El amor propio

El amor propio no muere nunca antes que nosotros. Mientras vivimos en este bajo mundo, hay que sufrir de continuo sus asaltos sensibles y sus secretas actuaciones; nos baste la gracia de Dios para saber que no consentimos con voluntad deliberada. Esta virtud de la indiferencia es tan excelente que ni el hombre viejo, es decir, el hombre sometido al pecado, ni la parte sensible, ni la naturaleza humana con sus facultades naturales han sido capaces nunca de conseguirla. Ni el mismo Hijo de Dios, como hijo de Adán, y aunque exento de pecado y de todas las apariencias de pecado, fue indiferente del todo en la parte sensible y en sus facultades naturales. También él manifestó a los apóstoles que su alma estaba llena de tristeza; también él buscaba consuelo; también él deseaba no morir; en una palabra, también él quiso experimentar todo lo que era efecto de la naturaleza humana.

Quiso, sin embargo, practicar la indiferencia; y también nosotros, siguiendo su ejemplo, cuando nos lleguen las pruebas y tengamos que llevar la cruz, hemos de procurar practicarla en el espíritu, en la parte superior, en las facultades poseídas por la gracia.

Ánimo, pues, mi queridísima hija; vive totalmente en nuestro Señor y estate tranquila. Cuando te suceda que has quebrantado las exigencias de la indiferencia en cosas indiferentes, por súbitos arrebatos del amor propio y de nuestras pasiones, en cuanto te sea posible, postra tu corazón ante Jesús y dile con toda confianza y humildad: «Señor, misericordia, que soy débil». Después, levántate en paz y tranquilízate, y con santa indiferencia prosigue tus actividades.

Es necesario comportarse en esas situaciones como se comporta un violinista. Cuando el pobrecito advierte una nota desafinada, no rompe la cuerda o deja el violín, sino que enseguida acerca la oreja para descubrir la causa del fallo; y, después, con paciencia, según convenga, estira o afloja ligeramente la cuerda.

Pues bien, actúa tú del mismo modo. No te impacientes por los errores cometidos ni quieras romper la cuerda cuando adviertas algo irregular, sino sé paciente; humíllate ante Dios; estira o afloja dulcemente la cuerda de tu corazón ante el Músico celeste, para que Él pueda poner a punto lo dañado.

Padre Pío, 22 de noviembre de 1916, a Maria Gargani, Ep. III, 258

Gianluigi Pasquale. 365 días con el Padre Pío.

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