La Cena del Cordero – 3º Parte – Capítulo I (Scott Hahn)

Primera Parte
Introducción y Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV

Segunda Parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV

La Misa, el cielo en la tierra

SCOTT HAHN

Tercera Parte: Una revelación para las Misas

Capítulo I
Levantando el velo

CÓMO VER LO INVISIBLE

A los cristianos ucranianos les gusta contar la historia de cómo sus antepasados «descubrieron» la liturgia. El año 988, el príncipe Vladimiro de Kiev, a punto de convertirse al Evangelio, envió emisarios a Constantinopla, capital de la cristiandad de Oriente. Allí fueron testigos de la liturgia bizantina en la catedral de Santa Sofía, la iglesia más grandiosa del Este. Después de familiarizarse con el canto, el incienso, los iconos pero, sobre todo, la Presencia, los emisarios informaron al príncipe: «no sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra. Nunca hemos visto tanta belleza […]. No podemos describirlo, pero esto es todo lo que podemos decir: allí Dios habita entre los hombres»⁴⁶.

La Presencia. En griego, la palabra es parousía, y expresa uno de los temas clave del libro del Apocalipsis. En los últimos siglos, los intérpretes la han usado casi en exclusiva para referirse a la segunda venida de Jesús al final de los tiempos. Es la única definición que encontrarás en la mayoría de los diccionarios. Pero no es su primer significado. El significado primario de parousía es una presencia real, personal, viva, permanente y activa. En la última línea del Evangelio de San Mateo, Jesús promete: «yo estaré con vosotros siempre».

A pesar de nuestras redefiniciones, el Apocalipsis capta ese poderoso sentido de la inminente parusía de Jesús: su venida que tiene lugar ahora mismo. El Apocalipsis nos muestra que Él está aquí en plenitud en soberanía, en juicio, en guerra, en sacrificio sacerdotal, en Cuerpo y Sangre, alma y divinidad, dondequiera que los cristianos celebren la Eucaristía⁴⁷.

«La liturgia es una pausía anticipada, la irrupción del “ya” en el “todavía no”», escribió el cardenal Joseph Ratzinger⁴⁸. Cuando vuelva Jesús al final de los tiempos, no tendrá ni un ápice más de gloria que la que tiene ahora mismo sobre los altares y en los sagrarios de nuestras iglesias. Dios habita entre los hombres, ahora mismo, porque la Misa es el cielo en la tierra.

PARA TOMAR NOTA

Quiero aclarar que esta idea, la idea que está detrás de este libro no es nada nueva, y ciertamente no es mía. Es tan antigua como la Iglesia, y la Iglesia nunca se ha apartado de ella, aunque haya estado perdida en el barajarse de las controversias doctrinales durante los últimos siglos⁴⁹.

No podemos descartar esta interpretación como si se tratara de piadosos deseos de un puñado de santos y eruditos. Porque la idea de la Misa como «el cielo en la tierra» es ahora la enseñanza explícita de la fe católica. La encontrarás, por ejemplo, en varios lugares de la exposición más básica de la fe católica, el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Realmente, en una obra tan grande [la liturgia] por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a la Iglesia, su Esposa amadísima, que invoca a su Señor y por Él rinde culto al Padre Eterno”… la cual [la liturgia] participa en la liturgia celestial» (n. 1136).

¡Nuestra liturgia participa en la liturgia celestial! ¡Eso dice el Catecismo! Y aún hay más:

«La liturgia es “acción” del “Cristo total” […]. Los que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos, de la liturgia del cielo […]» (n. 1136).

En Misa, ¡ya estamos en el cielo! No es que lo diga yo, o un puñado de teólogos muertos. Lo dice el Catecismo. El Catecismo cita también el mismo pasaje del Vaticano II que me impactó con tanta fuerza en los meses anteriores a mi conversión a la fe católica:

«En la liturgia terrena pregustamos y participamos en aquella liturgia celestial que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejército celestial […]» (n. 1090).

Guerreros, himnos, ciudades santas… eso empieza a sonarnos como el libro del Apocalipsis, ¿verdad? Bien, veamos cómo lo entiende el Catecismo:

«La revelación “de lo que ha de suceder pronto” el Apocalipsis está sostenida por los cánticos de la liturgia celestial […]. La Iglesia terrestre canta también estos cánticos, en la fe y la prueba […]» (n. 2642).

Todo esto lo expone el Catecismo prosaicamente, como si fuera algo evidente por sí mismo. Pero, para mí, el darme cuenta ha supuesto un cambio de vida.

También para mis amigos y colegas y para cualquier otro a quien pueda acorralar el tiempo suficiente para entablar un monólogo, esta idea de que la Misa es «el cielo en la tierra», nos llega como si fuera una novedad, una muy buena noticia.

SEÑOR JESÚS, VEN EN TU GLORIA

Si queremos ver la liturgia como la vieron los emisarios del príncipe Vladimiro, tenemos que aprender a ver el Apocalipsis como lo ve la Iglesia. Si queremos encontrarle sentido al Apocalipsis, tenemos que aprender a leerlo con una imaginación sacramental⁵⁰. Cuando volvamos a examinar estas cuestiones, ahora con nuevos ojos de fe, veremos el sentido que hay entre las cosas extrañas del Apocalipsis; veremos la gloria escondida en lo mundano, cuando vayamos a Misa el próximo domingo.

Mira de nuevo y descubre que el hilo de oro de la liturgia es el que ensarta las perlas apocalípticas de visión de San Juan:

culto dominical 1, 10
Sumo Sacerdote 1, 13
Altar 8, 34; 11, 1; 14, 18
sacerdotes (presbyteroi) 4, 4; 11, 15; 14, 3; 19, 4
ornamentos 1, 13; 4, 4; 6, 11; 7, 9; 15, 6; 19,13-14
célibes consagrados 14, 4
candeleros, o menoráh 1, 12; 2, 5 penitencia cap. 2 y 3
incienso 5, 8; 8, 35
libro o rollo 5, 1
Hostia eucarística 2, 17
Cálices 15, 7; cap. 16; 21, 9
la señal de la cruz (la tau) 7,3;14,1;22,4
el Gloria 15, 34
el Aleluya 19, 1.3.4.6
levantemos el corazón 11, 12
«Santo, santo, santo» 4, 8
el Amén 19, 4; 22, 21
el «Cordero de Dios» 5, 6
y a lo largo de todo el libro el lugar prominente de la Virgen María 12, 16; 13-17
intercesión de ángeles y santos 5, 8; 6, 9-10; 8, 34
devoción al arcángel San Miguel 12, 7
canto de antífonas 4, 811; 5, 9-14; 7, 10-12; 18, 18
lecturas de la Sagrada Escritura cap. 23; 5; 8, 2-11
sacerdocio de los fieles 1, 6; 20, 6
catolicidad o universalidad 7, 9
silencio meditativo 8, 1
la cena nupcial del Cordero 19, 9; 17

En conjunto, estos elementos constituyen mucho del Apocalipsis… y la mayor parte de la Misa. Otros elementos litúrgicos del Apocalipsis pueden pasar más fácilmente inadvertidos a los lectores de hoy. Por ejemplo, poca gente sabe que las trompetas y las arpas eran los instrumentos oficiales de la música litúrgica de tiempos de Juan, como lo son hoy los órganos en Occidente. Y a lo largo de la visión de Juan, los ángeles y Jesús bendicen usando fórmulas litúrgicas establecidas: «bendito el que…». Si vuelves a leer el Apocalipsis de arriba abajo, te darás cuenta también de que todas las grandes intervenciones históricas de Dios plagas, guerras, etcétera siguen al pie de la letra acciones litúrgicas: himnos, doxologías, libaciones, incensación.

Sin embargo, la Misa no se encuentra únicamente en pequeños detalles seleccionados. Se encuentra también en el gran esquema. Podemos ver, por ejemplo, que el Apocalipsis, como la Misa, se divide netamente en dos mitades. Los once primeros capítulos se dedican a la proclamación de las cartas a las siete Iglesias y a la apertura del libro. Este énfasis en las «lecturas» hace de la primera parte una copia exacta de la liturgia de la palabra. Significativamente, los tres primeros capítulos del Apocalipsis forman una especie de rito penitencial; en las siete cartas a las Iglesias, Jesús usa ocho veces la palabra «arrepentimiento». Esto me recuerda las palabras de la antigua Didaché, el manual litúrgico del siglo 1: «en primer lugar, confesad vuestras faltas, para que vuestro sacrificio sea puro»⁵¹. Incluso el comienzo de Juan supone que el libro será leído en voz alta por un lector en la asamblea litúrgica: «bendito el que lea en voz alta las palabras de esta profecía, y benditos los que la oigan» (Apoc 1, 3).

La segunda mitad del Apocalipsis comienza en el capítulo 11 con la apertura del Templo de Dios en el cielo, y culmina con el derramamiento de los siete cálices y la cena nupcial del Cordero. Con la apertura del cielo, los cálices y el banquete, la segunda parte ofrece una extraordinaria imagen de la liturgia eucarística.

¿INCENSARIOS EXTRASENSORIALES?

En el Apocalipsis, San Juan describe escenas celestiales en términos gráficos tomados de la tierra, y tenemos todo el derecho a preguntarnos por qué. ¿Por qué describir el culto espiritual que ciertamente no incluye arpas o incensarios con unas imágenes sensoriales tan vívidas?, ¿por qué no usar signos matemáticos, como hicieron otros místicos antiguos, de forma que los lectores pudieran comprender la naturaleza ciertamente esotérica, trascendente e inmaterial del culto del cielo?

Sospecho que Dios reveló el culto celestial en términos terrenos para que los humanos que, por primera vez, estábamos invitados a participar del culto del cielo pudiéramos saber cómo hacerlo. No pretendo decir que la Iglesia se siente a esperar que el Apocalipsis caiga del cielo, para que los cristianos sepan cómo dar culto. No, los Apóstoles y sus sucesores habían celebrado la liturgia por lo menos desde Pentecostés. Pero el Apocalipsis tampoco es simplemente un eco de una liturgia ya establecida, una proyección en el cielo de lo que estaba sucediendo en la tierra.

El Apocalipsis es un desvelamiento; ése es el signíficado literal de la palabra griega apokalypsis. El libro es una visión que refleja y revela una norma. Con la destrucción de Jerusalén, la Iglesia estaba dejando definitivamente atrás un hermoso templo, una ciudad santa y un venerable sacerdocio. Sí, los cristianos estaban abrazando una Nueva Alianza, que en cierta manera concluía la antigua, pero que de alguna manera también la incluía. ¿Qué debían llevar consigo del antiguo culto al nuevo? ¿qué debían dejar atrás? El Apocalipsis les daba una guía.

En la nueva economía algunas cosas habían sido claramente reemplazadas. Israel marcaba su Alianza mediante la circuncisión de los niños al octavo día; la Iglesia sellaba la Nueva Alianza por el bautismo. Israel celebraba el sábado como día de descanso y de culto; la Iglesia celebraba el día del Señor, el domingo, el día de la Resurrección. Israel conmemoraba la antigua Pascua una vez al año; la Iglesia actualizaba la Pascua definitiva de Jesucristo en su celebración de la Eucaristía.

Pero Jesús no se propuso acabar con todo lo que había en la Antigua Alianza; por eso mismo estableció la Iglesia. Él vino a intensificar, internacionalizar e interiorizar el culto de Israel. Por eso, la encarnación daba una mayor significación a muchos de los rasgos de la Antigua Alianza. Por ejemplo, en adelante ya no habría en la tierra un santuario central; el Apocalipsis muestra que Cristo Rey tiene su trono en el cielo, donde actúa como Sumo Sacerdote en el Santo de los santos. Pero, ¿quiere esto decir que la Iglesia no puede tener edificios, personal, cirios, cálices u ornamentos? No. La rotunda respuesta del Apocalipsis es que podemos tener todas esas cosas… todas esas cosas, y también el cielo.

AURA DE SIÓN

Mas todo el mundo sabía dónde encontrar Jerusalén. ¿Dónde podrían encontrar el cielo? Al parecer, no demasiado lejos de la antigua Jerusalén. La Carta a los Hebreos dice: «pero habéis venido al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, a la reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos; y a Dios, juez de todos, y a los espíritus de los justos que han sido consumados, a Jesús, mediador de una alianza nueva, y a la sangre de la aspersión, que habla mejor que la de Abel» (Heb 12, 22- 24).

Ese pequeño párrafo resume netamente todo el Apocalipsis: la comunión de santos y ángeles, el banquete, el juicio y la Sangre de Cristo. Pero ¿dónde nos deja? En el mismo sitio en que lo hizo el Apocalipsis: «entonces miré y he aquí que sobre el monte Sión estaba de pie el Cordero, y con Él ciento cuarenta y cuatro mil que tenían escrito en la frente el nombre de Él y el de su Padre» (Apoc 14, 1).

Todos los caminos que encontramos en la Sagrada Escritura parecen conducir a la ciudad del rey David, el monte Sión. Dios bendijo abundantemente a Sión en la Antigua Alianza. «Porque el Señor ha escogido a Sión; la ha deseado para establecer su morada: “este es el lugar de mi descanso para siempre; aquí habitaré”» (Sal 132, 1314). «He puesto mi reino en Sión, mi monte santo» (Sal 2, 6). En Sión Dios establecería la casa real de David, cuyo reino duraría por todas las edades. Allí, Dios mismo habitaría por siempre entre su pueblo.

Ten presente que Sión fue también el lugar en el que Jesús instituyó la Eucaristía y en el que descendió el Espíritu Santo en Pentecostés. Por eso, el «monte santo» fue aún más favorecido en la nueva economía. La última Cena y Pentecostés fueron los dos acontecimientos que sellaron la Nueva Alianza.

Date cuenta, también, de que el resto de Israel, los 144.000 de Apocalipsis 14, aparecen en el monte Sión… aunque en Apocalipsis 7 se les muestra en la Jerusalén celestial. Se trata de una curiosa discrepancia. ¿Dónde estaban en realidad: en Sión o en el cielo? Busca de nuevo la respuesta en Hebreos 12: «habéis venido al monte Sión […] la Jerusalén celestial». El monte Sión es la Jerusalén del cielo, porque los acontecimientos que tuvieron lugar allí son los que provocaron la unión definitiva de cielo y tierra.

La iglesia construida en el sitio de estos sucesos sobrevivió a la destrucción de Jerusalén, pero sólo como un signo. Para los cristianos de Judea, el sitio de la estancia superior era la «pequeña iglesia de Dios» dedicada al rey David y a Santiago, primer obispo de Jerusalén. Era una «iglesia doméstica», donde se reunían los creyentes para partir el pan y para rezar⁵². Más allá de eso, Sión se había convertido en el símbolo vivo de la Nueva Alianza y esa es la razón de que fuera incluida para siempre en el libro del Apocalipsis. Sión es un símbolo de nuestro punto de contacto aquí en la tierra con el cielo.

Hoy, aunque estemos a miles de kilómetros de aquella pequeña colina de Israel, estamos con Jesús en la estancia de arriba, y estamos con Jesús en el cielo, cada vez que vamos a Misa.

PRIMERO VIENE EL AMOR, DESPUÉS EL MATRIMONIO

Esto es lo que fue desvelado en el libro del Apocalipsis: la unión del cielo y la tierra, consumada en la Sagrada Eucaristía. La primera palabra del libro resulta muy sugerente⁵³. El término apokalypsis, traducido normalmente por «revelación», significa literalmente «descorrer un velo, desvelar». En tiempos de Juan, los judíos utilizaban habitualmente apokalypsis para describir parte de sus festejos nupciales que duraban una semana. El apokalypsis era levantar el velo de la novia virgen, rito que tenía lugar inmediatamente antes de que se consumara el matrimonio mediante la unión sexual.

Y eso es lo que quiere decir San Juan. Tan fuerte es la unión del cielo y la tierra que es como la unión fecunda y extasiada del amor de un esposo y su esposa. San Pablo describe a la Iglesia como la Esposa de Cristo (cf. Ef 5)… y el Apocalipsis levanta el velo de esa esposa. El clímax del Apocalipsis, entonces, es la comunión de la Iglesia y Cristo: la cena nupcial del Cordero (Apoc 19, 9). Desde ese momento, el hombre se alza de la tierra para dar culto en el cielo. «Entonces caí a los pies [del ángel] para adorarle», escribe San Juan, «pero me dijo: “¡no lo hagas! Yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús”» (Apoc 19, 10). Recuerda que la tradición de Israel tenía siempre a hombres que ejercían el culto a imitación de los ángeles. Ahora, como nos muestra el Apocalipsis, cielo y tierra participan juntos en un único acto de culto amoroso.

Este apocalipsis o desvelamiento nos remite al pasado, a la cruz. San Mateo señala que al morir Jesús, «la cortina [o velo] se rasgó en dos, de arriba abajo» (27, 51). Por eso, el santuario de Dios fue «apocaliptizado», desvelado, y su morada ya no estaría reservada únicamente al sumo sacerdote. La redención de Jesús quitó el velo del Santo de los santos, abriendo la presencia de Dios a todos los hombres. Cielo y tierra podían ahora unirse en un íntimo abrazo de amor.

LA VIEJA ESCUELA

Las antiguas liturgias estaban impregnadas del lenguaje del cielo en la tierra⁵⁴. La liturgia de Santiago declara: «hemos sido dignos de ser contados para entrar en el lugar del tabernáculo de tu Gloria y estar donde el velo y mirar el Santo de los santos». La liturgia de los santos Addai y Mari añade: «¡qué impresionante es hoy este lugar! Porque esto no es otra cosa que la casa de Dios y la puerta del cielo; porque has sido visto cara a cara, Señor»⁵⁵.

San Cirilo de Jerusalén (siglo V) ofrece una profunda meditación sobre la frase «levantemos el corazón». «Verdaderamente dice en este momento conviene tener el corazón levantado a Dios, y no abajo, metido en los negocios de la tierra. Es lo mismo que si el sacerdote mandase que todos, al acercarse ese momento, apartasen de su corazón los cuidados y solicitudes de la vida, y tuviesen el corazón en el cielo, pendiente de Dios misericordioso»⁵⁶.

Más aún, tenemos que estar como San Juan en Patmos, cuando oyó la voz desde el cielo que decía: «subid aquí» (cf. Apoc 11, 12). Eso es lo que sígnifica «levantemos el corazón». Quiere decir abrir el corazón al cielo que está ante nosotros, como lo hizo San Juan. Levantad el corazón, pues, al culto en el Espíritu. Porque en la liturgia, dice el Liber Graduum del siglo V: «el cuerpo es un templo escondido, y el corazón es un altar escondido para el culto en Espíritu»⁵⁷.

Sin embargo, ante todo tenemos que esforzarnos por recogernos. San Cirilo sigue: «pero que nadie de vosotros se halle presente, y cuando diga “lo tenemos levantado hacia el Señor”, tenga su mente ocupada con las preocupaciones de esta vida. Porque en todo tiempo deberíamos estar pensando en Dios; mas si esto nos es imposible por nuestra flaqueza, esforcémonos por lo menos en estos momentos por mantener nuestra atención».

Dicho sencillamente, deberíamos hacer caso de la rotunda frase de la liturgia bizantina: «¡Sabiduría!, ¡atención!»

TOC, TOC

Sí, ¡atención! Porque el Apocalipsis más que «información» es desvelación. Es una invitación personal, dirigida a ti y a mí desde toda la eternidad. La revelación de Jesucristo tiene un impacto inmediato y aplastante en nuestras vidas. Nosotros somos la Esposa de Cristo a quien se ha quitado el velo; nosotros somos su Iglesia. Y Jesús quiere que todos y cada uno de nosotros entremos en la más íntima relación con Él que se puede imaginar. Usa imágenes nupciales para demostrar cuánto nos ama, cuán cerca quiere que estemos… y cuán permanente pretende que sea nuestra unión.

Mira, Dios hace nuevas todas las cosas. El Apocalipsis no es tan raro como parece y la Misa es más rica de lo que hemos soñado nunca. El Apocalipsis es tan familiar como la vida misma; e incluso la Misa más gris se encuentra de repente tachonada de oro y joyas relucientes.

Tú y yo necesitamos abrir los ojos y redescubrir este secreto de la Iglesia perdido hace mucho tiempo, la clave de los primeros cristianos para entender los misterios de la Misa, la única clave verdadera para los misterios del Apocalipsis. «En esta liturgia eterna el Espíritu y la Iglesia nos hacen participar cuando celebramos el Misterio de la salvación en los sacramentos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 11-39).

Vamos al cielo… no sólo cuando morimos, o cuando vamos a Roma, o peregrinamos a Tierra Santa. Vamos al cielo cuando vamos a Misa. No se trata meramente de un símbolo, de una metáfora, de una parábola, ni una figura retórica. Es algo real. En el siglo IV, San Atanasio escribió: «mis queridos hermanos, no venimos a un banquete temporal, sino a un festín eterno y celestial. No lo vemos entre sombras; nos acercamos a él en realidad».

El cielo en la tierra…: ¡ésa es la realidad! ¡Ahí es donde estuviste y donde cenaste el domingo pasado! ¿En qué estabas pensando en ese momento?

Párate a considerar en qué quería el Señor que pensases. Fíjate en las invitaciones que hace desde el libro del Apocalipsis: «el que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: al vencedor le daré del maná escondido» (2, 17). ¿Qué es el maná escondido? Recuerda la promesa que hizo Jesús cuando habló del «maná» en el Evangelio de Juan: «vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que baja del cielo, y el que coma de él no morirá. Yo soy el pan de vida que ha bajado del cielo» (6, 4951). El maná era el pan de cada día del Pueblo de Dios durante su peregrinación por el desierto. Jesús está ofreciendo algo más grande y su invitación es muy concreta: «mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y comeré con él y él conmigo» (3, 20).

Así que Jesús tiene en mente una comida de verdad; quiere compartir el maná escondido con nosotros y Él es el maná escondido. En Apocalipsis 4, 1, vemos también que se trata de algo más que de una cena íntima para dos. Jesús estaba a la puerta y llamó, y ahora la puerta está abierta. Juan entra en «el Espíritu» y ve sacerdotes, mártires y ángeles reunidos alrededor del trono del cielo. Con Juan, descubrimos que el banquete del cielo es una comida de familia.

Ahora, con ojos de fe y «en el Espíritu», empecemos a ver que el Apocalipsis nos invita a un banquete celestial, a un abrazo de amor, a Sión, a juicio, a una batalla. A Misa.

Capítulo II


⁴⁶ Cf. Timothy Ware, The Orthodox Church, Penguin Books, Baltimore 1963, p. 269.
⁴⁷ P. Maniyattu, Heaven on Earth: The Theology of Liturgical Spacetime in the East Syrian Curbana, Mar Thoma Yogam, Roma 1995, pp, 2527: « es la Sagrada Eucaristía la que hace eterno el tiempo. La participación en la liturgia eucarística nos hace capaces de transcender los límites del tiempo y entrar en la esfera del tiempo sagrado […]».
⁴⁸ Joseph Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, Sígueme, Salamanca 1999, p. 152. Añade: «no es que el hombre primero piense y luego cante, sino que el canto le llega de los ángeles y eleva el corazón para que esté en consonancia con esta música que le llega. Pero importa recordar sobre todo que la liturgia no es algo que hacen los monjes; es anterior a ellos. Es el acceso a la liturgia permanente del cielo. Así, y sólo así, la liturgia terrena es liturgia: sumándose a lo que ya acontece, a lo que es superior».
⁴⁹ Para un mayor desarrollo de los elementos y estructura litúrgicos del Apocalipsis, cf. J.P Ruiz, “The Apocalypse of John and Contemporary Roman Catholic Liturgy”, Worship 68 (1994), pp. 482-504; M. M. Thompson, “Worship in the Book of Revelation”, Ex Auditu 8 (1992), pp. 45-54; Ugo Vanni, “Liturgical Dialogue as a Literary Form in the Book of Revelation”, New Testament Studies 37 (1991), pp. 348-72; B. W Snyder, “Combat Myth in the Apocalypse: The Liturgy of the Day of the Lord and the Dedication of the Heavenly Temple”, Ph.D. Dissertation, Graduate Theological Union and University of California, Berkeley 1991; G.A. Gray, “The Apocalypse of Saint John the Theologian: Verbal Icon of Liturgy”, M.A. Thesis, Mount Angel Seminary, 1989; E. Cothenet, “Earthly Liturgy and Heavenly Liturgy according to the Book of Revelation”, Roles in the Liturgical Assembly, XII Liturgical Conference SaintSerge, Pueblo, Nueva York 1981, pp. 115-35; L.Thompson, “Cult and Eschatology in the Apocalypse of John”, Journal of Religiou 49 (1969), pp. 330-50;M. A. Shepherd, The Pascal Liturgy and the Apocalypse, Lutterworth, Londres 1960.
⁵⁰ Significativamente, señala el Catecismo: «el Apocalipsis de San Juan, leído en la liturgia de la Iglesia, nos revela primeramente que “un trono estaba erigido en el cielo y Uno sentado en el trono”: “el Señor Dios” […1» (n. 1137, las cursivas son añadidas). Esta enseñanza del Catecismo subraya lo apropiado e iluminador que resulta leer e inter pretar el Apocalipsis específicamente «en la liturgia de la Iglesia», como el libro instruye a sus lectores a hacerlo (Apoc 1, 3); cf. J.P. Ruiz, Ezekiel in the Apocalypse, Peter Lang, Nueva York 1989, p. 488: «la liturgia fue el ámbito privilegiado para comprender el Apocalipsis de Juan. Allí fueron leídas e interpretadas las Escrituras. […] El vocabulario relativo al culto, las fórmulas litúrgicas, los elementos hímnicodoxológicos que se encuentran por todo el libro evidencian que este fue el caso». También, cf. Leonard L. Thompson, The Book of Revelation, Oxford University Press, Nueva York 1990, p. 72: «más aún, el vidente recibe sus visiones “en el día del Señor” (1, 10) in sacro temporeel día del culto en la Iglesia primitiva, el mismo día que espera que sean leídas en la asamblea de culto. La revelación profética es recibida y proclamada en el contexto del culto. Esos comentarios del vidente cuadran con los de Pablo, que afirma que un “apocalipsis” forma parte del servicio cuando los cristianos se juntan para dar culto (1 Cor 14, 26). Al final de una discusión sobre los dones espirituales, San Pablo describe un servicio de culto: entre otras cosas, incluye el canto de himnos y la proclamación de apocalipsis (1 Cor 14, 26). […] El profeta puede usar cualquiera de las formas de culto: una plegaria, un himno, una revelación e incluso una enseñanza. Lo importante es que los servicios se desarrollen ordenadamente y bajo control. El profeta mismo, incluso cuando está “en el Espíritu”, mantiene el control (1 Cor 14, 32). La estrecha conexión que muestra el Apocalipsis entre culto y apocalipsis, se adecua en varios aspectos a lo que Pablo dice en 1 Corintios». Y concluye: «tanto en el Apocalipsis como en la Iglesia primitiva el culto sirve de marco en el que se despliegan narraciones escatológicas (como las del mismo libro del Apocalipsis). Más aún, tanto en el Apocalipsis como en las iglesias de Asia menor, el culto lleva a cabo el reino de Dios y su justo juicio; a través de la celebración litúrgica, las expectativas escatológicas son percibidas en el presente. Himnos, acciones de gracias, doxologías y aclamaciones realizan en el contexto litúrgico el mensaje escatológico. […1 El libro del Apocalipsis, sirviendo en el culto comunitario de Asia menor como el culto celestial sirve en el libro mismo, une cielo y tierra. La obra media su propio mensaje» (pp. 7-273). Cf. también David E. Aune, The Cultic Setting of Realized Eschatology in Early Christianity, E. J. Brill, Leiden 1972.
⁵¹ Cfr Didaché 14, 13.
⁵² Cf. Jerome MurphyO’Connor, O.P., “The Cenacle and Community: The Background of Acts 2:44- 45”, en M. D. Coogan, J. C. Exum, y L. E. Stager (eds.), Scripture and Other Artifacts, Westminster John.
⁵³ Knox, Louisville, Ky. 1994, pp. 296-310. Rainer Reisner, “Jesus, the Primitive Community, and the Essene Quarter of Jerusalem’, en J. H. Charlesworth (ed.), Jesus and the Dead Sea Scrolis, Doubleday, Nueva York 1992, pp. 198-234; Bargil Pixner, O.S.B., ‘Jerusalem’s Essene Gateway: Where the Community Lived in Jesus’ Timé’, Biblical Archaeology Review (mayo junio 1997); idem, “Church of the Apostles Found on Mount Zion”, Biblical Archaeology Review (mayo-junio 1990).
⁵⁴ Para un buen estudio de las dimensiones celestiales de la Misa en varias fuentes patrísticas y medievales, cf. M. M. Schaefer, “Heavenly and Earthly Litúrgies: Patristic Prototypes, Medieval Perspectives, and a Contemporary Application”, Worship 70 (1996), pp. 482-505. «Las liturgias de las antiguas iglesias de Oriente y Occidente están inspiradas por las estructuras simbólicas de la Carta a los Hebreos y del Apocalipsis. […] El entorno de la Divina Liturgia simboliza el culto “de arriba”. Los edificios centralizados coronados por una cúpula “imitan” el cielo. Los diáconos obedientes a una sacra coreografía sirven como los ángeles ministeriales, mientras que el pueblo canta aclamaciones, como si estuviera en la corte celestial. El sacerdote es icono de Cristo, el Sumo Sacerdote. […] Como fuente iconográfica de numerosos programas de ábsides paleocrstianos y medievales de la ciudad de Roma, [el Apocalipsis] tuvo un papel importante en la imaginación religiosa de Occidente» (pp. 489-90). Schaefer cita a Gregorio Magno: «porque quién de los creyentes puede tener alguna duda de que en el momento de la inmolación, al sonido de la voz del sacerdote, los cielos se abren y los coros angélicos están presentes en el misterio de Jesucristo. En el altar, lo más bajo se une con lo más sublime, la tierra con el cielo, lo visible y lo invisible se juntan en una unidad» (Diálogos, IV, 58 [PL 77, 425D]). Concluye la autora: «la pérdida de las perspectivas patrísticas relega el misterio del cielo y la tierra unidos en el culto a un futuro escatológico […]» (p. 502). Cf. también el innovador estudio de este tema, O. Piper, “The Apocalypse of John and the Liturgy of the Ancient Church”, Church History 20 (1951), pp. 10-22.
⁵⁵ Erik Peterson, The Angels and the Liturgy, Herder and Herder, Nueva York 1964, p. ix: «vemos claramente que la Jerusalén de la tierra con su culto del Templo, ha sido el punto de partida de estas ideas e imágenes de la primitiva literatura cristiana; pero el punto de partida ha sido dejado atrás, y la Jerusalén que se ve como poder político o centro del culto, ya no está en la tierra, sino en el ciclo, a donde se vuelven los ojos de los cristianos». En otra parte escribe: «el análisis que hemos hecho de la Liturgia de San Marcos ha sido completo. Este análisis ha ratificado nuestra tesis de que todo el culto terreno de la Iglesia debe verse como una participación en el culto ofrecido a Dios por los ángeles en el cielo; lo cual está confirmado no sólo por la Sagrada Escritura, sino también por la Tradición de la Iglesia como se expresa en la liturgia».
⁵⁶ San Cirilo de Jerusalén, Catequesis [Quinta catequesis mistagógica] 22, 4, PPC, Madrid 1985, p. 194. Verse como una participación en el culto ofrecido a Dios por los ángeles en el cielo; lo cual está confirmado no sólo por la Sagrada Escritura, sino también por la Tradición de la Iglesia como se expresa en la liturgia».
⁵⁷ Graduum 12, 1, citado en P. Manniyattu, Heaven on Earth, Mar Thoma Yogam, Roma 1995, p. 9.

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