Denle a Dios lo que es de Dios

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Para muchos, pagar el impuesto o no pagarlo a aquel que es el poder de turno, significa muchas veces una situación dramática de perplejidad, frente a lo que se debe o no se debe, a lo que es lícito o no lícito, a lo que está permitido o no permitido… Uno podría entrar en esta perícopa del Evangelio sobre dar al César lo que que es del César y a Dios lo que es de Dios, cayendo en la trampa… Porque en definitiva este acontecimiento no es más que tenderle al justo una trampa…

Tendamos trampas al justo —esa es la expresión de los impíos— para que caiga en nuestras redes y nosotros podamos deshacernos de él. Y este acontecimiento evangélico es el cumplimiento de ese ponerse de acuerdo, celebrar consejo, como dice la Escritura tantas veces: celebran consejo los impíos y deciden como deshacerse del justo, porque el justo les molesta.

Quedarse en lo que hay que pagar o no pagar al César de turno, sería quedarse en la superficie del Evangelio y no llegar a la hondura de esto que es verdaderamente un drama evangélico, como lo es en realidad el drama teológico de la historia de la salvación, el drama de la historia del hombre y su relación con Dios. El amor de Dios al hombre…esa dramática de amarlo por sobre todas las cosas, como aquello más querido, como su tesoro preciado, e invitar al hombre a hacerse partícipe, protagonista, de este drama de amor, que es la gloria con que Dios nos ama, el resplandor de su Belleza.

Por eso, inmersos en un día de elecciones, podríamos entrar en la superficie: pagar o no pagar al César de turno el impuesto. Quédense tranquilos, hagan lo que la conciencia les dicte… Jesucristo ha venido a liberar y a dar la libertad de la Verdad y frente a cada situación que nos toca vivir debemos vivirla de cara a la Verdad, a la libertad de Aquél que es libre porque vive en la Verdad.

Los antiguos griegos, en sus dramas, en sus tragedias, usaban lo que llamaban el prósopon, lo que está delante de la cara, que significa: máscara. Y prósopon, con el correr de la historia, fue pasando a la Teología, y fue usado por los Padres para aplicarlo a esa realidad difícil de definir, cuando había que definir el misterio de Dios: en Cristo, su unión hipostática, dos naturalezas en una única persona; o cuando había que tratar de hablar, balbucear, imaginar, decir con palabras humanas, el misterio de Dios recóndito, el arcano de un Dios que es tres personas en un único Dios verdadero. Así la palabra prósopon pasó a formar parte del léxico teológico cuando aquello que estaba delante del Rostro se identificaba con el Rostro, y entonces prósopon pasó a ser la palabra ‘persona’. Tres personas un único Dios, dos naturalezas una única persona. Y así los Padres usaron este término griego.

Sin embargo la obertura de este pasaje evangélico presenta lo que podríamos llamar el prósopon en el sentido del drama griego: la máscara. Los fariseos se reunieron para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Para hacer caer a la Palabra en una palabra. Para que a la Palabra con mayúscula, una palabra fuera la piedra de tropiezo. Para que una palabra pronunciada por la Palabra fuera la piedra en la que Él cayera y se hiciera añicos y aquello que ellos tramaban se hiciera realidad y se deshicieran de él. Y entonces le enviaron sus discípulos, le enviaron delante aquello que aparecía, máscaras. Máscaras que ocultaban sus rostros, que ocultaban las intenciones oscuras de sus corazones, la doblez de su corazón.

Y qué notable lo que ocurrió con el correr del tiempo: la palabra prósopon, máscara, pasó a identificarse a tal punto con el personaje, que eran una única cosa… Y lo mismo ocurrió con la palabra fariseo. Fariseo hoy significa un personaje, una característica, una personalidad. Una personalidad farisaica es la que tiene una apariencia por delante, y por detrás es otra realidad. Es la hipocresía. Uno de los Padres dice que la adulación es una de las expresiones más fuertes de la hipocresía. Es como lo que va delante de la hipocresía. El hipócrita endulza, suaviza las cosas y hace que parezcan lo que no son. No hace aparecer su corazón. A través de sus palabras tiende trampas al otro y le hace creer que es lo que no es, que vive lo que no vive, que piensa lo que no piensa, que siente lo que no siente.

Los fariseos mandaron a sus discípulos, fariseos como ellos, y mandaron a los herodianos, que eran la antítesis de otro gran grupo en la época de Jesús, los zelotes. Los zelotes decían que no había que pagar nada al César, absolutamente nada. El César era un invasor de su tierra y quitaba la gloria de Dios(¡Mentira!). Eran revolucionarios como tantos en el mundo de hoy. Había que rebelarse contra el César, y dicen algunos que Judas pertenecía a este grupo, el de los revolucionarios, los violentos contra el imperio romano. En las antípodas de los zelotes estaban los herodianos, que estaban a favor de la dinastía de Herodes, y que por lo tanto eran los encargados de ir a chismosear al poder romano quién hablaba mal del César.

Mandémosle a Jesús para que caiga en la trampa que le ponemos y hable mal del César y podamos acusarlo. Aquí viene a la mente de la rumia de la Escritura, de la Lectio divina, aquella expresión, en definitiva, de los judíos en el juicio: nosotros no tenemos otro rey que el César y el que se opone al César es él. Merece la muerte.

Ese es el prósopon, la máscara, la hipocresía, el fariseísmo. Fariseos, zelotes, los piadosos del pueblo que vivían el peso inmenso de tener que pagar a Roma impuestos, los que cobran los impuestos, Leví, por ejemplo… Una serie de personas que rodean la vida de Jesús y todos estos, en definitiva, son los que van a ser personajes en el drama en el que Jesús tiene el protagonismo central, porque va a ser el que va a representar la dramática del amor, ya que va a ser entregado por todos estos grupos. Todos estos grupos van a entregar a Jesús por un motivo u otro.

Maestro, dinos tú que eres veraz, tú que eres recto, tú que no haces excepción de personas, tú que eres todo lo que se espera de un santo, todo lo que se espera de un maestro… Maestro, dinos, ¿está permitido…? El hipócrita vive de lo que está permitido y lo que no está permitido. Hace de la religión una máscara, una hipocresía. La ley, el amor, no le roza el corazón, no entra, no profundiza, no va a las raíces de su persona, no hace que su persona sea lo que aparece. Lo que aparece no es lo que está dentro. Cuando en realidad amar a Dios y adorarlo en espíritu y en verdad significa que aquello que Dios dice, aquello que es palabra de Dios, se transforma en la palabra que me informa, me da forma, me da rostro, me da identidad, me caracteriza, me hace persona, me da la dignidad. Hace de mí una imagen, un espejo, pura transparencia, de aquello que la Palabra es. Y la Palabra es pura transparencia de aquello de donde la Palabra proviene, que es su Fuente. La Palabra es Dios, la Palabra es el Hijo de Dios, imagen del Padre invisible.

Casi podríamos decir que en esta perícopa del Evangelio estamos ante un problema como el que se dio en la lucha iconoclasta, los que estaban a favor y los que estaban en contra de las imágenes… ¿Dónde está impresa la imagen del César? La imagen del César está impresa en una moneda de oro, en un denario. Tráiganme aquello con lo que ustedes pagan el impuesto, ¿cuál es la controversia de ustedes…? ¿qué es lo que ustedes quieren que yo decida…? Tráiganme y muéstrenme. Entonces el Señor no contesta, hace contestar. Salomón es simplemente una imagen pálida en esta solución que Jesús plantea a los fariseos.

¿De quién es la esfigie (el ícono) que está en la moneda? Del César. Entonces el ícono del César dénselo al César porque pertenece al César. Ustedes dicen que con esto pagan…bien, entonces denle al César lo que tienen que darle. Jesús no resuelve el planteo político-económico que están tendiéndole como trampa, no da la solución, se queda al margen, en la vereda de enfrente. Simplemente dice: cuidado, aquí hay una realidad, que está relacionada con aquello otro que vine a decirles sobre el dinero que es la mammona iniquitatis. Toda moneda tiene detrás el ícono del poder que gobierna, toda moneda detrás tiene el ícono del poder. Todo dinero —aun el dinero más santamente ganado— tiene detrás sangre, injusticia, mentira, falsedad, hipocresía, celos, avaricia. Es imposible que una moneda de oro no tenga la efigie, el anagrama, de la iniquidad. Entonces compren y vendan, trabajen y descansen, manejen la vida con esta moneda y dénle a la mammona iniquidad lo que le pertenece.

Cuando aquel de los dos hermanos quiso que Jesús entrara en el litigio fraterno sobre lo que correspondía de la herencia, Jesús dijo: ¿a Mí, qué…?. Yo estoy aquí por el reino de los Cielos. Yo estoy aquí por la imagen impresa de Dios, ¿en Quién…? Yo estoy aquí para que a Dios se le devuelva el ícono de Dios. No estoy aquí para devolver al César el ícono del César grabado en monedas de oro.

Los judíos tenían horror a las imágenes. La interdicción de las imágenes era justamente el peligro de la idolatría. Y todos sabemos que la avaricia es una forma de idolatría, que una moneda puede ser una forma de idolatría y que uno puede postrarse delante del ícono que está impreso en una moneda de oro. Y que uno se postra delante de esa moneda y se postra delante de todo lo que hay detrás de la moneda. Uno sirve al dinero. Y no se puede servir al dinero y a Dios. Y Jesús está para que sirvamos a Dios. Entonces denle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Nadie le preguntó por lo de Dios, eso es lo curioso. Hay que observar con lupa este Evangelio: no le plantean al justo nada acerca de Dios. Dios está ausente. Porque cuando Dios está presente, molesta. Porque todo lo que es presencia de Dios molesta. Porque el ícono de Dios es verdad, es amor, es justicia, el ícono de Dios es sinceridad, pureza, transparencia, el ícono de Dios es la bondad, y eso molesta, lastima… Todo eso se enrostra a nosotros, nos desenmascara. Se caen las máscaras y quedamos al desnudo. Cuando aparece el Rostro de Dios quedamos al desnudo. Y cuando quedamos al desnudo, nos damos cuenta de que la moneda éramos nosotros.

Nos damos cuenta de que el lugar donde está impresa la imagen de Dios somos nosotros. Yo soy la imagen de Dios. Tú me hiciste a imagen, según tu semejanza. Yo soy Tú. ¿Y en qué me he transformado…? De tanto ponerme máscaras, y de tanto postrarme ante los ídolos, me he transformado en un ídolo. Yo. Yo…

Me he deformado. He perdido la iconicidad de tu Belleza.

He perdido el reflejo de tu Bondad. He perdido el espejo de tu Verdad.

Cuando me ven, Señor, no ven como en un espejo tu Rostro. Por eso no planteo tu drama, yo no planteo el tema de tu Presencia, lo que está ausente. Yo lo que quiero es destruir aquello que amenaza destruirme a mí, que es tu Luz.

Jesús se abre paso y plantea y pone a Dios en el centro del drama. Vuelve a ponerles en el centro a Dios, como lo viene poniendo en todo este Evangelio de Mateo que venimos leyendo. El drama de la presencia de Dios entre los hombres. El drama de la negativa. El drama de la desobediencia. El drama de no dejar que Dios reine. El drama del Rey. Vuelve a tirar sobre la mesa y les enrostra en definitiva: conviértanse. Y me enrostra a mí: conviértete en lo que eres, imagen de mi Belleza, de mi Bondad y de mi Verdad. ¡Vuelve!

Denle a Dios lo que es de Dios. Habría que quedarse con esta frase, que es casi como quedarse con una de las quintaesencias del Evangelio.

Y si yo llevo impresa la imagen de Dios, yo le pertenezco, y Él me pertenece. Y aquél que ve al Hijo de Dios entre los hombres, ve a Dios. El que me ve a Mí, ve al Padre. Él es la imagen del Dios invisible, por lo tanto, aquí lo que está en juego y está sobre la mesa no es la moneda de oro del César. Es la imagen misma de Dios que es su Hijo. Y que soy yo. Ese es el drama de este Evangelio: darle a Dios lo que es de Dios.

¿Sabes cuál es la moneda con la que se ha pagado tu imagen? Es aquel hombre, Jesucristo, el Hijo de María, el Hijo eterno del Padre, que ha sido entregado a la muerte y ha sido vendido por pocas monedas de plata. Porque Él es la moneda, el precio, que se ha pagado por ti. Eso es lo que se pagó a Dios por Dios. Es la gloria que se le pagó a Dios porque le pertenece a Dios. Y es la gloria que eres tú que se le pagó a Dios por ti.

Este es el drama de este Evangelio y nadie puede escapar de aquí. Nadie. Nadie puede entretenerse y pensar que el Evangelio consista necesariamente en la horizontalidad de un planteo puramente secular, secularizante, y que la Iglesia pueda reducirse a un planteo puramente secularista de decirse si debe pagar o no pagar el impuesto al César. Aquí está en juego la imagen del Hombre.

Aquí está en juego el reino de Dios en la imagen de Dios que es su propio Hijo ente los hombres, hombre como nosotros, menos en el pecado. Aquí está en juego si le doy a Dios lo que es de Dios, y adoro por lo tanto a Dios, devolviéndole lo que le pertenece. Y todo le pertenece. Y lo que está en juego aquí es si yo me pago con la única moneda que me puedo pagar, que es mi Señor Jesucristo. Yo no puedo pagar por mí nada. No puedo vender ni comprar, no puedo ofrecer ni cambiar para salvarme.

A mí me paga una única moneda, que es la que está en juego, Jesucristo, la imagen de Dios que es el Reino entre nosotros.

Padre Oscar Portillo.
Monasterio del Cristo Orante, 22 de octubre del 2017.

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