¡Sáquennos de aquí!

¿Qué sabemos acerca de las almas del Purgatorio? ¿Podemos ayudarlas? ¿Cómo? María Simma, una referente del tema, nos podrá responder.

A ella acudían numerosas almas para pedir su intercesión a través de oraciones, sacrificios y misas. En este artículo te presentamos una parte de las maravillosas revelaciones recibidas por esta humilde mujer sobre las benditas almas del purgatorio.

En Macabeos se encuentra una referencia bíblica de la existencia del Purgatorio: 2 Macabeos, 12, 46:  Es, pues, «un pensamiento santo y saludable el rezar por los difuntos, a fin de que sean libres de las penas de sus pecados».

María Simma y las Almas del Purgatorio

María Simma fue una anciana mujer que vivió hasta el día de San José del año 2004 en las montañas austríacas. Desde temprana edad ella recibió de Dios el don de recibir la presencia sobrenatural de las almas del Purgatorio, que acudían a ella en busca de oración y ayuda para acortar su tiempo de expiación. Sor Emmanuel Maillard tuvo la oportunidad de realizarle un reportaje en su humilde casa en la montaña. Cabe destacar que Simma, fue adecuadamente asistida por su director espiritual y el Obispo del lugar.

El reportaje de Sor Emmanuel

Los comentarios y las preguntas son realizadas por Sor Emmanuel

—María, ¿puedes contarnos ahora cómo fuiste visitada, la primera vez, por un alma del Purgatorio?

—Sí, fue en el año 1940, de noche, a las 3 o 4 de la madrugada. Oí a alguno que iba y venía en mi cuarto. Esto me despertó. Miré para ver quien pudiese haber entrado en mi cuarto.

—¿Tuviste miedo?

—No, yo no soy nada miedosa. Cuando yo era pequeña, mi madre me decía que era una niña del todo especial, porque nunca tenía miedo.

—¿Y entonces, esa noche? ¡Cuéntanos!

—Oh, vi que era un extraño. Iba y venía lentamente. Le pregunté con tono severo: ¿Cómo has entrado aquí?, ¿qué has perdido?. Pero él continuaba caminando en mi cuarto, de aquí para allá, como si nada pasase. Entonces le volví a preguntar: ¿Qué haces? Y puesto que continuaba sin querer responderme, me levanté de un salto para aferrarlo, pero no toqué más que el aire, y el hombre había desaparecido… Entonces regresé a la cama, y de nuevo comencé a sentir que iba y venía. Me preguntaba por qué veía allí a ese hombre, y por qué no podía aferrarlo. Me levanté de nuevo para asirlo y para hacer que desistiese de caminar. Nuevamente me topé con la nada. Quedé perpleja. Volví a acostarme. No volvió otra vez, pero aquella noche no conseguí adormecerme. Al día siguiente, después de misa, fui a ver a mi director espiritual y le conté lo sucedido. Él me dijo: «Si todo eso recomienza, no preguntes: ¿Quién eres?, sino: ¿Qué quieres de mí?»

La noche siguiente el hombre regresó. Era el mismo, y yo le pregunté: ¿Qué quieres de mí? Me respondió: «Haz celebrar tres misas por mí y yo seré liberado». Entonces comprendí que era un alma del Purgatorio. Mi padre espiritual me lo confirmó. Me aconsejó de no rechazar jamás a las almas del Purgatorio, y de acoger con generosidad sus pedidos.

—Y después, ¿continuaron las visitas?

—Sí, durante algunos años venían tres o cuatro almas solamente, sobre todo en el mes de noviembre. Luego no vinieron más.

—¿Y qué te piden esas almas?

—Muchas veces piden hacer celebrar misas y asistir a esas misas; piden recitar Rosarios, y también hacer el Vía Crucis.

—A este punto se nos plantea una pregunta, que es fundamental: ¿Qué es exactamente el Purgatorio?

—Diría que es una invención genial por parte de Dios. Y aquí quisiera proponerles una imagen toda mía. Supongan que un día se abre una puerta y aparece un ser extraordinariamente bello, de una belleza tal, nunca vista sobre la tierra. Aquí quedan fascinados, trastornados por este SER de luz y de belleza, tanto más que él demuestra estar locamente enamorado de ustedes (lo que nunca se hubiesen imaginado); se dan cuenta que también él tiene un gran deseo de atraerlos a sí, de abrazarlos; y el fuego del amor que quema ya en sus corazones los empuja seguramente a precipitarse entre sus brazos. Pero ustedes, se dan cuenta, en ese preciso instante, de que hace meses que no se lavan, que huelen mal, que se sienten horriblemente feos; tienen la nariz que chorrea, los cabellos grasosos y pegoteados, horribles manchas de suciedad sobre la ropa, etc., etc. Entonces se dicen a sí mismos: «¡No, no es posible que yo me presente en este estado!. Es preciso que antes me lave, me duche, y luego, rápidamente, regrese a verlo…». Pero he aquí que el amor nacido en sus corazones es tan intenso, tan fuerte, tan abrasador, que este atraso debido a la ducha es absolutamente insoportable. Y el dolor mismo de la ausencia, aunque dure sólo pocos minutos, causa un ardor atroz en el corazón. Y, ciertamente, este ardor es proporcional a la intensidad de la revelación del amor: es una Llama de amor…

Pues bien, el Purgatorio es exactamente esto. Es un atraso impuesto por nuestra impureza, un atraso antes del abrazo de Dios, una Llama de amor que hace sufrir terriblemente; una espera, o si quieren, una nostalgia, del Amor. Es precisamente esta Llama, esta ardorosa nostalgia la que nos purifica de todo lo que aún es impuro en nosotros. Me atrevería a decir que el Purgatorio es un lugar de deseo, del deseo loco de Dios, de Dios que ya ha sido reconocido y visto, pero al cual el alma todavía no se ha unido.

Las almas del Purgatorio hablan con frecuencia con la Virgen María sobre ese gran deseo, de esa sed que tienen de Dios, y cómo ese deseo es para ellas profundamente doloroso; es, sin duda, una verdadera agonía.

En la práctica el Purgatorio es una gran crisis, una crisis que nace de la falta de Dios.

—María, ¿las almas del Purgatorio prueban alegría y esperanza en medio de sus sufrimientos?

—Sí, ningún alma quisiera volver del Purgatorio a la tierra, porque ellas ya tienen un conocimiento de Dios infinitamente superior al nuestro, y no podrían nunca más decidirse a regresar a las tinieblas de este mundo. He aquí, entonces, la gran diferencia entre los sufrimientos del Purgatorio y los de la tierra: en el Purgatorio, aunque sea terrible el dolor del alma, la certeza que se tiene de vivir con Dios es tan fuerte e indestructible que el gozo de esta certeza supera aun el dolor; y por nada del mundo esas almas quisieran volver a vivir sobre la tierra donde, al fin de cuentas, nunca se tiene seguridad de nada.

—María, ¿ahora podrías decirnos si es Dios quien envía un alma al Purgatorio, o si, en cambio, es el alma misma quien decide de ir allí?

—Es el alma misma quien quiere ir al Purgatorio para purificarse, antes de entrar en el Paraíso. Pero aquí es preciso decir también que el alma, cuando está en el Purgatorio, adhiere perfectamente a la voluntad de Dios; por ejemplo, se complace del bien y desea nuestro bien; experimenta tanto amor por Dios, y también por quienes aún estamos en la tierra. Estas almas están perfectamente unidas al Espíritu de Dios o, si quieren, a la Luz de Dios.

—María, ¿puedes decirme cuál es el papel de la Virgen con respecto a las almas del Purgatorio?

—Sí, viene frecuentemente para consolarlas y decirles que han hecho bien tantas cosas, y les da coraje.

—¿Hay días especiales en los cuales ella las libera?

—Si, sobre todo el día de Navidad, el día de Todos los Santos, el Viernes Santo; las libera también el día de su Asunción y en el de la Ascensión de Jesús.

—Pero, María, ¿por qué se va al Purgatorio? ¿Cuáles son los pecados que conducen con frecuencia a las almas al Purgatorio?

—Son los pecados contra la caridad, contra el amor hacia el prójimo, la dureza del corazón, la hostilidad, la calumnia; sí, todas estas cosas. Sé que la maldición y la calumnia se cuentan entre las culpas más graves que necesitan una larga purificación.

Los conocimientos que las almas del Purgatorio le refirieron a María Simma son una hermosa y fuerte confirmación de toda la Doctrina sobre la que se funda la Iglesia Católica, y es una invitación a todos nosotros a vivir una activa y sincera práctica de los sacramentos. Pero, por sobre todo, nos invitan a una práctica cotidiana del amor como la puerta más importante para la salvación de nuestra alma. El amor cura y cubre muchos de nuestros pecados, a la hora de nuestro juicio particular.

Por Hna. Claudia Ortíz, CMJ

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