Den al Cristo lo que es de Cristo y al mundo lo que es del mundo

Como solemos insistir todo lo que dicen los Evangelios es verdad y ocurrió de verdad. Lo que no agravia la Fe es presumir que ocurrió todo eso y mucho más. Como que fueron esas (exactamente esas) y muchas más que esas las palabras salidas de su Boca. Y anota san Juan: «Son tantas que no alcanzarían todas las bibliotecas del mundo para almacenarlas».

Recuerdo como si fuera hoy una mañana fresca de primavera, habíamos pernoctado a la intemperie buscando guarida debajo de algún ramaje en el recodo del camino. Andar con Él de travesía era siempre una fiesta. Las noches solían ser la instancia más sublime en que disfrutar de sus cuentos, de sus enseñanzas, sus plegarias o sus silencios. Pero esta vez el momento más intenso se dio de mañana.

Ya habíamos reemprendido el viaje subiendo y bajando por una ondulada campiña de trigo y lino, cuando nos cruzamos a tres hirsutos viandantes. Su aspecto no era muy de confiar: andrajosos y sin garbo, parecían pordioseros. No obstante, al acercarse, por su altura y sus rostros francos y luminosos, entendimos que eran niños; libérrimos niños paseando por ese inmenso mar verde y azul.

Uno de ellos, muy resuelto, encaró al Señor: «Maestro, sabemos que eres astuto, impredecible y celoso de tu Misterio, y que no arrojas perlas a los chanchos y que escrutas el corazón de todos los hombres, distinguiendo y ponderando la irrepetibilidad de cada uno. Dinos si te place: «¿está permitido entregarle a Dios los cielos y la tierra, la gente, los justos y pecadores, los ángeles y la Madre de Dios, y las cosas todas, y al mismo Dios?».

El niño pordiosero había hablado tanto de un tirón que quedó como exhausto y sin aire, volcando satisfechos sus enormes ojos en los del Señor. Éste permaneció muy quedo por varios instantes.

Aquel silencio no sabía a tensión; al contrario, era una suerte de feliz calderón, tras una pregunta rebosante de color, candor y calor. Y recién entonces, Jesús, conociendo la bondad del corazón del niño, le dijo: «¡Feliz de ti! Que no tiendes trampas sino muelles. Tráeme una pequeña hoja de aquel tilo, tráeme también un pedazo de corteza de aquel terebinto y una piedra rugosa, del tamaño de una moneda». Los tres viandantes fueron de inmediato por las muestras y se las entregaron con gesto satisfecho y solemne.

Los que habíamos presenciado varios milagros del Señor empezamos a sospechar que transformaría esas piezas o las multiplicaría… pero nada de eso ocurrió.

No olvidaré jamás la palma de su mano (volví a recordarla cuando muy de lejos la vi igual de abierta, para recibir el frío acero del clavo). Esa mañana la contemplé de muy cerca, inmensamente abierta, como un estirado paño color marfil; y en su más límpido centro, la piedra. Lo mismo hizo luego con la hoja y la corteza.

Y les pidió a los tres niños que se acercaran más. Y luego a nosotros también, que nos arqueamos todos por detrás de los pequeños pordioseros, para otear Su Mano hecha escenario con la diminuta piedra en la encrucijada de esa “M” que parecía tatuada como inicial de su Madre en la urdimbre de la palma. “M”, piedra, palma, Cristo, niños, nosotros, parecíamos piezas de un geométrico rosetón románico.

Un hermoso y envolvente silencio volvió a reinar en la fresca mañana, poroso silencio. El trinar de pájaros, el silbo del trigal y el zumbar de abejas ganaron terreno ante la callada escena.

Lo primero que pensé fue: «¡Cómo disfruta el Señor de estos momentos!». Y fue imposible no recordar con amargura tantos otros diálogos, ríspidos, ácidos, con que se enfrentaba a menudo a la altivez humana.

La escena no podía ser más bella. Sin quitar la vista de la rugosa piedra preguntó: «¿De quién es esta figura y su inscripción?». Los tres niños y nosotros doce, detrás de ellos, nos inclinamos unos grados más sobre su Mano, encogiendo el rosetón, como un nenúfar al ocaso, estirando la vista para percibir lo requerido.

El Maestro alternaba su mirada: de la redonda piedra a los redondos ojos de sus atentos alumnos. Sin recibir respuesta ni contestarse solo, cambia el ejemplo: quita la piedra y coloca como un delicado joyero, la nervada hoja verde en el mismo lugar de la piedra. Los pliegues palmares como un género finísimo sostienen y enmarcan la hoja, que a su vez parece otra mano, también marcada por sus minuciosos surcos.

«¿De quién es este ícono, qué rasgos identifican y qué nombre leen en el anagrama de estas nervaduras?». No había prisa en su Voz, mucho menos impaciencia por recibir respuesta. Casi que disfrutaba del creciente suspenso del sortilegio.

Uno de los tres niños miraba la hoja de tilo y el Rostro de Cristo, la hoja de tilo y el Rostro de Cristo, deslumbrado, en un vaivén que progresaba en asombro.

Recién entonces lo comenzamos a notar los demás: la diminuta hoja, atremolando en sus acuarelados verdes, atravesada por el diáfano sol matutino, mostraba la inconfundible Cara del Señor. Sus particularísimos rasgos estaban allí, como un sello de agua vegetal, como bajorelieve en el tronco, como vetas minerales en la piedra.

«¡Es el Señor!» se le escapó a Juan en un suspiro de estupor, robándole la respuesta a los niños.

«¡Eres Tú!» dijo con tono franco y limpio, el más pequeño de los tres, sonriente, como quien acierta en un juego.

Jesús lo miró, nos miró luego a todos y dijo: «Den al Cristo lo que es de Cristo y al mundo lo que es del mundo. Todo aquello en que descubran los lascivos y vacuos rasgos de los insolventes poderes de este mundo, con desdén, arrójenselo de vuelta. Echen las monedas falsas en monederos falsos. A la oquedad ríndanle tributo con la nada. Pero en todo aquello en que descubran rastros de lo divino confiesen a su dueño y autor: ¡A Dios lo que es de Dios!».

Felipe preguntó: «Dinos bien qué cosas portan tu sello y eso nos basta». Y fue entonces que el Señor, mirando primero a los niños, pero luego ampliando su mirar sobre los vastos horizontes de esa campiña que estallaba en vida, entonó su «Míos son los cielos y mía la tierra…».

Como un alma enamorada, como un lírico juglar, a indomables y torrentosos borbotones, repasó el cosmos entero marcado con su sello. Pájaros y flores, lágrimas y ocasos, nieves y desiertos, libros y conciertos, cielos diamantados en estrellas, zorros, peces y venados, pueblos todos y razas de la tierra… Era el cántico de las creaturas dilatado, expandido, entonado desde el horno ardiente del amor divino.

«Leed las migas de pan que quedan sobre la mesa o las manchas de vino de un mantel de fiesta… hallarán mi Nombre».

Y con voz jubilosa sentenció: «Mirad mis rasgos, ¡están en todo!».

Para finalmente rematar diciendo: «Una sola cosa necesaria reclamo para mí: todo. El resto es vanidad».

Diego de Jesús

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