Fariseos con piel de publicanos (o el anti-fariseísmo farisaico)

Sería engañoso perder de vista el contexto en que se dan las múltiples discusiones de Cristo con los fariseos. Es imprescindible partir del hecho de que los fariseos tienen buena fama en el mundo religioso de los hebreos. Son la expresión más acabada del judío fiel. Para ellos son los aplausos, los vítores y elogios. Es sobre ellos que están puestos los ojos de muchedumbres de creyentes de a pie que los atienden sin distinguir nada. Sobre todo: sin distinguir la cátedra de Moisés de los personajes nefastos que se sientan en ella. Todo lo que un fariseo dijera o hiciera era palabra santa, indiscutible, incuestionable. Quien se metiera contra ellos, parecía meterse contra Moisés, cuando no, contra Dios mismo.

Es imprescindible avisar de este contexto para entender que Nuestro Señor se está enfrentando a los referentes religiosos de su pueblo, a su jerarquía.

Pero sobre todo es importante percibir la esencia del fariseísmo, su mecanismo más profundo, para poder pensar cómo opera o actúa hoy esta monstruosidad religiosa. Quedarse con los ejemplos concretos que da Jesús y pretender extrapolarlos linealmente a nuestro hoy, es de una torpeza increíble. Sería (vaya paradoja) un modo tremendamente fariseo de entender el fariseísmo.

Pues lo farisaico no es tal o cual opción puntual, sino la motivación perversa que lo mueve: “el ser visto por los demás”. Es decir: hacer las cosas vistosas, no conforme a su verdad sino conforme a lo que más agrade al público del momento.

Entender esto es crucial para detectar fariseísmo: no se percibe en lo largo o corto de los flecos y filacterias, sino que se manifiesta en la preocupación de que tales flecos tengan la medida exacta de lo que la gente quiere que midan. El fariseísmo no es intrínseco al primer banco ni al último, sino al hecho de procurar el banco con mayor renombre, con mejor fama. En tiempos de Jesús era el primero… pero hoy puede ser el último lugar. Y allí irá, raudo y veloz, el fariseo actual, a sentarse en el último asiento, el puesto más aplaudido.

Si el Señor hubiera tenido que ejemplificar hoy al fariseo, seguramente hubiera dicho: achican las filacterias y acortan los flecos de su manto… pues es eso lo que hoy genera ser vitoreado en las plazas y elogiado en los medios.

No importa la verdad. Importa quedar bien. Importa agradar.

Importa lo que vende. Lo que vende en materia religiosa, claro está.

El fariseísmo es la hipocresía en su versión más atroz: la hipocresía religiosa. La más brutal corrupción de lo óptimo.

Por eso el fariseo no cuenta con una forma o color determinados: lo suyo es justamente el cambiante arte del camaleón, la astucia con que mutar mimetizándose con su entorno. El fariseo es hábil perito en camuflarse y adaptarse a los tiempos que corran. Ellos (los tiempos) le indicarán al fariseo si la filacteria haya que alargarla o acortarla. No la verdad.

El fariseo es un cultor de lo políticamente correcto. Un experto en contentar al establishment. Un cínico especialista en agradar. Un genio de la conveniencia.

Por eso, obviamente el fariseo actual es antifariseo; pues sabe perfectamente bien que lo que conviene hoy es denostar el fariseísmo y en eso se empeña. Desde que sabe que los últimos serán los primeros, se afana por sentarse atrás para salir en tapa de diario. Desde que sabe que el que se humilla será exaltado, practica todas las técnicas de la abyección en pos de conquistar la ansiada exaltación. No ama la verdad que hay en el último lugar y la humillación: sólo entiende que son imprescindibles y funcionales a su objetivo: la primacía y la exaltación.

Desde que Dios delató cómo funciona la ecuación, la maquinación del mal recalibró su operación. Es que cuando Nuestro Señor instauró el Reino del revés… también el mal aprendió a pensar con la lógica invertida. Y así surgieron los fariseos con piel de publicanos…

Como dijimos, la esencia farisaica se limita a un solo postulado: agradar.

Si la cultura religiosa indica que en Liturgia hay que minimizar gestos y des-solemnizar ritos, pues ahí irá pronto el fariseo a ponerlo por obra. Si lo indicado y correcto es que el culto acentúe más al hombre que a Dios, correrá el fariseo con celo, para ejecutar la pretensión.

Si el hombre de hoy insiste en que, al que le fue mal en el matrimonio, tenga derecho a rehacer su vida, el fariseo se esmerará en encontrarle la vuelta para poder alinearse con esa demanda. Si la moda indica que hay que amar a los animalitos, ahí irá el fariseo, desesperado, a disfrazarse de lo que haga falta. Si impera la defensa de tal o cual causa, será el primero en embanderarse con ella. Si la prioridad es la capa de ozono, los mapuches o la inmigración, ahí estará el fariseo, el primero para la pancarta y la foto. Si tiene mala prensa predicar sobre el infierno, pues no lo mencionará; si vende más decir que al Cielo vamos todos, pues eso dirá. Si la palabra adulterio molesta, pues que no se use más y listo. ¿Cuál es el problema? Es inescrupulosamente ágil para aggiornarse.

El fariseísmo es el duranbarbismo de la religión.

Su mímesis es tan adictiva que en su mismo ejercicio va optimizando más y más su ingenio: el lenguaje, la géstica, el atuendo, la agenda… todo responderá minuciosamente a lo que mejor caiga, a lo que más agrade. El término griego que emplea el evangelio es un derivado del teatro, del espectáculo; como si dijera “procuran hacer lo que teatralmente más aplausos reporte”.

El fariseo es un enfermo de la espectacularidad.

Por eso, insisto, para detectar, para desenmascarar un fariseo, no hay que medir el largo de sus filacterias… sino compararlas con las que estén de moda.

Lo mismo cabe decir de su plegaria. Desde que lo bien-visto es ser publicano y lo mal-visto es ser fariseo, el nuevo hipócrita, sentado en el último banco, reza así: “te doy gracias, Señor, porque no soy como ese avinagrado católico fariseo… yo soy un pobre y humilde publicano, sencillo, fácil y alegre, me llevo bien con todos y evito toda contienda”.

Tal vez la nota más perversa del fariseo se dé justamente en su vida oracional, donde huye de rezar de cara a Dios y se empecina en hacerlo de cara a los hombres, como un actor en el centro de un escenario teatral. La Misa como espectáculo puesto en escena y el cura como show-man son una expresión patente (y patética) del fariseísmo actual.

Lo contrario al fariseo es el místico. Pero no en la acepción de quien tuviera fenómenos sobrenaturales. Sino místico como el que, sin más, vive de cara al Misterio, sumergido en el Misterio, atento al Misterio, sopesándolo todo a la luz del Misterio. Al místico, a diferencia del fariseo, le importa un cuerno el mundo y sus modas, le importa un belín el mundo y sus imposiciones culturales, lo tiene absolutamente sin cuidado el mundo y sus correcciones políticas. Vive como un marginal, como un excéntrico, como un loco por Cristo, ajeno al qué dirán, despreocupado de su imagen, de su fama, de su buen nombre. El místico se enorgullece de ser despreciado, burlado, malentendido, difamado, atacado por defender un Evangelio que es escándalo para algunos y locura para otros, pero para él: Sabiduría y Ciencia de Dios.

Concédenos, Señor y Dios nuestro, abrazar la libérrima vía mística y escapar de todas las formas de fariseísmo que nos acechan y esclavizan, por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Diego de Jesús

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