Felicidad: sigue atado a su pesada cadena y remachado fuertemente a su cruz. Usted va a partir, querida hermanita, y él se queda solo una vez más. Sin madre, sin familia, se había concentrado en la caridad de su hermana, había convertido en dulce costumbre esa santa intimidad, era feliz (sí, muy feliz) al sentir cerca de sí esa mano amiga que lo consolaba, lo fortalecía o lo levantaba. Avanzaba sonriente por el camino de la cruz porque ya no se sentía solo. Era feliz y esperaba con impaciencia el momento de lanzarse al desierto, porque tenía la confianza de que iba a ser apoyado. El único afecto terreno que le quedaba lo iba a romper, contando para compensarlo con el que Jesús le había brindado en la persona de un ángel de la tierra. Y he aquí que Jesús le quita este bien en el momento en que más parecía desearlo. ¡Qué duro es esto y qué penoso para un alma mal afianzada en Dios! Sin embargo, ¡fiat! ¡fiat!, ya que usted, hermana, va a ser feliz para siempre. Sí, es justo, y yo soy un egoísta. Parta, hermanita, no haga esperar más a Jesús, que está impaciente por llevársela. Déjeme a mí batallar, llevar la cruz, caer bajo su peso y morirme de pena. Usted, sin embargo, estará allí a mi lado, me lo ha prometido y cuento con ello; ésta es mi última esperanza para el presente y para el porvenir. Usted estará conmigo, cerca de mí; su alma guiará la mía, le hablará y la consolará, a menos que Jesús, enfadado por mis quejas, no lo quiera así. Pero usted, hermanita, su niña mimada, convertida en su esposa y reina con él, ganará mi causa y me atraerá hacia él en el último día, usted sabrá por qué camino, por el más rápido, el martirio, si él lo quiere. – A pesar de todo, doy gracias al Maestro: con esta nueva lección, él me enseña a desapegarme de todo lo que es pasajero y a no poner los ojos más que en él.
«Parta, pues, querida hermanita de Dios, y hermanita mía también. Dígale a Jesús que yo quisiera amarle, mucho, con todo mi ser. Enséñeme a amarle como usted. Dígale a María que la quiero con toda el alma. A mis santos, a los que usted ya conoce, dígales también mi amor. Y usted, que va a convertirse en mi santa predilecta, usted, hermanita mía, ¡bendígame y sálveme (…)!» (LC 189, 17/7/1897).
² La prueba de la fe, que Teresa padece desde hace quince meses, no afloja: «Todo carga sobre el cielo» (CA 3.7.3).
³ Cf Ms C 34vo.
⁴ Del 15 de julio en realidad; véase Cta 247, nota 6.
⁵ SAN AGUSTÍN, Confesiones, 13, 9.
⁶ Cf Cta 191.
⁷ El abate Bellière escribía también a Teresa el 17 de julio: «Déjeme, por favor, alguna cosa suya, el crucifijo, si quiere» (LC 189).

8 Visage de Thérèse de Lisieux, no 43, foto tercera del 7 de junio. Teresa se enderezó para dominar su agotamiento; cf Cta 243, nota 1.

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