El Otro, los otros

«… El amor es un conocimiento real del otro porque dicho conocimiento coincide con la fe absoluta en la realidad del amado, la cual, en su sentido más general, es la superación de uno mismo y la renuncia de sí mismo, realidad que ya está en el mismo pathos del amor. El símbolo de semejante compenetración se da en la afirmación absoluta con toda la voluntad y toda la comprensión del ser extraño, del “tú eres”. Pronunciando esta afirmación plena del ser extraño, plenitud en la cual y por medio de la cual todo el contenido de mi ser universal se ha despojado y agotado (exinanitio, kénosis), el extraño ha dejado de ser para mí un extraño, el “Tú” se ha convertido para mí en otra descripción de mi “yo”. “Tú eres” no significa solamente “tú eres reconocido por mí como realmente existente”, sino “tú ser es vivido por mí como el mío, y en tu ser me conozco realmente a mí mismo”» [Vj. I. Ivanov, Dostoevskij. Sobr. Soc. IV (Bruselas 1979) 502].

Ante todo, veamos que la experiencia, la memoria, la relación, el conocimiento son realidades ligadas todas constitucionalmente al hombre en cuanto persona creada. El hombre, como persona, puede ser conocido mediante las relaciones con los demás. Agustín mismo exclamaba: es, ergo sum. La persona se conoce no simplemente delante del espejo, sino que descubre su verdadero rostro frente al rostro de los otros. (…)

El pecado interviene en la relacionalidad, pervierte la relación, porque pervierte el amor. Es más, el pecado es posible sólo porque Dios es el Amor, y el amor es libre, e incluye también la posibilidad de la rebelión, de la negación, de la no acogida. El pecado es interrupción de la relación, es aislamiento, es encerramiento, es hacer de mi propio yo el epicentro del universo, de lo creado, es decir, de las cosas y de todas las relaciones. Así se rompe de un modo trágico el conjunto, la armonía, la percepción de la unidad, queda oscurecido el sentimiento de pertenencia, apagado el sentido de la comunidad, olvidada la fraternidad. El pecado conlleva el no ver ya al otro como persona real, libre en su objetividad, independientemente de mí. El pecado introduce la categoría del uso, el cálculo del interés, y el otro se convierte en un objeto. Más aún, el hombre, como tal, se transforma en un objeto. Todo queda cosificado, muerto. Se pierde el rostro, se olvidan los rasgos del rostro, las miradas, las manos. El pecado es olvido, y el olvido es el río que engulle a los muertos, que hace desaparecer, que se lleva todo definitivamente. Sin una relación de unidad, y al mismo tiempo de distancia respecto de lo que se quiere conocer, no se puede conocer de un modo recto. El pecado conduce, en efecto, a la ignorancia (agnosia), al no conocimiento en incluso a la imposibilidad de conocer.

Marko Iván Rupnik, El examen de conciencia para vivir como redimidos.

 

 

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