Escucha, hijo

el

Escucha, hijo, los preceptos de un maestro, e inclina el oído de tu corazón; acoge de buen grado la advertencia de un padre solícito, y cúmplela verdaderamente […] Mientras todavía estamos a tiempo y tenemos este cuerpo como domicilio y podemos cumplir todas estas cosas a la luz de la vida, ahora es cuando hemos de apresurarnos y poner en práctica lo que en la eternidad redundará en nuestro bien. Vamos a instituir, pues, una escuela del servicio al Señor. Y, al organizarla, no esperamos disponer nada que sea duro o gravoso. Pero si, no obstante, cuando lo exija la recta razón, se encuentra algo un poco más severo con el fin de corregir los vicios o mantener la caridad, no abandones enseguida, sobrecogido de temor, el camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo estrecho.

San Benito, Regla, Prol. 1, 43-48

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