Amar al Dios que se ve

La grandeza, en los asuntos de Dios, tiene un cariz diferente al que suele portar en las cosas terrenas.

Lo que es “grande” en el mundo de Dios poco tiene que ver con la torpe grandilocuencia con que los humanos aplicamos el grandor en nuestro aciago reino de la cantidad. En el orden divino, lo grande tiene más que ver con la integridad y plenitud que con tonteras de tamaño. Su infinita grandeza puede darse en una semilla de mostaza o en el vientre virginal de una doncella.

El salmista insiste en que “nuestro Dios es Grande”. Y la Escritura entera refiere a “la grandeza” de sus obras y auxilios, a lo grande de su Amor y de su Luz.

Incluso la Virgen María, al recibir el Anuncio de la mayor proeza divina, se apresuró en cantar justamente esta nota crucial: la grandeza del Señor, el Magnificat.

En el Evangelio de hoy vuelve al ruedo el asunto de lo magno, de lo grande. Y esta vez de la mano de la Ley: el amor a Dios sobre todo, como el Mandamiento más grande.

¿Qué estará significando, concretamente, que este primer mandamiento divino sea “el más grande”? Las resonancias pueden ser muchas, pero resulta valioso acentuar, tal vez, el sentido de totalidad, de perfección. Es esta plenitud la que le confiere espaciosa inmensidad, anchurosa enormidad a este Mandato, a esta Ley que es un Rostro y una Patria, un Precepto Viviente en Quien vivimos, nos movemos y existimos. Es Cristo mismo, Regla inmensa y desmesurado Logos, cuya Grandeza obliga y desata, ciñe y expande, libera envolviendo.

La palabra clave para acceder a este delicioso País sin horizontes, a la Tierra del Amor sin límites, es la palabra “todo”. Por tres veces aparece en boca del Señor al referirse al Mandamiento Principal, al Mandato Más-Grande. El término griego refiere con notable vigor a lo que es entero, completo, íntegro, sin márgenes, sin vuelto. La palabra “perfecto” proviene de esa misma raíz. No alude a tamaño sino a plenitud. “La mitad de mi reino”, como promete Herodes desde su fatua megalomanía, es infinitamente menos que la totalidad de mi diminuta comarca interior.

Como aquella moneda de cobre de la viuda, que dio “de su poco, el todo” según dice literalmente el sagrado texto. De su poco, el todo

Dios no reclama que lo amemos mucho, ni muchísimo, ni siete veces muchísimo: nos demanda, nos exige que lo amemos del todo, sin quedarnos absolutamente nada (pues amar es entregar y amar del todo es entregarlo todo). Dios no se contenta con menos que todo.

No me interesa la mitad de tu reino —nos dice—; ni tres cuartas partes, ni siete octavos. Quédatelo. O me lo entregas entero o nada. Tus fragmentos, tus limosnas y propinas me agravian. Quiero todo tu corazón, toda tu mente, todas tus fuerzas, toda tu alma… o nada.

Digamos también que esta sea la Ley primera, el Primer Mandamiento, no lo ubica como el elemento inicial de un listado. No es Mandato número uno, sino Ley primordial, principal, que lo sostiene y lo soporta todo. Toda norma, todo precepto, toda virtud pende de este Mandato Fundante como las piedras de un arco de la piedra angular. Ocurre lo mismo aquí que con la Creación: donde la Luz en el Día Primordial no es la creación de una primera cosa sino del esplendor que hay en todo. Así, el primer mandamiento es la luz y color de todo el decálogo, de toda la moral. Sin él, todas las virtudes quedan a oscuras, en tinieblas y sombras de muerte.

Pero hay más miga en el pan de este Evangelio.

Y es acerca del mandato que secunda al primero: el amor al prójimo. El Señor va a decir algo muy preciso, muy exacto, que hoy suele entenderse con bastante distorsión: dirá que “el segundo mandamiento es semejante al primero”. Emplea un término clave… el mismo que utilizara en el Génesis para explicar la creación del hombre a semejanza del Creador. La misma palabra que emplea infinidad de veces para decir: “el Reino de los Cielos se parece a…” tesoros, redes, granos de mostaza, dracmas, ovejas o lo que fuere.

Es importante prestar atención al término para notar que no está diciendo que el segundo mandamiento sea igual al primero, sino todo lo contrario: avisa que hay una desigualdad infinita, salvada por una proporción, una analogía, una similitud, un parecido, que tiene su razón de ser en tratarse del amor al que es imagen y semejanza de Dios.

Por eso no es forzado decir que el segundo mandamiento es una metáfora del primero. Que amar al hermano es una parábola viva del amor a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda el alma. Y que, como toda parábola, como toda analogía, esta sombra y figura del Amor no puede existir más que como proyección de su arquetipo y matriz, que es el amor a Dios.

Parecido no es lo mismo” nos dice el aforismo popular cuando se confunde aserrín con pan rallado. Y el Hombre sabe desde la primera hora quién es el experto en confundir parecido con lo mismo: Satán, el Distorsionador. “Prueba del fruto y serás igual a Dios”; ya no semejante sino igual. Hoy susurra, con parecido acento: prueba del fruto e igualarás ambos mandamientos; prueba del fruto y tu acción social será igual a la adoración.

En tiempos donde la dimensión horizontal de la caridad cristiana ha usurpado un protagonismo y, sobre todo, una autonomía desopilante respecto a su fuente, es importante volver sobre este texto evangélico para entender la caridad cristiana. Y denunciar con profética vehemencia: parecido no es lo mismo; el segundo “es semejante” al primero; no igual.

Esta insólita secesión del amor al prójimo es tan monstruosa y ficciosa como si la sombra de mi cuerpo proyectada sobre la pared se rebelara y se desplazara con autonomía. En cambio, cuando dar de comer al hambriento y de beber al sediento es expresión del desbordante amor a Dios, de su rebalse y su irradiación, nace la caridad fraterna como el más exquisito elogio de la sombra.

Es imposible amar a personas que ni conocemos ni hemos visto jamás, o que nos han hecho un gran daño, si antes no amamos al Dios visible, al Dios cuyo amor hemos conocido y gustado en Jesucristo. Quien diga que ama a su hermano pero aborrece a Dios, es un mentiroso. No se puede amar al hombre que no se ve si no se ama al Dios que se ve.

Cuando el discípulo del Señor se toma en serio el Mandato Primordial, y acepta, con estremecido vértigo, los alcances de la voz “todo”, volcándose entero, con toda la inteligencia, con todas las fuerzas, con toda el alma, de modo completo e incondicional a Él y sólo a Él… ocurre el milagro de la caridad fraterna: ese Rostro inmediato del Señor, que ha cautivado mi existencia entera, se torna surgente incontenible que rebosa su lumbre en mil rostros, semejantes al Suyo, que urgen por ser amados. ¡Y saltan las aguas cristalinas como parábolas del mismo y único Amor! Amor a Dios que mana y corre y anega todo cuanto alcanza… El mismo Dios que dijo “haya luz” ha despertado su Amor en nuestros corazones.

Sí: es la Luz divina dorando el mundo.

Diego de Jesús

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