La Cena del Cordero – 3º Parte – Capítulo II (Scott Hahn)

Primera Parte
Introducción y Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV

Segunda Parte
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV

Tercera Parte
Capítulo I

La Misa, el cielo en la tierra

SCOTT HAHN

Tercera Parte: Una revelación para las Misas

Capítulo II
El culto es una guerra

¿QUÉ ESCOGES: LUCHAR O HUIR?

«El género humano —dijo el poeta T. S. Eliot— no puede soportar mucha realidad». No necesitamos mirar lejos para probar este aserto. La gente huye hoy, uno por uno, de la vida real, retirándose cada quien a su distracción particular. Las vías de escape van desde las drogas y el alcohol hasta la novela rosa y los juegos de realidad virtual.

¿Qué pasa con la realidad para que el género humano la encuentre tan insoportable? Lo que pasa es la enormidad del mal, su presunta omnipresencia y poderío, y nuestra aparente incapacidad para escapar de él… nuestra incapacidad, incluso, para no cometerlo. Parece que el infierno está por todas partes en una burda imitación de la omnipresencia divina amenazando con consumirnos, con sofocarnos.

Ésta es la realidad que no podemos soportar. Pero es también la cruda y terrible realidad que dibujó San Juan, sin arredrarse, en el Apocalipsis. Las bestias de Juan surgen monstruosas, superando las más oscuras imaginaciones de Hollywood, y abren sus fauces contra la presa más inocente y vulnerable: una mujer encinta, un niño. Desprecian la naturaleza y la gracia, la Iglesia y el estado. Pueden barrer del cielo un tercio de las estrellas. Son el poder en la sombra que mueve naciones e imperios. Se fortalecen con la inmoralidad de la gente a la que seducen; se emborrachan con el «vino» de la fornicación, la avaricia y el abuso de poder de sus víctimas.

¿LUCHAR O HUIR?

Ante tal oposición, tenemos que escoger: o presentar batalla, o darse a la huida. Se trata de un instinto humano básico. Más aún, tras una superficial evaluación de lo que en apariencia son nuestras propias fuerzas y los recursos del enemigo, «huir» podría parecer la elección más razonable. Sin embargo, según los maestros espirituales, la huida no es una opción real. En su clásica obra El combate espiritual, Dom Lorenzo Scupoli escribió: «esta guerra es inevitable, y el que en ella no lucha, de todas maneras se ve inexorablemente enredado en ella y sucumbe. Es que nos enfrentamos a enemigos tan obstinados y furiosos que de ellos no podremos esperar jamás ni tregua ni paz»⁵⁸.

Más aún, no podemos subir al cielo, si huimos de la batalla. Dios nos ha destinado a nosotros, a la Iglesia, a ser la Esposa del Cordero. Pero no podemos gobernar, si no derrotamos primero a las fuerzas que se nos oponen, a los poderes que pretenden hacerse con nuestro trono.

¿Qué hemos de hacer? Deberíamos echar un vistazo a nuestro alrededor, después de quitarnos el velo de la visión meramente humana. Juan revela las noticias más alentadoras para los cristianos que están batallando. Dos tercios de los ángeles están de nuestra parte luchando constantemente, incluso mientras dormimos. El arcángel San Miguel, el guerrero más poderoso del cielo, es nuestro incansable e imbatible aliado. Todos los santos del cielo claman constantemente a Dios todopoderoso a favor de nosotros. Y lo más alentador de todo ¡al final ganamos! Juan ve la batalla desde la perspectiva de la eternidad y por eso puede revelar el final tan vívidamente como describe las bajas. Las batallas son tan atroces que los ríos bajan tintos de sangre y los cadáveres se amontonan pudriéndose en las calles. Pero los vencedores entran en una ciudad en la que los arroyos llevan agua viva y en la que nunca se pone el sol.

Escucha de nuevo al padre Scupoli: «ante el furor, el odio inextinguible y el gran número de las escuadras y los ejércitos enemigos, [considera] más bien que es infinitamente mayor la bondad de Dios y el amor con que te ama y que son muchos más los ángeles del cielo y las oraciones de los santos que combaten a favor nuestro»⁵⁹

PÁGINAS DE SOCIEDAD

Podemos contar con ayuda del cielo. ¿Quién puede pedir mayores motivos de tranquilidad? Pues a menudo lo hacemos. Muchos cristianos se quedan preocupados porque les parece que de alguna manera Jesús «se retrasa» en venir a socorrerlos. Esto parece especialmente verdad cuando contemplan la degeneración de la sociedad. El mundo, a veces, parece estar en manos de las fuerzas del mal y, pese a las oraciones de los cristianos, el mal continúa e incluso prospera.

Sin embargo, el Apocalipsis muestra que son los santos y los ángeles los que dirigen la historia con sus oraciones. Más que a Washington D.C., más que a las Naciones Unidas, más que a Wall Street, o a cualquier lugar que puedas nombrar, el poder pertenece a los santos del Altísimo, reunidos en torno al trono del Cordero. La sangre de los mártires pide a Dios venganza a voz en grito (Apoc 6, 9-10), y Él los venga, ahora como al alba de la historia, cuando la sangre de Abel clamaba desde la tierra. Son las oraciones de los santos las que suscitan de inmediato la ira del Cordero contra «los grandes hombres […], los ricos y los poderosos» (6, 15).

Pero el poder de los santos es de diverso orden de la idea de poder que tiene el mundo, y la ira del Cordero difiere abiertamente de la venganza humana. Eso puede parecer evidente por sí mismo, pero se merece una consideración más profunda por nuestra parte. Porque muchos cristianos dicen creer en una clase de poder celestial que, en un análisis más atento, resulta ser un poder mundano pero a gran escala.

Fíjate por un momento en los judíos contemporáneos de Jesús y en su mundana expectación del Mesías: establecería el reino de Dios por medios militares y políticos… conquistar Roma, subyugar a los gentiles y cosas así. Sabemos que tales esperanzas se desbarataron. En vez de avanzar con sus ejércitos contra Jerusalén, Jesús realizó una campaña de misericordia y amor, que se manifestaba en compartir la mesa con recaudadores de impuestos y otros pecadores.

Y todos nosotros hemos aprendido la lección, ¿cierto? No parece que sea así. Porque, hoy, muchos cristianos aguardan todavía la misma venganza mesiánica que los judíos del siglo I. Aunque Cristo vino pacíficamente la primera vez, dicen, volverá con santa venganza al final, aplastando a sus enemigos con fuerza todopoderosa.

¿A ESTO LO LLAMAS IRA?

Pero, ¿qué pasaría si la segunda venida de Jesús resultase ser muy parecida a la primera?, ¿se quedarían decepcionados muchos cristianos? Quizá, pero no creo que tengamos por qué. Pues, aun cuando el Apocalipsis narra un amplio elenco de hambres, plagas y pestilencias, el capítulo 6 describe el juicio de Dios contra los fuertes y poderosos como la «ira del Cordero». ¿Por qué usa Juan aquí la imagen del cordero?, ¿qué tipo de terror puede inspirar en realidad un cordero?, ¿por qué no habla de la ira del León de Judá?

De igual manera, ¿por qué después de la primera venida de Cristo su «victoria» se lleva a cabo por los que «no amaron su vida, incluso hasta la muerte»?, o ¿por qué los bandos en liza parten con fuerzas tan desiguales: dos dragones y una bestia terrestre atacan a una mujer encinta en el momento en que da a luz al Mesías niño? Cierto, está el arcángel San Miguel; pero lo más que puede hacer es echar al dragón fuera del cielo… de forma que ahora el diablo está libre para perseguir a la mujer hasta el desierto y luego hacer la guerra contra el resto de su descendencia. En resumen, tenemos la suerte en contra: ¡mal camino!

Entonces, ¿qué decir de la última escena (cap. 19) en la que Cristo viene a «vengar la sangre de sus siervos» (v. 2)? En ella vemos a alguien llamado «Fiel y Veraz» cabalgando sobre un caballo blanco, acompañado de los ejércitos celestiales vestidos de lino blanco (¿no tienen otra armadura mejor?), luchando nada más que con una espada… ¡«que sale de su boca»! ¿Por qué no la lleva en la mano derecha? ¿Por qué no la está blandiendo? Hablando claro, se trata de la espada del Espíritu, la Palabra de Dios, que Él está predicando… y no un arma militar de destrucción masiva. Coge a la bestia y al falso profeta y los arroja vivos al azufre y al fuego. Date cuenta de que no los mata antes, no los hace trizas ni se regodea sobre sus cadáveres. A continuación, el destino del mal es descrito, en los dos capítulos siguientes, sencillamente en términos de ser excluidos de la nueva Jerusalén. ¿Qué tipo de «victoria» es ésta? ¿Por qué Jesús es todavía un Cordero… hasta el mismo final? Y ¿por qué una cena de bodas más que una fiesta de celebración de la victoria?

Me temo que las expectativas de muchos cristianos acerca de la segunda venida de Cristo pueden estar necesitadas de un corrección. De otra manera, podemos encontrarnos luchando contra el desaliento… como les sucedió a muchos judíos contemporáneos de Jesús en el siglo I. Quizá tenemos que repensar la imagen corriente de Dios reprimiendo su ira «espera un poco, verás qué terrible y vengador puedo ser en realidad» por una visión más atenta a la luz de su perfecta paternidad. Esto no destruye la ira divina; simplemente la sitúa en el retrato global de Dios que Jesús describe. Como señalé antes, ver el juicio de Dios en términos de paternidad divina no rebaja el nivel de justicia, ni debilita la severidad del juicio; de ordinario los padres exigen más de sus hijos e hijas que los jueces de los reos.

Entonces, ¿cuál debería ser nuestra imagen de la segunda venida de Jesús? A mi modo de ver, es eucarística y tiene lugar de forma parecida a como la Misa trae el cielo a la tierra. Al igual que el sacerdote aquí en la tierra se inclina sobre el pan y el vino y dice «esto es mi Cuerpo», transformando de esa manera los elementos, así también Cristo, Sumo Sacerdote, está inclinado sobre el cosmos y pronuncia las mismas palabras. Estamos en la tierra como los elementos están en el altar. Estamos aquí para ser transformados: para morir a nosotros mismos, vivir para los otros y amar como lo hace Dios. Eso es lo que sucede en el altar de la tierra, tal como sucede en los altares de nuestras iglesias. Como descendió fuego del cielo para consumir los sacrificios que estaban en el altar de Salomón, así también descendió fuego para consumir a los discípulos en la primera Pentecostés. El fuego es único y el mismo; es el Espíritu Santo, que nos hace capaces de ser ofrecidos como sacrificios vivos sobre el altar de la tierra. Eso es lo que da sentido a la segunda parte del Apocalipsis.

EL NOVIAZGO DE LA HISTORIA

Da sentido también a los sucesos de nuestra vida corriente. A la luz del fuego divino, vemos los noticieros no como consignas inconexas y sin sentido, sino como una historia, cuyo final ya conocemos. Todo en esta historia en la historia del mundo y en nuestra historia personal coopera para el bien de los que aman a Dios (cf. Rom 8, 28). Pues Cristo es Señor de la historia, su principio (cf. Jn 1, 1) y su final (cf. 1 Cor 4, 5).

Cristo está firmemente empeñado y quiere que reinemos con Él como su Esposa. Por eso, tenemos que luchar para ganarnos el trono, pero nuestra guerra no es tan cruda. Podemos mirarla incluso en términos románticos. La historia del mundo es la historia de Cristo que corteja a su Iglesia, que nos conduce gradualmente a nuestra cena de bodas, al banquete del Cordero. Nos mira como Adán contempló a Eva y dice: «por fin ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gen 2, 23). La Iglesia es al mismo tiempo su Esposa y su Cuerpo, porque en el matrimonio los dos se hacen una carne (cf. Mt 19, 5). Por eso, Cristo nos mira y dice: «esto es mi Cuerpo».

Dios dirige toda la historia aunque los acontecimientos particulares parezcan buenos o malos desde «nuestro lado» para guiarnos a la comunión eterna de nuestra cena nupcial. No debemos subestimar el deseo de Cristo de que lleguemos al banquete. Recuerda que es un novio que espera a su esposa. Por eso las apasionadas palabras que dijo a sus Apóstoles son también verdad para nosotros: «ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros» (Lc 22, 15).

Tampoco hemos de subestimar el poder de Jesús de llevarnos al banquete. A fin de cuentas, Él es Dios todopoderoso que todo lo conoce. Lo que quiere y desea es la eterna comunión con la Iglesia, y con toda seguridad es lo que está realizando incluso ahora. La comunión de amor con su Iglesia es la única razón por la que Dios se hizo hombre, derramó su Sangre y murió; y es la primera razón por la que creó el mundo. De ahí que todos los acontecimientos de cualquier época nos han de llevar, inexorablemente, al acontecimiento que vemos místicamente en los últimos capítulos del Apocalipsis.

UN RESTO QUE SE RESISTE

Puede parecer, pues, que el infierno prevalece en el mundo, pero no es así. La Iglesia está, en cierto sentido, empeñada. Nuestras oraciones, y especialmente el sacrificio de la Misa, son la fuerza que impulsa a la historia hacia su meta. De hecho, en el sacrificio de la Misa, la historia ya ha llegado a su meta, porque ahí Cristo y su Iglesia celebran su banquete de bodas y consuman su matrimonio.

Entonces, ¿cómo deberíamos entender el combate que seguimos manteniendo? Si de alguna manera la historia ha alcanzado ya su meta, ¿por qué habríamos de seguir luchando? Porque no todo el mundo ha venido al banquete, aunque tú y yo lo hayamos hecho. Por eso, tenemos que continuar redimiendo el tiempo, para restaurar todas las cosas en Cristo. Acuérdate de que cuando vamos a Misa, llevamos con nosotros nuestro trabajo profesional, la vida de familia, los sufrimientos y las alegrías, y todo esto se convierte en sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo, durante la celebración de la Eucaristía. Dios desea que tú y yo juguemos un papel indispensable en la historia de la salvación. «El Espíritu y la Esposa dicen “ven”» (Apoc 22, 17). Date cuenta de que no es sólo el Espíritu el que dirige esa llamada a la humanidad, sino el Espíritu y la Esposa. La Esposa es la Iglesia… somos tú y yo.

Mientras tanto, nuestro enemigo, la Bestia, no consigue nada. Trabaja incansablemente, intimidándonos a veces con su laboriosidad; pero sus esfuerzos son estériles. Es el 666, la criatura instalada en el día sexto, trabajando perpetuamente, pero sin alcanzar nunca el séptimo día del descanso sabático y del culto.

Así que la batalla continúa, y hemos sido alistados para un servicio activo. Sin embargo, tenemos que empezar por luchar muy cerca de casa. Nuestros enemigos más peligrosos son los que encontraremos en nuestra propia alma: orgullo, envidia, pereza, gula, avaricia, ira y lujuria. Antes de que podamos avanzar contra los enemigos en todo lo amplio de la sociedad, necesitamos identificar nuestros propios hábitos de pecado y empezar a arrancarlos de raíz. Al mismo tiempo, necesitamos crecer en la sabiduría y virtud que nos hace más parecidos a Cristo.

Sólo podemos avanzar, si llegamos a conocernos como realmente somos, o sea, tal como nos ve Dios todopoderoso. Cuando Juan se encontró con el Cordero de Dios, calibró con precisión la situación, y cayó al suelo en humildad. Necesitamos ver la verdad con la misma claridad. Por eso necesitamos ver las cosas a la misma luz divina. Pero ¿cómo podemos hacerlo, cuando todo a nuestro alrededor está sumido en la oscuridad? El único camino que tenemos es situarnos en el mismo lugar limpio y bien iluminado en el que Juan tuvo su visión: el culto en el Espíritu en el día del Señor… que es al mismo tiempo la ciudad del cielo donde «no habrá más noche» (Apoc 22, 5).

Únicamente en la nueva Jerusalén nos veremos como somos, porque allí seremos sometidos a juicio; allí leeremos lo que está escrito en el libro de la vida. Es el cielo, pero no necesitamos morir para ir allá. La nueva Jerusalén es el monte Sión; es la iglesia de la estancia superior; y baja para nosotros en la Santa Misa.

NO PUEDO LEVANTARME PARA CAER

Queremos conocernos a nosotros mismos. Así que tenemos que usar bien las partes de la Misa específicas para el examen personal: el rito penitencial, por ejemplo, con su «Señor, ten piedad» y su «Yo confieso». Esto requiere recogimiento, un silencio interior que nos permite examinarnos de nuestros pensamientos, palabras y obras. Si queremos estar recogidos, nos ayuda llegar a la iglesia un buen rato antes de la Misa y empezar nuestra oración. El recogimiento interior nos hará capaces de concentrarnos en la realidad de la Misa, sin prestar atención a lo que sucede a nuestro alrededor: ya sean niños que lloran, mala música u homilías mediocres.

Para prepararnos para la Misa, tendríamos que aprovecharnos también con frecuencia del sacramento de la Reconciliación, confesando nuestros pecados después de hacer un profundo examen de conciencia. Acuérdate del consejo de la Didaché, la más antigua guía litúrgica de la Iglesia: deberíamos hacer una confesión antes de recibir la Eucaristía, para que nuestro sacrificio sea puro. Aunque la Iglesia sólo nos exige confesarnos una vez al año, la abrumadora enseñanza de santos y papas es que tendríamos que ir «con frecuencia». ¿Cada cuánto es eso? Variará en función de tus circunstancias y del consejo de tu confesor.

Sin embargo, nos vendría bien seguir los buenos ejemplos, sabiendo que la mayoría de los santos se confesaban al menos cada semana, y que los maestros espirituales más acreditados aconsejan un mínimo de una vez al mes.

Si somos sinceros con Dios, nos encontraremos postrados humildemente en nuestro interior, como hizo Juan. Rezaremos con total sinceridad la oración de antes de la Comunión: «Señor, yo no soy digno de que entres…»

HAY MUCHA GENTE AQUÍ

¿Qué vemos cuando estamos a la luz? Vemos que somos pecadores y débiles; pero vemos también mucho más.

Vemos que en esta guerra somos, con mucho, la parte más fuerte. En la Misa, invocamos a los ángeles y adoramos junto a ellos, como lo hizo Juan… ¡como sus iguales ante Dios! Pedimos que nos ayuden. Escucha atentamente el prefacio de la Misa, justo antes de cantar el «Santo, santo, santo»: «Por eso, con los ángeles y arcángeles y con todos los coros celestiales, cantamos sin cesar el himno de tu gloria». Algunas liturgias de Oriente se atreven incluso a contar los ángeles: «un millar de millares y diez mil veces diez mil ejércitos de ángeles y arcángeles». La palabra «ejércitos» en este contexto sugiere una fuerza militar, como «legiones» o «divisiones». La Misa, al parecer, es como el desembarco de Normandía en el terreno espiritual.

También invocamos a los santos, distinguiéndolos por su nombre. En el Canon romano, Plegaria eucarística 1, el sacerdote proclama una larga lista de apóstoles, papas, mártires y otros santos… veinticuatro, en correspondencia exacta con los presbyteroi que rodean el trono de Dios en el Apocalipsis⁶⁰.

En la guerra espiritual, los santos son poderosos aliados. Recuerda que en el Apocalipsis la venganza de Dios sigue de cerca las oraciones de los mártires bajo su altar. En algunas liturgias orientales por ejemplo, la antigua liturgia de San Marcos la asamblea se hace eco de las oraciones de los mártires: «aplasta bajo tus pies a Satanás y toda su maligna influencia. Humilla ahora, como en todo tiempo, a los enemigos de tu Iglesia. Pon en evidencia su orgullo. Muéstrales rápidamente su debilidad. Haz que se queden en nada los intrigas malignas que maquinan contra nosotros. Álzate, Señor, y que tus enemigos se atemoricen y que todo el que odia tu santo Nombre sea puesto en fuga».

Sin duda, tenemos fuerza y poder de nuestra parte. Así lo decimos en el «Santo, santo, santo» que cantamos junto con los ángeles en cada Misa. Deberíamos asegurarnos de dar a ese canto todo lo que tenemos. ¿Has visto alguna vez un poderoso ejército marchando en formación? Los soldados se mueven con un precisión uniforme y cantan con entusiasmo y confianza. Así es como deberíamos proceder en la liturgia: con confianza, con alegría. No es que neguemos la fuerza del enemigo; nos gloriamos en el hecho de que Dios es más fuerte, ¡y Dios es nuestra fuerza!

HAZ QUE LOS DEMONIOS SE LARGUEN GRITANDO

Por supuesto que no es suficiente con conocernos a nosotros mismos y a los ángeles. Tenemos que llegar a conocer más y más a Dios, y esto es una tarea incesante (e incesantemente gratificante). Porque cuanto más aprendemos acerca de Él, más nos damos cuenta de que no le conocemos y de que no podemos conocerle sin la gracia.

Creciendo en el conocimiento de Dios, llegaremos a conocer la fuerza infinita y los recursos que podemos pedir en la batalla. Así, debemos prepararnos para la Misa cultivando nuestra formación doctrinal y espiritual durante toda nuestra vida. Ningún soldado se lanzaría a la batalla sin estar entrenado.

Tampoco debemos pensar que podemos vencer a los demonios si estamos flojos en nuestra fe. Necesitamos someternos a los rigores de un entrenamiento básico, viviendo una vida constante y disciplinada de oración y estudiando la fe a diario, leyendo la Biblia, usando cintas, televisión y libros católicos (especialmente el Catecismo de la Iglesia Católica). Todo esto es una tarea para toda la vida.

Nuestro estudio de la doctrina investirá de poder cada palabra y gesto de la liturgia. Haremos la señal de la cruz sabiendo que es el estandarte que llevamos a la batalla… y ante ese estandarte los demonios tiemblan. Mojaremos los dedos en agua bendita, sabiendo, en palabras de Santa Teresa de Jesús, que esta agua hace huir a los demonios. Recitaremos cada línea del Gloria y del Credo como si nuestras vidas dependieran de ello, porque dependen.

¿Y qué «sucede» en el campo de batalla cuando recibimos en la Comunión a Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores? Los santos nos dicen que en ese momento ponemos en fuga al enemigo y que desde entonces podemos velar con la vigilancia de Jesús. Un monje del monte Sinaí, del siglo V, atestigua que «cuando ese fuego entra en nosotros, arroja los malos espíritus de nuestro corazón y a la vez remite los pecados que hayamos cometido con anterioridad. […] Y si después de esto, puestos a la entrada de nuestro corazón, vigilamos atentamente nuestro entendimiento, cuando se nos permita recibir de nuevo esos Misterios, el divino Cuerpo iluminará aún más nuestro entendimiento y lo hará brillar como una estrella».

Así que el resplandor de la Misa nos acompaña como el día perpetuo de la Jerusalén celestial. Conforme crecemos en gracia, nuestra Misa se convierte también en una luz encendida dentro de nosotros, incluso en medio de nuestro trabajo y de nuestra vida de familia. Eso supone seguridad en tiempo de guerra; porque el ejército más débil difícilmente atacará a la luz del día. Y el maligno sabe que cuando la luz de Cristo está del lado de uno de los contendientes de la batalla, la oscuridad del infierno es la parte más débil.

EL DÍA D

Aun así, la batalla sigue siendo una batalla. A pesar de que nuestra victoria está asegurada, la lucha no será necesariamente fácil, y esto es verdad especialmente en la Misa. Conociendo el poder de la gracia, el maligno nos asaltará con más fuerza, dice un antiguo maestro, «al tiempo de las grandes fiestas y durante la Liturgia divina… especialmente cuando vamos a recibir la Sagrada Comunión».

¿Cuál es nuestro combate particular durante la Misa? Quizá sea rechazar la repulsa que nos causa un feligrés cuyo perfume es muy fuerte, o el hombre que desafina cantando. Tal vez sea refrenar nuestro juicio contra al parroquiano que se va demasiado pronto. Quizá sea cambiar de tema, cuando empezamos a sopesar si ese escote es demasiado amplio. Puede que sea luchar contra nuestro aire de suficiencia, cuando oímos una homilía plagada de errores gramaticales. O bien sonreír con comprensión a la mamá cuyo niño está chillando.

Esas son las duras batallas. Quizá no sean tan románticas como el ruido de sables en la lejanía del desierto, o marchar entre gases lacrimógenos para protestar contra la injusticia. Pero como están tan escondidas, son tan interiores, requieren mayor heroísmo. Nadie excepto Dios y sus ángeles se dará cuenta de que no criticaste mentalmente la homilía del sacerdote esta semana. Nadie excepto Dios y sus ángeles se dará cuenta de que te abstuviste de juzgar a esa familia que iba mal vestida. No ganas una medalla; pero en su lugar ganas una batalla.

CHEQUEO A LA REALIDAD: SOPÓRTALA

La realidad «desvelada» en el Apocalipsis de Juan es tan aterradora como consoladora. Aun así la buena noticia es que, con la ayuda del cielo, podemos soportarla. Somos hijos del Rey del universo, pero vivimos en medio de un constante peligro, rodeados por oscuras fuerzas espirituales que quieren destrozar nuestras almas, nuestra corona, nuestra herencia.

Pero la victoria está a nuestro alcance. Con cuánta razón asocia nuestra tradición la Misa con la todáh, el sacrificio de acción de gracias del antiguo Israel.

La todáh era una expresión de absoluta confianza: una oración para librarnos de nuestros enemigos, una oración para librarnos de la muerte inminente… y, al mismo tiempo, la todáh daba gracias porque Dios hubiera contestado a nuestras oraciones. Acuérdate también de cómo los rabinos predijeron que en la era mesiánica cesaría todo sacrificio excepto la todáh. Por eso rezamos con confianza en cada Misa «líbranos del mal»; y por eso damos gloria a Dios por nuestra liberación.

En la Comunión recibimos el pan que nos sostendrá incluso durante el más largo asedio del enemigo. En la Misa, cuando estamos junto a nuestros aliados celestiales, el demonio se muestra impotente. Ante el altar nos acercamos al cielo, la fuente de gracia infinita, la única que puede cambiar nuestros corazones pecadores. En la cena nupcial del Cordero nos entronizamos para reinar sobre la historia por medio de nuestras oraciones.

En esta época de cambio de milenio, mucha gente se te acercará gritando que el fin está cerca, y que la última escaramuza al otro lado del mar es con toda seguridad la batalla de Armagedón. No tengas miedo. Puedes decirles que sí, que el fin está cerca; sí, ha llegado el Apocalipsis. Pero la Iglesia ha enseñado siempre que el fin está cerca… tan cerca como tu parroquia. Y deberías acercarte, más que alejarte.

En cualquier batalla que estemos impacientes de emprender con armas terrenas, deberíamos primeramente entrar con armas espirituales. ¿Quieres justicia para los pueblos oprimidos de la tierra? ¿Quieres alivio para los mártires de todo el mundo? No te precipites en primer lugar al ayuntamiento. Si quieres construir el reino, ante todo deberías adorar bien, con tanta frecuencia como puedas, donde el santuario del Rey toma tierra en la Misa.

Capítulo III

 


⁵⁸ 12 Lorenzo Scupoli, Combate espiritual, San Pablo, Madrid 1996, p. 103.
⁵⁹ 13 Ibid., p. 102
⁶⁰ Sobre los santos del Canon romano, cf. Joseph Ratzinger, Un canto nuevo para el Señor, Sígueme, Salamanca 1999, p. 201.

 

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