Esto es lo que de ordinario experimenta mi alma

Las más de las veces me produce gran sufrimiento tratar con los demás, excepto con aquellas personas a las que se habla de Dios y de la preciosidad del alma. Precisamente por esto amo tanto la soledad.

Con mucha frecuencia me supone gran trabajo satisfacer las necesidades de la vida; es decir, comer, beber, dormir; y me someto a ellas, como si fuera un condenado, sólo porque Dios lo quiere.

Me parece que el tiempo pasa velozmente y que no tengo tiempo suficiente para orar. Me siento muy atraído por las buenas lecturas; pero leo bastante poco, porque estoy imposibilitado por la enfermedad y también porque, abierto el libro, después de una breve lectura, me encuentro profundamente recogido, de forma que la lectura se convierte en oración.

Desde que el Señor me va concediendo estas cosas, me siento muy cambiado, como para no reconocerme en lo que yo era antes.

Veo con claridad que, si en mí hay algo bueno, me ha venido todo de estos bienes sobrenaturales. Reconozco, por tanto, que es de aquí de donde me ha venido esa firmísima determinación de sufrir todo con resignación y prontitud, sin cansarme nunca de sufrir, aunque, ¡desgraciado de mí!, con cuántas imperfecciones. Una decisión firmísima de no ofender a Dios ni venialmente; y sufriría mil veces la muerte del fuego antes de cometer de forma deliberada pecado alguno.

Siento que he mejorado bastante en la obediencia al confesor y a quien dirige mi alma; tanto que me consideraría poco menos que condenado si les contraviniera en alguna cosa.

En las conversaciones, si se prolongan por pasatiempo, debo hacerme grandísima violencia para permanecer allí cuando no puedo alejarme; y esto me produce mucha pena.

Todas las cosas sobrenaturales nunca dejaron de producir en mí un fruto notable. Estos favores celestes han dejado en mí, además de los efectos propios de cada favor, estos tres efectos principales: un admirable conocimiento de Dios y de su incomprensible grandeza; un gran conocimiento de mí mismo y un profundo sentimiento de humildad al reconocerme tan atrevido al ofender a un padre tan santo; y un gran desprecio de todas las cosas de la tierra y un gran amor a Dios y a la virtud.

Reconozco también que, de estos tesoros celestes, me ha venido un grandísimo deseo de tratar con las personas que más han avanzado en los caminos de la perfección. Las amo tanto porque me parece que me ayudan mucho a amar al autor de todas las maravillas, Dios. Me siento también muy impulsado a abandonarme del todo en la providencia; y ya no me preocupan las cosas, sean prósperas o adversas; y todo esto tiene lugar sin ansiedad ni preocupación.

Antes me asustaba mucho que los demás supieran lo que el Señor obra en mí; pero, desde hace algún tiempo, ya no siento esta confusión, porque veo que, no por recibir estos dones, yo soy mejor; incluso me veo peor y que saco poco provecho de todas estas gracias. Tal es el concepto que tengo de mí mismo que no creo que puedan existir otros peores que yo; y cuando veo en otros ciertas cosas que parecen ser pecado, no puedo convencerme de que hayan ofendido a Dios, aunque yo vea con claridad que es así. Sólo me preocupa el mal colectivo, que con frecuencia me hace sufrir muchísimo.

Esto es lo que de ordinario experimenta mi alma; pero algunas veces, aunque raramente, me sucede que, por distintos espacios de tiempo e incluso durante días, me veo privado de estos favores; y, de tal forma se borran de mi mente, que no logro recordar, como realizado en mí, ni el más pequeño bien. Me parece que mi alma está totalmente envuelta en tinieblas y que no logra acordarse de nada.

Todos los males corporales y espirituales se ponen de acuerdo para atormentarme. Me siento turbado en el espíritu. Quisiera, no digo orar, que sería demasiado, pero sí tener un solo pensamiento sobre Dios; pero, en esta situación, todo me resulta imposible. Me veo lleno de imperfecciones; todo el coraje que sentía antes me abandona absolutamente. Me veo debilísimo para practicar la virtud, para resistir los asaltos de los enemigos. Ahora, más que nunca, me convenzo de que en absoluto soy bueno. Me asalta una profunda tristeza, y un pensamiento terrible pasa por mi mente: el de poder ser un iluso sin darme cuenta de ello. ¡Sólo Dios sabe qué tormento es este para mí! ¿Quizá el Señor, pienso yo, podrá permitir, como castigo de mis infidelidades, que yo, sin saberlo, me engañe a mí mismo y a mis directores espirituales? ¡¿Y qué hacer para superar esta duda, cuando, por una luz que llevo en el alma, conozco perfectamente mis muchos tropiezos, en los que voy involuntariamente cayendo siempre, no obstante los muchos tesoros del Señor que llevo en mí?!

Lo que descubro con verdad y claridad es que mi corazón, también entonces, ama mucho, bastante más de lo que descubre mi entendimiento. Sobre esto no me asalta ninguna duda; y estoy tan seguro de amar que, después de las verdades de fe, de ninguna otra cosa estoy tan seguro como de esto.

En esta situación, lo que sé decir con certeza es que no ofendo a Dios más de lo acostumbrado porque, gracias al cielo, la confianza en Él no la pierdo nunca. En cuanto el Señor viene a visitarme, todo esto se pasa; el entendimiento se me llena de luz; la fortaleza y todos los buenos deseos los siento revivir en mí; y hasta en las enfermedades corporales me veo bastante aliviado.

Padre Pío, 1 de noviembre de 1913, al P. Benedetto da San Marco in Lamis, Ep. I, 420

Gianluigi Pasquale. 365 días con el Padre Pío.

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