Carta 263 – Al abate Bellière

J.M.J.T.

Jesús +

Carmelo de Lisieux
10 de agosto de 1897

Querido hermanito:

Ahora sí estoy a punto de partir. He recibido mi pasaporte para el cielo, y ha sido mi padre querido quien me ha alcanzado esta gracia: el 29, me dio la garantía de que pronto iré a reunirme con él¹. Al día siguiente, el médico, extrañado de los progresos que en dos días había hecho la enfermedad, le dijo a nuestra Madre que había llegado el momento de satisfacer mis deseos, administrándome la unción de los enfermos. Así pues, el 30 tuve esa dicha, y también la de ver que Jesús Hostia, a quien recibí en viático para mi largo viaje, dejaba el sagrario para venir a mí… Ese Pan del cielo me ha fortalecido: ya ve, parece que mi peregrinación no quiere acabarse; pero lejos de quejarme, me alegro de que Dios me permita sufrir un poco más por su amor. ¡Y qué dulce es abandonarse entre sus brazos, sin temores ni deseos!

Le confieso, hermanito, que usted y yo no entendemos el cielo de la misma manera². Usted piensa que, al participar yo de justicia y de la santidad de Dios, no podré disculpar sus faltas, como lo hacía en la tierra. ¿No se está olvidando de que participaré también de la misericordia infinita del Señor? Yo creo que los bienaventurados tienen una enorme compasión de nuestras miserias: se acuerdan de que cuando eran frágiles y mortales como nosotros, cometieron las mismas faltas que nosotros y sostuvieron los mismos combates³, y su cariño fraternal es todavía [] mayor que el que nos tuvieron en la tierra, y por eso no dejan de protegernos y de orar por nosotros.

Ahora, hermanito querido, voy a hablarle de la herencia que recogerá después de mi muerte. Esta es la parte que nuestra Madre le dará:

1º. El relicario que recibí el día de mi toma de hábito, y que desde entonces nunca se ha separado de mí.

2º. Un pequeño crucifijo, al que le tengo un cariño incomparablemente mayor que al grande, pues el que tengo ahora no es el primero que me dieron. En el Carmelo nos cambian de vez en cuando los objetos de piedad, lo cual es una buena medida para impedir que nos apeguemos a ellos.

Vuelvo al pequeño crucifijo. No es bonito, la cara de Cristo ha desaparecido casi por completo; no se sorprenderá cuando sepa que, desde la edad de 13 años, este recuerdo de una de mis hermanas⁴ me ha seguido a todas partes. Sobre todo en mi viaje a Italia ese crucifijo fue precioso para mí. Lo hice tocar a todas las reliquias insignes que tuve la dicha de venerar y cuyo número me sería imposible decir; además, fue bendecido por el Santo Padre. Desde que estoy enferma, tengo casi siempre entre las manos este querido crucifijo, y cuando lo miro pienso con gran alegría que, después de recibir mis besos, irá a buscar los de mi hermanito.

En eso, pues, consistirá su herencia. Además, nuestra Madre le dará la última estampa que he pintado⁵.

Voy a terminar, querido hermanito, por donde debería haber empezado: dándole las gracias por el gran placer que me ha dado al enviarme su fotografía.

[vºtv] Hasta Dios, querido hermanito. Que él nos conceda la gracia de amarlo y de salvarle almas. Este es el deseo que formula su indigna hermanita,

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz
r.c.i.

(me convertí en su hermana por elección)
[rºtv] Le felicito por su nueva dignidad. El 25, día en que celebro el santo de mi padre querido, tendré la dicha de festejar también a mi hermano Luis de Francia⁶.


Notas
¹ El 29 de julio, tercer aniversario de la muerte del señor Martin.
² El 5 de agosto, el abate Bellière le escribía: «Querida hermanita: En verdad, estoy dispuesto a todo lo que el Maestro quiera de mí. Tanto más cuanto que creo plenamente en sus palabras de usted y en sus proyectos para la otra vida. De todas maneras, querida hermanita, diga usted lo que diga, las “cebollas crudas” eran un manjar delicioso del que nunca me saciaba,
»Que duda cabe de que Jesús es el Tesoro, pero yo lo encontraba en usted, y así se me hacía más asequible. Y en adelante él seguirá viniendo a mí por medio de usted, ¿no es cierto? Quiero decir que yo TODO lo espero por medio de usted, tanto en el cielo como aquí en la tierra; y que mi confianza será lo suficientemente fuerte como para esperar, cuando lo necesite, una acción directa y manifiesta de esa alma amiga a la que Jesús hizo hermana de la mía en estrechísima unión.
»Querida, queridísima hermanita, la conozco lo suficiente como para saber que nunca mis miserias lograrían frenar su cariño aquí en la tierra; pero en el cielo, al participar de la Divinidad, usted adquirirá las prerrogativas de la justicia, de la santidad…, y entonces cualquier mancha se convertirá para usted en objeto de horror. He ahí la razón de mis temores. Pero como espero que allí seguirá siendo una niña mimada, hará lo que hubiera deseado en la tierra para mí. Así lo creo y así lo espero. También espero de usted esa confianza amorosa que aún me falta y que deseo ardientemente, pues pienso que con ella uno es plenamente feliz aquí abajo y no se le hace demasiado largo el destierro.
»¡Qué buena es usted, querida hermanita, con esa sencillez y esa apertura que me encantan y me confunden! Estoy tan poco acostumbrado a encontrar eso entre los hombres, que a veces me quedo casi atónito, aunque con una enorme alegría. (…) ¿Querrá decirme también cómo se ha convertido usted en hermana mía? ¿Por elección o por sorteo?» (LC 193, 5/8/1897)
³ Pensamientos parecidos en ARMINJON, op. cit., pp. 310s.
⁴ Leonia.
⁵ Ver Cta 266.
⁶ Nombre que el abate Bellière había tomado recientemente en la Tercera Orden franciscana.

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