La Cruz vivificante

Y Jesús crucificado se confía al Padre: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró» (Lc 23, 46).

Y entonces todo se invierte. Toda la desesperación y el sufrimiento humanos que se interponían entre Dios y Dios son asumidos y como consumidos en la unidad del Padre y del Hijo: el infierno y la muerte se esfuman cual irrisoria gota de odio en el abismo de fuego de la divinidad. La muerte cambia de signo, se convierte en etapa de una metamorfosis, las puertas del infierno son derribadas y entra la luz del Tabor. Del corazón traspasado de Jesús brotan el agua y la sangre mezclados con el Espíritu, el agua del bautismo y la sangre de la eucaristía: «Tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres convergen en lo mismo» (1 Jn 5, 8).

A partir de ahora la Vida, la Luz, el Aliento brotan no de un Dios exterior, extraño, como si estuviera demasiado lleno y fuera demasiado pesado, hasta el punto de que nos aplastaría, sino de un Dios crucificado, presente para siempre en nuestro infierno interior, en este espesor asfixiante —en nosotros y entre nosotros— de horror y angustia, para que el Sábado Santo —la última kenosis, la última victoria— el infierno se transforme en Iglesia. La «luz de la Vida» surge de este Dios traspasado por amor, vaciado, para que el otro sea. El Inocente se deja asesinar para ofrecer su vida a los asesinos. Ya nadie es excluido, porque Dios viene a nosotros en medio de la peor exclusión. Más bajo, más profundo que nuestra deshonra y nuestra desesperación no está la nada, sino el Crucificado, cuyos brazos se encuentran abiertos para siempre. Para salvarnos de la nada, Dios se rebajó por una locura de amor, y no lo hizo perdiendo su divinidad, sino para demostrar qué es ésta realmente, a saber, una locura de amor.

Con frecuencia, con mucha frecuencia nos sentimos tentados de ceder a la desesperación, de dejarnos caer en el vacío, de disolvernos en la nada. Entonces vienen a nuestros labios las palabras del salmo: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?». Pero Él está ahí, más cerca de nosotros que nosotros mismos. Solo hace falta que en Él, con Él, guiados por Él como niños perdidos, susurremos: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu». Entonces nos invade una vida de más lejos que nuestra «vida muerta». El velo del templo se rasga, salimos de nuestras tumbas y entramos en la ciudad, resucitados.

Olivier Clément, La alegría de la resurrección.

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